LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 47
«Epílogo»
Habían pasado varias semanas desde que dejaron Sanabria.
Aletheia había permanecido bajo el lago hasta mucho después de que anocheciera y solo entonces abandonó aquellas aguas, cuando ya no quedaba nadie en las orillas capaz de ver lo que ascendía hacia el cielo.
Habían viajado durante horas antes de encontrar otro lugar suficientemente aislado: una masa de agua rodeada de bosques, lejos de caminos importantes y de cualquier población que pudiera convertir su presencia en un nuevo problema.
No pretendían quedarse allí para siempre. De momento, tampoco tenían otro sitio al que ir.
Quiquiriquí .
El gallo cantó por un altavoz a las cinco y cuarto de la mañana.
Marcus abrió los ojos y miró el despertador.
—Será una broma…
Se dio media vuelta, tiró de la manta hasta cubrirse la cabeza y cerró los ojos.
El pasillo se llenó de ruidos. Dos voces discutiendo en voz baja. Alguien arrastrando algo pesado. Un pedo. Marina dando una orden. Julián hablando a la mula.
Marcus hundió la cara en la almohada.
—Aletheia. ¿Por qué ha cantado un gallo?
—Es la señal de inicio de jornada acorde con las costumbres de la tripulación.
—¿Y yo qué soy?
—Tú eres minoría. Están despiertos desde hace diecisiete minutos, han iniciado tareas de limpieza, preparación de alimentos, transporte de herramientas y supervisión de animales.
Marcus apretó los ojos y volvió a dormirse. A las nueve en punto sonó su despertador. Esta vez fue una melodía suave, exacta y odiosa. Abrió los ojos por segunda vez.
El techo blanco seguía allí, limpio, liso. Se incorporó en la cama y escuchó. El pasillo seguía lleno de vida.
—Lista de tareas —pidió.
Un panel se iluminó en la pared.
—Hay tres incidencias pendientes.
Marcus miró el panel.
—¿Solo tres?
—Correcto. Las tareas rutinarias de limpieza, engrase, clasificación, revisión de conductos secundarios, lavado de textiles, ordenación de herramientas, retirada de residuos menores y control de almacenes están siendo cubiertas por el resto de la tripulación.
Marcus se quedó con una manga de la túnica a medio poner.
—No son tripulación.
—Viven a bordo, comen a bordo, duermen a bordo, ensucian a bordo y discuten a bordo. La definición resulta aceptable.
—Eso no los convierte en tripulación.
—Debo añadir que la limpieza general de pasillos ha mejorado un treinta y dos por ciento desde la incorporación de los nuevos residentes. Llevan casi cuatro horas activos y se esmeran más que tú.
Marcus salió del camarote sin despedirse.
—Has gruñido —observó Aletheia.
—No he gruñido.
—Registro acústico disponible.
—Bórralo.
—No.
El pasillo central se abrió ante él, blanco, curvo y lleno de voces.
Durante demasiado tiempo, la nave había sido una sucesión de corredores silenciosos, zumbidos lejanos, compuertas selladas y la voz de Aletheia cayendo desde el techo con su calma irritante.
Ahora había pasos. Risas. Gritos de niños.
Alguien desafinaba en una cubierta inferior.
En algún lugar, un martillo golpeaba madera con obstinación campesina.
Más lejos, dos mujeres discutían sobre si una sábana debía doblarse a lo ancho o a lo largo.
Marcus avanzó por el corredor y pasó junto a la sala de ocio.
La puerta estaba abierta. Dentro había varios niños sentados en el suelo, vestidos con ropa de la nave.
A algunos les sobraban las mangas; a otros les quedaban las perneras recogidas sobre los tobillos.
Todos sujetaban mandos de control y miraban una pantalla donde unas naves diminutas disparaban contra criaturas verdes.
En mitad de la alfombra, profundamente dormido, estaba el gorrino. Roncaba con una paz ofensiva.
La pantalla estalló en una lluvia de luces. Los niños celebraron la victoria con los brazos en alto. El gorrino abrió un ojo, emitió un gruñido de reproche y volvió a hundir el hocico entre sus patas.
—Marcus, el cerdo no debería estar ahí —dijo Aletheia—. Convendría retirarlo de la alfombra.
—Estoy de servicio técnico, no de pocilga.
—Tu distinción entre ambas funciones resulta cada vez menos clara.
Marcus continuó andando. La siguiente puerta también estaba abierta.
Dentro, Inés lloraba sentada en un banco acolchado, con la cara roja, un pañuelo empapado entre las manos y dos mujeres a cada lado intentando consolarla.
Al doblar el corredor, se encontró con Julián.
El hombre venía del acceso exterior con la capa cubierta de nieve, las botas llenas de barro y una expresión de absoluta satisfacción. Sujetaba la cuerda de la mula, que caminaba detrás de él con la dignidad de un obispo y la indiferencia de una bestia que se sabía imprescindible.
—¡Marcus! —dijo Julián—. Ya estás despierto.
Marcus miró la nieve de la capa.
—¿Cómo que ya?
—Orduño, Tomás y los otros están terminando la cabaña principal. La que tapa la salida del sube-baja. Hemos usado troncos de fuera. Hay árboles que no se acaban nunca. También hemos empezado un cobertizo para los animales.
La mula levantó la cola. Marcus levantó un dedo. Julián siguió hablando.
—La tierra está dura, pero es buena. Si no se nos hielan los dedos, igual hasta podemos plantar algo cuando pase este tiempo horrible.
