ANTES #7
Tu lola sostenía el teléfono al oído y en la otra habitación se escuchaba la radio. Dijo que ambos objetos se prestaban a buenas comparaciones.
—Estaban sintonizadas con un cierto canal.
Tenían acceso a un mundo que nosotros no alcanzamos a ver.
Olían humores, saboreaban motivos. Y podían comunicarse la una con la otra a largas distancias.
—En la radio, un locutor explicaba la victoria más reciente: cañones que arrasaban una ribera, aviones derribados en pleno vuelo cual otros tantos patos, un batallón enemigo aniquilado—.
Aquellas criaturas tenían un gran poder —dijo ella—.
Y a causa de este, una especie de locura.
—Suspiró mientras el teléfono seguía sonando—.
Así pues, ¿vamos a maravillarnos de que el Trono les diera semejante uso?
El emperador hizo un gesto con la cabeza a Su tortuga favorita.
—¿Por qué nos interrumpes? —preguntó a la criatura.
Las risillas cesaron.
—La comandante de la Puerta del Tigre querría confirmación de que tu hijo irá con ella por la mañana para tomar una infusión, Mi Sonriente Sol.
El emperador se volvió hacia el príncipe.
—Pensaba que mañana irías en mi caravana.
El príncipe calló unos instantes y meditó con gran cuidado su respuesta.
—Me pareció prudente ir primero con la caravana de aprovisionamiento por el Camino de Abajo, a fin de garantizar que su trayecto empiece bien.
Pienso que el sacrificio de prescindir de mi compañía durante un día será bien pequeño, mientras me cercioro de que los materiales para tu largo viaje se transportan como es debido.
El emperador no quedó satisfecho, pero, como siempre, le costaba refutar los argumentos de su hijo.
—¿Y qué es eso de la infusión?
El príncipe encogió un hombro.
—Un trago en compañía de una amistad, nada más.
La tortuga se sorbió ruidosamente la nariz y estalló una vez más en risitas, porque había olido en el aura del príncipe el cosquilleo de la lujuria.
—Una amistad y nada más —se dijo a sí misma, divirtiéndose de lo lindo—. Una amistad y nada más.
—Confirma la invitación, tortuga —terció el emperador, que no lo encontraba tan divertido como Su animal favorito.
—Sí, Mi Sonriente Sol.
La criatura, de pronto, alargó y tensó el cuello y levantó la cabeza.
Se hizo la llamada.
Piensas en tu lola, al teléfono, con el cuerpo encorvado, y ansiosa por que la operadora contestara.
Riiiiiiiiiing-riiiiiiiiiing.
—Riiiiiiiiiing —tarareaba a veces ella misma.
Siempre estaba llamando a casa —no a tu hogar, sino al hogar del otro lado de los mares, el hogar de donde provenía tu familia—, para decirles que todo el mundo estaba a salvo, que a duras penas os enterabais de la guerra.
Cuando sonaba el teléfono, le limpiaba las babas de la boca al granjo.
Echaba a los gatos de la habitación. Canturreaba y cambiaba de sitio las cosas de la cocina, o pegaba gritos a las criadas por alguna falta sin importancia. Esperaba.
Uno de tus hermanos mayores, que estaba interesado en esas cosas, trató de explicarte cómo funcionaba todo aquello. Que había una mujer en algún otro lugar, frente a un panel de control, que se dedicaba a enchufar cables.
—Así —explicaba, y movía los brazos en el vacío de una manera que te hacía reír.
Y lo mismo sucedía con las tortugas: una hacía una llamada, la línea se conectaba y la llamada se enviaba.
Un proceso sencillo. Aunque en ocasiones podía ocurrir que un guardia o un mensajero más atento observara a las criaturas y se preguntara quién operaba la centralita.
Clic.
Al sureste, en lo alto de la atalaya, sobre el fragor del tráfico que avanzaba por el patio polvoriento, la tortuga del puesto de control de la Puerta del Tigre alzó la cabeza, con el cuello largo y tenso como el de su hermana en el Palacio.
Había recibido el mensaje. Asintió. Y le dijo al centinela que la atendía:
—Se nos ha encomendado la tarea de confirmar la invitación a tomar una infusión el día de mañana en compañía de la comandante.
Con Araya la Beoda.
En aquellos tiempos no era fácil librarse de los motes.
Marcaban a la persona de manera tan definitiva como un hierro al rojo vivo en el flanco.
Algunos eran buscados. Ofrecían una especie de protección, social o de otro tipo, a quienes los ostentaban, ya fuera porque advertían o porque servían para fingir.
Así era para la comandante del puesto de control de la Puerta del Tigre, Uhi Araya, conocida en la mayoría de los círculos de la jerarquía militar como Araya la Beoda.
La Señora de la Botella , la diablesa enrojecida , la doncella de las caídas .
