La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #19
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ANTES #19

Allí estaba Saam Ossa, el primero de los trillizos del emperador, el Primer Terror y Azote del Valle.

Iba, como siempre, bien afeitado, bien parecido sin que se entendiera muy bien por qué, pues no había nada en su cara que causara una especial impresión, pero tampoco nada que repeliera.

Llevaba el cabello corto, ligeramente ondulado.

A diferencia de sus hijos guerreros, no vestía armadura, sino una austera túnica roja y unos calzones negros sujetos a las espinillas con un cordel.

—Mi señor —dijo Araya, al tiempo que hacía una reverencia—. Es un honor.

—Gracias por tus palabras, aunque no sean sinceras. —Araya se ponía nerviosa por lo encantadora que era su sonrisa—. Es algo tarde. Lo sé. Mi presencia turba vuestro descanso, y lo lamento de verdad.

—No me digas eso. Estamos al servicio del Trono.

—Una vez más, gracias por tus palabras, aunque tengo algo que decirte, y tú, por favor, tienes que comprender que no te acuso de nada, que lo que te digo es una mera observación debida a la curiosidad, y ese algo que tengo que decirte es que me sorprende que aún no nos hayáis abierto las puertas, a pesar de que a estas alturas debéis de tener muy claro quiénes somos.

—Ha sido una noche extraña —respondió Araya.

Los arqueros que habían estado a su lado ya no estaban a su lado, porque se habían retirado hasta quedar fuera del alcance de los ojos de la brigada.

Uno de ellos, un muchacho de no más de quince años, miró a su comandante y me di cuenta de que estaba con la persona más valiente que iba a conocer en esta vida y sentí el deseo de que me abrazara.

Las noticias que nos llegan de palacio no son claras y la situación está muy tensa.

He establecido como criterio general que todo el que se acerque a estas horas pase por un interrogatorio antes de que se le dé paso.

—La seguridad es el mejor de los criterios —respondió en tono humorístico el Primer Terror tras escucharla con atención.

Su sonrisa no vaciló ni un instante. Señaló a la mujer con el dedo—.

Me alegro de verte, comandante Araya. Me alegro mucho.

Estas últimas semanas han hecho evidente lo especial que eres, porque he visitado muchos otros puestos de control que mi padre había construido y he hablado con sus comandantes.

En el último puesto que visité, el comandante tenía tanto miedo que no salió a hablar conmigo.

En su lugar, envió a su lugarteniente. Era un hombrecillo asustado, y las manos le temblaban, así, mientras leía en voz alta el saludo oficial del comandante en un rollo de pergamino.

Se meó encima al inclinarse ante mí. Dio una imagen deplorable.

—El Primer Terror levantó ambas manos como para decir: «¿Qué le vamos a hacer?

»—. Echaba de menos una valentía como la tuya.

Nunca has tenido miedo de hacerme frente.

Siempre reconforta estar con alguien que te ve como lo que eres: tan solo un hombre que ha heredado un número de títulos excesivo para el tiempo que va a pasar en esta esfera terrenal.

Su sonrisa se desvaneció apenas un poco, tan solo lo suficiente como para que Araya se diera cuenta.

—A diferencia de mis hermanos —prosiguió—, nunca me ha gustado que me llamaran Terror, aunque no puedo negar que el título se ajusta a la verdad, sobre todo en una noche como esta, en la que el tiempo es breve y mi misión urgente.

»Un carruaje pasó hace poco por aquí. Sé que lo habéis dejado pasar por vuestras puertas; las señales abundan: las roderas que ahora mismo hay bajo mis pies coinciden con su descripción.

Seguro que ya te habrás dado cuenta de que vamos en su busca.

Y si me preguntas por qué... pues te diré que el cochero robó algo precioso en la capital y mató a uno de mis hijos mientras huía.

En aquel matadero al pie de la montaña descubrimos la máscara de pavo real de Jun Ossa, jirones de su ropa, y lo más comprometedor, el collar de hueso que era su posesión más preciada.

Su padre lloró con el collar en la mano.

Por esa razón, entre otras, voy a perseguir ese carruaje hasta el fin del mundo.

Y entonces sí voy a hacer justicia a mi título de «Terror».

—La sonrisa había desaparecido de su rostro—.

Si habéis inspeccionado su carro con diligencia, y no me cabe ninguna duda de que lo habréis hecho, y si has empleado la rápida capacidad deductiva y de razonamiento que sé que posees, ya sabrás que el preciado objeto que busco es el cuerpo de una anciana que viaja en la cabina del carruaje.

Una anciana que ha alcanzado una edad extraordinaria, por la que siento un extraordinario afecto, y a la que quisiera devolver lo antes posible a su hogar.

Por eso estoy aquí esta noche, comandante.

Y avanzaré con paso firme, tanto si colaboras como si no.

—El puesto de control de la Puerta del Mono está a unas millas al norte de aquí —dijo Araya, sin tragar saliva—. Creo que tienes posibilidades de alcanzarlos allí.

