La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #15
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ANTES #15

Respiró hondo y se irguió. Se puso a trabajar en la recogida de las antorchas.

Mientras patrullábamos en lo alto de las murallas y jugábamos a los dados con disimulo, lo observábamos.

Aquellas miradas de reojo, escrutadoras y compasivas, le abrasaban la nuca, lo obligaban a esconder su dolor, a calcificarse, porque en el tiempo que había pasado en aquel país había aprendido que el orgullo está indisolublemente ligado a las probabilidades de supervivencia.

Y mientras llevaba las últimas antorchas al almacén secundario que se encontraba en el extremo septentrional del recinto, cada uno de sus pasos lo iba alejando de aquel momento de rechazo, hasta que cobró distancia suficiente y pudo burlarse él también de su propio yo de unos momentos antes.

Cuán ridículo era que hubiera llegado incluso a intentar batirse con Raami.

¡Qué lerdo era aquel muchacho! , pensó mientras negaba con la cabeza y esbozaba una sonrisa irónica.

Se prometió a sí mismo que no cometería dos veces el mismo error, se dijo que no merecían la pena semejantes riesgos.

Y poco a poco la humillación, que había sido tan viva, se desprendió de él en capas sucesivas, y entonces anduvo más erguido y pasó frente a los huérfanos, que no le sostuvieron la mirada.

El niño del labio leporino lo observó un instante, como si hubiera percibido alguna profunda similitud entre ambos, pero luego halló mayor interés en una hormiga que le trepaba por el pecho.

El joven de Daware guardaba las últimas antorchas sin darse cuenta de que no estaba tan solo como había pensado al principio.

Una gruesa daga salió de su vaina.

Los amigos de Vogo miraron a Mae con cierto reparo. En sus ojos había una sed de sangre que nosotros no compartíamos. Fue una mirada que dolió un poco a Mae.

—No vamos a matar a ese cabrón —dijo—. Solo le... recordaremos cuál es su lugar. ¿Verdad, hermano?

El hombre, corpulento como un buey, asintió. Recordó a los demás que la nueva cicatriz que iban a hacerle al muchacho no era más que la justa recompensa por su transgresión contra la sangre regia. Que iba a pagar un precio pequeño por lo que, en esencia, era una blasfemia. Mae añadió:

—Es buen luchador, aunque sea manco, así que no le dejes decir ni palabra... tú lo aplastas contra el suelo y yo le...

Mae se calló y escondió la daga. Alguien se acercaba.

Desde la penumbra, vieron que la comandante Araya se encontraba con Keema al lado del almacén y hablaba en privado con él.

Los Sugo y sus compinches estaban demasiado lejos para oírles y tan solo alcanzaron a observar las caras que ponía Keema, alumbradas por una antorcha cercana.

Su sorpresa, y las dudas con que aceptaba la invitación de la comandante.

—¿Y ahora qué? —preguntó uno de los hombres, mientras la comandante se alejaba con su presa.

Mae envainó el arma.

—Ya lo pillaremos después —respondió—. Venid. Tenemos otras cosas por hacer.

Se marcharon a toda velocidad.

Keema vaciló en el lindar del despacho de Araya.

La comandante le miró.

—Yo no invito porque sí —le dijo.

Keema entró y cerró la puerta. Ollas colgantes llenas de polvo de jerín mantenían fresca la habitación.

Las paredes y el suelo estaban adornados con exuberantes cortinas tejidas por la flota textil.

La alfombra que pisaba con sus sandalias estaba estampada con un complicado diseño de enredaderas y joyas.

En el vaivén de los barcos que albergaban los telares de nuestro señor Induun, tejíamos aquellas obras maestras.

La tela conservaba las manchas de nuestro sudor cuajado de sal, y la sangre de nuestras uñas rotas.

Las estanterías estaban repletas de pergaminos enrollados, resmas de pergamino encuadernadas, tinteros, pinceles y fajos de plumas de repuesto sujetos con cordeles, y además había un juego de té, impecablemente elaborado y conservado, que la comandante tomó por las asas de la bandeja al tiempo que invitaba al muchacho a sentarse.

Sobre una pequeña hoguera, preparó para ambos una taza de infusión de raíces amargas, proveniente de una de las reservas privadas de la señora Panjet.

Pasábamos seis días a la semana inclinados como suplicantes sobre las hileras de arbustos, recogiendo tan solo las mejores hojas.

La nuca nos ardía bajo el sol imperturbable.

Keema hizo una reverencia —se sentía honrado, porque Araya echaba sus propias raciones de agua en la tetera— y le dio las gracias.

—No hay de qué, Keema de la tribu Daware —respondió la comandante, medio riéndose.

Aguardaron a que la infusión estuviera a punto.

—Espero que no te moleste —dijo Araya— que me haya recreado tanto al pronunciar tu nombre.

—No me molesta, comandante.

—Por favor, puedes llamarme Araya. Hemos venido a tomarnos una infusión, sin formalismos. Puedes decirme lo que pienses.

Keema se agitó visiblemente sin levantarse de su asiento, silencioso y tímido, hasta que su comandante se apiadó de él y cambió de tema.

