ANTES #5
Me eligieron a mí. El acusado estaba de pie en medio de la sala, en el elevado púlpito de los peticionarios, como un hombre en una balsa que otros van a empujar mar adentro.
Era un hombre mayor, de cuerpo encorvado.
Una máscara pintada en forma de geco sonriente le cubría el rostro aterrorizado.
Yo había pulido durante treinta y tres años los jarrones de porcelana y regado los lirios crepusculares en los jardines colgantes.
Trabajaba en silencio, me dedicaba a mis asuntos y, a diferencia de los otros criados, no había alentado rumores ni especulaciones sobre el comportamiento que durante los últimos meses había tenido el emperador.
Durante treinta y tres años me había despertado antes de que el gallo cantara por primera vez y me iba a dormir mucho después de que se apagara la última vela en Su regia ventana.
Entregué mi cuerpo y mi corazón al aseo diligente de las cortinas y a la disposición de alimentos delicados en bandejas de fina talla.
Renuncié a las oportunidades de amor y enriquecimiento que se me ofrecían porque mis padres me habían enseñado que en este mundo no hay nada más importante que la lealtad.
Y entonces... entonces... los cinco Sabios que se sentaban en la mesa alargada del otro extremo de la sala le leyeron las falsas imputaciones, en orden frío y detallado, mientras el Primer Terror, más atrás, les prestaba poca atención y hablaba casi susurrando con otro señor sobre otros asuntos de Estado.
Acusaron al hombre de entrar con sigilo en el salón real, de robar el ave favorita del emperador y de partirle el cuello al ave favorita del emperador, por malicia, y luego arrojar al ave favorita del emperador al abismo por encima de la barandilla, con lo que se había vuelto imposible que nadie devolviera el cadáver a su legítimo dueño.
El Primero de los Sabios teatralizó el momento.
—Durante treinta y tres años has servido a este trono —le espetó.
Y entonces, un día, llegó mi fin. El hombre lloró de manera tan aparatosa que los señores del tribunal se revolvieron incómodos.
¿Y cómo no iba a llorar si los otros criados y los señores a los que había servido acudían uno tras otro ante los Sabios y presentaban las pruebas que necesitaban para condenarme?
Juraron por el recuerdo de sus lolas que no me habían visto en toda la mañana.
Que llevaba demasiado tiempo quejándome de mi posición.
Que había tenido motivos para cometer el crimen.
Todo aquel teatro para beneficio de la criatura acomodada en su alto sitial.
La mirada de la tortuga estaba fija en el Primer Terror.
—El Sonriente Sol querría conocer tus pensamientos —dijo entre risitas aquella criatura enloquecida—. A la vista de todas las pruebas que se han presentado ante ti, ¿a qué lado de la línea se inclina tu corazón?
El Terror levantó los ojos hacia el sucedáneo de su padre, y luego hacia el perro apaleado que había en el centro de la estancia. Treinta y tres años. Y sin pensarlo dos veces, dijo:
—Mi Sonriente Sol, este hombre es culpable.
El acusado perdió todo coraje.
«¿De qué?», le pregunté.
¿De qué?
—El Sonriente Sol desea hacerte saber que Él te recuerda —dijo la tortuga al acusado—. Que mientras Su propio padre se sentaba en el tribunal, tú solías darle dulces a espaldas de Su niñera.
El culpable, en el púlpito, confesó que era verdad. Le di panecillos de arroz azucarado, envueltos en hojas de plátano aceitadas. Era hijo del emperador, pero también un niño que sentía aburrimiento y soledad.
—¡Con gran placer lo hice, Mi Sonriente Sol! —gritó.
—Por lo que resulta aún más vergonzoso que tu corazón haya enfermado hasta este punto. —La tortuga se dio la vuelta. Soltó una risilla lastimera—. Ojalá halles la paz en el mar Durmiente.
Un guardia desenvainó su espada. El hombre se puso en pie — iba a suplicar, a ofrecerlo todo —, se quitó la máscara con las manos, para implorar ante el tribunal con ojos llorosos, pero su grito se interrumpió cuando lo decapitaron rápida y súbitamente.
Un reguero de sangre recorrió la madera negra del suelo.
La cabeza rodó hasta detenerse a pocos pasos de la hilera de señores.
La máscara de geco regalaba una vacua sonrisa a un hombre que se cubría la nariz con un pañuelo, a punto de desmayarse.
Y cuando la roja fuente dejó de manar, el cuerpo se desplomó y quedó inerte en el suelo.
Los últimos vestigios de vida escaparon al ritmo de las contracciones nerviosas de su dedo índice derecho.
—Hemos terminado —dijo la tortuga.
Los señores de la corte besaron el suelo con la frente.
El palacio tembló.
Al tiempo que los puentes regresaban a sus lugares con gran estruendo, sacaron al muerto por la puerta abierta arrastrándolo por los pies, arrojaron mi cuerpo sobre la baranda del puente al abismo sin nombre, sin sepulcro ni oraciones , mientras el Terror cruzaba el puente en dirección a sus aposentos, sin esperar siquiera a que finalizara de rotar entre chasquidos.
