ANTES #11
Mientras Keema desatascaba los excrementos de sus colegas, el sol iniciaba su descenso hacia las Agujas —las gigantescas erupciones de tierra que tanto se parecían en aquellas horas tardías a los dedos extendidos de un gigante moribundo—, pero, aunque el cielo se oscureciera, el calor no cesaba.
La influencia de Su Interminable Verano aún se hacía sentir.
El aire todavía era un manto pesado y sofocante que envolvía los hombros y daba fuerza a las frustraciones.
Un guardia del puesto de control, que más que hablar rebuznaba como una mula, se rio en la cara de una mujer al decirle que el sello de su declaración estaba anticuado, que había que utilizar uno nuevo y que tendría que volver a venir con los sellos adecuados.
Casi empezó una pelea entre dos de los hombres de la fila, aparentemente porque uno le había dado un empujón al otro, pero en realidad podría haber sido cualquier otra cosa...
el intercambio de puñetazos no llegó a hacerse realidad, tan solo porque un tercer viajero se puso entre ambos y los tranquilizó.
Todos nosotros queríamos pasar. No había ninguna necesidad de crearnos dificultades unos a otros.
Un coro de bebés aullaba en aquella atmósfera cargada de humedad y mamaba en vano de los pechos de sus madres, a quienes apenas si quedaba nada que pudieran darles.
Las raciones de agua se repartían entre quienes tenían de sobra y quienes habían vaciado las cantimploras, mientras los centinelas revisaban los documentos sin prisa.
De nada servía mostrarse orgulloso. Todos nosotros padecíamos sed con aquel calor.
La tortuga, que se había encaramado en la torre de vigilancia cual águila monstruosa, los observaba a todos con ojo atento, husmeaba en el aire en busca del ácido olor de la traición, mientras la luz del sol iba desapareciendo al otro lado de los altos muros y la fortaleza se bañaba en la bendita frescura de las sombras.
No había pasado más de una hora tras el cierre de las puertas, cuando un fuerte chillido detuvo todo movimiento en la fortaleza.
—¡Acudid todos! —gritó la tortuga—. ¡Es la hora de Su Discurso Vespertino!
Se interrumpieron todas las labores. Keema trató de reponerse en la zanja de las letrinas.
Araya, que había estado entretenida contemplándose la mano derecha, porque le había quedado entumecida al firmar el recibo de un cargamento de arroz, salió de su despacho en lo que parecía un estado de fuga disociativa, y fue al patio con los demás, todos quietos y sin aliento, al tiempo que la tortuga comunicaba las palabras de su dueño con sus agudos gorjeos.
«¡Cae la noche sobre nuestro glorioso país!»
Desde Su balcón, muy por encima del mundo, el emperador contemplaba el crepúsculo, al tiempo que dictaba Su último discurso vespertino a la tortuga que tenía detrás. Su voz cansada y malhumorada se transformaba en grito de júbilo gracias a Su red de criaturas dadas a las risitas.
—La marcha del sol nos depara una noche muy celebrada. Preveo un lago de estrellas y un sueño apacible. No podríamos pedir una entrada más bella para esta semana tan santa.
Hizo una pausa y echó una mirada a Su hijo, que se repanchigaba sobre los cojines como si aquel lugar fuera ya suyo.
Su hijo le asintió como para expresar su confianza.
El emperador frunció el ceño.
—Aguardo con gran expectación el momento de sostener con las palmas de mis manos el grano de vuestra cosecha.
De oír vuestras historias sobre truchas pendencieras y sedales rotos.
De perderme en las infinitas figuras estampadas sobre las alfombras que tejéis y de empuñar con mis manos los productos más afilados de vuestras forjas.
Puedo imaginarme ya las actuaciones que habéis ensayado a lo largo de muchos meses y los pasos livianos de vuestros cuerpos vigorosos...
toda la belleza que este país ha producido y que seguirá produciendo aunque yo ya no esté, todos los días, bajo la mirada de este Sonriente Sol.
Prestémonos mutua honra con nuestros dones durante la semana que vendrá.
Mientras escuchábamos por todo el país el lamento de las tortugas —escuchábamos la anhelante calidez de sus palabras— olvidamos por un instante el estado en el que se hallaban nuestras vidas y le creímos.
Creímos que lo hacía por nosotros.
—Pero, ante todo, deberemos afrontar un último paso.
Ante todo, tendremos que soñar en los días de perfección que vendrán, en esta última noche que precede a nuestra magnífica aventura.
No os inquietéis cuando el sol descienda tras los cerros.
La luz retornará al amanecer. Pero debemos permitir que el centro del tapiz se desplace.
Para que nos traiga la dulce tristeza del final del día.
Desde la cima de Su montaña, contempló el punto de luz en el horizonte.
Aquella única candela cuya luz temblaba.
—Los placeres de esta noche, la más verdadera.
La vela se apagó.
Solo con que mueva la mano de este cuerpo, todos los braseros se apagan en este Teatro Inverso.