—Debes de preguntarte por qué te he invitado a una infusión. ¿Te importa si trato de adivinar lo que estás pensando?

—No, comandante, no me importa.

—Piensas que siento lástima por ti porque Raami rechazó tu propuesta de duelo.

—Araya clavó los ojos en él—. Piensas que siempre he sentido lástima por ti.

Desde el mismo día en el que nos conocimos, cuando viniste a suplicarme que te diera empleo.

Crees que te he invitado a tomar una infusión igual que un amo invitaría a un perro a reposar la cabeza en su regazo.

—Inclinó la tetera. Un chorro de líquido rojo largo e ininterrumpido se derramó en las tazas de porcelana.

En los hornos del señor Waag cocíamos la cerámica, con guantes deshilachados y gastados, hasta que se nos quemaban incluso las huellas de los dedos —.

No me entiendas mal. Lo siento de verdad por ti.

Siento una profunda compasión por la situación en la que te encuentras.

Pero es por eso por lo que compartimos una infusión esta noche.

—Dejó la tetera y le miró—. Tengo algo que pedirte.

La comandante tomó su taza con ambas manos y sopló con suavidad.

Keema, inexperto en etiqueta, tomó la suya con su única mano, bebió un trago demasiado rápido y se quemó los labios.

Araya sonrió, mientras el muchacho la observaba y la imitaba, y soplaba sobre la superficie del líquido.

El vapor se desprendió en suaves ondulaciones.

Unas notas florales danzaron bajo su nariz.

La nuez de su garganta hizo un marcado movimiento.

—Cuando nos conocimos —explicó la comandante—, hiciste un «juramento dawarano» por el que ibas a servirme. En mi vida había oído nada parecido y la frase se me quedó grabada.

—Todos los guerreros de Daware juran lealtad inquebrantable —respondió Keema—. Nuestra palabra es dura como la piedra. No nos tomamos a la ligera ninguna de las promesas que hacemos. No dejamos ningún voto sin cumplir.

Hablaba como si recitara unas escrituras. Con reverencia. Con orgullo.

—¿Cuáles son las consecuencias de quebrantar un juramento como ese?

—No quebrantamos ningún juramento —respondió él.

—Quizá no lo hagáis nunca a propósito —apuntó Araya—. Pero en este mundo no hay nada seguro. Tan solo somos bailarines que danzan al Ritmo. ¿Y si te asignaran la tarea de proteger a alguien, o algo, y fallaras? ¿Qué ocurriría entonces?

—Preferiría poner fin a mi vida antes que vivir con semejante vergüenza.

—Entonces, ¿no hay nada más importante para ti que llevar a cabo una tarea como esa?

—Nada en absoluto.

Araya sonrió, como si hubiera esperado oír eso. Fuera, un toque de cuerno anunció la llegada de la medianoche.

—El tiempo pasa con tanta rapidez últimamente...

—murmuró la comandante. Cuando se volvió hacia él, tenía los ojos llenos de determinación—.

El favor que te voy a pedir es sencillo.

Hay algo que me gustaría que llevaras a las afueras de la Ciudad Divina.

Un paquete muy preciado por mí, y también por la persona a la que hay que entregarlo.

Una antigüedad transmitida a lo largo de muchas generaciones. ¿Por qué frunces el ceño de esa manera?

Keema se tocó la frente, la traidora que lo delataba.

—Tan solo me sorprende que confíes en mí para entregar algo tan valioso. —Contempló a la comandante—. No nos conocemos de nada.

—Contaba con tener más tiempo —respondió sin más la comandante.

Fue como si aquellas palabras, dichas en voz alta, le causaran dolor, porque de repente se tocó el pecho—.

No tengo muchas alternativas. Mañana será...

es... el tiempo se acaba, y de todos los centinelas que trabajan en esta fortaleza, es en ti en quien más confío; al menos confío en que tratarás de llevar a buen término tu misión...

aparte de Raami, pero a Raami lo necesito aquí.

Sé que tienes un buen historial como mercenario.

Estoy en una situación difícil y tú, Keema de la tribu Daware, eres la mejor opción.

—Se encogió de hombros—. Te voy a pagar, por supuesto. Cincuenta copanes por adelantado.

Unas gotas de infusión resbalaron de los labios del joven.

—¿Cincuenta?

—Cincuenta —respondió ella, divertida—. Una ganga para mí, si tenemos en cuenta la distancia que vas a recorrer. ¿Has estado alguna vez en la costa oriental?

—No —reconoció Keema—. Nunca he tenido alguna razón para ir. A alguien como yo no se le permitiría entrar en la Ciudad Divina.

Como a la mayoría, a menos que los llevaran a Rocalegre, cargados de cadenas.

—Pues entonces es una suerte para ambos —añadió la comandante— que la persona que recibirá el recado no se halle dentro de la ciudad propiamente dicha.

—¿A quién tengo que entregar ese paquete?

—Por ahora te bastará con saber que es una mujer muy importante para mí. Te contaré los detalles cuando hayas jurado. —Araya juntó las yemas de los dedos—. Ese es el favor. Un largo viaje, una entrega sencilla.