ANTES #18
El cochero, que le había enseñado el rostro que ocultaba tras la máscara demoníaca —un rostro que le había impactado, porque era de una de las últimas personas que habría esperado ver allí precisamente aquella noche—, asintió para expresar comprensión.
—Sin embargo, así son las cosas. Ella te ha confiado el conocimiento de Su presencia. Si lo comprendes, también comprenderás por qué tienes que dejarme pasar, comandante, y cuanto antes mejor.
—Ese escalofrío que he sentido... ¿era...?
—Sí —respondió el cochero—. Eso mismo.
Araya se esforzaba por controlarse.
—Dioses...
—Comandante... —añadió el cochero.
—Déjame un momento... —Araya dobló el cuerpo sin levantarse de la silla.
Le parecía que iba a vomitar—. Ha muerto.
Ha muerto de verdad... —Su mente, que poco antes había estado en blanco, se llenó súbitamente de posibilidades.
Cuando, de algún modo, recobró el aliento, miró al cochero—. ¿A dónde la llevas?
—Lejos de aquí. A un lugar donde Ella descanse y pueda trazar Sus planes.
Al oír esto, Araya se decidió por adaptarse.
—Voy a enseñarte un camino alternativo —le dijo.
Keema, en el carruaje, se estremeció.
El inconfundible olor a muerte impregnaba el interior.
Ese aroma rancio que hace que el aire se vuelva empalagoso y pesado.
Procedió con rapidez. Desdobló la declaración de la carga y comparó la lista con los objetos que iban allí dentro.
Pasó revista a las grandes y pesadas ollas, los abultados sacos de grano y las enormes bolsas de tela, repletas con lo que imaginó que serían los vestidos y la ropa de dormir de la dignataria.
Palpó y hurgó las pertenencias de la difunta.
Arreó una patada a un saco lleno de ropa.
Levantó la pesada tapa de una de las ollas, y el aroma de un perfume escapó de ella y le subió por la nariz.
Dejó la tapa en el suelo y metió la mano, y hundió los dedos en un agradable montón de arroz de flor regia.
Prosiguió hasta la cortina negra que dividía el carruaje en dos, donde se sorprendió de los veloces latidos de su corazón al apartarla de golpe.
Estaba allí.
En el País Antiguo, un cuerpo estragado por la edad era algo incomprensible.
La persona más anciana que Keema hubiera conocido jamás era una de las damas de honor de una embarcación de recreo en la que había trabajado durante un tiempo como guardia.
En la época en que murió, decía tener cincuenta años, una edad notable, y que podría haber rebasado, de no haber sido por la angustia que le provocaban sus muchas deudas.
Hasta aquella noche, el recuerdo de aquella mujer había sido su punto de referencia.
La máxima edad que podía alcanzar un ser humano.
El cadáver de la mujer que tenía enfrente estaba tan envejecido que el joven a duras penas podía comprenderlo.
Tenía la piel del color de una pasa podrida.
Estaba demacrada hasta el hueso, pero aun así Sus arrugas eran profundas.
No le quedaba ningún cabello, y los ojos se le hundían en el cráneo hasta parecer dos cráteres oscuros.
Su menudo cuerpo estaba envuelto en una túnica holgada, con estampados muy elaborados, y sentado con las piernas cruzadas, con Sus manos esqueléticas apoyadas sobre los tambores de hueso que eran Sus rodillas, como si hubiera estado inmersa en una profunda meditación.
Aquella persona estaba muerta, no le cabía ninguna duda, pero lo que no podía creer es que Ella hubiera muerto aquel mismo día... parecía como si hubiera muerto antes de que el mundo naciera.
Con morboso pasmo, se le acercó. Su pie derecho cruzó el umbral que había marcado la cortina.
Pero fue su primer error de aquella noche, porque de pronto sintió dolor...
un dolor tan profundo como si una aguja le hubiera entrado por el ojo y le hubiera salido por detrás de la cabeza, y se desplomó sobre el suelo del carruaje.
Algún tiempo más tarde despertó.
El mundo empañado recobró de pronto sus contornos. Araya estaba agachada frente a él. Keema parpadeó repetidamente, su visión se aclaró, junto con el dolor que le había cegado hasta aquel punto y que casi había desaparecido. Estaba tumbado en la tierra del patio.
—¿Qué es lo que hago aquí fuera? —preguntó.
—Te has desmayado —respondió Araya—. El cochero te ha sacado a rastras.
—Hay alguien ahí dentro. —Señaló al carruaje, sin fuerzas.
La comandante asintió. Había una luz en los ojos de Araya, un reflejo de las antorchas, que hacía que pareciera tocada por una revelación.
—Yo también la he visto —respondió la mujer—. Es una visión que cuesta olvidar.
Keema trató de levantarse, pero Araya le puso un dedo en el pecho y empujó, con facilidad excesiva, hasta dejarlo de nuevo en el suelo.