—Una vez más —respondió él con gentileza—, realizas un buen esfuerzo, un esfuerzo loable.

Entonces bajó los ojos y miró directamente a través de la puerta.

Todos oyeron su voz fría y serena.

«Madre», dijo.

Sé que estás ahí.

Siento tu olor.

¿Sientes tú el mío?

¿La sangre de mi padre que llevo en la ropa?

¿Mi hijo?

Qué más da.

He venido para llevarte a casa.

Ah, comandante...

Te doy las gracias por tu buen servicio.

Y por tu compañía.

Levantó la mano hacia la puerta.

Pero ahora voy a entrar.

Y entonces sonó el temporizador de cocina.

Brststststststststststststststststststst...

—¡Ah! —masculló tu lola, sobresaltada.

El agua hirviendo se derramaba por el borde de la olla.

—¡Ya es la hora!

Algo grande hizo impacto en la puerta occidental.

La construcción de maderos, en otro tiempo sólida, se combó, como si alguien le hubiera arreado un puñetazo, y la fortaleza entera se estremeció al recibir el impacto.

Los niños se escabulleron a sus pequeñas madrigueras y la multitud de centinelas que están en el patio observó a sus compañeros apostados en lo alto de la muralla.

Les pegamos gritos, les preguntamos qué veían, qué era lo que golpeaba nuestra puerta, pero no nos respondieron... ni siquiera nos oían.

Y entonces se produjo el segundo impacto.

Una grieta recorrió la superficie de la puerta occidental. La luz de las antorchas de la brigada se distinguía por la abertura. ¿Cómo podíamos contar a los demás lo que habíamos visto? ¿Cómo podíamos explicarles el poder del Primer Terror?

—¡Piedad! —Alguien subió por los escalones hasta los parapetos mientras gritaba esta palabra.

Era la hermana Sugo. Araya la miró atónita, al tiempo que Mae gritaba a la brigada—: ¡Tengo sangre real!

¡Mi hermano y yo... somos de los tuyos! ¡Por favor, vamos a abrir la puerta!

¡Pero no nos mates! ¡Vogo! —Pero cuando se volvió, su hermano ya no estaba allí.

Siempre tenía que ser yo la que se encargara de salvarnos, desde que éramos niños.

Mae, sin resuello, buscó la ayuda de sus compinches—.

¡Todos vosotros, venid a mí si queréis vivir!

—Y ella y los hombres se dirigieron a la rueda con que se abría la puerta.

—¡No, Mae! —exclamó Araya, saliendo de su estupor, y, mientras corría a detenerlos, le chilló a Raami—: ¡Abrid la puerta oriental!

¡Los niños primero! ¡Marchaos! —Raami asintió y reunió a sus propios hombres para la tarea, mientras Mae y sus amigos empezaban a empujar la rueda para abrirle la puerta al Terror.

Aún no habían completado la primera vuelta cuando Araya golpeó a Mae en la espalda con la punta de su lanza—.

He dicho que os marchéis. No podemos abrir esa puerta.

—¡Imbécil! —le gritó Mae. Con pupilas dilatadas, giró sobre sus talones, apartó la lanza a un lado con el dorso de la mano y clavó su cuchillo en el costado de Araya.

Desde el otro extremo del patio, Raami vio que Araya retrocedía a trompicones.

Entre la multitud de compañeros que corrían aterrorizados, vi a mi comandante herida y, al fijarme en que se tocaba la empuñadura en el costado, sentí la herida como si hubiera sido mía.

Mae volvía a estar en la rueda y temblaba, porque hacía fuerza contra ella con todo su peso, incapaz de hacerla girar, porque sus compinches la habían abandonado.

—No nos... matéis... —gruñó. Entonces se estremeció, se le paró el aliento y se desplomó contra el suelo.

Araya, con una mueca en el rostro, arrancó la lanza de la espalda de Mae.

Un tercer impacto.

La grieta se había ensanchado hasta transformarse en fisura.

Keema había ido con los demás que estaban en la rueda oriental, la puerta por la que se salía a los cultivos aterrazados cobraba vida poco a poco, los dientes de madera salían de sus profundos surcos.

Ocho centinelas en total empujaban la rueda, el doble de la fuerza necesaria, y aun así la resistencia les parecía mucho mayor.

La rueda pesaba hasta lo imposible, se nos resistía como jamás se nos había resistido.

La cuerda saboteada temblaba de pura tensión dentro de la polea, la pelusa del cáñamo se desprendía, mientras hacían pasar a los huérfanos por la abertura cada vez más alta que quedaba bajo la puerta.

El niño del labio leporino corría por el oscuro camino del barranco junto con los demás pequeños, sin saber a dónde tenía que correr, salvo que tenía que seguir adelante.

Algunos de los hombres también trataron de colarse por la estrecha abertura.

Dos lo lograron antes de que la cuerda se rompiera en la polea como un tendón.

La plancha de madera se estrelló contra el suelo.

Y nos quedamos frente a la puerta averiada, y sabíamos muy bien que no podríamos abrirla de nuevo.

Un cuarto impacto.