DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha
DÍA PRIMERO
en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha
Despunta el alba...
Tras el decorado de pergamino blanco del escenario surge una luz, difusa pero resplandeciente, y sabes que es el sol.
Al levantarse ese sol, los bailarines ocultos en la oscuridad se vuelven visibles, la luz los transforma a ellos y a este cuerpo iluminado por la luna en una silueta impactante; todos esos cuerpos en posturas erguidas y fuertes.
Ves esas piernas arraigadas en el suelo, venas de roca excavadas en la tierra, y esos brazos que envuelven el pecho cual robustas enredaderas que no se dejan doblegar.
Esas barbillas en alto, que se recrean en el lánguido amanecer.
Al ver esos cuerpos, no ves ya el escenario, sino rocas colosales y árboles azotados por el viento.
Ves la muralla natural que separaba la cuna del emperador del resto del país que se hallaba más al este.
Ves las Agujas bajo la luz del alba.
Conoces ese lugar. Lo habías visto tú mismo, no en persona, sino en una pintura al óleo, al estilo del Meridiano Antiguo, donde la exuberancia del mundo natural capturaba toda la atención.
A pesar del desinterés juvenil del que hacías gala por aquel entonces, recuerdas la intensa belleza de la imagen: la luz que se filtraba a grandes chorros por entre los imponentes claros entre nubes y cubría las magníficas extensiones de tierra.
Árboles que brotaban de las rocas en pinceladas densas y verdes, y nieblas que descendían por aquellos cerros como rizos canos sobre un hombro envejecido, que cubrían de misterio y peligro los caminos de tierra que serpenteaban alrededor de las torres de piedra cual finos nudos de cordel en torno a los dedos de un dios muerto.
Esa pintura, por agradable que pudiera ser a la vista, quedará ligada por siempre a la incomodidad y al tedio, pues la viste uno de los días en los que te encargaron pasear a tu lola por los mercados del muelle.
Era una tarea que temías, no solo porque las sillas de ruedas de tu época eran de madera y mimbre, y tendían a engancharse en toda superficie irregular, sino también por el humor que gastaba durante aquellos paseos, cuando pasaba por su peor momento y desahogaba contigo las frustraciones que le inspiraba su propio cuerpo en descomposición.
—¿Qué hacemos parados en medio de la calle? —te espetaba—. ¡Venga, date más prisa, haragán!
Entre ataques de tos, la mujer te golpeaba con el bastón como si fueras un asno mal instruido.
Pasó poco tiempo en la silla de ruedas antes de fallecer.
Aquellos fueron los últimos días que tuviste que estar con ella, pero entonces no lo sabías.
Solo sabías que la fortuna te sonrió aquel día, porque tu lola descubrió el tranquilo rincón de artesanos a la sombra de una lona y te pidió que pararas.
Allá, en un triángulo de luz que se encontraba al final del callejón, te agarró por la muñeca y señaló a la imagen enmarcada que colgaba sobre la pared de arcilla.
—El hogar —te dijo.
Tu lola se pasó buena parte de la tarde fascinada por aquel cuadro.
Incluso trató de comprarlo, pero el precio que le indicó el tendero apagó su entusiasmo, y entonces se conformó con contemplarlo con mirada amorosa y señalarte las sutiles manchas verdes sobre las rocas de los cerros, mientras te hablaba de los temerarios buscadores de fortuna que escalaban aquellos montes sin más ayuda que una cuerda deshilachada y un cincel oxidado, para extraer la preciosa jaxita que contenían.
Hablaba con entusiasmo; había olvidado que estaba atada a la silla que tú gobernabas cual capitán.
Recuerdas el escalofrío que sentiste cuando se volvió hacia ti y te dio la advertencia que recibían todos los niños del País Antiguo: que caer de las Agujas es una muerte segura.
Esa era una sabiduría que compartían todos los del País Antiguo, sin que importara su posición social; lo sabía incluso el Primero de los Terrores.
Cuando el último tramo del puente de la sima de Berum se hubo desmoronado desde lo alto de sus soportes destruidos y sus pedazos hubieron rodado por las laderas del barranco, se arrodilló al borde del abismo y se lamentó por los hijos que se habían precipitado en él.
Se dolió. Se plañó. Y con lágrimas en los ojos, miró con odio a través del abismo, al carruaje casi destrozado que se alejaba a toda prisa hasta desaparecer tras el cerro del otro lado, y pronunció esta promesa ante los hijos que le quedaban:
—No llegarán lejos.
Tu lola suspiró. Se veía muy pequeña, sentada frente a la grandiosa pintura de un lugar donde jamás había estado. Y entonces se volvió hacia ti.
—Ya no puedo más —dijo con fatiga.
Este cuerpo iluminado por la luna se desprende de la vida que llevaba como roca imponente.
Y se transforma ante tus ojos en una criatura a punto de perecer.
