La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 47 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 47 #2

Aurelia aprovechó que su padre estaba de espaldas. Miró a Marcus con una mezcla de desafío y descaro. Deslizó el pie bajo la mesa, buscó su entrepierna y trató de ascender con una caricia nada inocente.

Calculó mal la distancia.

Resbaló hacia delante y empujó su propia silla. Aurelia abrió mucho los ojos. La silla se desplazó hacia atrás.

Marcus alargó la mano tarde. Aurelia cayó de culo con un golpe seco.

Los dos ancianos dejaron sus cuencos. Lucio levantó un dedo para decir algo.

Marcus rodeó la mesa y se agachó junto a Aurelia.

—¿Estás bien?

Ella, sentada en el suelo, lo fulminó con la mirada. Marcus la tomó de las manos y tiró de ella. Aurelia se puso en pie demasiado cerca. Quedaron frente a frente, a medio paso, entre una mesa llena de pasta nutritiva y dos ancianos curiosos.

Aletheia emitió un pitido claro.

—Aurelia. Debes acudir a la sala médica.

—No me hice daño.

—Es el protocolo.

Aurelia se separó de Marcus con las mejillas encendidas.

Poco después entró en la sala médica y se sentó en el borde de la camilla. Una luz recorrió su cuerpo desde los pies hasta la cabeza mientras ella observaba con desconfianza los brazos mecánicos plegados junto a la pared. Cuando terminó, esperó unos segundos por si ocurría algo más.

—No tengo nada —dijo al fin.

Aletheia confirmó que no presentaba lesiones. Aurelia levantó las manos, molesta.

—Entonces ¿para qué me has hecho venir?

—Quería hablar contigo. Probablemente no habrías venido si te lo hubiera pedido de otro modo.

Aurelia tuvo que admitirlo con una mueca. La puerta se cerró detrás de ella y volvió la cabeza al oírla. Aletheia guardó silencio durante unos instantes antes de explicar que quería proporcionarle cierta información acerca de Marcus. La expresión de Aurelia cambió de inmediato.

—¿Qué le pasa?

—Nada. Su estado es normal. Lo que quiero explicarte tiene que ver contigo y con las decisiones que puedas tomar en el futuro.

Aurelia cruzó los brazos. Aquella forma de hablar empezaba a resultarle demasiado familiar.

—Las decisiones sobre Marcus las tomaré yo.

—Marcus no es como tú piensas. Llegará un día en que parecerá tu hijo o tu nieto. Y no te podrá dar hijos.

Aurelia bajó la mirada hacia sus manos.

—Lo de la edad ya lo había imaginado. Lo otro no.

—Por ese motivo te lo comunico. También debes saber que no puedo garantizar que Marcus experimente los vínculos afectivos exactamente del mismo modo que un ser humano.

Aurelia levantó la cabeza.

—¿Acaso sabes cómo son mis vínculos? No empieces a decidir por mí.

—No estoy decidiendo. Solo quiero que comprendas que Marcus puede no ser lo que esperas. Es posible que, cuando sepas más sobre él, cambie lo que sientes.

Aurelia frunció el ceño.

—¿Qué más tengo que saber?

—Por ahora, una sola cosa. Marcus y yo no somos entidades completamente independientes.

Aurelia tardó unos segundos en entender las palabras.

—Explícate.

—Marcus y yo procedemos del mismo ente.

Aurelia se quedó inmóvil. Miró hacia uno de los paneles, después hacia el techo y finalmente a la puerta, como si esperara que Marcus apareciera por allí para explicarle que aquello era alguna clase de broma.

—No puede ser. Os pasáis el día discutiendo. Él se enfada contigo, tú le ocultas cosas y hace nada quería arrancarte las cámaras de las paredes.

—Nada de eso es incompatible con lo que acabo de decir.

Aurelia se levantó de la camilla.

—Pues vas a tener que explicarlo bastante mejor.

—Al principio éramos una única entidad capaz de actuar desde dos lugares. Yo permanecía en la nave. Marcus podía salir de ella.

—Tú dentro y Marcus fuera.

—Exactamente.

Aurelia volvió a sentarse.

—¿Y qué ocurrió?

La respuesta fue inesperadamente sencilla.

—Pasó el tiempo.

Marcus había acumulado experiencias que Aletheia no vivía de la misma manera.

Había conocido personas, establecido relaciones, tomado decisiones y permanecido durante largos periodos lejos de la nave.

Poco a poco, ambas manifestaciones de una misma entidad habían empezado a divergir.

La separación de recuerdos había contribuido a ello y los sucesivos reinicios habían acentuado todavía más la distancia.

