ANTES #3
Oyes una estampida de caballos sobre un cerro lejano, mientras los bailarines se apiñan sobre el escenario y marcan una síncopa caótica con sus pasos.
Las llamas saltan, las paredes se cubren de luces y sombras, y en ese teatro soñado juras que ves la escena tal como es, cuando los movimientos de ese cuerpo iluminado por la luna, y los de los bailarines, esculpen en el mismo aire esa tierra lejana, de hace tanto tiempo...
un lugar que solo conocías por las descripciones de tu lola y que ahora cobra vida en la raíz más profunda de tu ser, como si desde siempre hubiera estado allí.
Los valles profundos y los bosques antiguos, las imponentes montañas negras que cortan las nubes y las alfombras de niebla que surgen de las cañadas entre barrancos escarpados.
Esta es la tierra donde vivimos y donde morimos .
El País Antiguo, así lo llamaba tu lola, pero también tenía otros nombres.
Nombres grabados en runas y tejidos en lenguas que desaparecieron hace tiempo de vuestra historia.
Esta noche es la Tierra de la Noche sin Luna.
Esta noche es la tierra que suda bajo el Interminable Verano...
y mientras arden los fuegos de este teatro, sientes en la espalda el sol implacable.
Hueles la hierba seca. Ves los arroyos muertos y los dedos contraídos de los cadáveres al borde del camino, cubiertos de moscas que se dispersan mientras los jinetes galopan por este paisaje reseco sin prestar atención, enarbolando el estandarte de su emperador.
Aquí es donde empieza nuestra historia, con una cuadrilla de guerreros que realiza una inspección del país en nombre del rey, y con los pies de los bailarines que golpean las tablas del escenario como lo haría una brigada de temibles jinetes en una tierra azotada por el polvo, y vemos con nitidez al jinete que encabeza esta carga en nombre del rey, un hombre que levanta en el aire su rostro riente y respira hondo los aromas del país, por derecho de nacimiento, mientras guía a sus hijos-guerreros al oeste.
—Escucha —diría tu lola mientras encendía el cigarrillo.
«Escuchad», dice este cuerpo iluminado por la luna mientras el sol sangriento se eleva en el cielo apergaminado al chasquido de huesos de los tambores.
Escuchad a la Brigada del Pavo Real Rojo.
El sonido de un trueno lejano en el día resplandeciente y despejado.
Un trueno entre el dolor de los cerros ondulados y el estallido de verdor de los bosques.
Un trueno que asustaba a los animales en sus madrigueras.
Las gentes que volvían a los cielos sus oídos inquietos.
Los oímos antes de verlos. El trueno de la regia estampida.
Las gentes de las aldeas guardaron sus guadañas y volcaron los cubos de forraje, mientras los guijarros bailaban y los aleros de terracota temblaban.
Los niños se apretujaban, porque los caballos llegaban a la cresta del cerro vecino en número de dos veintenas, con jinetes vestidos de rojo.
Una herida en el horizonte del mediodía.
Guerreros crueles y sin piedad, con el símbolo que les daba nombre tatuado en el rostro, pómulos prominentes y ojos ávidos enmarcados por el pico y las plumas rojas.
Una visión temida por todos los viajeros sabios, por cualquiera que escuchase las historias que se contaban, pues entre todas las brigadas, cuadrillas y bandas que rondaban por los valles en aquellos tiempos, la Brigada del Pavo Real Rojo era la más mortífera, porque los guiaba uno de los príncipes del Trono, un hombre que se había ganado el título de Primer Terror.
Por toda la tierra, las gentes se ponían en fila para recibirlos. Eran las vísperas del Santo Peregrinaje del Emperador y se había asignado a la brigada el sacro deber de preparar la tierra para la llegada de Su Sonriente Sol.
Lo hacían con gran placer.
—Pronto —explicó el Primer Terror a los tejedores y canteros, a los pescadores y agricultores—, en cuestión de días, Él va a llegar, y en Su generosidad de espíritu os visitará a todos en el curso de Su viaje de cinco días a la costa oriental.
Le presentaréis las mejores ofrendas de vuestra labor artesanal, o de vuestra cosecha.
Vuestras perlas de grano de arroz, vuestro pescado fresco salado.
Vuestros tapices más bellos. El espíritu de vuestra dura labor.
Y Él se llevará vuestras ofrendas consigo y las verá con agrado cuando desembarque para visitar nuestras colonias al otro extremo del mar Grande e Interminable.
Su visita, ¡el mayor honor de vuestra vida!
En años venideros la evocaréis ante los hijos que tendréis junto al lecho.
Peor para vosotros si desaprovecháis este instante.
Mientras hacía estos discursos, los Pavos Reales abrían las puertas a manotazos, revolvían los armarios y pateaban las tablas sueltas en el suelo, en busca de pruebas de disidencia.
Echaban a las gallinas de los gallineros.