Un ser del que ya solo quedan gruñidos y relinchos.
Cascos que golpean en tierra, mientras arrastra un peso imposible por una cuesta cada vez más empinada, con los ojos enrojecidos, exhausto y ahogado por sus propias riendas destrozadas.
Una flecha perdida se ha clavado en su nuca.
La luz que brilla tras el pergamino detiene su ascenso.
El día empieza aquí: en el momento en el que esa criatura muere.
ALBA
El caballo se cayó.
Se desplomó sin más aspavientos en la última pendiente del camino que bordeaba el barranco.
Una densa nube de polvo y tierra se cernió sobre su cuerpo zozobrado, impregnó el aire cálido y quieto, mientras el cochero enmascarado, tosiendo, descendía del carruaje.
Contempló la criatura caída, cuyas patas temblorosas daban una falsa señal de vida, e inclinó la cabeza.
—Perdóname —le dijo.
Y entonces, como para solidarizarse con su hermano caído, el otro caballo también se sentó en el suelo, y el cochero entendió lo que iba a ocurrir cuando vio la espuma que le brotaba del hocico, y su castañeteo de dientes, como si sufriera por la llegada del invierno.
Su sospecha se confirmó cuando lo vio desplomarse de lado.
Yo le dije que no debería haber elegido a esas criaturas.
Le dije que eran demasiado débiles para nuestros propósitos.
Le dije que debería haberme escuchado. El cochero se encogió de hombros al oír Su Susurro, como si se sacudiera un mosquito.
Habían tenido que marcharse de palacio a toda prisa debido a Ella, y el único medio de transporte que había encontrado era aquel carruaje cubierto de lona y tirado por dos caballos, que no estaba pensado para la velocidad ni la distancia que implicaba el viaje que habían emprendido.
Pero por mucho que tratara de echarle las culpas a Ella, no fue capaz... Al final, todo volvía a él.
—Los he forzado demasiado —dijo.
Se agachó junto al animal y le colocó la mano sobre el vientre distendido, y sintió a través de la piel caliente el latido desbocado de su corazón.
No iba a vivir mucho tiempo. Hundió la mano en la espesa crin negra del caballo, que jadeaba y temblaba.
Lo sentía todo, todo el terror que sufría la criatura durante sus últimos momentos, y casi se alegró cuando por fin quedó inerte.
Su último movimiento fue una coz extraña, instintiva, que dio en el aire con la pata trasera, como si quisiera golpear el cielo antes de posarse en el suelo por última vez.
El cochero enmascarado rezó por los dos caballos que yacían frente a él.
Rezó por que llegaran sanos y salvos al mar Durmiente.
No había sido persona dada a los rezos hasta hacía relativamente poco tiempo.
En aquel momento era como si la oración, la oración al mundo, a los espíritus que el mundo acunaba y al mar Durmiente que moraba por debajo de todo aquello, fuera lo único que le impedía enloquecer.
Pero sus oraciones por los caballos se interrumpieron cuando Ella lo llamó, en tono perentorio, porque le exigí que me atendiera , y ante la orden de Su Susurro, el cochero enmascarado no tuvo más remedio que ponerse en pie.
Estaba de rodillas y se levantó a regañadientes.
Le dijo que ya iba. De camino al carruaje, el hacha de mano que llevaba sujeta al cinturón rebotaba contra su muslo.
Quizá fuera aquel sonido el que provocó lo que sucedió a continuación.
El sonido de un arma que le golpeaba el muslo cual amenaza fortuita, accidental, y que crispó los ánimos hasta el punto de hacerlos estallar.
Si el cochero enmascarado se hubiera acercado con mayor precaución al carruaje, tal vez se habría ahorrado lo que iba a ocurrir, pero en el estado emocional en el que se encontraba, con el cruel susurro del Primer Terror aferrándose aún a sus tímpanos, había olvidado que no estaba solo con la emperatriz, que en plena locura del ataque a la Puerta del Tigre se habían marchado con un pasajero de más.
Y así, cuando la lona del carruaje se abrió y un joven saltó afuera, el cochero se estremeció, sus viejos instintos se inflamaron, y golpeó en la cara al extraño.
El muchacho retrocedió tambaleándose hasta la carreta, y una vez allí se tocó la barbilla, y arrugó la cara al ver la sangre que tenía en los dedos.
Escucha el redoble de tambores que llena el teatro... , las llamas del brasero que chisporrotean y rugen, mientras el joven mira a su atacante, que ha levantado ya las manos a modo de disculpa, y carga contra él con un grito.
«Es preventivo», te dijo tu padre.
—En tiempos de peligro, tienes que actuar primero, porque si no actuarán contra ti —advirtió, y eran palabras que nunca le habías oído decir.
El comerciante que vendía alfombras y tejidos de lujo se había transformado de algún modo en estratega militar—.
Si no invadimos K..., lo invadirá el enemigo.