ANTES #2
Parpadeas y ya estás aquí, en este espacio teatral de bancos numerosísimos, vistoso a fuerza de cortinas y de suelos de madera negra.
El teatro tiene el estilo de una época lejana y casi olvidada.
Estás sentado en un banco que han reservado para ti.
Sabías que ese era tu asiento aun antes de verlo.
Te han llamado a sentarte en él. Estás seguro de tu destino.
De otras cosas no estás tan seguro. Mientras los demás encuentran sus lugares y los acomodadores recorren los pasillos acompañados por velas encendidas que flotan tras ellos, la sombra alta que se sienta a tu lado se inclina y te pregunta de dónde eres.
No sabes cómo responderle.
Ese cuerpo iluminado por la luna acude en tu ayuda.
Con un toquecito del dedo del pie, despliega el pergamino de la historia de tu pueblo.
El dedo del pie recorre las batallas y los tratados, las dispersiones y los reencuentros, hasta que da contigo aquí: en el tiempo de los trenes y los barcos de vapor, cuando las radios de las catedrales crepitaban desde las ventanas abiertas de la ciudad portuaria donde vivías.
Le cuentas a la sombra que se está librando una guerra.
La sombra asiente con un gesto de sombría comprensión.
Eres de una época de carteles y propaganda.
De cuando las noticias del esfuerzo de guerra revoloteaban por las paredes pintadas de callejuelas tortuosas.
En la azul lejanía, las siluetas de los buques de guerra perturbaban las vistas del océano, bañadas por el sol y perfumadas por la sal.
A veces los soldados heridos llegaban en barco a la ciudad.
La guerra está en todas partes, pero, si te mantuvieras despierto esta noche —esta noche, ahora— y giraras el dial de la radio, no oirías la voz distorsionada por la estática de un hombre con labia que compartía noticias del frente, sino más bien el canturreo de Dorrado «Chilo» Semina, que se ha ganado con su voz los corazones de casi todos los oyentes del Continente Unificado que padecen mal de amores, pero, ¡ay!
, mañana por la mañana, cuando despiertes, tendrás que mentir a los compatriotas que te pregunten si te quedaste despierto para escuchar su nuevo sencillo, y tendrás que fingir que cantas a la par con su coro jubiloso, y que articulas las palabras que, para vergüenza tuya, aún no has aprendido, porque aquí, ahora, mientras las gentes de tu ciudad se quedan extasiadas con la música ligera, tu cuerpo yace profundamente dormido en una habitación que en otro tiempo compartiste con tus nueve hermanos.
Ese eres tú. El hijo de un mercader. Pero uno entre muchos.
La edad que tengas fuera de este sueño es irrelevante.
En este teatro eres lo que te sientes: joven, en plena adolescencia y, como todos los jóvenes, solo, en tu propia manera innombrable.
Temeroso de tu padre y acosado por tu lola, que no sentía ningún interés por el desarrollo de tu cuerpo, ni por tus inquietudes errabundas, sino que sorbía humo de un cigarrillo arrugado y te explicaba cómo era la tierra de la que provenía tu familia y las historias que habían llegado con ellos.
—No tienes que prepararte para el Teatro Inverso —te había dicho—. Te llamará cuando quiera.
Todo esto se lo cuentas a la sombra, y la sombra asiente, satisfecha, antes de pasar a otros asuntos.
Te preguntas si deberías preguntarle de dónde es, pero parece que la sombra ya no quiere nada más de ti, así que te decantas por contemplar este Teatro Inverso con expresión perdida.
Tu pasmo ante lo que te rodea se mezcla con un profundo anhelo, una confusión a la que no cabe dar respuesta, y tratas de imaginar por qué te han convocado.
—Siempre existe una razón.
Empiezas a sospechar que podría tener algo que ver con el objeto que solo ahora adviertes que tienes en las manos.
Esta lanza.
La conoces bien. El tinte de la madera, rojo como la sangre.
La borla escarlata que estrangula su punta reluciente y mortífera.
Los extraños surcos y grabados que recorren el arma de arriba abajo, trazando figuras esotéricas.
Hasta donde puedes recordar, esta arma ha estado siempre colgada en el lugar que le correspondía sobre la repisa de la chimenea de la estancia familiar, y no había nadie en tu casa que le prestara atención, salvo como parte del decorado, porque era demasiado cara, demasiado antigua y demasiado inútil como para darle algún uso.
