ANTES #6
No dijo en ningún momento que la flota había costado tres veces más de lo que se había estimado en un principio y que el Trono estaba en deuda con las Cinco Familias a las que había comprado los materiales.
Le contó a su padre que todo estaba preparado para el día siguiente y que las gentes se estaban apelotonando para ver Su caravana cuando pasara por su localidad.
No le explicó que esas mismas personas pasaban hambre, que debido al Interminable Verano sus cuerpos se amontonaban en los márgenes del camino, con la garganta reseca, quemados por el sol.
Que nuestros niños se bebían el agua de los arrozales y se hinchaban debido a la enfermedad.
Le dijo a su padre todo lo que Él necesitaba escuchar.
Pero sus palabras melosas apenas sacaron de Su estado de ánimo al emperador, que durante los últimos tiempos se había encerrado cada vez más en sí mismo.
El emperador dejó Su infusión. Se frotó los ojos hundidos. No le importaban los controles en el camino, ni los bandidos, ni las gentes.
Habló de lo único que en los últimos tiempos le importaba.
—Anoche tuve otro sueño. Un sueño más vívido que todos los demás.
—Cerró los ojos para demostrarlo, mientras Su hijo se esforzaba por aparentar interés—.
Un tigre con una rama de cerezo entre las fauces emergía de la maleza de mi jardín privado.
Yo lo seguía por entre la vegetación salvaje y los prados e incluso a través del mar.
Caminaba sobre las olas como si hubieran sido tierra firme.
El emperador hablaba sobre el tigre con callada reverencia.
Se sabía que el tigre y la rama de cerezo simbolizaban una vida larga y próspera.
Tu lola había cosido la rama en la ropa de su propio padre, y esa era la única explicación que teníais tú y tus hermanos de que el hombre que babeaba en su mecedora aún estuviera vivo...
Tenía que haber alguna verdad en lo que se cuenta sobre los tigres y las ramas de cerezo, porque tu bisabuelo, tu granjo, como tú le llamabas, por razones de las que aún no estás seguro, se negaba a morir, a pesar del aluvión de aflicciones y dolencias que acompaña a la vejez.
Rechazaba la muerte, su vida se alargaba más allá de sus propias posibilidades.
Aquellos eran los sueños recientes, sueños intensos, que todo lo consumían, que durante los últimos tiempos habían atormentado al emperador con sus promesas ultraterrenas, le habían inspirado para emprender el Santo Peregrinaje.
Imágenes y presagios que lo empujaban a viajar a las nuevas tierras de más allá de los mares para encontrar la llave de una puerta que hasta entonces había estado cerrada a todos los hombres, incluso a los nacidos de un dios.
El secreto de la vida eterna.
No emprendía el viaje para encontrarse con las gentes de Su tierra. La peregrinación tenía como objeto hacer acopio de materiales suficientes para el largo viaje a través del mar, y más allá... a dondequiera que lo llevase.
—¿Crees que lo voy a encontrar? —preguntó quedamente a Su hijo—. ¿Al otro lado del canal? ¿Del mar Grande e Interminable?
El Primer Terror se preocupaba al oír a su padre tan inseguro justo entonces, el día antes del viaje. Después de todo, sería él quien gobernaría en su lugar cuando se marchara, y tenía muchos planes sobre la disposición de aquel salón regio.
—Hallarás lo que buscas al otro lado de las aguas —dijo a aquel hombre encogido—.
En las nuevas tierras, hallarás el secreto de la vida eterna.
Eso es lo que cuentan tus visiones, y así ocurrirá, porque tú eres el sol bajo el que huyen todas las sombras inciertas.
¿No es así? —Tomó de la mano a su padre—. ¿Y bien, padre? ¿No es así?
—Sí, así es —respondió su padre, al tiempo que se tragaba un murmullo de emoción—. Tienes razón, así es.
—Me alegro de oírlo —añadió el príncipe—. ¿Te has despedido de Madre? Mañana no vas a tener tiempo.
Durante el más breve de los instantes, una expresión misteriosa apareció en la cara del emperador, una expresión que Su hijo no alcanzó a comprender. Al cabo de un momento se esfumó. Y el hombre negó con la cabeza.
—Esta misma noche, después del último discurso, la voy a visitar.
—Bien. Y cuando vayas a visitarla, si pudieras hacer saber a mi hijo que estoy aquí, y que espero con ansiedad nuestro reencuentro de mañana...
—Sí, sí —murmuró el Sonriente Sol—, transmitiré tus palabras, si no me olvido.
—¿Cómo se ha encontrado? —preguntó el príncipe—. La última vez que fuiste, ¿estaba sano?
—¿Y cómo voy a saberlo? Su salud no me incumbe.
—¿Has hablado con él? Tiene muy buena conversación. Quizá mañana los dos podríais...
—Pones a prueba mi paciencia, chico.
El Pavo Real hizo una reverencia.
—Mis más sinceras disculpas, Mi Sonriente Sol.
El emperador se repantigó en Su sillón. Apartó la taza.
