La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) ANTES
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La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1)

La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1)

Por Simon Jimenez

© inepub.com

ANTES

¿Cuándo te habló por primera vez sobre el Teatro Inverso?

Tenías trece años..., eso te parece. Fue en torno a esa edad cuando a menudo parecía que la sobresaltaras, e incluso la ofendieras con tu presencia, y fruncía el labio cada vez que entrabas en la habitación, como si un desconocido importuno hubiera tropezado con ella por la calle.

Tú pensabas que su desagrado se debía al olor de tu cuerpo, a tu piel sebosa, a tu tímida joroba, pero la verdad era que, simplemente, estaba sorprendida por la rapidez con que había pasado el tiempo.

Tu juventud la hería. Hacía que quisiera protegerte y también echarte a patadas.

—Siéntate —te dijo al verte pasar por la cocina—. Escucha. Tengo una historia que contarte.

La noche cálida, acariciada por la brisa, entraba por la ventana abierta y jugaba con las cortinas y el humo que se elevaba desde los dedos de tu lola, mientras ella te hablaba del teatro que había entre mundos.

—Una vez que la Luna y el Agua sintieron amor el uno por el otro.

—Se detuvo en esa palabra, «amor», igual que el humo se detenía en el aire—.

Ya te puedes imaginar que aquel romance no era el más afortunado.

Una estaba atrapada en el cielo, la otra en la tierra.

Una era la estampa misma de la quietud; la otra estaba hecha tan solo de olas y tormentas.

Pero durante un tiempo fueron felices. La Luna bañaba el Agua con su resplandor y el Agua danzaba con su flujo y reflujo a instancias de la Luna.

Y aunque se encontraran en esferas distintas, podían visitarse por procedimientos no tan directos, porque no hay barrera en esta vida que el amor no pueda superar.

El Agua enviaba al cielo gruesas nubes de tormenta, preñadas de su esencia, y su fresca niebla y su aliento salado besaban la superficie seca y agrietada de la Luna.

Y la Luna, cuando deseaba visitar al Agua, proyectaba su reflejo sobre su superficie, y en el Mundo Inverso que yace suspendido bajo el nuestro, en el cristal y el agua quieta, se encontraban, bailaban y hacían el amor.

—Tu lola calló unos instantes y clavó la mirada en ti entre las volutas de humo, atenta a la expresión de tu rostro.

Hubo un tiempo en el que sentías vergüenza ante la mera insinuación de intimidad en sus historias, pero aquella vez no fue así.

Aquella vez te quedaste embelesado, sin más.

Un signo de madurez que la alentó y la deprimió a un tiempo—.

De todos modos —añadió, tras una áspera inhalación—, fue en ese mundo de reflejos donde se edificó el teatro donde tendrá lugar nuestra historia.

»Como son divinidades protectoras de artistas y bailarines, la Luna y el Agua amaban la escena y por eso crearon la suya propia: una pagoda tan alta que atravesaba las bandas celestiales, para que tuvieran lugar en ella las representaciones de los tiempos.

La narración de historias que ni siquiera yo conozco.

—Tosió—. Aun después de que la Luna y el Agua se separaran, el teatro continuó allí, dirigido por la criatura nacida de su amor, un ser de inmensa belleza que invitaba incluso a mortales como nosotros a visitar su escenario.

Le preguntaste cómo podían llegar los mortales a un lugar como aquel.

—A través de los sueños —respondió, con la ceniza de la colilla en la mano—.

Mediante un sueño profundo, en aguas profundas como ninguna en la que tu espíritu soñador haya nadado jamás.

Eso es todo. Sueños y buena fortuna. Y cuando llegas, te cuentan una historia del País Antiguo.

La historia adecuada en el momento adecuado.

Y cuando te marchas —cuando tu cuerpo sale de ese sueño profundo—, te sientes satisfecho, pleno, pero no recuerdas por qué, ya que el recuerdo de tu visita se ha esfumado, ha resbalado de tu mente como agua jabonosa, lo mismo que todos los buenos sueños cuando tratamos de recordarlos.

Tratas de recordarlo. Haces grandes esfuerzos por recordar. —Sonrió, melancólica—. Pero es en vano.

Tu lola se puso a liar otro cigarrillo.

—Quizá antes de que esto termine —dijo—, recordaré por fin el tiempo que yo misma pasé allí.

Se oyeron risitas en la otra habitación.

Mientras tu lola envolvía el tabaco con papel de liar, te echaste para atrás sin levantarte de la silla, porque querías ver mejor a tus hermanos, que escuchaban la radio en el salón.