Mientras caminaba, se ajustó en la cabeza una máscara de pavo real finamente tallada, pues ni siquiera los príncipes estaban exentos del edicto del emperador; entró en el real salón por las puertas susurrantes y se tomó un momento para redescubrir su propia paciencia antes de anunciar su llegada... sin obtener respuesta.
Se disculpó sonoramente y entró. Tomó nota de las mesas bajas y enceradas, de los rollos de pergamino colocados con pulcritud en sus cubículos en forma de diamante, de las extravagantes cortinas Induun sacudidas y sin arrugas, y pensó que habría resultado difícil creer que se había producido un robo, salvo por la jaula vacía que colgaba inútilmente en una esquina de la estancia.
—Parece que no hay lugar seguro —dijo una voz ronca—. Ni siquiera en mi hogar.
Magaam Ossa, octavo Emperador del Trono Lunar y Padre de los Tres Terrores, estaba enfurruñado en la penumbra, sentado en su sillón favorito.
—Me alegro de verte, Padre —respondió el Terror. Se arrodilló y llevó el pico de su máscara a la esquelética mano de su padre.
—¿De verdad? —preguntó el emperador.
Contempló a su hijo con ojos pequeños y sin vida, desafiándolo a responder. Tenía la mano, que seguía posada en la del príncipe, cubierta de venas, como serpientes muertas en un río inmóvil. Tan pronto habría querido el Terror aplastar aquella mano débil como acariciarla.
—Sé que el día de hoy ha sido arduo —dijo—, pero vengo con buenas noticias sobre el viaje de mañana.
Las gentes... —Su padre apartó la mano. Vio como el Octavo Emperador, ataviado con Su túnica más negra, se acercaba a la ventana del balcón cual viudo enlutado—.
Lamento lo que he oído sobre tu ave —se aventuró a decir el Terror—.
Parece que he pasado demasiado tiempo ausente.
No sabía que tenías un nuevo animal favorito.
—¿Cómo decidisteis tú y los otros señores a quién teníais que decapitar? —preguntó el emperador.
El Terror vaciló.
—Descubriendo al culpable, mi señor.
—No soy un muñeco. No intentes jugar conmigo.
Se oyó una risita al otro extremo de la estancia. El príncipe echó una mirada a la tortuga, que se contoneaba sobre un cojín elevado, junto al escritorio. La tortuga le miró a su vez con ojos desafiantes, que le pusieron la carne de gallina.
—Lo elegimos al azar —reconoció el Terror.
—¿De qué manera?
—Asignamos un número a cada uno de los criados que habían visitado tus aposentos durante los últimos días.
Uno de los generales volcó un cubilete con dados.
—Mientras el emperador soltaba una risa siniestra ante aquella explicación, el príncipe lo miró de reojo, de manera casi imperceptible—.
Entonces, tú lo sabías. Sabías que ese hombre era inocente.
El emperador anduvo por el salón hacia la jaula vacía.
Jugueteó con el pestillo de la jaula, cerró la portezuela y la volvió a abrir y, mientras el Terror observaba a su padre, que parecía mucho mayor que tan solo unos meses atrás, le pareció del todo posible que no hubiera habido ningún robo...
que el anciano se hubiera olvidado de cerrar la jaula la noche anterior y que Su ave hubiera escapado sola, sin ayuda de nadie, por la ventana del balcón.
Que el único motivo por el que me mataron ante el tribunal fuera hacer un sacrificio a Su orgullo.
—Al fin y al cabo, no tiene importancia —dijo el emperador, al tiempo que cerraba para siempre la portezuela de la jaula—. Venga. Háblame sobre el país.
Tomaron juntos una infusión. El Terror la preparó.
Puso el agua a hervir sobre el fuego de cocina mientras su padre permanecía hosco y retraído.
Las profundas ojeras que había bajo Sus ojos delataban lo poco que dormía.
Con la esperanza de levantarle el humor, el príncipe le contó que los puntos de control del Camino de Arriba estaban en buen orden.
Que los ataques de los bandidos habían alcanzado la tasa de incidencia más baja desde los tiempos de su abuelo.
No mencionó que ocurría todo lo contrario con el Camino de Abajo.
Que el número de personas que eran presa de ladrones y asesinos en aquel camino largo y descuidado era mayor que nunca.
Un hombre me paró en el camino hacia la aldea de mi hermana.
Me contó que necesitaba ayuda para mover su carreta, que estaba allá, detrás de los árboles.
Sí. Fui idiota. Llevaba tan solo tres copanes.
No sé lo que esperaría ese. Pero de todos modos me rajó el vientre.
Sí, decía el Terror, el país prosperaba.
—La construcción de la flota oriental finalizó hace no pocas semanas; todas sus embarcaciones están tripuladas por los mejores marinos que pueda ofrecer el país.