La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #14
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ANTES #14

Estaban echados en sus barracones y el calor era tan intenso que no se cubrían con ropa ni con mantas; el suelo apisonado estaba alfombrado con sus cuerpos desnudos que tomaban aire y lo expulsaban al ritmo de sus corazones, que bombeaban repletos de sangre.

El escalofrío había pasado, pero aún nos sentíamos extraños.

Nos sentíamos cambiados. No sabíamos lo que era, pero no habría marcha atrás.

Algunos de los guardias estaban despiertos, no dormían...

algunos no hacían más que escuchar en la noche, como si la oyeran por primera vez, asombrados de que pudiera ser tan ruidosa y tan viva.

Era como si pudiéramos oír de nuevo el mundo.

Otros daban vueltas y se retorcían en su inquietud, y se enroscaban sobre sí mismos como puños.

Como si todas las partes de nuestros cuerpos se hubieran activado.

Keema estaba en el extremo más alejado, apartado de los demás.

Acababa de dormirse cuando el escalofrío lo despertó, con el cuerpo apoyado contra la pared de arcilla, donde tocaba con disimulo la pequeña daga que llevaba atada al muslo para estar seguro de tenerla aún, y mantenía un ojo puesto en la puerta del barracón por si alguno de los Sugo intentaba algo contra él.

Pero, al atacarlo el escalofrío, un extraño estado de ánimo se apoderó de él: se le agudizaron los sentidos.

Se puso a escuchar al gordo escarabajo de la viga del techo que hacía chasquidos con sus alas.

El crujido del hueso de la cadera al estirar la pierna uno de los que dormían.

Un hombre que suspiraba en algún lugar, entre los cuerpos retorcidos.

El roce de una mano que se alargaba sobre el suelo para tocar otra mano.

Nos sentíamos como si hubiéramos estado envueltos en llamas.

Los guardias no conocían más que el verano, pero en aquella nueva noche parecía que reinara un calor que aún no habían descubierto.

Keema se masajeaba con la mano la hendidura de su pecho desnudo, al tiempo que respiraba entrecortadamente; luego se limpiaba el sudor de la palma sobre la fina estera que tenía debajo, con los ojos entreabiertos, cuando desde un rincón de la sala oyó los gimoteos de quienes abandonaban el sueño.

Topamos el uno con el otro en aquel barracón.

Nos quedamos con la sensación de que no podíamos hacer otra cosa.

Se puso en pie, tambaleante, pasó por encima de los otros cuerpos inquietos y salió al patio medio vestido.

Un dedo le rozó el tobillo desnudo antes de que se fuera.

Se quedó en pie frente a los barracones, incapaz de moverse por un instante, sintiendo comezón por algo sin tener ni idea de lo que era ese algo, ni de cómo empezar a buscarlo.

Era como si el escalofrío le hubiera despejado el cuerpo, como si se lo hubiera vaciado.

Como si hubiera necesitado algo para llenarlo.

Anduvo por el patio y se puso de nuevo la camisa sin mangas al pasar frente a los que trabajaban en el turno de noche.

Soldados que sacaban las armas de los estantes y pulían las hojas y puntas de lanza con paños aceitados.

La luz de luna se reflejaba en el curvo metal.

Era como si tratáramos de aliviar una comezón.

Tan solo necesitábamos hacer algo. Vio con el rabillo del ojo un juego de dados furtivo a la luz de las antorchas, dados que se agitaban en cubiletes de madera a espaldas de los jugadores y rodaban hasta unos hoyos en el suelo.

Dos números rojos. Una promesa de pagar después del turno.

Perdimos el dinero y no estuvo mal. De pasada se murmuraban chistes discretos.

Tallaban flechas nuevas con la madera que había sobrado, las ponían en el arco y probaban a tirar contra el muñeco con el que se ejercitaban junto a la muralla septentrional.

Un guardia aburrido trazaba en la tierra las curvas de las caderas de una mujer con el dedo gordo del pie, mientras que detrás de él las puntas de flecha se hincaban en la cara del muñeco y saltaban chorros de paja y relleno de sus arterias.