—No te muevas. No quiero que vuelvas a desmayarte.
—Por favor, comandante —dijo el cochero enmascarado, que estaba de pie detrás de ella—. El tiempo se acaba.
Keema se llevó la mano a la sien.
—Creo que estoy...
Pero el estoy bien que iba a pronunciar se partió en dos cuando sintió que el suelo se ponía a temblar bajo sus espaldas.
Los oímos ya antes de verlos.
El lejano retumbar de cascos arrancaba ecos por todo el valle.
Los guijarros danzaban en el suelo. Las gentes de la localidad fronteriza, al otro lado de las puertas, sabían quién se acercaba.
Conocíamos los caballos. Conocíamos aquel grito de guerra.
Y mientras los borrones rojizos emergían de la negrura y pateaban sobre el camino de tierra que conducía a la Puerta del Tigre, las gentes apretaban las espaldas contra las puertas, se cubrían la boca con las manos y abrazaban a sus hijos, porque al oír su estruendo no sabíamos hacer otra cosa que acurrucarnos.
Todos querían acurrucarse, incluso los centinelas de la fortaleza, que precisamente aquella mañana se sentían bien, se sentían poderosos, mientras sometían a los viajeros a sus severas y arbitrarias inspecciones, pues no había una sola persona en la tierra de la noche sin luna que no reconociera aquel temblor de tierra y la violencia que presagiaba.
El misterioso cochero retrocedió tambaleándose, respirando con agitación, como al borde de un ataque de pánico.
—Por favor —suplicaba—, no lo dejéis entrar. Nos matará a todos.
—¿Qué has traído a mi puerta? —le preguntó Araya.
—¡Estandartes! —gritó el vigía de la muralla occidental, con tono tenso—. Los veo todos. ¡La Brigada del Pavo Real Rojo!
La fortaleza tomó aire con fuerza. Algunos de los centinelas desaparecieron por las puertas.
Mi propio cuerpo me llevó hasta uno de los cobertizos de almacenamiento, donde me atrincheré y recé por llegar a la mañana.
Otros se quedaron clavados en el lugar donde estaban, incapaces de hacer nada, con el cuerpo en un estado de parálisis refleja.
Vogo Sugo, aún bajo los efectos del polvo de dopha, acariciaba el pelo de uno de los caballos, mientras su hermana, Mae, se estremecía de terror en los escalones de la muralla.
Cuatro de los centinelas que aún tenían fuerzas para hacer algo corrieron por el patio para ir a abrir la puerta occidental, pero, en cuanto llegaron a la rueda, la voz de Araya retumbó: «¡ALTO AHÍ! ¡ESA PUERTA NO SE VA A AbrIR!».
Después de aquello, nadie más habló. El único sonido era el creciente estruendo de cascos, como un hervor que burbujea hasta llegar al borde de la olla. Todos nosotros la contemplamos como si hubiera perdido la cabeza... No abrirle la puerta a un príncipe era blasfemia.
—Sabemos lo que ocurrió en el puesto de control de la Puerta del Zorro, cuando la brigada los visitó por la noche —dijo Araya para todo el mundo—.
La pira de sus cadáveres se olió por la totalidad de los Mil, tan solo para que después se descubriera que eran inocentes de los cargos que les imputaban.
Empezaremos por averiguar qué buscan aquí.
Eso es acorde con la ley. Eso es..., eso es lo correcto.
Y así, nadie hizo nada. Tan solo aguardaron a que la cuadrilla de guerreros subiera por el camino del barranco, encabezada por el propio príncipe, la espada del valle occidental, la garra del emperador.
El Primer Terror.
—¿Puedo hablar con vuestra comandante?
La voz, sorprendentemente amable, resonó por encima de las altas murallas y llegó a oídos de todos los que se encontraban en el patio.
Los guardias que respondían a las órdenes de Araya se volvieron para mirar a la comandante, con ojos desorbitados y espaldas temblorosas, y esta volvió a verlos como los niños que eran.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó Raami, pero la comandante se llevó un dedo a los labios y le murmuró: Él podría oírte.
Y entonces se puso a tararear, como si en aquel momento no hubiera ocurrido nada extraordinario ni aterrador, y subió por los escalones de la muralla, porque hacía mucho tiempo que había aprendido que el arte de un buen líder consiste simplemente en no expresar lo que de verdad se siente.
Le salió bien. Al ver aquella sonrisa serena creímos que iba a salvarnos.
Apoyó las manos sobre el borde de la muralla y contó en silencio, con desgana, el número de guerreros de ojos huecos que con sus armaduras rojas transformaban en río de sangre el camino del oeste.
Su mirada siguió la hilera de guerreros hasta el final, justo a sus pies, frente a la enorme puerta de madera, donde se había plantado el Primer Terror con sus pies calzados con sandalias, al lado de su caballo resoplante.
El Primer Terror sonrió.
—Saludos, comandante Araya. Me alegro de volver a verte.