La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES #8
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ANTES #8

Sobre la palma de su mano, le dije a la comandante que, en el día de la visita del Primer Terror a la Puerta del Tigre, cuando le sirviera una infusión de acuerdo con lo que dispone el decoro, le condimentara la bebida con aquella maravillosa mezcla.

Le puse el saquito en la mano y con un cálido roce le dije que se anduviera con cuidado.

Si le echaba demasiadas hojas de idlit, el Terror sin duda olería con sus poderosos sentidos el inusual ingrediente, y mataría a todos los guardias de su Puerta antes de que el elemento paralizador llegara a su torrente sanguíneo.

Si le echaba demasiado pocas, aquel hombre no sentiría nada, salvo un leve cosquilleo en las extremidades.

Quizá una erección turgente, pero no el desenlace que querríamos provocar, sobre todo en un hombre conocido por su virilidad.

El efecto de la idlit era inmediato en animales pequeños, pero si un humano la ingería con una infusión, la parálisis podía hacerse esperar durante todo un ágape vespertino.

Le dije a Araya que tenía que procurar que el Terror se marchara por la puerta poco después de la ingestión.

Sin lugar a dudas, el efecto paralizador tendría lugar cuando ya se hubiera alejado hacia el este del puesto de control...

lo bastante lejos de la localidad fronteriza como para que ni él ni sus hombres pudieran recibir ninguna ayuda.

Le dije que cuantos más Pavos Reales tomaran la infusión, mejor, pero que, si iba a beberla una sola persona, tendría que ser Él...

Tenía que ser una infusión de la mejor calidad, para garantizar que se la bebiese entera.

De lo contrario, serían ellos quienes masacraran a los emboscados que aguardaban la caravana.

Mientras pulverizaba las hojas, Araya se decía a sí misma: «Él está vivo», una oración común que recitaba cuando se sentía angustiada.

Algunos de los que nos hallábamos bajo sus órdenes competíamos por adivinar quién podía ser «él».

Arrojábamos copanes en el bote. Yo apuesto por un antiguo amante.

Yo, por un niño abandonado. Mientras acababa de poner a punto la fatídica receta, el «él» de sus plegarias se hallaba en sus pensamientos, vívido como un sueño en horas de vela.

Tomó un trago de la botella para apaciguar los nervios.

Preparó una tetera para practicar y se la sirvió a su imaginario huésped.

Se imaginaba la mirada del hombre fija en ella, como la de un halcón sobre un roedor que corretea, observando los movimientos de sus muñecas al servir la infusión.

Pensó en las preguntas que le haría, en los cumplidos que le regalaría.

Era apuesto y le gustaba que se lo recordaran.

Araya sonreiría con recato y le diría que sus hijos eran su viva imagen.

—Sí —dijo a la estancia vacía mientras llenaba una taza hasta el borde y sonreía con gentileza a la pared—. Creo que estás en lo cierto. Será una maravillosa semana para Nuestro Sonriente Sol. Sí, yo también espero que nos recuerde con amor.

La infusión se derramó sobre el borde.

Araya profirió una maldición.

Antes de que saliera de nuestro lugar de encuentro clandestino, la agarré por la mano y le recordé el precio del fracaso.

Que el cautivo de Rocalegre que tanto se había esforzado por liberar seguiría encadenado en aquel laberinto infernal y que su propia vida también llegaría a su fin.

Que no haríamos ningún esfuerzo por liberarla.

Que seguramente pasaría el resto de sus días como adorno desollado en los aposentos del emperador.

Araya respiró hondo. Y mientras salía del templo, hacia su destino, recé por ella: que esta niña baile los pasos del Ritmo.

Que su actuación satisfaga a los espíritus y los sabios del mar Durmiente.

Que esta niña viva para ver cómo su país vuelve a manos de su pueblo.

Aquella plegaria danzó por los pensamientos de Araya, que ocultaba el rostro entre ambas manos, hasta que un golpe apresurado en la puerta de su despacho la sobresaltó y la hizo emerger de nuevo a la superficie.

