La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #12
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ANTES #12

Salió al balcón y apoyó Sus dos manos envejecidas sobre la baranda.

Su larga uña, la de coger el rapé, repiqueteaba sobre la madera lacada, con inquietud.

Sus ojos hundidos examinaban el oscuro paisaje moteado de menudas luces, Su intelecto trabajaba, se preguntaba cuántos habría ahí fuera que querían Su cabeza...

un chasquido que se oyó en lo alto lo hizo estremecer, hasta que se convenció a sí mismo de que no eran más que las maderas que crujían bajo los altos vientos de las montañas.

Exhaló con las espaldas tensas, con los ojos puestos en el país que Él mismo gobernaba, y jamás vio tan claro como entonces, cuando estaba solo consigo mismo, Su propia desesperación por acabar con todo aquello.

—En este sitio no hay amor —susurró, fatigado, al tiempo que se sentaba sobre la silla del balcón, con tremenda necesidad de encontrar una salida.

El momento no pudo ser más oportuno... la puerta se abrió y los pies embutidos en calcetines de un asistente real entraron en la estancia.

El joven, ataviado con una máscara de conejo, llegó y preguntó al emperador qué podía hacer por Su Sonriente Sol, y el emperador ni siquiera se dignó responderle.

Sin levantarse de Su silla, sin volverse, se limitó a levantar un dedo, y el asistente se quedó agarrotado, como si el espinazo se me hubiera vuelto de piedra, no podía ni parpadear, cálidas lágrimas resbalaron por mis heladas mejillas , los dedos del emperador trazaban formas en el aire, el cuerpo del asistente se retorcía de acuerdo con esas formas, mi grito, sin aliento y silencioso, mientras el brazo se me descoyuntaba y la pierna retrocedía con un chasquido, mi propio talón me presionaba entre los omóplatos, Sus dedos tejían hebras invisibles en el aire mientras mi cuerpo se plegaba más y más hacia dentro , hasta que lo único que quedó de aquel hombre fue una caja de carne retorcida que todavía se agitaba de algún modo al ritmo de su aliento, mi aliento en los dedos de los pies, y mis ojos, que se habían salido de sus cuencas, miraban a través de aquella caja de miembros a Mi Sol Sonriente , que contemplaba Su creación con aire satisfecho y recordaba una vez más Su inmenso poder.

Y cuando más tarde me descubrieron como juguete desechado que era, un guardia que se compadeció de mi situación me llevó con mi amor, que con manos temblorosas me oprimió contra su pecho hasta que exhalé el último aliento y regresé al mar Durmiente, sin alas, y libre.

El emperador, ya saciado, Se sentó de nuevo en su silla, mientras la caja de carne gorgoteaba a Sus espaldas.

Se hundió en Sus cojines como podría hacerlo un león después de alimentarse.

Ni siquiera recordaría luego cómo se había dormido.

El sueño lo asaltó de pronto, como un viento de primavera en un callejón: breve, pero sentido en lo más hondo, y lo bastante prolongado como para soñar.

¡Y qué sueño fue aquel!

Flotaba en lo alto sobre Su tierra. Las nubes se apartaban a Su paso haciéndole reverencias, mientras contemplaba las provincias que se extendían allá abajo y veía que los bienes que producía el pueblo burbujeaban sobre estas como espuma: ríos de té que se arremolinaban en torno a los gruesos tallos de grano de arroz, todo ello cubierto por los exuberantes pliegues de alfombras y tapices.

A Su lado, los siete emperadores que lo habían precedido se inclinaban ante Él y le decían que estaba continuando Su gran obra.

Incluso Su padre, el Séptimo Emperador, a quien Él mismo había dado muerte, le dijo que se enorgullecía de Él.

Todos los cielos celebraban Sus triunfos.

Lo único que le aguardaba ya era emprender el viaje por el mar Grande e Interminable para dar con Su recompensa.

—¡Lo haré! —juró a sus ancestros—. ¡Hallaré mi merecida recompensa!

Y en un navío empujado por una ola tan alta que los propios astros se apartaban, se acercó a la nueva tierra, siguiendo la constelación del tigre y la rama de cerezo, que saltaba por delante de Él cual argénteo rayo y trazaba el camino que lo aguardaba.

La luz estelar tenía tal fulgor que ni siquiera la sombra de la Muerte osaba acercarse al bajel.

«Es un largo viaje —le decía el tigre—, un viaje que es mejor no hacer solo.»

Y en cuanto el emperador miró a Su lado, Sus ojos se abrieron de par en par, pues vio a la persona que tenía que acompañarlo en Su divino viaje, y se preguntó cómo no se le había ocurrido antes un plan tan inspirado.

Despertó del sueño ahogando un grito.

Sabía lo que tenía que hacer.

Los pasos del emperador resonaron por una oscura escalera de piedra.

La escalera descendía bajo palacio y se adentraba cual sendero abrupto hacia el corazón de la montaña.

