ANTES #4
Entrechocaron las copas por Jun Ossa, el vigésimo quinto Pavo Real, que por seis meses había custodiado la legendaria Puerta del Lobo bajo las montañas de palacio, único protector de la emperatriz.
El Terror se enjugó los ojos, conmovido por esta imaginaria escena: el turno de seis meses de Jun, que había pasado solo, en el frío y la negrura de la profunda caverna en la montaña, sin más compañía que su propia espada y sus propios pensamientos, y una puerta cerrada que debía proteger.
La imagen lo agobió durante el resto del día, hasta que más tarde, en el campamento, sus otros hijos le impusieron las manos para consolarlo y le dijimos que ya no faltaba mucho , y el príncipe sonrió entonces a sus muchachos, agradecido por contar con todos ellos.
Espoleando a los caballos, viajaron al oeste y llevaron a cabo su misión, y reservaron gestos de misericordia nada habituales para los que se cruzaban en su camino.
El alma del Terror estaba dividida entre el deber y la familia.
Mientras efectuaba sus inspecciones, mientras hojeaba registros mal llevados e interrogaba a un interminable desfile de comandantes sudorosos, pensaba en su hijo.
En Jun el Cuchillo Hermoso, que había cortado su primera garganta a los ocho años.
Jun el Sombra Roja, que sin ayuda de nadie había seguido el rastro del infame Clan de Bandidos Dorogo hasta los bosques errantes tras el asalto a las sagradas criptas de la señora Panjet, sin que ninguno de los forajidos se diera cuenta de que aquella noche los seguían, ni siquiera mientras se desangraban en la negrura, uno tras otro, durante sus prematuras celebraciones.
Jun el Portador de la Antorcha, que pegaba fuego a campos de trigo en busca de los perros traidores que habían tendido emboscadas a las patrullas del Camino del Cisne.
Desde nuestras casas vimos cómo ardían nuestras cosechas, y cómo ardían con ellas los hombres que habíamos escondido, mientras aquel demonio tan pequeño arrojaba sus antorchas.
Jun el de los Muchos Títulos, títulos honoríficos que le había otorgado el padre que lo adoraba.
—Recuerdo la última vez que pasé por aquí —dijo en la Puerta del Águila a un grupo silencioso de centinelas—, hace varias estaciones...
Mi hijo Jun observó que la indolencia de vuestros centinelas llegaba a niveles inaceptables.
El desorden reinaba en el comedor, el descuido en los barracones.
Jun tiene mucho criterio en tales asuntos.
Os reprochó con razón vuestra falta de disciplina y entonces nos prometisteis que ataríais los hilos sueltos de la cadena de mando.
Os creímos. —Mientras tanto, deslizaba el dedo sin cesar por la pared del barracón, y así hacía ver el polvo y la suciedad a las sudorosas criaturas que aguardaban su dictamen.
No tuvo que decir nada. Los centinelas e incluso sus comandantes cayeron de rodillas y sacaron brillo hasta la última pulgada de sus barracones, y él sonrió, porque, si bien el emperador no iba a preocuparse por el polvo, y aún menos lo vería, bueno era constatar que el pueblo estaba todavía bajo control, a pesar de los rumores crecientes de rebelión.
Así fue como recorrió el último trecho hasta la capital, con noticias para su padre de que el país estaba bien compuesto y domesticado para su viaje, y con la ilusión del reencuentro con su preciado hijo, que tanto anhelaba.
El sol se asomó tras un nubarrón. Las montañas occidentales, conocidas como la Quijada, se alzaron todavía más para recibirlos.
Y el Primer Terror aulló al mismo aire y sus Pavos Reales aullaron con él cuando las puertas de la ciudad se abrieron para darles paso.
Pero, fuera cual fuese el regreso triunfal que el Terror pudiera haber esperado tras cabalgar por las empinadas vías de Ciudad Palacio, sus expectativas no se cumplieron.
Reinaba un humor apagado y tenso. Los guardias apostados en el camino de montaña estaban en un estado de alerta inusual...
Aquellos hombres estaban tan distraídos que ni siquiera se fijaron en los sacos de cabezas cercenadas con los que regresaban a su hogar los Pavos Reales en aquel día.
Nos preocupaban menos los que subían que los que bajaban.
Había un villano entre nosotros, que preparaba su propia fuga.
El Terror husmeó el aire frío de las alturas. Percibió una acidez como de limones podridos y cobró conciencia de que su padre estaría de mal humor.