Nunca habíamos estado tan despiertos. En la inquietud de la noche, Keema dio la vuelta a la calle principal de la pequeña fortaleza y se unió a la multitud de hombres y mujeres que estaban de pie en torno a una improvisada arena de combate, donde se enfrentaban de dos en dos hasta que uno sometía al otro.

«Antes se bailaba.»

—Bailes con magias tan extrañas... —te explicaba tu lola—.

Era la magia del pueblo. Pero a medida que el Trono iba extendiendo su dominio y quedaba claro quién ostentaría el poder, el baile lento perdió popularidad, relegado a los rancios rincones de la tradición.

El duelo ocupó su lugar como manera de expresarse.

Tu lola sonrió al ver a un grupo de jóvenes de tu edad que andaban por la calle... Les ocultaste tu rostro hasta que se hubieron alejado y ella lo encontró muy divertido.

—Incluso en el cortejo —dijo, al tiempo que apagaba el cigarrillo— se procedía mediante un duelo.

Una reverencia, una invitación.

Se establecieron los límites de la arena de combate con antorchas de bambú, y en el centro se levantó una nube de polvo, porque dos guardias se pusieron a luchar.

Teníamos que aliviar la comezón. Los niños que seguían despiertos miraban sin salir de debajo de sus mantas, con una curiosidad que les abría los ojos tan solo a medias, junto al fragor de los braseros encendidos.

Keema vio como la robusta mujer levantaba a su oponente en el aire con la facilidad con que se levanta un barril vacío, y pensó por un instante que era hermosa la manera en que lo sostenía como un arco bajo el cielo nocturno y luego lo estrellaba contra el suelo.

La mujer lo ayudó a levantarse. Ambos estaban magullados y sonrientes, y se saludaron con mutuas reverencias.

Pateábamos en el suelo, aullábamos, los aclamábamos desde los límites de la arena de combate.

Cuando se marcharon del campo de batalla, lo hicieron agarrados por el brazo, y Keema sintió en lo más profundo de su ser una diminuta semilla de envidia que le provocaba dolor.

Raami, con una sonrisa chulesca de un extremo a otro de su rostro de jaguar, entró solo en la arena y tendió las manos en desafío.

Nadie aceptaba aquella invitación a sufrir una paliza.

Era el mejor luchador de todos nosotros.

A nadie le apetecía que le rompieran la nariz.

Su dedo burlón iba dando vueltas en el aire.

Llegó al punto de prometer que en el siguiente turno se encargaría de la tarea que el otro le asignara, pero de todos modos nadie aceptó.

Keema se quedó a un lado. Veía que todos los que Raami retaba se echaban a reír y declinaban la paliza.

—¿Hay alguien entre vosotros que no sea cobarde? —preguntó con malicia el segundo al mando, y Keema, en un momento de bravura, dio un paso adelante.

Hizo una profunda reverencia.

—Yo quiero pelear contigo —respondió.

Raami se dio la vuelta y su expresión se ensombreció.

Observamos en incómodo silencio mientras Raami contemplaba al tullido durante lo que nos parecieron varias horas.

Se le notó en los ojos. Estaba haciendo cálculos...

se preguntaba hasta qué punto le perderíamos el respeto si aceptaba aquella inesperada petición.

Incluso levantó los ojos hacia la muralla occidental, donde se encontraba la comandante Araya, como si esta tuviera que decirle lo que debía hacer.

Se decidió por fin. Se volvió y salió de la arena de combate. Dijo que necesitaba agua y dejó allí al pobre cabrón, sin hacer ninguna reverencia ante nadie.

Hasta nosotros sentimos lástima por él.

Keema tenía los ojos fijos en el suelo. La cara le ardía.

No quería levantar la vista. Por muy trabajado que estuviera su cuerpo, por muy entrenadas y preparadas que estuvieran sus articulaciones y músculos, aún escondía en su interior a un niño llorón que no sabía cómo sobreponerse a semejante vergüenza.

Entonces los demás nos marchamos a otras partes del puesto de control, para pasar el tiempo en aquella noche inquieta.

Nos reíamos entre nosotros, conversábamos animadamente.

Como si la fuerza de voluntad hubiera podido hacernos olvidar lo que había ocurrido.

Un lujo inasequible para Keema, que hizo cuanto pudo por apaciguar su corazón palpitante.