La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 46 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 46 #2

—Buscará a alguien que le crea. Al obispo, al rey, a quien sea. El lago ya no es seguro. No puedo esconder aquí a toda esta gente. No tienen casa ni comida. Hay niños y ancianos.

Aletheia guardó silencio.

Marcus alzó la vista hacia el lago.

—Necesito una solución.

La respuesta no llegó con palabras, sino con el agua. Una vibración profunda recorrió la tierra bajo sus pies y las ramas temblaron. Lejos de la orilla apareció un círculo que comenzó a girar contra el viento.

Aurelia volvió la cabeza. Pelayo hizo lo mismo, Sancho se quedó inmóvil entre los niños y Nuño levantó lentamente la vista desde el suelo.

El lago respiró.

La superficie se hinchó en el centro y formó una curva oscura de la que el agua empezó a caer en pesadas cortinas.

Algo enorme ascendía desde el fondo con una lentitud que ninguno de ellos podía asociar a una criatura o embarcación conocida.

Nuño intentó compararlo con algo y no encontró nada.

Ante él se alzaba una espalda negra surgida de una profundidad que nadie había medido.

Varios aldeanos se arrodillaron; otros permanecieron inmóviles, con la boca abierta. Pelayo se llevó una mano al pecho.

—Señor…

No terminó la oración.

El objeto siguió emergiendo mientras el agua resbalaba a regañadientes por una superficie lisa, curva, imposible. No había remos ni velas, tampoco juntas de carpintero ni hierro trabajado por herrero. A su alrededor, el lago se abría en grandes remolinos y volvía a cerrarse.

Nuño retrocedió sobre las rodillas.

—Brujería.

Pelayo no respondió.

—¡Brujería! —repitió Nuño—. ¡Decidlo! ¡Vos también lo estáis viendo!

El arcediano seguía contemplando aquella masa imposible sobre el agua. Nuño la señaló con una mano temblorosa.

—Entonces sabéis lo que es.

Pelayo tardó unos segundos en responder.

—No.

Nuño lo miró.

—¿Qué?

—No sé qué es.

El arcediano apartó por fin los ojos de la nave.

—Esa es la diferencia entre vos y yo.

Nuño abrió la boca, pero Pelayo ya estaba señalando hacia los aldeanos.

—Lo que sí sé es por qué está aquí.

Aletheia habló al oído de Marcus.

—Nueva prioridad establecida.

Marcus apenas respiró.

—¿Cuál?

La voz llegó más baja, o quizá él la oyó de otra manera.

—Traedlos a mí.

Aurelia percibió el cambio en su rostro.

—¿Qué ha dicho?

Marcus tragó saliva.

—Que vayamos al lago.

—¿Al lago?

—Sí.

Aurelia miró la masa negra que terminaba de alzarse sobre las aguas y después a los niños, a su padre, a Marina, a Mateo, a toda aquella gente que había perdido casa, techo y nombre en una sola noche.

—De acuerdo.

Marcus se volvió hacia los demás.

—Al agua. Ahora.

Una sección de la nave se abrió a poca altura sobre la superficie. