La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #22
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ANTES #22

El cuello del vestido de la anciana se deslizaba entre las yemas de los dedos del cochero, que la aferraba con furia.

En cuanto se le escapó, Keema la inmovilizó con su propio cuerpo contra el fondo del carruaje ladeado.

El cadáver era tan insustancial que sujetarla era como sostener un montón de pergamino viejo y suelto.

Su olor era como de cosa desenterrada de debajo de un lecho de roca antiguo.

Al tiempo que la sujetaba, oía la brigada que venía no mucho más atrás, los gritos de caza que proferían mientras espoleaban a sus caballos.

Había varias docenas. Lo sacarían a rastras del carruaje y lo harían pedazos.

Keema lo sabía. Cerró los párpados con fuerza mientras se aferraba a Ella.

No quería morir.

Casi habían llegado al final del puente cuando Keema oyó dentro de su cabeza la voz del príncipe, esa voz calma, amistosa y tremenda, que le decía:

«Suéltala».

Y la soltó. Dejó de agarrar con todo su cuerpo el cadáver que no era cadáver, porque Sus ojos se abrieron y Keema permitió que se incorporara, así sin más, y entonces se quedó sentada con la espalda recta y miró al puente entre los barrancos, y la sima que había debajo.

Tres Pavos Reales habían emprendido el galope por el puente.

Aquella noche íbamos a hacer que nuestro padre se enorgulleciera.

Íbamos a llevarle a su madre a casa. Y, aunque no le revelarían Su verdadera identidad hasta más tarde, aun entonces, al ver cómo levantaba el brazo con Su mano vuelta hacia arriba como si hubiera sostenido un fruto extasiado, comprendió en lo más profundo de sí mismo que Ella no formaba parte del mundo mortal.

Mientras el cielo cambiaba su tinte purpúreo por un rubor como de naranja oscura, Ella alzó su mano envejecida y curvó poco a poco los dedos, y obligó a las tablas de madera del puente a resquebrajarse y astillarse, a la vez que un fuerte temblor recorría los soportes.

Y Keema se estremeció, porque Ella había cerrado la mano en un puño y el puente volaba por los aires.

Tres guerreros se precipitaron en las profundidades que separaban los antiguos cerros.

Caímos con el nombre de nuestro padre en la lengua.

Los Pavos Reales, en caída libre, desaparecieron junto con los restos del puente bajo el follaje de los bosques, mucho más abajo...

El Primer Terror tiró con fuerza de las riendas sobre el barranco y corrió enfurecido hasta el borde de la sima, al tiempo que gritaba los nombres de sus hijos.

En el destartalado carruaje, Keema hacía fuerza con la espalda contra la pared.

Miró a la anciana, que esbozaba una sonrisa cruel.

—Aparta los ojos, mortal —le dijo Esta—. No te comportas como deberías ante tu emperatriz.

Es ahora cuando te das cuenta de que ya habías oído esa historia.

Al menos una versión de ella. No sabes qué es lo que te ha despertado ese recuerdo.

Te asalta de repente, cuando los bailarines y ese cuerpo iluminado por la luna abandonan el escenario: el día en que tu padre te contó la historia de la Luna robada y del viaje que Ella había emprendido para recuperar Su país.

No recuerdas por qué te lo contó. Al cabo, parecía que siempre le molestaran los esfuerzos de tu lola por compartir contigo todo lo que sabía sobre el País Antiguo, pero lo que sí recuerdas es lo mucho que se esforzó por describir las batallas y las luchas a espada, y cómo interrumpía su propio relato para asegurarte que no era una historia de amor.

Que trataba sobre camaradería, que trataba sobre una revolución.

Sobre las cosas importantes. Y a ti se te hacía extraño que te explicara todo aquello.

En ningún momento habías pensado que se tratara de una historia de amor, porque en aquella historia no había amor.

Tan solo había un largo camino de cuerpos.

El final del relato no lo conservas en la memoria. Solo sabes que transcurría a lo largo de cinco días y que aún quedaba mucha sangre por derramar antes del final.

Pero si dejamos aparte el relato, recuerdas que tu lola negaba con la cabeza y hacía «psche-psche» desde la otra habitación, y que una vez que tu padre hubo salido para dar su paseo vespertino, se acercó a ti y te dijo:

—No te creas al pie de la letra todo lo que te cuenta.

Te explicó que aquello no era más que una entre varias versiones de la historia, que tu padre la había aprendido así de tu granjo, que tenía sus propias ideas sobre la vida y sobre cuáles eran las cosas a las que había que prestar atención.

Y luego se sentó en su silla favorita de la cocina y se lio un cigarrillo, aunque para entonces ya estaba muy débil y apenas podía aguantar la respiración.

Tú querías salir a jugar, pero ella te dijo que esperaras y escucharas. Te dijo que aquello era importante.

—Los viejos querrán hacerte creer que todo iba en una sola dirección.

Que en el camino tan solo había dolor y gloria.

Puede que a veces la vida se reduzca a esas esencias.

A veces no nos queda nada que podamos hacer, salvo aceptarlo.

—Dio una larga calada y echó el humo grisáceo hacia el techo, donde cobraba vida como opaca y arremolinada nube de formas y texturas—.

Pero escúchame bien cuando te digo que tu padre, y tu granjo, se equivocan.

Y tú le preguntaste en qué se equivocaban.

Se encogió de hombros.

—Esta historia es de amor, hasta la médula.