ANTES #17
Araya apaciguó el temblor de su mano con un trago de la petaca, que nunca le fallaba, mientras aguardaba las horas matutinas en sus aposentos.
Pero el ardor en la garganta y el fuego en el estómago le brindaron un pequeño consuelo, con los nervios todavía a flor de piel por el escalofrío que había sentido...
un escalofrío que tan solo podía interpretar como un aviso divino por el delito que estaba a punto de cometer contra la familia real.
El príncipe. Un hombre que en cierta ocasión le había dicho que se sentía muy a gusto en su compañía cada vez que compartían una infusión, y que Araya, a pesar de sí misma y de todo por lo que había trabajado a lo largo de tantos años, también apreciaba.
Un pellizco de idlit. No iba a necesitar más.
Se volvió hacia la pared, donde una reliquia de sus ancestros colgaba sobre la repisa de la chimenea.
Siempre acudía a la familia en busca de consuelo y aquella noche no fue una excepción.
Se inclinó ante la lanza vieja y mellada, rematada por una punta que brillaba como hoja de plata, y rezó por tener el valor suficiente cuando llegara el momento...
para lo que viniera después, ya fuera la vida o la dulce entrega de su espíritu al abrazo del mar Durmiente.
Y mientras ella rezaba, tú contemplas el tótem que tienes en tus manos.
Esa vieja arma.
La lanza casi iguala tu cuerpo entero en longitud, si bien tú mismo tienes que reconocer que nunca has sido muy alto.
Tocas la borla... es sorprendentemente suave al tacto, como si estuviera hecha de finos cabellos pelirrojos.
El resto de los soñadores te observan, maravillados, mientras sostienes la lanza en alto, y su punta arroja destellos que reflejan la luz de los braseros que ahora flanquean los pasillos de este anfiteatro...
el arma transmitida de padres a hijos en el seno de tu familia, a lo largo de muchas generaciones, aun antes de cruzar el mar Grande e Interminable.
Tu lola tenía por costumbre inclinarse ante la lanza todas las semanas antes del desayuno, como había hecho Araya en aquel tiempo, y te invitaba a inclinarte tú también, y tú pensabas en lo injusto que era que solo te llamara a ti para realizar aquellos viejos gestos tradicionales y no a ninguno de tus nueve hermanos.
Pero la lanza, antaño objeto de enojo y vergüenza, adquiere ahora un peso distinto en tus manos, al tiempo que te preguntas si es la misma que perteneció a Araya.
Lo es. Pero en lo que respecta al porqué y al cómo...
Chsss.
¿Lo has oído?
Este cuerpo iluminado por la luna se yergue en la parte delantera del escenario.
Con la oreja alzada hacia el cielo.
Ha llegado.
Los habitantes del pueblo fronterizo que se encontraba al oeste de la fortaleza fueron los primeros en oír su llegada a través de las ventanas entreabiertas, pero sabíamos que era mejor no tratar de saber nada sobre aquel cochero enloquecido que avanzaba con gran estrépito por el camino.
Los vigías apostados en el muro de la puerta occidental avistaron el vehículo que traqueteaba por el Camino de Abajo.
Era un carruaje de transporte de palacio.
La insignia bordada del Trono aparecía y desaparecía entre los destellos de las antorchas del camino.
Cuatro grandes ruedas crujían bajo el peso de la calesa que avanzaba sobre la tierra del camino, y perdía velocidad hasta detenerse justo antes de llegar a la imponente puerta de madera que cerraba el tráfico hacia el oeste.
El cochero se puso en pie sobre el asiento del carruaje y sostuvo en alto un documento.
Gritó que había ido por asuntos de la casa real.
Sostuvo el documento más alto todavía. A través de un catalejo, el vigía de la muralla divisó el inconfundible sello rojo del pergamino.
No les quedó más remedio que dejarlo entrar.
Tres breves toques de cuerno desde la torre de vigilancia despertaron a los centinelas.
—¡Abrid la puerta! ¡Asuntos de la casa real! ¡Abrid la puerta!
Salimos a trompicones de los barracones y del comedor...
salimos de nuestro sueño, salimos de nuestros juegos.
Cuatro hombres se juntaron en la rueda que abría la puerta, y la plancha de madera, rechinando ruidosamente, empezó a ascender...
Apenas si se había separado del suelo cuando el carruaje cobró velocidad y el techo de lona se desgarró contra los dientes de madera de la puerta, mientras se colaba en el patio.
Araya salió apresurada de sus aposentos, con la lanza todavía en la mano. Mientras corría, tenía los ojos fijos en la torre de vigilancia, y le gritaba a la tortuga:
—¿Por qué no nos habías informado de que habría una visita real?
Pero la tortuga no hizo más que farfullar.
—¡No hay noticias! ¡No hay noticias! —gritó—. ¡No culpéis a esta pobre criatura; el palacio está callado! Esta pobre criatura no tiene noticias...
Los dos caballos piafaban y resoplaban, al tiempo que arrastraban su carga hacia la fortaleza.
Los centinelas salieron en masa al patio para presentar sus respetos al inesperado carruaje real, y sacaron de allí a los huérfanos, así como a Keema — no queríamos que su presencia ofendiera a los regios visitantes —, y él y los niños se vieron obligados a observar lo que ocurría escondidos en las sombras, sin ser vistos.
La puerta occidental se cerró con un golpe sordo y definitivo.
Los niños se escondieron todavía más en las sombras, porque percibían algún peligro en la noche, mientras que Keema, empujado por la escena que presenciaba, dio un paso adelante, con los ojos clavados en el cochero que había viajado en mitad de la noche y que en aquel momento bajaba del carruaje.
El cochero llevaba puesta una máscara palaciega, tallada a imagen de un demonio riente, con mejillas sonrosadas y una boca repleta de dientes afilados.
Sostenía un pergamino con la mano, lo sostenía en alto como para que todo el mundo —incluidos los arqueros, que tenían las flechas a punto— viera que acudía desarmado.
Araya le arrebató el pergamino del puño y, gesticulando, leyó la nota a la luz de una antorcha que Raami le había acercado.
Keema, que estaba demasiado lejos para oír lo que decían, trató de hacerse una idea de lo que ocurría a partir de las dudas que se pintaban en el expresivo rostro de Araya y en los gestos de súplica del cochero.
Pero tuvo que esperar a que Araya entrara en el carruaje y volviera a salir unos minutos más tarde, visiblemente conmocionada, y se retirara a su oficina a hablar en privado con el cochero, para oír de boca de los demás qué diablos había sucedido.
Una dignataria de visita había muerto.
Eso era lo que contaban. Una mujer importante del sur, que se había desplomado en el suelo al detenerse misteriosamente los latidos de su corazón.
Eso es lo que le he oído contar a Yeera, que se lo había oído contar a Doga.
Llevaban a la mujer de regreso a su hogar.
Su hogar estaba muy lejos. Se le había indicado al cochero que hiciera el viaje con la mayor premura, para que la familia de la dignataria pudiera llevar a cabo los Ritos del Cuerpo antes de que las energías de su espíritu abandonaran esta capa terrenal.
Por eso se habían presentado en nuestro puesto de control a aquella hora intempestiva.
Pero eso no explicaba la terrorífica sensación que parecía emanar del carruaje.
No explicaba que Keema, al mirarlo, se imaginara que estaba a punto de abrir sus fauces y tragárselo entero.
Todas las miradas de la Puerta del Tigre estaban puestas en aquel vehículo.
Raami se quedó en pie ante los caballos que resoplaban, y una gota de sudor le rodó por la frente mientras miraba los aposentos de Araya —que tenía la puerta cerrada— y luego el carruaje, que la comandante le había ordenado inspeccionar.
El inventario del carruaje estaba en sus manos.
Enumeraba todas las pertenencias del cadáver.
Había revisado listas similares otras veces, en innumerables ocasiones, pero en aquel momento, en aquella noche, nada me habría gustado más que alejarme de allí.
Hasta intenté dar un paso para acercarme, pero me vi incapaz de terminar el movimiento.
Como si me hubiera detenido una correa invisible que me sujetara el corazón. No sé explicarlo.
Busqué a otro a quien pudiese ordenar que llevara a cabo mi tarea.
Un hombre fiel habría pensado que fue pura coincidencia que el primer hombre con el que se cruzó mi mirada fuese el Daware.
Pero en realidad todo se redujo a una cuestión práctica: no iba a perder el favor de mis subordinados si mandaba al de menor rango.
Y aunque el corazón de Keema palpitara con la misma fuerza que el de sus compañeros, tomó sin queja alguna la lista que Raami le presentaba con la mano tendida, y la estima en que lo teníamos creció, aunque fuera tan solo un poco, al percatarnos de su valentía.
Pasó frente a los caballos y rodeó todo el carruaje hasta la parte de atrás, donde la lona que cubría la entrada estaba ya recogida y dejaba al descubierto un triángulo de apabullante negrura.
Respiró hondo y subió adentro mientras se preguntaba si la condenada lectora de aguas habría quedado satisfecha al estafarle las escasas monedas que poseía, con aquella estúpida y falsa profecía sobre lo que iba a encontrar en el puesto de control.
Aquello no era lo que había ido a buscar.
Araya, en su despacho, sonrió.
Las manos le temblaban, no porque le faltase la bebida, sino porque el cochero acababa de compartir con ella un secreto de tanto alcance que le costaba mantenerlo encerrado dentro de su cuerpo. Tembló, y sonrió, y dijo:
—No es posible... que las cosas hayan dado este giro.