Cuando hubieron coronado el último cerro, uno de los generales asistentes subió a caballo a saludarlos y, gracias a él, el príncipe supo por qué reinaba un ánimo tan sombrío en la Quijada.
El general llevaba la máscara pintada de un jabalí con colmillos, pues era costumbre en la corte cubrirse por completo la cara en presencia del emperador.
Los ojos del jabalí estaban debidamente abiertos y llenos de pánico mientras, sin aliento, explicaba la situación.
Esta es la historia del final del Trono de la Luna.
Y empezó en este punto.
Con el robo de un ave.
Ocurrió, según dijo el general, antes de que el cielo se tiñera de púrpura con la salida del sol, cuando ni siquiera los guardias que estaban apostados en la torre de vigilancia a la hora del alba habían cambiado de turno.
Alguien había entrado a hurtadillas en Sus aposentos reales —algo imposible— y había robado el ave favorita del emperador de su jaula de madera de secuoya.
Y el emperador no se había tomado bien aquella intrusión.
—Ninguno de nosotros puede presentarse ante Él —explicó el general asistente—. Se niega a hablar sobre la peregrinación de mañana mientras no se encuentre al ave y el culpable reciba su justo castigo.
—¿Ha desplazado los puentes? —preguntó el Terror.
—Sí, mi señor.
El Terror se frotó los ojos.
Tu lola hacía figuras con un hilo rojo entre los dedos.
—De pico a pico, las pagodas de palacio se erguían sobre las cumbres de las montañas del Oeste —te decía.
Cerró los dedos y los volvió a abrir. El patrón del hilo se había reorganizado—.
Una docena de puentes de piedra bellamente labrada unían los picos y conectaban las pagodas en una maravillosa red.
Puentes que giraban sobre ejes gigantescos como las manecillas de un reloj.
Por capricho del emperador y por el poder de los divinos dones, los puentes se movían y la disposición del palacio se transformaba.
—Cerraba y volvía a abrir los dedos sin cesar, el patrón del hilo cobraba nuevas formas, las conexiones cambiaban.
Tú le preguntaste para qué servían los puentes móviles en la cumbre de una montaña—.
Para la defensa —te respondió—. Durante todo el tiempo que duró la dinastía real hubo intentos de asesinato e infiltración.
En una emergencia, el emperador podía ordenar que los puentes se volvieran a donde Él quisiese.
Podía, en un instante, aislar Sus estancias regias del resto del mundo, y atrapar a Sus enemigos en cimas aisladas.
Tu lola miraba al otro extremo del patio, al pasillo con ventanas por el que pasaba tu padre a grandes zancadas.
—Fue el último de los emperadores que pudo disfrutar de esos puentes.
Se cuenta que cambió su orientación más a menudo que ninguno de Sus predecesores.
¿Y sabes por qué? —Cuando negaste con la cabeza, te dijo con un susurro casi alegre—: Porque tenía miedo.
—Oíste en algún lugar una puerta que se cerraba de golpe.
Un vehículo de motor que cobraba vida. Mientras tu padre se alejaba en el vehículo, el hilo rojo se desenredó de los débiles dedos de tu lola y se posó sobre tu palma, y tu lola te hizo cerrar los dedos sobre él—. Tenía miedo a la muerte.
—Todos los puentes están desconectados —explicaba el general—. Las estancias son inaccesibles y la mitad de los trabajadores están atrapados en el resto de las pagodas sin manera alguna de regresar.
—Esto no va a servir de nada —respondió el Terror—. Partiremos mañana. No tenemos tiempo para pataletas. —Sonrió al general de una manera que le hizo dar un paso atrás—. Confío en que no solo me expondrás un problema, sino también una solución.
El general, tras un instante de vacilación, asintió. Yo olía las cabezas putrefactas que colgaban de las sillas de sus hijos. Mis ojos, ocultos por la máscara, lagrimeaban.
—Sí, príncipe mío. Tenemos una solución. Y con tu permiso, la ejecutaremos.
El permiso se concedió. En cuestión de una hora, el Primer Terror se sentó en la corte, junto con los otros poderosos señores que estaban presentes, en torno a un hombre al que habían elegido para que asumiera las culpas por el crimen, con la esperanza de que, si castigaban a alguien, quien fuera, el emperador se apaciguaría y los puentes volverían a las posiciones que les correspondían.