ANTES #16
El joven volvió a arrugar el ceño.
—¿Volveré a trabajar aquí si regreso?
—No —respondió la comandante. Y luego, tras pensarlo unos instantes, añadió—: De hecho, te recomiendo que no regreses al Occidente.
Keema abrió los ojos de par en par.
—¿Por qué no?
—Por tu propio bien —respondió la comandante, y no quiso darle más detalles—. No espero una respuesta para esta noche. Piénsalo. Mañana por la mañana, antes de que llegue el príncipe, ven a verme y dame una respuesta. Por ahora —añadió— disfrutemos de esta infusión.
Aunque eso no le resultara posible después de que la estancia se llenara de tanto misterio, el joven asintió, y apenas hablaron mientras terminaban de beber en aquella sala azul jerín.
Al terminar de beber, Araya le agradeció su compañía y Keema le dio las buenas noches.
Ya en la puerta, la comandante lo detuvo.
—No llegué a entender por qué querías trabajar aquí —dijo—.
No entendí por qué viniste suplicando que te diera un puesto.
Sin duda ya sabías que los demás no te verían con buenos ojos.
Que el trabajo sería difícil, degradante.
Por aquel entonces imaginé que debías de necesitar un sitio para dormir y comida.
La miserable soldada. Pero durante estos últimos meses, a medida que te he ido viendo, he pensado que no te faltaría trabajo bien pagado como mercenario, a pesar de tu condición.
Lo que significa que tenías otro motivo para trabajar aquí.
—Araya ladeó la cabeza—. ¿Verdad que es así?
Keema no respondía. Tenía los ojos puestos en la puerta. Con una voz que casi era susurro, dijo:
—En cierta ocasión, una lectora de aguas bebió el sudor de mi mano y me anunció mi fortuna. Me dijo que hallaría lo que buscaba en la Puerta del Tigre.
Araya, sorprendida de que el joven diera valor alguno a semejantes profecías, preguntó:
—¿Y qué es lo que buscas?
Pero Keema no dijo nada más sobre aquella cuestión. No hizo más que sonreír, con una sonrisa indescifrable salvo por su luminosidad avergonzada, que hizo nacer un dolor en el pecho de Araya, porque durante los últimos meses no había tenido ocasión de contemplar expresiones tan hermosas.
—Siempre he dicho la verdad, ¿sabes? Me gusta tu nombre.
Tiene un toque de cosa antigua. Pocas personas son «de algo» hoy en día.
Ahora nos llamamos «comandante Esto», «centinela Aquello».
Somos Granjero y Pescador. Tal vez «Keema el Cantero», o «Keema el Duelista».
«Soldado Keema.» Demasiados de nosotros éramos soldados.
Pero «Keema de la tribu Daware» siempre me ha gustado.
—A la mayoría no —respondió el joven. Las palabras salían de lo más profundo de su interior, como un burbujeo inesperado.
La comandante enarcó las cejas.
—Pues entonces es que son unos necios.
Lo dijo con despreocupación, como si hubiera sido algo muy evidente, y Keema sintió la necesidad de ocultar su propia sonrisa, que en su imaginación se veía muy tonta.
Cuando salió del despacho de Araya, todos los ojos de la fortaleza se posaron de nuevo en él.
Todos nosotros nos preguntábamos de qué habrían hablado ahí dentro.
Pero en esta ocasión, a Keema apenas le importó.
Raami volvía a ocupar su posición frente a la puerta de Araya.
Al pasar frente a él, Keema sintió ya muy lejana la incómoda situación en la que se habían visto cuando el otro le había rechazado en el duelo.
Pero Raami, que aún se removía con la culpa, inclinó brevemente la cabeza a modo de reconocimiento.
—¡Venga, hombre de Daware! —le dijo en tono gentil—. Vete a descansar un poco.
El tiempo se agotaba.
Es una sensación inquietante, casi placentera...
la sensación de que repentinamente se te cae encima una fecha límite que no puedes traspasar.
Te recuerda el temporizador de cocina, que era el juguete favorito de tu lola.
Se servía de aquel artilugio ovoide con manivela para preparar el té.
Se servía de él para cocinar en el horno de barro.
Se servía de él para despertarte de golpe de la siesta.
Cuando piensas en el temporizador de cocina, piensas en manos ancianas, de nudillos blancos, que dan cuerda al resorte.
Piensas en un cable tensado, que se sostiene a duras penas entre dos polos opuestos.
Piensas en sus entrañas que hacían tictac, tictac, un sonido que jamás te ha abandonado, igual que ella jamás te abandonó.
Lo oyes ahora, en este mismo teatro, lejano, pero inconfundible.
El chasquido de su lengua de aluminio. El golpeteo que da con el pie este cuerpo iluminado por la luna. Estamos a la espera.
Caballos que se encabritan en la noche.
Un carruaje atravesaba a toda velocidad la ciudad entre montañas.
El cochero fustigaba a los caballos por callejones tortuosos, mientras sonaban silbatos en lo alto, en el camino que conducía al palacio.