Pidió un momento de espera mientras escondía el mortero y la mano de mortero, y a punto estuvo de recoger las hojas secas restantes con las manos desnudas, pero entonces se lo pensó mejor y devolvió los ingredientes venenosos a su saquito con un paño de repuesto. Abrió la puerta.

—¿Qué ocurre? —dijo a su segundo.

—Pido disculpas por mi interrupción, comandante —respondió el joven Raami, al tiempo que hacía una breve reverencia.

—No has interrumpido nada... Cuéntame, ¿por qué has venido?

—Por los hermanos Sugo —respondió—. Vuelven a acosar al lisiado.

Araya suspiró... ¡con qué rapidez perdió de vista los pensamientos sobre el asesinato del día siguiente!

Raami le dijo que, si quería, él mismo se encargaría de la situación de fuera, porque cuando la miré, cuando miré a la mujer por la que yo moriría, la vi fatigada, derrotada...

y me sentí como si le hubiera fallado. Pero ella dijo que no, no, que iría ella.

—Ese es mi trabajo, después de todo —añadió con amargura.

Mientras la comandante salía con premura de su despacho bajo el tórrido sol del mediodía, para ver lo que ocurría con la multitud de centinelas agolpados en torno a la cola de viajeros que trataban de pasar antes del anochecer, este cuerpo desea explicaros cuál era la naturaleza del puesto de control sobre el que gobernaba Araya la Beoda.

Puertas, así las llamaban.

Y estaban en todas partes. En vías principales.

En barrancos. En acantilados. En trechos solitarios en medio de la nada.

Dondequiera que la tierra se estrechara sobre sí misma, donde fuera intransitable salvo por el angosto camino que la atravesaba, se encontraba una enorme puerta de madera de palo fierro y poleas de cuerda, donde se cobraba el peaje y se inspeccionaban los documentos.

Aquellas fortalezas estaban bajo la supervisión de tortugas instaladas en torres de vigilancia, ojos del emperador, que en la paranoia de los últimos años había ordenado construir más y más edificaciones de aquel tipo por todo el país.

Aquellos puestos de control eran similares a los de tu época.

Recuerdas bien como se te cortó la respiración cuando tú y tu familia viajasteis en tren a la provincia del norte para visitar a tus parientes lejanos y os pararon en la estación de la frontera para un registro aleatorio.

Los soldados sacaron a tirones las bolsas de los compartimentos de arriba como niños revoltosos que arrancan las ramas de los árboles.

Te estremeces al recordar el sonido de tela desgarrada y cierres abiertos con violencia.

Los equipajes que registraban con bastones y una expresión fría en el rostro.

El hombre del uniforme de color azul vivo, con las mejillas hinchadas, enrojecido, como si poco antes hubiera bebido vino, está impreso en tu memoria.

Cómo hizo que tu lola le entregara los papeles.

El pecho de ella, que subía y bajaba con el pesado aliento.

Tú pensabas que le ocurría algo malo, que se encontraba mal, pero es que todavía eras joven... y nunca la habías visto nerviosa.

En el vagón que precedía al vuestro, alguien gritaba.

Un grito de impotencia que se extinguía mientras se los llevaban del tren.

No llegaste a ver jamás a aquella persona, ni siquiera cuando tú y tus hermanos pegasteis la cara a la ventana, pero en los años que pasaron a partir de aquel día, te los imaginabas cada vez con una cara distinta, porque en verdad podrían haber sido cualquiera.

—Gracias —dijo el hombre del uniforme azul, y entonces soltó los papeles sobre el regazo de tu lola y pasó al asiento siguiente.

Ella se inclinó para recoger los que se habían caído.

Tú y tus hermanos seguisteis con los ojos al hombre que avanzaba por el vagón, hasta que ella os pegó un grito y os dijo que no os quedarais mirándole.

Tú pensaste que te estaba enseñando a no ser grosero, como le correspondía a una lola.

Pero aquella vez no era así. Aquella vez te estaba enseñando a sobrevivir.