ANTES #20
Una mitad de la puerta occidental había empezado a venirse abajo.
Para entonces, un sentimiento de calma se había adueñado de Araya, aunque sangrara en abundancia por un costado.
El pánico de quienes la rodeaban alimentaba su valor.
No entendíamos por qué no sentía nada de miedo.
Por qué sonreía. Los guardias que tenía a su mando, sorprendidos por su serenidad, la siguieron sin hacer preguntas, sus nervios desgarrados se apaciguaron ante la seguridad que demostraba su comandante, mientras se armaban y preparaban ante la inminente brecha.
Raami se quedó a su lado junto con un grupo de guerreros de confianza.
Éramos polillas para su luz. Esa era la única luz que alcanzábamos a ver.
Y Araya los miraba sin comprender por qué se quedaban a su lado, qué razón había para su lealtad, para su valentía.
Quería decirles que lo sentía. Que sus muertes pesaban en su conciencia.
Que no quería más que sentarse y beber. Pero, en cambio, les dijo dónde colocar los barriles, dónde apuntalar las mesas y dónde esconderse si no querían luchar.
Mandó a un hombre a la torre de vigilancia para que le cercenara la cabeza a la tortuga, para que su enemigo no pudiera valerse de ella después de entrar en la fortaleza.
Y mientras impartía sus instrucciones, Keema sacó una espada de la armería y se unió a la línea de guerreros de Araya frente a la puerta occidental, que no tardaría en quedar destrozada.
—¿Dónde me quieres? —preguntó. Pero cuando ella le sonrió, se dio cuenta de que por segunda vez en una noche iban a rechazar que participara en un combate.
Quinto impacto.
Una nube de astillas voló por el patio. Se había abierto en la puerta un boquete en forma de rombo, por el que se distinguían las crines de los caballos resoplantes y el destello de las espadas de los Pavos Reales.
—¡Keema de la tribu Daware! ¡Estás ahí!
Araya hablaba como si Keema se hubiera presentado a la mitad de una partida de dados y quisiera expresarle su agrado por la visita. Le dijo que soltara la espada que tenía en la mano. Y luego le entregó su lanza.
—Querría que te dirigieses a las afueras de la Ciudad Divina. Dentro de cinco días habrá un campamento militar en los campos de soma. Una soldado llamada Shan estará allí. Quiero que le ofrezcas esta lanza.
Keema vaciló..., aquella orden no le parecía propia de una persona cuerda. Apuntó con la lanza a la puerta occidental, que no tardaría en venirse abajo.
—Lucharé —dijo, impotente.
Sexto impacto.
—El emperador ha muerto, Keema —exclamó Araya.
Las palabras respondían a un hecho tan improbable que rebotaron en los oídos del joven sin que este las registrara.
Así que Araya se las metió de lleno—: Ha muerto.
Tienes que creer en esta verdad. Ahora no tenemos tiempo para que no me creas.
El Sonriente Sol no existe ya. Está tan muerto como se pueda estar y este mundo no tardará en desmoronarse en una gloriosa catástrofe.
Y ese carruaje de allá es el instrumento que garantizará el derrumbe.
—Araya clavó los ojos en él—: Guía ese carruaje hacia el este.
Lleva esta lanza a su hogar. —La comandante sonrió, mientras la sangre brotaba bajo la mano con que se cubría el costado—.
Y tal vez encuentres aquello por lo que le preguntaste a la lectora de aguas.
Raami, a sus espaldas, gritaba a los hombres que se alinearan a lo largo de la muralla.
—¿Eso es lo que me pides que haga? —preguntó Keema—. ¿Que me marche?
—Sí —respondió Araya—. Pronuncia un juramento como hombre de Daware. Júrame que te irás.
Keema la miró a los ojos.
—Lo juro.
—Júrame que llevarás esta lanza a la costa. Jura que se la llevarás a una soldado llamada Shan.
—Lo juro —respondió Keema—. ¿Qué quieres que le diga a esa tal Shan?
Araya lloraba.
—No lo sé, Keema de la tribu Daware. ¿Qué puedes decirle a alguien a quien querrías pedir perdón? Piensa en ello y, cuando llegues allí, dile unas palabras gentiles.
La comandante sonrió.
—Vete ya —dijo—. Tu carruaje se marcha.
Keema se volvió; los caballos, que el cochero azuzaba sacudiendo las riendas, arrastraban el carruaje.
Y echó a correr.
Séptimo impacto.
La fisura era lo bastante ancha como para meter un brazo.
Otro golpe y la puerta se rompería en pedazos.
Quien no empuñaba un arma, corría al cuartel y al edificio de oficiales, y se atrincheraba en su interior.
¡Yo no era un cobarde! ¡No iba a morir por aquella idiota de comandante!