El cochero aguardó, tenso, a que los guardias de las puertas de la ciudad revisaran sus documentos.
Le comentaron que era algo tarde para estar de viaje.
Le preguntaron si sabía qué era aquella conmoción en lo alto de la montaña.
El cochero les dijo que no. Les dijo que tenía prisa.
Los guardias, al ver el sello real en sus papeles, le indicaron que no saliera del camino principal.
Le desearon buena suerte. Y él asintió en agradecimiento y luego sacudió las riendas al pasar por las puertas de piedra que se cerraron a sus espaldas.
En la negrura de la noche sin luna, el carruaje atravesó a toda velocidad el valle conocido como Cuna del Emperador, donde los aullidos arrancaban ecos a las onduladas colinas de la plantación de té de Panjet.
Dejando a sus espaldas la colosal montaña donde estaba la capital regia, el cochero llegó a una encrucijada del camino principal.
Izquierda o derecha.
Después de una breve pausa, dirigió por el camino a los caballos hasta llegar a la Puerta del Tigre.
—Ya casi está a punto —masculló tu lola, con los ojos puestos en el corazón del cazo de agua hirviendo.
Tic-tac-tic-tac-tic-tac.
El temporizador de cocina gira sobre sí mismo, mientras los hermanos Sugo se escabullían por las sombras de la puerta oriental.
Vogo y sus amigos distrajeron a los guardias de turno con una bolsa de dopha en polvo y compartieron con ellos la inhalación, mientras Mae rondaba por el sistema de poleas y, con la misma naturalidad con que podríamos esperar un carruaje o una llamada telefónica, sacó el cuchillo con el que solía abrir los sacos de contrabando y empezó a serrar la vieja cuerda que se enroscaba en torno a la gran rueda.
Sabíamos que el príncipe vendría de visita al día siguiente y nos pareció una buena broma, y también justicia, que el Pavo Real llegara y la puerta no se abriese para él.
Araya la Beoda se ganaría un nuevo mote aquel mismo día y, si el príncipe no la mataba en el acto, se reirían de ella y la echarían del país.
Sí... por aquel entonces nos pareció una idea brillante.
La cuerda era gruesa como el torso de un hombre.
Mae no llegó a cortar ni la mitad del cáñamo antes de que pasara otra ronda de centinelas.
Ella, Vogo y el resto de los trabajadores, atontados por el dopha, huyeron al otro extremo de la fortaleza y dejaron el trabajo a medias.
Esperábamos que bastara con el trabajo a medias.
Y a la sombra de la cabaña de las letrinas lo celebraron de todos modos; se llenaron la nariz de dopha, se aturdieron los sentidos.
Vogo se rio con risa histérica y entrecortada cuando su hermana se echó a andar como cangrejo para divertirlo.
Con lágrimas en los ojos y la mente en otro lugar, se limpió el polvo verde de la nariz, mientras uno de sus compinches, que creía ser un erudito autodidacta, se hizo cargo de la tarea de instruirles sobre los orígenes del dopha, de explicarles el proceso de raspado de la piedra de jaxita que se extraía del corazón de las canteras orientales, hasta que Vogo le dijo, arrastrando las palabras: «Cállate de una vez», sentado en el suelo, demasiado mareado como para ponerse en pie.
«Que te calles, joder». Su hermana y su mejor amigo estaban tirados por el suelo a su lado.
—Mañana le clavaremos la puñalada al tullido —decía Mae, medio dormida.
Vogo suspiró.
—Mi cabeza es el sol —respondió.
El tictac del tiempo pasaba bajo los puntales de la torre de vigilancia de la tortuga.
Keema se apoyó contra uno de los puntales de la torre de vigilancia y miró mientras los huérfanos jugaban a un juego con palos.
El juego era sorprendentemente complicado, tenía reglas que aún no había comprendido, pero se quedó de todos modos, para distraerse de todo lo que había sucedido durante aquel día.
—Es sencillo —le dijo el niño de labio leporino, al tiempo que levantaba uno de los palos como si hubiera sido la vara de un instructor.
Pero cuanto más se lo explicaba aquel crío, menos lo entendía Keema.
Se quedaba feliz con escuchar y vio muchas rondas del juego, que eran rápidas y frenéticas, y estaban preñadas de risitas. A los niños les gustaba tener público.
—¿La jugada ha sido buena? —preguntó Keema.
El niño resopló. Explicó por qué la jugada no había sido buena.
Keema escuchaba con atención. Se quedó mucho más tiempo del que hubiera esperado ninguno de los huérfanos.
Hasta trató de jugar una ronda, pero sufrió la derrota antes de que su palo tocara el suelo.
Aunque fuera un joven orgulloso, no le importó perder aquella noche contra los niños.
No le importó que el crío del labio leporino le hablara como si él mismo hubiera sido también un niño y le desgranara lo que había que tener en cuenta para trazar una buena estrategia.
No le importó tener semejante compañía en aquella noche extraña y solitaria.
Una noche que resultó tan larga... tan breve.