La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #9
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ANTES #9

Así era también para quienes vivieron en los tiempos anteriores a los trenes y las radios.

Quienes viajaban por el Camino de Abajo, que estaba sin pavimentar, tenían plena conciencia de que aquel recorrido podía ser el último.

Viajábamos con el doble de agua de la que creíamos que íbamos a necesitar.

No viajábamos nunca solos. Y jamás viajábamos de noche.

Había unos pocos desesperados que trataban de ir solos por el Camino de Abajo.

La mayoría de los cadáveres quemados por el sol, ocultos entre la maleza y los arrozales, pertenecían a aquellos hombres y mujeres.

Les habían despojado de todas sus pertenencias, incluso de sus dientes, que se vendían por un buen precio según como brillaran y si uno sabía a quién venderlos.

Si los bandidos no les rajaban la garganta, lo harían los animales del bosque; y si no los animales, sería el sol destemplado y los largos trechos entre el aquí y el ningún lugar, la última cantimplora vacía y los labios que se marchitaban sin remedio, y me decía a mí mismo que descansaría tan solo un momento bajo aquella roca, a su sombra fresca, tan solo un momento, y solo entonces descubrí que un momento podía durar toda una vida.

Y si alguien lograba de algún modo pasar a través de todos aquellos peligros, entonces podía ocurrir que el final llegara cerca de la línea de meta, al obligar al caballo fatigado a cruzar las puertas de un puesto de control donde atendía un centinela de no más de quince años, que estaba de mal humor y entendía el cansancio del viajero como una expresión de falta de respeto.

¡El puto día no se terminaba y aquellas caras aparecían sin cesar, y no parecía que ninguna te agradeciera en absoluto que cumplieras con tu deber, que protegieras la seguridad del país!

Y el puto calor. Era difícil no hacérselo pagar a uno de ellos.

Únicamente para ver cómo se retorcían. Un documento rasgado, despedazado en tu mano, mientras te metían en un carro que se dirigía a Rocalegre.

El puesto de control de la Puerta del Tigre, el de Araya, se erguía en un camino junto a una sima, cual cucaracha muerta.

Tenía dos puertas de madera maciza, tan descomunales que se requería la fuerza de cinco hombres para hacer girar la rueda que izaba cada una de ellas, y entre ambas se extendía un patio alargado por el que las gentes desfilaban con timidez, y evitando mirar.

«Dejadnos pasar — suplicábamos — , dejadnos pasar.

» Fue allí, en el patio polvoriento de aquella fortaleza olvidada, donde Araya se encontró con los alborotadores que se mofaban de su mando.

Notas un cambio en la luz.

El ángulo de la luz que se desprende del fuego, y la formación de numerosos bailarines que hay sobre el escenario, atraen tu mirada.

Te concentras en el cuerpo hacia el que parecen converger todas las líneas.

Te concentras en ese cuerpo iluminado por la luna.

Una mano está escondida tras la espalda de ese cuerpo.

Piensas que se trata de un extraño manierismo, hasta que ves que no se trata tan solo de un movimiento, sino de un elemento intrínseco al personaje que representa ese cuerpo...

una vida que cobra forma a partir de la carencia del brazo izquierdo.

Tu lola te apretó el dedo contra el hombro.

La recuerdas siguiendo con el dedo la articulación donde tu brazo se encontraba con tu hombro. No lo hacía con delicadeza.

—Era el izquierdo el que te cortaban —te dijo—.

Así. —Su mano hizo un gesto contra tu hombro, como si lo cortara—.

El brazo izquierdo representa tu orgullo.

Tu corazón de guerrero. Si deshonrabas tu posición...

si abandonabas tu puesto, o huías del combate...

te cortaban ese brazo y todas las personas a las que encontrabas sabían, con una simple mirada, que eras un cobarde.

Y tú le preguntabas ¿qué pasaba si alguien perdía un brazo en combate? ¿O por enfermedad? ¿Cómo podía verse la diferencia?

—Era un corte específico —te explicaba ella—.

Se hacía desde arriba, y trataban la herida de una manera que hacía que la cicatriz se torciese de una manera particular.

—Tu lola se encogió de hombros—. En aquellos tiempos entendían de una manera distinta la falta de un miembro.

No era bonito. Si no te tomaban por cobarde, pensarían que eras leproso, o torpe como guerrero...

o que arrastrabas mala suerte, o lo que fuera.

Un Hombre o una Mujer de Mala Fortuna. La mala suerte se contagiaba como una enfermedad.

A nadie le gustaba que creyeran semejantes cosas sobre él.

Le diste vueltas a aquello.

Le preguntaste cómo lo hacían.

Te sonrió, algo que no solía hacer. Ese día hizo una excepción, porque le divertía tu curiosidad morbosa y estaba más que contenta con satisfacerla, ya que se refería al País Antiguo.

—Si les caías bien, encargaban la tarea a su mejor espadachín.

Los mejores eran capaces de cortarte el brazo con un solo tajo.