—Tienes como un arte para fastidiarme el buen humor. —Suspiró—. Ven —le dijo—. Cuéntame qué ocurrirá mañana. Cuéntame sobre mi viaje. Borra todas las sorpresas, todas las incógnitas.
El príncipe procedió con entusiasmo, porque no quería suscitar Su lado malo; no tan cerca del final.
—Voy a contarte todo lo que ocurrirá mañana y en los días venideros. Voy a contarte la historia de tu peregrinaje.
—Pues entonces, habla, chico. —El último señor del Trono de la Luna cerró Sus ojos una vez más. La infusión le había calentado y entumecido el cuerpo—. Y que tus palabras sean tan melosas como nuestra bebida.
«Esta es la historia del mañana y del día que vendrá.»
Mañana, Padre, empiezas el viaje más importante de tu vida. Con el dulce aliento de la aurora partirás en caravana hacia oriente, hasta la ribera donde la flota viajera aguarda tu llegada, para llevarte a la tierra de tus fabulosos sueños.
Estás tan cerca de la divinidad...
Será un viaje de cinco días hasta que llegues a la costa.
Siguiendo el pintoresco Camino de Arriba, transitarás por los paisajes más espectaculares y gozarás de los frutos de las cinco provincias, mientras las gentes, que aún creen que esto es un mero peregrinaje espiritual, acudirán a recibirte con sus ofrendas más escogidas.
En el Primer Día te ofrecerán lo mejor de su cosecha. Gozarás de un festín con las infusiones más aromáticas y los lechos de arroz más finos, en una celebración organizada por el señor Yinn y la señora Panjet en el gran patio de la Puerta del Mono.
Una vez finalizada la fiesta, partirás hacia Oriente, al Cuenco Celestial.
En esas aguas cristalinas pasarás el Segundo Día, en el que te deleitarás con la pesca más fresca de los Mil Ríos, al tiempo que te regocijarás con el lujo y la comodidad del barco de recreo de mi hermano.
Tengo mis opiniones sobre el comportamiento de Luubu, como muy bien sabes, pero si tiene una cualidad de la que no he dudado jamás es su habilidad para agasajar a un huésped honorable, y estoy seguro de que te ofrecerá tan estupendo festín que tal vez llegues a dudar de la oportunidad de partir de esta tierra.
El Tercer Día permanecerás en el Cuenco, donde visitarás las flotas textiles del señor Induun y contemplarás los tapices más fantasiosos y las alfombras más suaves y mullidas, tejidas todas ellas para ese día.
Sus estampados narrarán la historia de tu perdurable reinado.
Esas alfombras te acompañarán en tu largo viaje. Te recordarán tu hogar.
En el Cuarto Día, el camino te llevará a las canteras del señor Waag.
A través de la hendedura en la tierra, te enseñarán el mineral negro como la noche del que se hacen nuestras mejores armas.
Visitarás las forjas y te obsequiarán con la espada más afilada que se haya creado.
Que su filo te proteja en tus viajes a través de las místicas y salvajes tierras que no conocemos.
Y por fin, el Quinto Día, el Último Día.
Es el día en el que llegarás a la Ciudad Divina que se encuentra al final del mundo.
A las inspiradoras vistas que se contemplan desde los acantilados del mar Grande e Interminable.
Allí te aguarda en la plaza grande un espectáculo para toda la eternidad, y disfrutarás de los mejores bailes del pueblo hasta que apures los últimos suspiros del día.
Tú mismo tendrás que decidir si visitas Rocalegre.
Nadie te va a reprochar que no lo hagas.
Cuando el sol esté a punto de ocultarse, tú y tu partida embarcaréis en la flota viajera, cargados con los frutos de la tierra, abastecidos para los años venideros y, tras desplegar las velas, partirás hacia tu gran aventura.
Hacia una nueva tierra.
Mientras el barco zarpa, te volverás, Padre, y nos verás a todos de pie al borde del acantilado, despidiéndonos de ti, mientras te desvaneces en ese crepúsculo que no conoce límites.
Los fuegos artificiales estallarán en el cielo bermejo del anochecer.
Y en lo más hondo de tu corazón tendrás la seguridad de que, aunque te hayas marchado, jamás se te olvidará...
y cuando llegue el día de tu regreso, cuando hayas derrotado a la muerte, el país te recibirá como siempre te ha recibido: con calor, con amor y con el más profundo orgullo.
No tienes nada que temer, Mi Sonriente Sol.
Las huestes de la buena fortuna son todavía tus aliados más constantes.
Yo me quedaré en este palacio y cuidaré de tu tierra, y no pasará un solo día en el que no guíe al pueblo en fervientes oraciones para que tengas un buen viaje, y atizaré el fuego de tu hogar, para cuando regreses.
Se oyó una risilla en la penumbra.
—Tienes un hijo que te quiere mucho, Mi Sonriente Sol.
Padre e hijo miraron hacia el otro extremo del salón, a la esquina donde la tortuga reposaba sobre mantas.
El príncipe apartó los ojos con repugnancia, mientras que detrás de los velos de fina tela de Induun la enorme criatura estallaba en risitas desquiciadas, que llenaron la estancia como el gas que escapa de un tubo roto.
Extrañas criaturas, las tortugas.