LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 46 #3
La nave se apartó de la orilla y comenzó a descender. El agua la recibió con calma y dejó ondas anchas que alcanzaron las botas de Pelayo y mojaron las rodillas de Nuño. Durante un largo rato ninguno habló, hasta que el lago volvió a quedar oscuro y quieto.
Nuño hundió los dedos en el barro.
—Lo habéis visto.
Pelayo mantuvo la mirada sobre el agua.
—Lo que ha salido del lago —insistió Nuño.
Pelayo no respondió.
Nuño rechinó los dientes.
—Entonces podéis decírselo.
Pelayo lo miró.
—¿A quién?
Nuño abrió los ojos completamente.
—¡A todos!
Pelayo volvió la vista hacia la superficie inmóvil.
—No sabría qué decirles.
Nuño se incorporó con dificultad.
—¡Lo que habéis visto! ¡Una cosa salió del lago! ¡Se los llevó!
Pelayo sostuvo su mirada.
—Lo que vi es que vuestros propios hombres os abandonaron porque ordenasteis matar niños.
Nuño se quedó callado.
—Eso —continuó Pelayo— sí sé explicarlo muy bien.
El señor de Sanabria miró hacia la ladera por la que habían desaparecido sus soldados y después volvió al lago.
—Volverá.
Pelayo no respondió.
—Volverá por mí.
El arcediano comprendió entonces que no habría castigo más severo.
Dentro, los aldeanos de Nuestra Señora del Lago permanecían agrupados en una sala amplia, iluminada por una claridad sin fuego. Nadie se atrevía a separarse demasiado de los demás. Las paredes y el suelo no se parecían a nada que conocieran, pero allí no hacía frío.
Sancho se había arrodillado y rezaba en voz baja, con las manos entrelazadas. Varias mujeres y dos ancianos fueron reuniéndose junto a él hasta que una voz siguió su oración y después otra.
Aurelia permanecía junto a Marcus.
—¿Y ahora?
Marcus observó a toda aquella gente. Durante años, la nave había sido prisión, refugio, secreto y amenaza; ahora estaba llena de campesinos con barro en los pies.
—Ahora no lo sé.
La voz de Aletheia sonó en la sala. Ya no llegaba únicamente al oído de Marcus: esta vez la escucharon todos.
—Estáis a salvo.
Los aldeanos se encogieron. Marcus levantó la vista.
—Aletheia.
—Sí, Marcus.
Él no supo qué decir. Aurelia, en cambio, sí.
—Gracias.
—De nada, Aurelia.
Marcus cerró los ojos y Aurelia le apretó la mano.
—Vieja amiga, ¿no?
—Eso dije.
—Parece que te ha oído.
—Siempre me oye.
—No siempre te escucha.
Marcus abrió los ojos y miró alrededor: los niños dormidos contra sus madres, Lucio, Mateo abrazado a Marina, los hombres que habían salido del calabozo y Aurelia, agotada pero todavía en pie.
—Hoy sí.
Sobre ellos, el lago volvió a quedarse quieto.
En Sanabria, nadie supo explicar adónde habían ido los habitantes de Nuestra Señora del Lago.
Los soldados podían contar que los habían perseguido hasta las cercanías del lago y que habían abandonado a Nuño después de que ordenara disparar contra hombres, mujeres y niños.
Lo que ocurrió después solo lo contaba él.
Decía que el lago se había abierto, que algo enorme había surgido de las aguas y se había llevado al ermitaño, a Aurelia y a todos los demás. Lo repetía una y otra vez, cada vez con mayor desesperación.
Nadie le creyó.
Pelayo nunca lo contradijo, pero tampoco confirmó sus palabras.
En las cartas que envió a Astorga habló de una persecución injusta, de una aldea incendiada y de unos fugitivos cuyo paradero ignoraba.
Cuando le preguntaban por lo ocurrido junto al lago, se limitaba a decir que había cosas para las que no tenía explicación.
Martín regresó al monasterio con el labio partido sin haber visto nada más que a un señor incapaz ya de gobernar su propia ira.
Rodrigo sostuvo Sanabria con mentiras útiles hasta que llegaron órdenes del rey.
Después se mudó a Astorga, no a Benavente; allí, al menos, conocía a alguien que sabía callar por las razones correctas.
De Nuño quedó otra cosa: no murió, aunque quizá habría sido más sencillo para él.
Perdió hombres, obediencia, nombre y sueño. Durante semanas aseguró que el lago había respirado delante de él y durante meses juró que el ermitaño volvería a buscarlo. Cuanto más insistía en que Pelayo también lo había visto, menos parecían creerlo quienes lo escuchaban.
Al principio lo encerraron en la fortaleza. Después lo dejaron caminar bajo vigilancia y, más tarde, cuando ya no era peligroso para nadie salvo para sí mismo, empezó a bajar solo hacia la orilla.
Allí se sentaba, mirando el agua.
Con los años, su historia cambió de boca en boca.
Los niños de Sanabria crecieron oyendo que en otro tiempo hubo un señor que quiso quemar a una mujer y terminó hablando con el lago.
Unos decían que las aguas se habían abierto; otros, que el demonio había venido a reclamarlo.
También hubo quien aseguró que el lago había escondido a los inocentes para salvarlos de la ira de un señor maldito.
Los viajeros añadieron partes, los viejos quitaron otras y la aldea quemada se convirtió en fábula hasta que la verdad acabó enterrada bajo todas ellas.
Así, con los años, la gente empezó a decir que junto al lago vivía un hombre solo, vencido por algo que juraba haber visto salir de las aguas.
Un ermitaño.
El lago nunca lo corrigió.