La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #13
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ANTES #13

Al cruzar la Puerta del Lobo, el emperador echó una mirada al capitán de la guardia real y con esa mirada confirmó Su orden.

Matad al muchacho.

Y cuando las puertas se cerraron rechinando a Sus espaldas, la docena de hombres de la guardia real se desplegaron poco a poco por la estancia y bloquearon la salida.

Nosotros, los más leales entre los hombres del emperador, cumplíamos Su voluntad, aunque no siempre comprendiéramos a qué se debían Sus órdenes.

Quizá el muchacho se dio cuenta de la formación que habían adoptado, pero no lo demostró.

No hizo más que caminar hacia su minúsculo campamento en un extremo de la estancia, donde se agazapó bajo el mural de la Luna destrozada, sumándose al tenso silencio de los guardias.

El capitán, que vestía una máscara de demonio riente de mejillas rojas, dio un paso al frente. Una de sus manos reposaba sobre la empuñadura de su espada sin desenvainar.

—Tú eres Jun Ossa, ¿verdad que sí?

El muchacho de la máscara de pavo real tardó un instante en responder.

—Sí —musitó, sin orgullo—, así es.

Los hombres intercambiaron miradas, porque entre los muchos hijos del príncipe que cabalgaban bajo el estandarte del Pavo Real, era Jun el que inspiraba mayor temor en sus corazones.

—Esta debe de haber sido una misión tediosa, en comparación con las que sueles llevar a cabo —dijo el capitán, moviendo la cabeza de un lado para otro—. No me puedo imaginar lo que será pasar todo un año aquí abajo.

—Es un gran honor —contestó el muchacho llamado Jun, sin afectación alguna.

—¿Pues por qué no vienes aquí, mi señor, y nos lo explicas?

—añadió el capitán, con una sonrisa en la voz—.

Cuéntanos cómo has pasado estos últimos meses en este lugar.

Cuéntanos si son ciertos los rumores de que los murales cobran vida durante la noche.

—El capitán se había echado a andar hacia el muchacho con pasos lentos, mientras la mano que hasta entonces había estado suelta se cerraba con fuerza sobre su empuñadura.

Sus hombres iban tomando posiciones en los extremos de la estancia—. Cuéntanos lo que tú quieras.

Jun los miró a todos.

—No podéis matarme —dijo—. Ella no lo va a permitir.

—Tan solo venimos a hablar —respondió el capitán.

—Ya es demasiado tarde para hablar.

Había en su voz una inmensa tristeza que hizo que el capitán vacilara.

Pero el temido guerrero no dijo nada más.

Corrió hasta el fondo de la estancia, donde se zambulló en el estanque poco profundo y desapareció tras el chapuzón.

Los hombres se miraron entre sí, confusos, pues el estanque al que había saltado el Pavo Real no tenía salida. Uno, incluso, pareció reírse.

—Ha enloquecido de verdad aquí abajo, ¿no?

Tras la Puerta del Lobo,

el emperador entró en una habitación que no era más grande que los aposentos de un siervo bien querido.

En el centro de la pieza había una pequeña isla de piedra rodeada por un foso de agua de color azul cristalino que iluminaba la oscuridad.

Aquello era la isla donde Ella se sentaba.

Incluso el emperador, el hombre más poderoso del país, apartaba la mirada en Su presencia; Sus ojos miraban al suelo mientras le hablaba, como un niño que comparece para recibir una reprimenda.

—Sé que ha pasado tiempo desde la última visita, Madre.

Sé que no nos separamos en los mejores términos.

Espero que el tiempo que has pasado en esta habitación te haya dado tiempo para pensar en lo necesarios que fueron mis actos...

por qué hice lo que hice para retenerte aquí.

Pero no he venido por eso. He venido porque tengo sueños, Madre.

Los sueños más espectaculares. He visto el tigre y la rama de cerezo.

He visto la baya inmortal. Los Muchos Cielos quieren que emprenda un viaje.

Quieren hacer de mí un dios. Y quieren que tú vayas conmigo.

—Tenía la voz cargada de emoción. Como Ella no le respondió, Él prosiguió—: Una nueva tierra nos aguarda, Madre, y creo que estarás de acuerdo en que nos vendría bien a ambos estar lejos de este país por un tiempo.

He llevado a cabo mis grandes obras aquí, y tú las tuyas.

Nuestro confinamiento ha terminado. Tenemos que cruzar los mares, hasta la nueva tierra donde... hallaremos...

Interrumpió Sus palabras, porque se dio cuenta de la pequeña roca que había a Sus pies.

Vio otras rocas. Algunas se encontraban en el foso de agua, y había todavía más desparramadas por el suelo, una hilera de rocas, pequeñas, melladas, yesosas, que conducían a una red de malla rota.