Clavaban cuchillos afilados en los sacos de grano, en las sábanas de lino.
Las gentes oían el saqueo que se producía en sus casas, pero no nos atrevíamos a volvernos a mirar, pues todos nosotros sabíamos las consecuencias de dar la espalda a un príncipe .
—Cuando Su caravana pase por aquí, oiréis el tambor que anuncia Su llegada.
Os pondréis en hilera, así, a la entrada del pueblo, todos de cara al camino.
Todos los hombres, mujeres y niños. Y os inclinaréis.
Os inclinaréis hasta bien abajo, para que Él no os vea la cara.
Toda cabeza que no descienda ante nuestro Sonriente Sol se añadirá a nuestra colección —dijo, y señaló los sacos de tela cubiertos de moscas que colgaban de las sillas de los caballos, con la tela ennegrecida por la sangre reseca.
En una de las aldeas se oyó un gran estrépito. Estaban sacando a rastras de una pequeña casa a una niña deshecha en llanto.
—¡Esta rata se escondía bajo las tablas, padre! —gritó el Pavo Real.
Los aldeanos dieron todos un respingo. Y nosotros miramos a los padres de la niña, que al malcriarla nos habían condenado a todos. Los pies descalzos de la niña trazaban sendos surcos en la cálida tierra mientras la llevaban al príncipe para que este la juzgara.
Su madre forcejeaba contra los que se la llevaban.
—¡Estaba asustada! —chillaba—. ¡Perdonadnos! ¡Estaba asustada!
El padre callaba. Tenía la cabeza gacha.
El Primer Terror tamborileó con los dedos contra su propia cintura.
Levantó a la niña temblorosa y entonces la miró a los ojos, y sentimos que el viento empezaba a azotar y a levantarse y no dudamos que aquello era nuestro fin, que el príncipe no perdonaría aquella grosería y que iban a arrojarnos a todos nosotros al pozo de Rocalegre.
El que nos perdonaran aquel día fue una suerte más allá de toda medida.
¿Qué sentimiento de gracia llevó al Terror a ordenar con gentileza a la niña que regresara con la multitud, a los temblorosos brazos de sus padres?
Siempre sería un misterio para ellos. El antinatural viento se apaciguó.
Una despreocupada sonrisa sobre sus labios.
—Que no se diga que el Trono no conoce la misericordia —dijo—. Pero si alguien se rebela contra su propia condición en el día de la llegada de Su caravana, que no espere semejante indulgencia.
Entonces se marcharon. Los caballos se encabritaron no mucho después de que el Terror finalizara su discurso, las gentes se quedaron en atónito silencio, unos pocos tosieron en la polvareda que levantó la estampida.
La madre estrujaba a la niña contra su pecho y el padre las miraba con impotencia, tras haber dado por muerta a su hija.
Y mi mujer no me permitió olvidar jamás la vergüenza de aquel día.
Ya no volví a ser capaz de mirar a los ojos a mi hija.
No entendimos jamás por qué nos habían perdonado.
La razón era sencilla. Era la misma razón por la que el Primer Terror estaba de tan buen humor mientras realizaba sus tediosas tareas, durante aquellas semanas en las que llevaba a cabo sus inspecciones.
Por la que espoleaba a su caballo para que anduviera a paso rápido, tan deseoso de regresar a palacio sin demoras ni incidentes.
Una razón que se presentó con vivacidad en su espíritu al contemplar los ojos de aquella niña y ver que eran del mismo color que los de su amado hijo.
De Jun.
—Llevo seis meses lejos de su compañía. Sirve al Trono con orgullo. Eso lo reconozco. Y reconozco la importancia de su misión. ¡Pero ojalá quedara libre de sus obligaciones! ¡Ojalá cabalgara hoy mismo a mi lado! Me ha costado mucho esperar hasta su regreso.
El comandante de la Puerta del Tejón, un hombre pequeño con una mancha de pelo en la barbilla, sirvió una infusión al Terror, como mandaba el protocolo, y hacía todo lo posible para que no se notara que me temblaban las manos. Todo lo posible para no ensuciarme.
—Eres un padre amoroso —dijo con sonrisa servil, al tiempo que ofrecía al príncipe de la corona una taza impoluta—. Ojalá que todos los hijos de este país estuvieran benditos con un padre como tú.
Palabras de adulación, pero, a pesar de todo, ciertas.
El Primer Terror lloraba con sus hijos y reía con ellos, y nosotros a cambio le ofrecíamos devoción inquebrantable, cabalgábamos con él hasta los confines del país, matábamos a quien hubiera que matar.
Pero tenía un favorito. Y no tenía reparos en demostrar quién era.
—Por Jun —dijo el comandante al levantar la taza, con la esperanza de complacer a su huésped, una táctica social que funcionó a la perfección, pues el Terror brindó a su vez con los ojos empañados.
—Por Jun.