ANTES #21
Keema se volvió. El hermano Sugo estaba agachado junto a las ollas de arroz que traqueteaban en el fondo del carruaje, medio escondido, con el rostro oculto entre las rodillas.
Se balanceaba atrás y adelante. Las sorpresas que Keema podía llevarse aquella noche habían de tener un límite.
Se acercó a Vogo, sin saber lo que iba a decir, ni hacer.
Al fin, no hizo nada. Se quedó allí, mientras Vogo alargaba la mano y le abrazaba la pierna, y lloraba.
Mientras aquel hombre hallaba consuelo en su pierna —sin duda, le habría servido la pierna de cualquiera—, Keema miró de nuevo por detrás del carruaje, para ver si algún jinete los perseguía, y sus ojos se ensancharon al ver que los huérfanos corrían tras ellos por el camino.
El muchacho del labio leporino iba al frente. Le tendía una mano a Keema.
Keema se zafó del brazo de Vogo y corrió hasta el final del carruaje. Sacó la mano afuera.
El niño, jadeante, trató de agarrársela.
Un chillido. Los niños se dispersaron por los márgenes del camino para abrir paso a un Pavo Real, que galopaba a un ritmo reservado a los demonios.
El niño del labio leporino se quedaba atrás.
No podía correr como los caballos del carruaje.
Keema le gritó que se quedara en el margen del camino y el niño obedeció: aplastó el cuerpo contra la pared del barranco, y así evitó que lo pisoteara el semental resoplante del guerrero.
A Keema le parecía que ese mismo guerrero, con un cielo del color de un moretón a sus espaldas, cobraba proporciones casi míticas, cual retrato encargado por alguna cuadrilla de mercenarios para guardar el recuerdo del mejor de sus asesinos, y le pareció apropiado, y hasta una cosa buena, que aquel hombre tuviera que ser su muerte.
Aquel momento de sombría apreciación quedó truncado cuando el gigantesco guerrero saltó de su caballo como una rana de un nenúfar y cayó sobre la parte de atrás del carruaje, y se estrelló contra Keema, quien exhaló un «oh» sin aliento.
El peso de ambos era tan grande y su caída fue tan repentina que partió en dos el eje trasero.
La parte de atrás del carruaje se estrelló contra el camino de tierra.
El hermano Sugo gimoteó.
Los caballos relinchaban y tiraban de aquel objeto lento, que se arrastraba sobre el suelo, por el descuidado camino.
Las ruedas rebotaban sobre los surcos trazados en el suelo.
Otros Pavos Reales venían por el recodo.
Animamos a nuestro hermano a matar a aquellos desgraciados.
Canturreábamos su nombre, al tiempo que avanzábamos a toda velocidad para atraparlos.
El mundo de quienes iban dentro del carruaje se torció a un lado, porque el guerrero resbalaba por lo que acababa de convertirse en rampa, junto con todos los objetos que iban dentro del vehículo.
Las ollas se caían por detrás del carro y rebotaban sobre el camino hasta hacerse añicos de los que surgían grandes nubes de arroz perfumado, mientras que los sacos de lona repletos de ropajes se rasgaban a fuerza de fricción y los ropajes y pañuelos de la anciana caían por el precipicio cual aves de algodón y encaje.
La propia anciana empezó a resbalar; su cojín se deslizó por la rampa, hasta que el cochero, en un momento en que le guio el puro instinto, alargó una mano hacia atrás y la agarró por el cuello, mientras con la otra sujetaba con firmeza las riendas de los caballos.
El guerrero con el tatuaje del pavo real estaba al final de la rampa y buscaba un punto de apoyo.
Agarró la pierna del hermano Sugo. El hermano no hizo más que gruñir mientras lo arrastraba hacia abajo.
Keema, agarrándose como podía a un puñado de lona, observaba a los dos hombres que peleaban más abajo.
Pero, aunque Sugo era fuerte, el Pavo Real lo era más que él.
—¡Yo... socorro... yo...! —gritaba el hermano, mientras el Pavo Real le cubría con su enorme mano el rostro anegado en lágrimas.
Keema se deslizó hacia abajo y arreó patadas al gigantesco guerrero.
El guerrero no se inmutó por estos ataques.
Con la nariz ensangrentada y una sonrisa cruel, aplastó la cara del hermano Sugo contra el fondo del carruaje, los brazos de Vogo se agitaron espasmódicamente a lado y lado bajo aquella presión, mientras Keema seguía arreando patadas en la cara al rabioso guerrero.
La sangre salió a borbotones de la nariz del Pavo Real.
Uno de sus dientes saltó del alvéolo. Pero no soltó al hermano.
—Yo... yo... yo... —gritaba el hermano Sugo, mientras el guerrero le estrujaba la cabeza con el guantelete, hasta que, con un chasquido espeluznante, se deshinchó.
La muerte fue inmediata.
El hueso se le metió por el cerebro y, en medio de aquellos resplandecientes fuegos artificiales que estallaron tras sus ojos gelatinosos, Vogo fue expulsado de su cuerpo, como si dos manos lo hubieran empujado al último precipicio de este mundo.
Su espíritu descendió dando tumbos por las bandas celestiales, los estandartes de color y sonido que yacían cual sedimento entre estos coros, hasta zambullirse en las agitadas aguas del mar Durmiente, donde se dispersó tras un frío chapuzón, como pedazos de un plato de porcelana caído, a través de las horas que atan nuestros días, y pensé en mi madre, que saltó por un precipicio cuando yo era un crío, y me pregunté si aquello era lo mismo que ella había visto cuando terminó con todo, igual que yo había terminado con todo.
Lo que quedaba de Vogo fue a parar muy lejos, y sin embargo no estaba lejos en absoluto, y las olas que iban de un lado para otro se cerraron sobre los pedazos que quedaban de él cual lienzos plegados por un par de manos amorosas.
El guerrero Pavo Real gruñó.
Se oyó un sonido como de carne aplastada cuando arrojó al muchacho ya muerto desde el carruaje y su cadáver quedó retorcido como un muñeco sobre el suelo que se alejaba a toda velocidad.
A Keema se le revolvió el estómago y la garganta se le llenó de vómito, pero no pudo aliviarse, porque entonces el Pavo Real lo agarró por la pierna y lo arrastró hacia sí.
Quedaron frente a frente. Keema se sintió abrumado por el hálito agrio y colérico del hombre.
Luchó contra la poderosa mano que le aferraba la garganta.
Con ojos enrojecidos, vio como el hombre alzaba la otra mano, su puño iluminado por el cielo del color de un moretón, los nudillos plegados y listos para golpearle la cabeza contra el fondo del carruaje.
Pero entonces Keema vio, entre jadeos, que los ojos del guerrero se dilataban tan repentinamente que parecía que sus pupilas hubieran desaparecido por un tobogán sorpresa.
El hombre se incorporó de golpe. Se apretó la cara con ambas manos.
Gritó como si le abrumara un dolor en la cabeza de origen desconocido, como si una aguja invisible le hubiera atravesado un ojo.
Fuera lo que fuese, el guerrero sentía tanto dolor que ni siquiera se dio cuenta de la patada que le daba Keema; no se dio cuenta hasta que ya se caía hacia atrás, se estrellaba contra el camino, donde su mismo empuje hizo que rodara hasta el final de la ladera y cayera por el precipicio sin hacer ruido.
Venían más.
Justo cuando llegaban al primer puente, el camino que quedaba detrás se llenó de jinetes. Las ruedas del carruaje empezaron a retemblar sobre las tablas toscamente labradas del puente de la sima de Berum.
—¡Estoy perdiendo el control! —gritó el cochero.