El movimiento es súbito, igual que lo es la desaparición de la luz; la negrura en la que os sumergís es tan absoluta que la sentís como una presencia que os circunda, que os impide ver vuestras propias manos.
No se trata tanto de una ausencia como de una niebla que os abruma.
La sentís dentro del pecho. La dificultad con que respiráis.
La negrura que se cierra sobre vosotros.
Así era la noche en el País Antiguo, lo que ellos conocían como la oscuridad verdadera, que era total e implacable desde el momento en que el sol descendía del lugar que ocupaba todos los días.
¿Qué otra cosa habría cabido esperar, si no había luna en el cielo?
Tu lola apagó un cigarrillo contra la pared.
Cuando retiró el cigarrillo, quedó una pequeña quemadura negra sobre la superficie de color cremoso.
—Lo llamaban la Quemadura —dijo.
El agujero en el tapiz del cielo que la Luna, en otro tiempo, había llamado hogar, o por lo menos eso era lo que contaba uno de los relatos menos creíbles de tu lola.
Que uno de los Primeros Hombres había descosido la Luna del cielo con la punta de su lanza y la había liberado del lugar que se le había asignado en los cielos, y Ella le había ofrecido el cumplimiento de un deseo, y ese deseo había sido un reino.
Un agujero en el cielo, como una marca de cigarrillo, la Quemadura era el motivo por el que los puestos de control cerraban las puertas al anochecer, por el que los animales se metían en lo más hondo de sus guaridas, por el que eran tan pocas las personas que se aventuraban por los caminos en las horas de negrura, pues por los campos de una tierra despojada de luz de luna rondaban peligros mucho peores que meros forajidos.
Escucha cómo el mundo cierra sus puertas.
Es el sonido de mil cerraduras que giran a la vez, pues al ponerse el sol nadie se demoraba un instante en cerrar de golpe las puertas en todos los pueblos y ciudades.
Las puertas de los puestos de control rechinaban al hundirse en tierra.
Los viajeros que no habían logrado pasar las inspecciones en el patio tenían que volver a salir; no quedaba más sitio para pasar la noche y todos ellos tenían que regresar a toda prisa a las poblaciones de la frontera, llamar a las puertas de los mesones, cuyos propietarios les cobraban el doble por la estadía.
Y como ratones cuando alguien enciende de pronto el interruptor de la luz, todo el mundo desaparecía de los caminos; ni siquiera los bandidos osaban enfrentarse al mundo sin luz y a sus muchos dientes.
Los que no tenían más remedio que pasar la noche a la intemperie se frotaban a la desesperada con sustancias que enmascararan su olor, con mejunjes de estiércol y aceite que hacían que su humanidad no se distinguiera de los árboles y la maleza.
Tal fue el caso del grupo de emboscados, al este de la Puerta del Tigre, los veinte hombres y mujeres de gran ferocidad que, en los bosques que se hallaban sobre el camino que discurría al borde del barranco, se quedaron tan quietos como otros tantos ciervos, a la espera del final de la noche, y escucharon los aullidos que atravesaban los brumosos cerros.
Los asesinos contemplaban el mundo desde su oscuro nido, las dagas de luz que perforaban la negrura por toda la tierra, los braseros, las velas, las antorchas —aquellas diminutas semillas de fuego que apenas si podían nada contra la gruesa y sofocante frazada de la noche, pero que ya eran algo, eran seguridad, y las gentes se acurrucaban en torno a aquellas sagradas fuentes y rezaban por vivir hasta la aurora.
«Por mañana», dijo el Primer Terror, al tiempo que brindaba por su padre.
Y entonces dejó la copa y quiso salir de los aposentos reales, pero el emperador lo detuvo en la puerta con una mirada.
—Te marchas muy temprano —le dijo.
—Por favor, padre..., llevo toda la tarde aquí —le recordó Su hijo con gentileza.
Si el emperador advirtió el tono de reproche en la voz de su hijo, no lo demostró.
—Arriba hay una habitación preparada para ti. Esta noche dormirás aquí.
—Te lo agradezco, padre, pero no puede ser. —Hizo una reverencia que su padre no se creyó—. Me quedaré con mis hijos. Tengo muchas cosas que discutir con ellos, sobre los planes que tenemos para esta semana.
El emperador se volvió hacia el balcón.
—Sea.
—Volveré al alba. Ni siquiera te darás cuenta de que...
—Cuando salgas, haz venir a alguien.
Su hijo se quedó quieto, preguntándose si sería mejor insistir en sus explicaciones, o no. La tortuga olió el aura de vacilación que emanaba del príncipe. Se rio por lo bajo entre sus mantas.
—Buenas noches, Padre —dijo entonces.
Al cerrarse a Sus espaldas la puerta del salón, el emperador miró por Su desierta estancia.
Echó una mirada a la jaula donde había estado el ave y se estremeció.
Aquel país maldito.