De golpe. Te hacían la herida más limpia que se pudiera pedir.

Sí, si les caías bien procedían casi con misericordia.

—Su sonrisa se volvió más fría al añadir—: Pero casi nunca les caías bien.

Y a nadie le caía bien el joven del norte.

—¡Dispersaos, perros! —gritaba Raami, al tiempo que se abría paso por entre la multitud—. ¡La comandante está aquí! ¡Dispersaos! ¡Regresad a vuestros puestos!

Araya hizo que no con la cabeza mientras los jóvenes y aburridos trabajadores de la Puerta del Tigre regresaban a sus puestos sin entusiasmo y hacían señas al ansioso viajero que venía después en la fila.

A sus cuarenta años, la comandante doblaba con creces la edad de los que se encontraban bajo su mando, y sintió con agudeza la diferencia cuando entró en la nube de polvo que se asentaba y contempló a los muchachos ensangrentados, de rodillas en el centro.

Los Sugo levantaron los ojos hacia ella, impenitentes: Mae y Vogo, hermano y hermana, sabuesos del infierno, hijos de algún pariente lejano del Trono, primos de primos, cuya sangre real les bastaba para protegerlos de la mayoría de las amenazas disciplinarias de Araya.

Ni siquiera aguardaron a que les diera permiso para hablar para contarle su versión de la historia.

Le dijimos a la Beoda que el psicópata manco aquel se había acercado a nosotros y nos había atacado sin que nosotros lo provocáramos.

Si hasta le rompió el pulgar a mi querida hermana.

La hermana Sugo, que tenía la cara afilada como un puñal, le mostró a Araya el dedo torcido en cuestión, y su hermano, al mismo tiempo que escupía un diente que se le había aflojado durante la pendencia, dijo: «Hay que dar una justa compensación», que eran las palabras que habían oído decir a su padre cuando sentía un gran descontento, lo que solía ocurrir a menudo.

—Tomo nota —apuntó Araya, y apartó los ojos de ellos dos, porque se volvió hacia el tercero que había participado en el tumulto—. ¿Y tú? —preguntó.

«¿Qué papel has tenido en esto, Keema de la tribu Daware?»

Cuando lo miró lo vio así: arrodillado en el suelo, apaleado, pero no derrotado, con un cuerpo como de pantera joven, esbelto pero fuerte, con unos ojos que reflejaban la luz como cuchillos pulidos.

Clavó la vista tan solo un instante en Araya y luego bajó los ojos hacia el suelo con deferencia.

La fosa nasal derecha le sangraba en abundancia y nadie lo curaba.

Araya le preguntó de nuevo qué papel había tenido en aquella pendencia.

Pero él no hizo más que limpiarse la cara con el dorso de una mano.

—¡Respóndele a tu comandante! —le espetó Raami, con la mano sobre la vaina de la espada.

Araya le hizo callar con una mirada. Raami retrocedió.

—Su mismo silencio delata su culpa —dijo Mae—. ¿Ya podemos ponernos en pie?

Araya, irritada por la sonrisa satisfecha de la hermana, le dio una nueva oportunidad al joven.

Le preguntó por qué había pegado a sus compañeros centinelas, pero el otro se negó una vez más a responder, porque sabía más que nadie que, si se trataba de su palabra contra la de los dos hermanos, no podría influir de ningún modo en los pesos que inclinarían la balanza del juicio, porque la jerarquía de sangre e influencia ya estaba establecida.

—Me imagino que habrá que imponer castigos —sentenció Araya.

Los ojos de Keema se ensancharon de pura sorpresa, porque la mirada imperiosa de la comandante no lo recorría tan solo a él, sino también a los hermanos—.

Los tres os quedaréis sin cena por la bulla que habéis armado en mi patio.

Sugo, esta noche trabajaréis en los establos.

Limpiaréis y daréis de comer a los caballos y los orooks, y recogeréis a paladas los excrementos y los llevaréis a los barrancos.

Quiero que, para cuando terminéis, los establos reluzcan como el culo de Su Sonriente Sol.

Todos se estremecieron al oír la pequeña blasfemia de Araya, incluso el leal Raami.

—Comandante —respondió Mae, furiosa—, mi hermano y yo teníamos horas sin servicio esta noche. Un carro nos aguarda para llevarnos a las plantaciones de té.

—Sí, ya lo sé —replicó Araya con vivacidad—.

Se notificará al carro que puede irse sin vosotros.

Y ahora, marchaos de aquí. Os aguarda un día de mucho trabajo...

pues pensamos que una parte del forraje de ayer estaba en mal estado.

Los caballos han dejado el heno hecho un asco.

Raami, cerciórate de que acudan a los establos en la hora oportuna, por favor.

Su segundo al mando le hizo un saludo militar y dio unos empujones a los Sugo para que se marcharan. Ambos se encerraron en un silencio desconcertado. En cuanto hubieron salido, Araya se volvió hacia el joven y le dijo: