La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #10
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ANTES #10

—Por lo que a ti respecta, Keema de la tribu Daware..., muchacho aficionado a iniciar pendencias a las que su comandante tiene que poner fin..., lamento decirte que a ti también te tendré que castigar. De todas formas, te ahorraré lo peor si me cuentas a qué se ha debido todo este jaleo.

Pero Keema no hizo más que bajar la cabeza. Tan solo quería terminar con aquello.

—Acepto cualquier castigo que me impongas.

Araya se quedó mirándole la nuca: los cabellos cortos y negros, cortados al ras, la cicatriz apenas visible en el cuello. Y añadió:

—Está bien. Te tocará desatascar durante todo lo que queda de tarde.

El joven hizo una mueca.

—Vete —le dijo Araya.

Keema se incorporó y, sin protestar, se marchó a su indecorosa tarea.

Keema de la tribu Daware.

Así se había presentado ante Araya tres meses antes, cuando había acudido a ella medio muerto de hambre y le había rogado que le diera trabajo.

Keema de la tribu Daware. Había pronunciado aquel título con llaneza, como si hubiera tenido muy claro no solo que todo el mundo conocía a la tribu Daware, sino que tenía obvios motivos para enorgullecerse de pertenecer a su pueblo.

Y a Araya, que en su vida había oído hablar de aquella tribu del norte, que ni siquiera la había visto entre la larga lista de tribus masacradas por los hombres del emperador durante las Marchas, le gustó mucho el título que el muchacho se había dado a sí mismo, le gustó su ritmo y la pasión con que lo pronunciaba, y por ello decía su nombre completo siempre que tenía la oportunidad.

Lo dijo incluso entonces, entre dientes, con una media sonrisa de afecto y cierta pena, al seguirlo con los ojos mientras se marchaba.

Al lugar donde nadie más quería ir.

A las letrinas de la Puerta del Tigre...

, la larga cabaña pegada a la muralla sur de la fortaleza, el lugar donde los centinelas aflojaban el vientre.

Dentro de la cabaña había bancos de madera apuntalados sobre una zanja.

En el centro de cada uno de los bancos había un agujero, todos nosotros teníamos que sentarnos a menudo rodilla contra rodilla para ir de cuerpo.

Con los dedos de los pies encogidos, cubiertos de sudor, haciendo como si hubiéramos sido los únicos en aquella puta sala.

Las fuerzas naturales del mundo arrastraban los desechos ladera abajo hacia un conducto empinado que terminaba en un agujero en la pared del barranco.

Los desechos terminaban en la sima que había entre las Agujas, para gran disgusto de los animales que moraban en la cuenca forestal que había al pie de la fortaleza.

Por desgracia para los centinelas de la Puerta del Tigre, el pozo de la mierda —así lo llamaban— tenía una superficie irregular y en algunos puntos se estrechaba mucho, lo que a menudo provocaba atascos.

Entonces uno de ellos tenía que meterse por la zanja con un palo para desatascar la obstrucción antes de que empeorara.

Era la peor tarea que te podía tocar dentro de los turnos de rotación.

No era extraño que se negociaran trueques a cambio de librarse del trabajo en las letrinas.

Monedas, favores, cosas que habíamos «confiscado» a algún viajero...

nos pasábamos las pertenencias de una mano a otra y comerciábamos para no tener que ir al pozo de la mierda.

Los hermanos Sugo eran los más notorios entre los soldados por su destreza en las negociaciones y no habían tenido que descender jamás a aquella fosa maloliente, a pesar de que llevaban años de servicio en la Puerta del Tigre.

Pero unos meses antes, al llegar el joven de Daware, los centinelas habían abandonado tales consideraciones. Se habían terminado los trueques, se habían terminado las apuestas a los dados. Al menos los que se referían a aquella labor.

Lo obligábamos a él a llevarla a cabo.

Tenía que bajar allí a menudo.

Bajo las letrinas, con los pies apoyados en la roca y la espalda encorvada para acomodarse al techo bajo, Keema hurgaba con una pértiga los bloques calcificados que llenaban el pozo.

El pañuelo empolvado que llevaba atado a la boca apenas si lo protegía de los vapores que obstruían la oscura y húmeda arteria, pero se las componía para soportar el hedor, se tomaba los pocos descansos sin los que no podía pasar, porque no quería alargar la tarea más de lo necesario.

—Te van a matar.

La voz provenía de arriba. Al asomar la cabeza por la zanja, vio un gran número de piececillos sucios de hollín que apuntaban hacia él.

Los huérfanos que hacían funcionar los fuelles y limpiaban las estancias hacían un descanso en sus labores y, al parecer, querían algo de Keema.

El que hablaba más fuerte, un muchacho de labio leporino, le dijo:

—Te gusta revolcarte en la mierda, ¿eh, cerdito?

Era nuevo y trataba de ganarse un lugar entre el resto de los niños de la única manera que sabía, pero la crudeza de la frase, suavizada por la cadencia de su quebrada voz infantil y por el ceceo que le provocaba el labio leporino, dio lugar a una combinación tan sorprendente que Keema, más que sentirse insultado, halló divertida. Hasta se rio.

—Sí —respondió—. ¡Oinc! ¡Oinc!

Los niños también estallaron en risas.

—Por mí te puedes reír —replicó el niño del labio leporino, mientras trataba de reprimir una sonrisa—. Sigue revolcándote. Si te desmayas ahí dentro, no bajaremos a salvarte. Nos lo pedirán, nos pedirán que metamos los bracitos en ese hoyo, pero responderemos que no y te morirás ahí abajo. Cerdito.

Una chica que estaba detrás de él repitió «cerdito» con una sonrisa de timidez.

Keema puso una cara como si estuviera muy concentrado pensando en aquellas palabras.

—Pues entonces me esforzaré por no desmayarme —resolvió por fin. Y entonces, al tiempo que miraba a los demás—: ¿Uno de vosotros ha dicho que me van a matar?

—Los Sugo —explicó un niño que se encontraba al final del grupo... el del ojo amoratado—. Los hemos oído en los establos.

—Te van a destripar mientras duermas —añadió el muchacho del labio leporino.

—No deberías haberlos detenido —dijo el niño del ojo amoratado, casi con enfado—. Nos pegan sin parar. Ahora te van a matar.

—No deberías haberlos detenido —repitió la niña tímida.

Keema asimiló lo que le habían dicho.

—Gracias a todos vosotros por avisarme —respondió, mientras inclinaba la cabeza ante los huérfanos en señal de agradecimiento, un gesto amable que los niños no estaban acostumbrados a recibir, ni esperaban.

Entonces volvió a cubrirse la boca con el pañuelo y descendió de nuevo a la zanja, y los huérfanos se quedaron sin saber qué hacer ni qué decir, así que se pasaron un rato alrededor de la entrada a las letrinas y vigilaron por si se presentaba algún posible atacante, hasta que un capataz los echó de allí y los obligó a volver a sus tareas: pulir los braseros y preparar las mesas para la cena.

Bajo tierra, los gruñidos de Keema resonaban en la angosta galería.

El sudor se le pegaba a las pestañas. La mierda se desparramaba por el conducto y caía por el barranco.

Había contado con que los Sugo no tomarían represalias si permanecía en silencio y no le contaba a Araya que antes habían pegado a uno de los niños, pero parecía que la fortuna, una vez más, no jugaba a su favor.

Durante todo el tiempo que aún pasó bajo tierra, estuvo pensando cómo podría protegerse durante aquella noche, qué lugar sería más seguro para dormir, y así su espíritu se asemejó por un día al de Araya, pues ambos pensaban en la muerte.

Raami vio el estado de ánimo de Araya escrito con letras grandes en el rostro de la mujer.

La mirada sombría en sus ojos y la reticencia en sus pasos, como si hubiera tratado de prolongar las horas restantes del día mientras recorrían juntos el puesto de control, a fin de asegurarse de que todo estuviera en orden para cuando al día siguiente llegara el Primer Terror.

No eran tan solo sus expresiones, ni la pequeña blasfemia de poco antes...

yo aún no podía creerme que se hubiera referido con tanta crudeza al...

culo del emperador... lo que le daba una pista sobre su yo secreto, sino también el que aquella tarde hubiera bebido sin disimulo y sin vergüenza de su petaca, sin ni siquiera un modesto intento de ocultar sus vicios.

Sus bromas también eran más sucias, su sonrisa se ensanchaba cada vez que hacía que el hombre se ruborizara.

Pero no conseguía ocultarme su angustia.

Al cabo, había muchas cosas de ella que yo no sabía.

De su pasado. Pero sí sabía lo suficiente para amarla.

En el muro sur, después de que hubieron conversado con el jefe de arqueros, Raami la detuvo. Bizqueó ante el desagradable resplandor del sol, con tal de mirarla a los ojos.

—Si hay algo que pueda hacer, comandante —dijo—, algo que no entre propiamente en mi lista de obligaciones, por favor, házmelo saber.

Araya le sonrió con una expresión vaga en el rostro.

—Lo que pueda hacer —insistió Raami— para aligerar la carga que llevas sobre las espaldas.

La sonrisa de Araya, que la comandante había practicado a lo largo de los años, cuyo aguante había puesto a prueba en situaciones difíciles que habrían significado el fin de su vida si no la hubiera salvado su rostro radiante, empezó a desmoronarse.

Alguna infraestructura descuidada de su corazón, con una fractura fina como el cabello en sus soportes, amenazaba con derrumbarse bajo el peso del súbito momento de generosidad de su segundo al mando.

Una breve vacilación que desgarró el corazón de Raami.

Y entonces me miró como al niño desesperanzado que era.

—Podrías ayudar a los supervisores con lo que queda de fila —respondió, y luego se alejó de él.

La vida en la Puerta continuaba, mientras el día se transformaba en anochecer.