Los nueve estaban apiñados en torno al aparato como gatos callejeros en una carnicería...

una pierna que sobresalía del brazo del sofá, una cabeza que colgaba del reposabrazos del sillón, barbillas apoyadas sobre puños en la mesilla de café, mientras el culebrón semanal llegaba a su momento culminante...

todos los hombres del inquisidor apuntaban los rifles hacia las ventanas de la iglesia, dispuestos a matar al capitán Domingo, y se preguntaban, al apuntar, por qué aquel chacal osaba sonreír en la hora de su muerte...

la razón estaba clara, desde el momento en que el buen capitán, con un guiño, dejaba a la vista el detonador que había ocultado con su mano enguantada, y, mientras mirabas a tus hermanos, sentías envidia por no estar sentado con ellos y al mismo tiempo alegría por estar apartado de ellos.

Por poder verlos a todos desde tu silla en la cocina.

Por poder encerrarlos a todos en tus ojos y tenerlos allí.

—Podríamos tratar de regresar allí —decía tu lola, mirando por la ventana con sus ojos grandes y húmedos—, pero se nos concede un solo turno. Una única invitación. Así que no la eches a perder. Recuérdalo, aunque sea lo único que recuerdes.

El aire de la noche entraba por el ventanuco de la cocina.

Una bocina de un coche viejo sonaba con fuerza en la calle.

Faltaba poco para que tu padre llegara a la casa con todo el peso del día sobre los hombros.

Aún había que preparar la mesa. Pero a tu lola no le importaba el tiempo; daba caladas profundas y pausadas.

—No sabrás que el Teatro Inverso te ha convocado hasta que ya estés allí —explicaba, mientras dejaba arder el papel, y también los años—.

Es un lugar sobre el que no podemos trazar planes.

—Las contraventanas retemblaban con la brisa de la costa—.

Y, cuando llegues a ese anfiteatro, cargado de sueños y sin esperarlo, lo mejor será que te sientes, que mires, que escuches, porque no estarás allí por accidente.

Sorbió el papel enrollado. El extremo era ya una rosa anaranjada.

Cuando el cigarrillo estaba a punto de acabarse, la puerta principal se abrió de golpe.

Tus hermanos dejaron la radio y se desperdigaron en todas direcciones, mientras tu padre entraba, arrastrando consigo su humor y todo el mundo de fuera...

tu lola te agarró por la muñeca antes de que pudieras ir a saludarlo.

—Este relato es para ti —te dijo.

El tabaco le ardía en los pulmones.

—Así que deja marchar al cuerpo que sueña.

Exhaló.

Y el humo, que ha llegado hasta allí expulsado de la oscuridad, te envuelve hasta que lo único que ves son las volutas de materia gris que se arremolinan a tu alrededor, la densa niebla que parece que te levante del suelo, que te acune, que te baje con delicadeza hasta que te posas sobre una superficie lisa y dura, y el humo se disipa...

el recuerdo de tu lola en la cocina se desvanece como el día se desvanece al anochecer, y entonces te encuentras de pie en el mismo lugar del que ella te habló una vez, hace tantos años.

Bienvenido al Teatro Inverso.

Sales del humo y lo ves: la imponente pagoda que se yergue de noche frente a un lago en calma, su reflejo perfecto en el agua, el gran número de pisos que se alzan muy por encima de ti y descienden sin fin a tus pies en su semejanza acuosa.

De sus curvos aleros cuelgan farolillos cual pendientes, que alumbran su fachada ornamentada, contra la tiniebla de un cielo que es como una alfombra negra.

El edificio se cierne en lo alto, constituido por una infinita sucesión de galerías, pintada cada una en un color distinto.

En una galería purpúrea que está en lo alto, un heraldo se asoma y grita que la representación está a punto de comenzar, así que, por favor, entrad y tomad asiento.

Un sendero de piedra te ruega que cruces las aguas oscuras.

Cuando empiezas a cruzarlas, te das cuenta de que no estás solo.

Andas en medio de un río de otras sombras soñadoras, que pasan a través de ti cual rachas de viento, cuyos pensamientos van y vuelven como señales de radio.

Están pensando en el trabajo. En amores perdidos.

En las horas que malgastaron en estancias oscuras alumbradas por velas de sebo que ya estaban a punto de consumirse.

Yo llevaba la contabilidad de un loco. Sabía que necesitaría otro trabajo, pero no podía correr el riesgo de pasar un tiempo sin empleo...

¿Quién puede correr el riesgo de pasar un tiempo sin empleo?

Entiendes a algunos; los otros te resultan incomprensibles.

Hablan en idiomas que no reconoces, o en términos que no significan nada al faltarles el contexto.

Al desgarrar las hebras del mensajero de las estrellas, me hallaba a la mitad de mi tercera trama, dando veloces volteretas en mi guante de dormir, cuando engatusaron a mi yo en sueños para que viniese aquí, a la orilla de este oscuro lago.

Sombras de gentes de todos los lugares y todos los tiempos.

Sin rostro, desdibujadas, ruidosas. Y al cruzar este lago, su tumulto llega todo a la vez, abrumador, con un sonido que no va a la zaga del fragor del vasto océano, un rumor colectivo, exhalado de labios de millares de personas, indistinto e infinito. Un infinito en el que ahora te sientas.

Octava fila, justo en el centro.