En una ocasión, tú y tus hermanos os llevasteis una buena bronca por jugar con ella en el patio cuando erais muy pequeños.
Una de las amas de llaves informó a tu padre, y él, que nunca te pegaba, pero sabía otras maneras de hacerte sentir insignificante, habló contigo y con tus hermanos uno por uno en su despacho, y nunca más volviste a tocar el arma, por no hablar de mirarla, y por eso mismo sientes una emoción prohibida al empuñarla ahora, ya sea la de verdad, o tan solo un sueño en el que aparece.
—Ha viajado mucho hasta llegar aquí —le gustaba decir a tu lola—, y aún le falta camino por recorrer.
Te das cuenta de que los otros espectadores, las otras sombras, echan miradas furtivas a tu arma. Nos preguntábamos por qué esa sombra iba armada . Y se preguntan por qué el arma les resulta tan familiar. Por qué la has traído a este lugar sagrado. Y si pensabas usarla.
Pero esas preguntas tendrán que esperar.
Porque esto va a empezar.
El espectáculo que te han llamado a contemplar.
Oyes el ritmo de un tambor. Una baqueta de madera pulida golpea la piel tensa y aceitada.
Plam. El tambor hace sentir los golpes en este espacio oscuro.
Plam. Te golpea justo ahí, en medio del pecho.
Plam. Nos entró temblor al oírlo. Estás escuchando cómo late el corazón de este edificio.
Plam. La respiración hinchada y expectante de los que te rodean.
Plam. Y bajas la lanza familiar, dejas que repose contra tu costado, olvidada por ahora, mientras tú y el resto de los espectadores os volvéis hacia la escena sin respirar siquiera; vuestros ojos observan sin pestañear cómo el telón inicia su ascenso suave y silencioso hacia las vigas, y deja al descubierto la escena, como un par de alas que se despliegan.
Plam.
Ante vosotros se yergue ese cuerpo iluminado por la luna.
Y aunque esta sea la primera vez que os encontráis, todos vosotros reconocéis de inmediato ese cuerpo.
Habíamos visto las representaciones, las estatuas, los frisos.
Las descripciones de una figura de anchas espaldas y caderas estrechas, con la piel del color de un cielo azul veraniego y ojos que brillan como luz sobre plata.
Habéis visto los sueños que tuvieron los artistas sobre este cuerpo iluminado por la luna, con cabellos verde mar que ondean como si estuvieran bajo el agua, y al ver ahora este cuerpo, que se inclina en primer término del escenario, te das cuenta de que todos los sueños en los que aparecía su belleza eran ciertos.
En algún rincón de tus recuerdos, tu lola suspira con anhelo al contemplar el torbellino de astros nocturnos desde la pequeña ventana de la cocina.
—Y si algún día te vieras sentado en ese teatro y tuvieras la suerte de presenciar cómo asciende su telón, será el hijo de la Luna y del Agua quien te salude.
Esa criatura nacida de la danza entre el ocaso de la luna y el menguar de la marea, ahora en el papel de eterno intérprete del mar Durmiente.
Imbuido para siempre con la fuerza y la gracia del más consumado bailarín.
—La mujer sonríe—. Un hermoso cuerpo iluminado por la luna.
Y tú miras con sorpresa ese cuerpo iluminado por la luna mientras toma aire por la nariz, tan hondo que se le hincha el vientre, preñado de viento.
Los pies de ese cuerpo se plantan sobre el escenario y entonces suelta en una larga exhalación todo lo que había tomado, y el soplo que surge de sus labios fruncidos apaga todos los braseros del teatro y transforma el fuego en humo, y la sala vota en favor de la oscuridad y todo lo que es visible a tus ojos es el último de los braseros que sigue encendido sobre el escenario...
Las pupilas se te estrechan ante esa llama antigua y furibunda, mientras ese cuerpo iluminado por la luna se yergue frente a ella y, como un mago frente a una fuente impía, conjura de su seno crepitante las voces de los antiguos y los muertos, nuestra historia que pronto se va a contar, de esa semana de sangre, esa semana de caos ; el torrente de susurros llena el teatro, porque algunas historias son demasiado grandes como para que las cuente una sola voz.
Esta es la historia de tu tierra.Y de la lanza que cortó a través de ella.