La mula dejó caer una boñiga en mitad del pasillo. El sonido fue breve, húmedo y definitivo. Marcus cerró los ojos.
Julián ni miró.
—También dice Orduño que conviene hacer una empalizada baja. No por miedo a soldados, que aquí no hay un alma, sino por lobos. A mí me preocupa más que se nos escape el gorrino. Ese animal tiene ideas propias. Y cuanto antes lo saquemos de aquí dentro, mejor. Tiene ventosidades.
—Julián.
—¿Sí?
Marcus señaló el suelo y Julián bajó la vista. La mula movió una oreja. Desde el extremo del corredor llegó un chillido.
—¡Julián!
Marina apareció empujando un carrito de limpieza con cepillos, paños, recipientes transparentes y una determinación que habría hecho retroceder a una patrulla armada.
Llevaba un vestido largo, negro, brillante, abierto en los hombros, pensado para una noche en la ópera y no para perseguir estiércol por una nave enterrada bajo un lago helado.
Marcus la observó pasar.
—Bonito vestido, pero no creo que sea ropa de trabajo.
—Ropa para dormir, para trabajar… estoy cómoda y a Tomás le encanta.
Marina se detuvo junto a la boñiga y señaló a Julián con un cepillo.
—Tú. La mula necesita quedarse fuera.
—Hace frío.
—Pues que se abrigue.
—No tiene ropa.
Marcus realizó una retirada prudente. Dejó atrás a Julián y a Marina, que en ese momento se inclinaba sobre el desastre con una expresión de rabia casi profesional.
Siguió hacia la sala común. Decidió que sus tres incidencias podían esperar.
El lugar estaba aún más vivo que el resto de la nave.
Dos ancianos desayunaban en una mesa con la solemnidad de quien ha encontrado un milagro en forma de cuenco. Cada uno tenía delante una ración de pasta nutritiva color crema. Uno de ellos rebañaba el borde con el dedo.
—Esto está mejor que las gachas —decía.
—Mucho mejor. Y no tiene piedras.
Pasó junto a ellos y se encontró con Aurelia. Estaba sentada en otra mesa, esperándolo.
Marcus olvidó lo que iba a decir.
Aurelia llevaba uno de los trajes de la nave, adaptado a su cuerpo.
Tela oscura, flexible, cerrada hasta el cuello, con costuras finas que parecían dibujadas sobre la piel.
El cabello, tantas veces recogido en una trenza, revuelto, manchado de barro o cubierto por un pañuelo, caía ahora hasta los hombros en una línea limpia.
Tenía los ojos más marcados, los labios con un carmín rojo suave y la piel cuidada de una forma que Marcus aún no sabía nombrar.
Ella levantó una ceja y se apartó el cabello del hombro despacio, asegurándose de que Marcus la viera hacerlo.
—¿Qué miras?
Marcus se sentó frente a ella.
—Estás preciosa.
Aurelia sonrió. La sonrisa le duró poco.
—Me han arrancado los pelos de los sobacos.
Uno de los ancianos dejó de rebañar el cuenco.
Marcus parpadeó.
—¿Qué?
—Aletheia dijo que en tu época a los hombres les gusta eso.
Marcus la miró con sincera confusión.
—Los sobacos los tenías pasables.
Aurelia entrecerró los ojos.
—¿Pasables?
—Sí. El problema son las piernas.
Aurelia bajó despacio la mirada hacia la mesa.
—Parece que te ha salido un gato en cada pantorrilla.
El silencio cayó sobre la sala común. Uno de los ancianos hundió la cuchara en el cuenco con mucha prudencia. Aurelia sonrió sin enseñar los dientes.
Aletheia intervino desde el techo:
—La depilación de extremidades inferiores puede programarse para esta tarde.
Aurelia levantó la vista.
—Claro. Primero las piernas y después mis partes íntimas.
—Ingles añadidas a la programación —dijo Aletheia.
Aurelia abrió los ojos del todo.
—No.
—Procedimiento estimado: breve. La molestia sería moderada.
Marcus se removió en la silla.
—Quizá deberíamos no hablar de esto durante el desayuno.
Aurelia lo señaló con el dedo.
—Tú has empezado con los gatos.
Marcus decidió aceptar la acusación.
—He visto a Inés llorando —dijo, buscando un terreno menos peligroso.
Aurelia bebió un sorbo de agua.
—Por lo visto se ha hundido un barco y un muchacho ha dado la vida por su amada.
Marcus iba a responder, pero Lucio entró en la sala común con paso apresurado, la túnica mal ajustada y el pelo húmedo.
—Perdonad. Llego tarde. Estaba rezando en la capilla.
Aurelia apretó los labios y Marcus la miró de reojo. Los dos empezaron a reír.
Lucio los observó con recelo.
—¿Qué ocurre?
Aurelia se tapó la boca con una mano.
—Nada, padre. Cosas mías y de Marcus.
Marcus juntó las palmas con devoción fingida.
—Solo me preguntaba si tú también habrás estado rezando delante de una...
Aurelia le clavó el codo en las costillas.
—¡Marcus!
Lucio frunció el ceño.
—¿Delante de qué?
—De nada —respondió Aurelia.
Marcus volvió a reírse.
Lucio se acercó al dispensador.
—Aletheia, unas gachas.
El dispensador emitió un zumbido suave y preparó un cuenco de pasta nutritiva.