Otros trataron de escapar por las zanjas de las letrinas, tan solo para resbalar por el borde y precipitarse en el abismo escondido por las brumas.
Pronuncié mi última oración con la esperanza de hallar dignidad después de la muerte.
Un muro de centinelas iba de un extremo a otro de la fortaleza y Araya se encontraba en el punto medio, con las piernas plegadas y la espalda encorvada, sosteniendo una larga arma sobre los hombros.
Lo único que delataba su angustia era el temblor del labio inferior, que se mordió hasta sacar sangre, y entonces paró.
Raami estaba en pie a su lado. Hice cuanto pude por su herida, pero el tiempo no alcanzaba para tratarla como habría sido necesario.
Y mientras Araya sangraba, Keema corrió hacia el carruaje que se marchaba, arrojó su lanza dentro del vehículo, luego se encaramó él mismo y se estremeció al dar con el cadáver de piernas cruzadas de la anciana, junto con el resto de las pertenencias de la difunta.
El carruaje iba hacia la puerta oriental, que seguía cerrada.
El Primer Terror, de pie ante la occidental, se concentraba para descargar el último impacto.
Los centinelas que vieron el carruaje se preguntaron cómo pensaba escapar el cochero.
Pero entonces ocurrió algo como en síncopa, como si aquella noche nueva y extraña hubiera previsto el momento y lo hubiera transformado en arte al crear en él aquel ritmo sincronizado, porque mientras el Primer Terror avanzaba las manos y, con su puño de viento, abría en la puerta occidental un boquete suficiente para que entraran sus soldados, en ese mismo instante, al contraerse el dedo de una anciana difunta, la puerta oriental se abrió de golpe.
Como un barril de pólvora...
el sonido destrozó los tímpanos de todos los guerreros que había en el puesto de control de la Puerta del Tigre, el acúfeno aulló en los oídos de Keema, y desde la solapa de lona vio como la puerta que se había mantenido incólume a lo largo de tantos años cedía en silencio ante lo que no parecía ser nada, con la misma facilidad que si hubiera sido un puñado de ramillas arrastradas por el aliento de un niño de mejillas sonrojadas.
El carruaje pasó a toda velocidad por la catarata que acababa de nacer, mientras que en un mundo de silencio y de lluvia de astillas un hombre de ancho pecho, con un tatuaje rojo en la cara, entraba en el patio a trompicones, se tocaba el yelmo en el lugar de la oreja, tan aturdido por la explosión en la puerta oriental que por un instante olvidó quién era, y por qué había estado tan desesperado por entrar en aquel patio.
La droga guerrera que llevaba en el estómago invertía el orden de su adrenalina y lo llevaba a un subidón de embriaguez, mientras se daba golpes sobre la oreja sin oír nada, ni siquiera cuando trataba de hablar en alto.
—Padre —dijo, la única palabra que le vino a la cabeza, y sintió terror al no oírla.
Su terror halló un misericordioso fin cuando Araya surgió de la humareda y su larga arma descendió silbando por el aire y le cortó el pescuezo.
Su cabeza rebotó en tierra. La sangre brotó a chorro hacia la noche sin estrellas.
Araya era un demonio empapado que tarareaba una nota desafinada, mientras acuchillaba a su siniestra y acuchillaba a su diestra.
Cortó un brazo, una pierna, otra pierna, tres cuerpos se amontonaron a sus espaldas, hasta que se giró en el momento preciso para ver la trayectoria que seguía el garrote, el arma del jinete que la golpeó en el hombro, la hizo rodar por el suelo y la dejó en silencio.
Se le llenó la boca de tierra, mientras los otros caballos entraban en el patio en estampía y le aplastaban la cabeza con sus cascos; la barrera se había venido abajo y la brigada entraba como agua enrojecida en el puesto de control destrozado.
Pisotearon y ensartaron a los guardias de la Puerta del Tigre con las puntas brillantes de sus picas.
Nos cortaron en pedazos. A los que nos atrincheramos en el comedor y en los barracones nos quemaron vivos.
Raami trató de detener el lanzamiento de antorchas, pero no resistió mucho.
Lo arrojaron a la pira junto con la leña, y los Pavos Reales se rieron mientras se retorcía en las llamas cuya negra humareda se elevaba hacia el cielo sin luna.
Keema vio las columnas de humo desde el carruaje.
Se puso en pie dentro del carruaje y miró por la abertura de atrás de la lona, y desde allí vio como las llamas envolvían la Puerta del Tigre.
Sintió las ruedas que traqueteaban sobre el accidentado camino y los cerrados giros del vehículo por los recodos del barranco, que lo alejaban de la destrucción, pero no hacían que se sintiera a salvo, ni bien.
Tragó saliva con dificultad mientras escuchaba los gritos lejanos y los crujidos de las maderas que se venían abajo.
—Están todos muertos —murmuró Vogo.