La red había colgado del techo, suspendida sobre el agua, pero alguien había cortado la cuerda con un cuchillo.

La trampa mística que la había aprisionado durante tantos años se había roto.

Era libre.

«Oh», pensó el Octavo Emperador.

—Madre —dijo Él. Tragó una nada. Su voz parecía suplicar como jamás en toda Su vida—. Madre, espera.

No esperó.

Las rojas puertas se combaron cual vientre repleto de aire, los ojos enjoyados de los lobos saltaron cual botones y explotaron hacia fuera con tal fuerza que los soldados de la caverna no pudieron hacer más que parpadear, y la sangre de estos cubrió como pintura las paredes repletas de murales, sobre el estanque de agua en el que todavía estaba el hijo del príncipe.

El sollozo estridente y lleno de pánico del emperador fue el último sonido que Él hizo en este reino terrenal, antes de transformarse en nube de sangre y hueso, antes de quedar preso en las paredes de la antigua montaña, donde se unió a nosotros, los que habíamos edificado este lugar, en nuestra inquieta eternidad.

La explosión se sintió en lo alto... Los platos del comedor real temblaron sobre la mesa y los jarrones de porcelana pulida con finura se quebraron en diminutos añicos, debido a las sobrenaturales vibraciones.

Y en su pagoda, en medio del cuarteto de muchachas que le servían, el príncipe cayó de rodillas y cerró la mano sobre el dolor que le perforaba por detrás del ojo derecho.

Sus Pavos Reales corrieron hacia él y le preguntaron qué ocurría, pero su voz estaba vacía y su garganta demasiado encogida como para hablar...

vomitó sobre la alfombra hilos de agua de mar fresca y verde.

El país se agitó en un escalofrío.

Fue como si un dedo hubiera recorrido el espinazo del país durante una de sus noches sin luna.

El escalofrío empezó en las montañas del oeste y se extendió hasta la costa oriental.

Ninguno de nosotros escapó de su frialdad.

Era un sentimiento colectivo, que asaltó a todo el mundo, desde los granjeros de las terrazas de cultivo de Yinn hasta los trabajadores de los muelles de la Ciudad Divina.

Cuando nos alcanzó, nos despertamos sobresaltados, convencidos de que el mundo llegaba a su fin.

De que nuestros cuerpos habían concluido su tiempo en esta Tierra y el escalofrío era la entrega de nuestro espíritu al mar Durmiente.

El llanto de los bebés que se despertaban marcó aquella noche de cambio.

Las apuestas cesaron en las embarcaciones de recreo, porque los ancianos y ancianas que jugaban a los dados empezaron a frotarse los brazos, en un intento por calentarse los vellos, erizados por un desconocido espanto.

Los pescadores de los Mil Ríos miraron por entre los resquicios de sus ventanas entabladas, para vislumbrar quizá al culpable de aquella premonición que sentían en su cuerpo, un espíritu de pesadilla tal vez, que acudía a visitarlos desde las aguas y se saciaba tan solo con las lágrimas saladas y frescas de los jóvenes.

Pero no vimos nada, ni a nadie. No teníamos ninguna explicación para el temblor de nuestro propio cuerpo, que duró tan solo un instante que nos heló el alma.

Ni siquiera los profetas de los mercados nocturnos de la ciudad, que a cambio de una pequeña cantidad —una suma asequible, según ellos mismos decían— adivinaban el futuro de las gentes de paso bebiendo agua de sus manos ahuecadas, hallaron ninguna explicación para el síntoma divino que experimentaban en aquel instante, que se sentía como si la brisa salobre del mar Durmiente hubiera soplado a través de sus vientres.

El mundo había cambiado. Los simios que moraban en los bosques oscuros, más allá de la luz de las antorchas del hombre, se abrazaron bajo el ir y venir del escalofrío. Sus ojos relucían en la negrura, porque entendían aquel portento; los días de grandes trastornos que les aguardaban.

El hombre que regía la producción textil del país estaba de pie en el mirador de su barco privado y escudriñaba la noche implacable.

—Algo ha cambiado —dijo a la imponente mujer que tenía detrás.

¡Cuánta razón tenían! La muerte del emperador había redirigido las corrientes.

Así como antes todos los caminos habían atravesado las aguas, aquella noche conducían a un lugar totalmente distinto.

Sin que ninguno de ellos lo supiera, aquel lugar eran las improbables puertas del puesto de control de la Puerta del Tigre, donde el curso de la semana por venir lo determinaría el fuego y la sangre.

Aquella noche los centinelas de la Puerta no iban a dormir.