Mucho tiempo atrás, hacía muchos emperadores, se había construido aquella escalera, y todos sus escalones eran empinados y aturdían con su ornamentación en espiral.

Había sido un sueño del Tercer Emperador, nacido con el don de la percepción agudizada, que había ordenado crear aquel refugio, libre de toda distracción terrenal.

Ninguno de nosotros vivió tras la finalización de aquel gran proyecto.

A todos los que no habíamos muerto mientras construíamos y excavábamos galerías bajo tierra nos mataron, para proteger lo que se había hecho allí.

Nuestros huesos se transformaron en parte del edificio de aquella imponente prisión.

Nuestra piel se dispersó en el aire. Nuestra sangre, en el agua que bajaba por cada uno de los escalones.

La llama de la antorcha lamía la piedra húmeda.

Gimoteó y tembló bajo un soplo de viento que recorrió el angosto pasaje.

Los soldados que acompañaban a su emperador trataban de preservar su bravura a medida que descendían.

Trataban de convencerse de que aquellos pasadizos no estaban plagados de muertos que no habían encontrado la paz.

Todos sintieron alivio cuando las escaleras finalmente se ensancharon y dieron paso a una magnífica cripta, tan amplia que dentro habría cabido toda una mansión.

Esta cripta, nuestra obra maestra. Cascadas de agua cristalina atravesaban el techo y las paredes estaban cubiertas de espléndidos mosaicos, compuestos de teselas de concha azules y negras, que representaban con imágenes de contornos fluidos y sinuosos las viejas historias del Tiempo de Antes: la caída de la Luna, la salvación de Ella a manos de quien sería el primero de los emperadores, el ascenso del Trono, y muchas más.

Tan solo se nos permitía representar los relatos sancionados, los relatos en los que el Trono aparecía como un árbol imponente de orígenes humildes que no había cesado de crecer y no cesaría jamás.

Era en el otro extremo de la cripta, en el que convergían las líneas impresas en la pared, donde estaba el elemento más importante de la estancia.

La Puerta del Lobo.

Cien lobos de oro macizo gruñían y mordisqueaban el pequeño pomo que había en el centro de la puerta.

Cada uno de los lobos parecía tener vida propia en su movimiento, en su hambre, como si hubieran sido de verdad, y simplemente se hubieran transformado en estatuas en el momento culminante de la cacería.

Había un único guardia plantado frente a la Puerta del Lobo.

Cerca de él se encontraban el sencillo catre y la estufa que le habían permitido vivir durante los últimos seis meses.

Su cara quedaba oculta bajo la máscara que llevaba: la de un pavo real.

Hizo una profunda reverencia a la llegada del emperador y de su séquito, mientras guerreros armados con picas se alineaban en mortífera avenida entre ambos.

—Mi Sonriente Sol —dijo el hijo del príncipe, y su voz resonó en la cúpula que se henchía con las aguas—. ¿Ya es la hora de mi relevo?

El emperador pasó por su lado y sacó la llave de Su túnica, sin hacerle ningún comentario.

Era una escarpia dentada que servía como llave, con mango de plata, y dientes afilados como los pinchazos de un ataque al corazón.

Los ojos de cien lobos de oro le devolvieron el destello; la abertura suplicaba que la llenaran.

Metió la llave y le dio la vuelta... Los lobos abrieron las fauces y las rojas puertas rechinaron mientras se abrían hacia dentro, y una ráfaga de aire inundó la oscura entrada.

El emperador se alisó la túnica. Estaba nervioso.

Antes de entrar, miró a la persona que tenía a Su lado, supuestamente Su nieto.

El joven ocultaba su cara con la máscara de pavo real, por lo que, si había alguna semejanza entre ambos, el emperador no la vio; lo que sí vio fue el tributo que se habían cobrado en él los últimos seis meses que había pasado allí abajo.

Una energía nerviosa irradiaba de los hombros del joven, sus manos se abrían y cerraban sin cesar, como si hubiera querido aliviar una rigidez en las articulaciones que no se le iba, y parecía que volviera levemente la cabeza a causa de sonidos que solo él oía.

Voces dentro de su cabeza... voces de muertos.

Susurrábamos, exclamábamos, y no lo íbamos a abandonar jamás.

Aquel muchacho no era el primero que caía en la locura de la soledad, sobre todo en aquella caverna, en aquel silencio, pero de todas maneras el emperador se sintió decepcionado al ver que alguien de Su sangre había salido tan débil.

Le importaba bien poco no recordar el nombre de la criatura.

—Tu padre te manda saludos —dijo Él. Los hombros del Pavo Real dejaron de temblar—. Si quieres, cuando yo regrese, podemos subir y visitarlo juntos, mientras mis guardias protegen la Puerta en tu ausencia.

—Una propuesta sumamente generosa, Mi Sonriente Sol. —El muchacho Le dedicó una torpe reverencia, vacilante y breve—. Pero si igualmente te place, me quedaré aquí y cumpliré con mi deber hasta el final.

—Que así sea —respondió el emperador con indiferencia.