Una mujer jovial, de poca estatura, regordeta; una criatura dada a sus placeres que había alcanzado sus éxitos a pesar de su afición a la bebida, o en algunos casos gracias a esta.
En poco tiempo se había hecho con el cargo de supervisora del primer puesto de control que se encontraba por el malfamado Camino de Abajo.
Una posición de poder que le había reportado numerosos beneficios.
Siempre nos preguntamos cómo había llegado al puesto que ocupaba...
qué conexiones tendría. La precedía su reputación de mujer presta a reírse, y aún más presta a ofrecer un trago de algún líquido que alegraba y quitaba las fuerzas, al tiempo que aceptaba sobornos y subía por capricho los peajes de quienes pasaban por su puesto de control.
Me dijo que no le gustaba mi cara. Y luego nos dijo que nos marcháramos por donde habíamos venido.
Ni siquiera nos devolvió nuestros papeles.
Así era Araya. O por lo menos ese era el lado de sí misma que enseñaba al mundo.
Mujer dada a los eructos y bizca. Coqueta y, a veces, muy estricta.
Pero había otra Araya que pocos conocían.
Una Araya que había trabajado desde el principio por conseguir algo casi imposible.
Esa era la Araya que abrió el saquito de veneno en su despacho, tras confirmarse que al día siguiente llegaría el Terror.
Acercó la cara y olisqueó la mezcla en polvo dentro del cuenco de piedra.
El olor le cosquilleó en la nariz como un relámpago de dulzura.
—¡Ah! —exclamó. Se sonó la nariz, con los ojos llorosos. No sabía cómo podría metérselo en la infusión al Primer Terror sin que se diera cuenta.
Miró por los estantes, en busca de algo que disimulara el sabor.
—Mierda —dijo, al hacer caer al suelo un tintero de la encimera.
Todo dependía de ella.
Eso le había dicho su contacto, el sabio sin lengua de los ríos grises, pocas semanas antes, al rubricar sobre la trémula palma de la mano de Araya el plan que llevaba meses cobrando forma.
Después de trazar mis figuras sobre su húmeda piel, le dije que el momento había llegado, que por fin conocíamos el calendario y la ruta del Peregrinaje.
Era el momento de devorar a la familia real.
Alguien llamó a la puerta.
—Comandante —dijo una voz sin fuerza—, ha llegado un mensaje por tortuga para ti: la señora Sova, de las Haciendas Panjet, querría preguntarte si estarías disponible para la celebración de la mayoría de edad de su hija...
—Luego, Raami —masculló la comandante, mientras trataba de limpiar la tinta del suelo y empeoraba el manchón a cada pasada—. Ahora estoy un poco... ahora mismo estoy un poco ocupada.
—Sí, comandante.
Los pasos de Raami se alejaron. La comandante suspiró, arrojó el paño sucio a la papelera y se limpió con un pliegue interior de la túnica los residuos que le habían quedado en los dedos. Luego volvió al mortero y al saquito que había junto a él.
Hojas quebradizas sobresalían del saquito cual cuchillos.
Un veneno común no acabaría con un miembro de la realeza.
La larga historia de intentos de magnicidio que se habían sucedido a lo largo de los siglos de reinado del Trono de la Luna nos había enseñado que sus cuerpos, al haber nacido de un dios, eran más robustos que nuestra propia carne más mortal.
Hacíamos bien en recordar la historia del pobre necio que había tratado de meter una pizca de Beso de Juez en el oído ladeado del Tercer Emperador, sin lograr nada...
El emperador había despertado tan solo con un ligero dolor de cabeza y había hecho castigar al aspirante a asesino.
Ordenó que le cosieran a la espalda la piel de sus propios hijos y la llevara durante el resto de sus días, al tiempo que lo obligaban a recorrer los caminos del país ensalzando a grito pelado las virtudes de su gobernante.
Araya recordaba. Por eso aún le temblaban las manos mientras elaboraba la mezcla sobre la mesa y la molía hasta que el polvo quedaba fino como la seda.
—Esto no terminará bien —dijo con sonrisa huera.
Añadió más hojas con unas tenacillas.
Idlit. Así se llamaba. Era una planta, arrancada de la tierra musgosa en lo más recóndito de la selva, por tribus antiguas que aún iban allí a recolectarla.
Con guantes en las manos y cuchillos de ópalo cortábamos las ramas colgantes, con hojas afiladas como el ingenio de Soma.
Los pequeños animales que cometían el error de masticar aquella hoja aceitosa se retorcían sobre el suelo brumoso de la selva, y los que no morían en el acto quedaban paralíticos sobre la capa de musgo, mientras las criaturas más grandes de la cuenca emergían de la maleza y olisqueaban en el mismo aire el ácido aroma de su impotencia.
Los venenos para la cabeza y el corazón no hacían efecto en príncipes ni emperadores.
Pero los venenos del hueso y de la carne sí conservaban su poder.