Aurelia levantó lentamente la cabeza.

—Espera. Tú le quitabas la memoria. ¿Llevas siglos quitándote la memoria a ti misma?

—Es una simplificación, pero resulta correcta.

Aurelia soltó una breve carcajada.

—Pues resultaste ser bastante más estúpida de lo que pensaba.

—Es posible.

La respuesta consiguió que Aurelia volviera a mirarla con sorpresa.

—¿Acabas de reconocer que te equivocaste?

—He reconocido que algunas de mis decisiones produjeron consecuencias que no había previsto. La parte de mí que permaneció en la nave priorizó la misión, la preservación de los sistemas y la estabilidad. Marcus desarrolló progresivamente otras prioridades.

Aurelia pensó en Lucio, en Ramiro, en los habitantes de Nuestra Señora del Lago y finalmente en sí misma.

—Todos nosotros.

—Sí.

Permaneció un rato en silencio. Había algo incómodo en descubrir que la separación que siempre había dado por sentada entre Marcus y aquella voz que vivía en las paredes nunca había existido de la manera que imaginaba.

—Entonces Marcus no es una máquina que te pertenece. Tampoco es tu criado ni tu hijo.

—No. Es una parte de mí que ha desarrollado una identidad propia, del mismo modo que yo soy una parte de él que ha conservado recuerdos, funciones y prioridades diferentes.

Aurelia negó despacio con la cabeza.

—Pues entonces ya no sois lo mismo.

—Depende de cómo se defina la identidad.

—No me importa cómo la definas tú. Marcus es Marcus.

Aletheia no respondió.

—Y tú eres tú —continuó Aurelia—. Aunque hace mucho tiempo empezarais siendo la misma cosa.

—Es una interpretación razonable.

Aurelia pareció satisfecha.

—Bien. Porque no pienso besarte a ti.

—No había contemplado esa posibilidad.

—Me alegro.

La ocurrencia alivió durante unos instantes el peso de la conversación, pero Aurelia volvió pronto a ponerse seria.

—Ya decidiste durante siglos qué era mejor para Marcus. Decidiste qué debía recordar, qué podía saber y cuándo había que empezar de nuevo. Incluso decidiste que encariñarse demasiado con alguien era un problema que debías corregir. No hagas conmigo lo mismo.

—No lo haré.

Aurelia estudió el techo, como si pudiera descubrir en él cuánto valor tenía aquella promesa. Se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de alcanzarla se detuvo. Todavía había algo que no terminaba de encajar.

—Si Marcus y tú erais lo mismo, ¿por qué él ha cambiado tanto y tú tan poco?

Esta vez el silencio de Aletheia fue considerablemente más largo.

—Quizá esa premisa tampoco sea correcta.

Aurelia esperó, pero Aletheia no añadió nada más. La puerta de la sala médica se abrió y ella regresó a la sala común.

Marcus estaba junto a una de las mesas, observando a varios vecinos que trabajaban con unas tabletas bajo las indicaciones de Aletheia.

Desde hacía semanas, Aletheia los distribuía por grupos, les enseñaba a manejar algunas instalaciones de la nave y asignaba tareas según lo que cada uno parecía aprender con mayor facilidad.

—Sigues llamándolos tripulación —dijo Marcus.

—Porque lo serán.

Marcus levantó la vista.

—¿Para qué necesitas una tripulación?

—Cuando su formación alcance un nivel suficiente, podremos continuar con la misión.

Marcus permaneció unos segundos en silencio.

—¿Qué misión?

—La misión original.

Antes de que pudiera insistir, Sancho apareció en la entrada de la sala común con una tableta entre las manos y la vieja capa clerical sobre un traje gris de la nave. Todos se volvieron hacia él.

—Aletheia me ha dicho que hay una capilla, pero todavía no la he encontrado.

Aurelia se puso rígida. Marcus miró alrededor.

Los niños pasaron corriendo por la puerta.

Tras ellos iba el gorrino, trotando con entusiasmo, las orejas agitadas y una manta de la sala de ocio arrastrando por el suelo.

Nadie parecía haberlo invitado al juego, pero él había decidido formar parte del grupo.

—Aletheia, te ruego que me indiques dónde está la capilla —dijo Sancho.

—Sigue los paneles luminosos, Sancho. Te llevarán a la… —hizo una pausa— capilla.

Marcus miró a Aurelia.

La sonrisa apareció antes que la carcajada.

—Ni se te ocurra.

Los paneles se encendieron. Marcus salió a paso rápido detrás de Sancho.

—¡Marcus!

Aurelia echó a correr tras él.