DESPUÉS #7
Tomó a Keema de la mano y lo condujo hacia un lugar más oscuro.
Avanzaron paso a paso.
La pasión fue ordenada. No querían perder ni una ocasión de deleite o sorpresa.
La calidad de una boca sobre un dedo, el toqueteo de una lengua en un dedo del pie.
Cualquiera que fuese la experiencia que Jun pudiera tener en aquel acto, todavía era novicio, pues era la primera vez que lo sentía de verdad, y aferraba a Keema como habría podido aferrarse a una visión sagrada en un sueño que se desvanecía.
Pero Keema no se desvaneció. Era sólido, cálido, real como el propio Jun.
Y le lamió en la axila, y en el pequeño pezón moreno, y en el hueco del vientre, mientras sentía el pie de Keema que trabajaba en él por debajo, y saboreó la sal de Keema y compartieron ese sabor con un beso y salió sangre del labio de uno de los dos, no importaba de quién, porque en ese momento ambos sintieron el dolor, y el placer, y el fugaz sabor a hierro en la lengua.
Hubo momentos de frío.
Cuando Jun se tocó el tatuaje que llevaba en la cara y que jamás iba a desaparecer, y que por siempre lo marcaría como proscrito.
Las lágrimas le perlaron las mejillas junto con la lluvia, mientras trataba de arrancárselo de la piel, pero entonces Keema lo agarró por la muñeca, le apartó la mano y le lamió con suavidad la piel enrojecida de las mejillas y la frente.
Hubo un tiempo para el reposo.
Keema montó atenta guardia frente a la noche que los circundaba.
Mientras Jun dormía, Keema estaba apostado con la lanza y observaba los árboles que se combaban, las enredaderas que se mecían y los ojos penetrantes que iluminaban la oscura maleza.
Y al oír un gruñido, se acercó poco a poco a la cortina de enredaderas que los separaba de la noche incierta, y dijo a quienquiera, a lo que fuera que acechara allí:
—Mi nombre es Keema, guardián de ese guerrero dormido. Y esta noche no os lo vais a llevar.
Un viento se alzaba en torno a sus oídos... por un momento creyó haber oído un susurro...
Algún día será nuestro.
Al regresar con Jun, que para entonces estaba despierto y tenía los ojos bien abiertos, le dijo que no era más que un animalillo, con los dientes demasiado menudos como para cortar piel.
Se acostó al lado de Jun y le puso la mano sobre el pecho, y sintió a través de su cálida piel el latido atemorizado de su corazón.
—Puede que no vuelva a dormir jamás —dijo Jun.
A lo que Keema repuso:
—Pues entonces, tampoco yo.
Jun le miró.
Miró esos ojos que no comprendía. Los ojos de Keema, que estaban tan salpicados de color y misterio como sus pensamientos.
¿Cuánto tiempo iba a quedarse con él aquella persona?
¿Cuánto tiempo podría soportar una vida de nómada?
¿Llegaría un día en que el propio Keema lo iba a entregar a gentes que le harían daño?
Si acaso esas preguntas tenían respuesta, los ojos de Keema no la delataban.
Y al tiempo que se inclinaba para besarlo, Jun se preguntó si sería por eso por lo que el emperador obligaba a todo el mundo a llevar máscaras en la corte.
Si aquella vida era excesiva para hombres temerosos.
Y así continuó.
Una noche en el bosque, sin ver a nadie más que los pequeños simios que se abrazaban a las ramas de los árboles y observaban con ojos iluminados por la luna los movimientos de dos criaturas que, por breve espacio de tiempo, se habitaban la una a la otra.
Eso era lo que se sentía, era como transformarse en el otro, cuando Jun montaba a horcajadas sobre él y se sentaba, y Keema lo penetraba con ojos desorbitados, se tragaba el agua de lluvia que tenía en la boca y se esforzaba por no acabar de inmediato, mientras que para Jun aquel momento se encontraba en los confines del dolor, lo llevaba al rechinar de dientes y a una mueca de sufrimiento, pero el dolor no lo disuadía.
El dolor también formaba parte de aquello.
Era la ofrenda a la noche, al hombre a quien había decidido entregarse.
Los ojos de ambos se encontraban en aquel ritmo incesante, mientras ambos sonreían y se desafiaban el uno al otro a apartar la mirada.
No la apartaron.
Gastaron hasta su última onza de energía, porque no paraban a descansar, ni siquiera cuando estaban exhaustos.
Los momentos se quemaron con la misma rapidez que los cigarrillos de tu lola.
No pararon de danzar. De sentir el roce del otro dentro de su propio cuerpo.
De darse caza y pelear en medio de la maleza, y de empezar de nuevo con renovado fervor, como para borrar del pergamino de la historia la tinta de sus cuerpos.
Como para evaporarse, hasta que el cuerpo estuviera a punto para ir al lugar donde se hallaba ya el espíritu.
En lo alto.
Por encima de los árboles. Donde las estrellas danzan y caen como conjuros fallidos.
Aquí es donde termina nuestro relato.
Mientras los bailarines saltan sobre el fuego.
Y este cuerpo iluminado por la luna se inclina ante vosotros para daros las gracias.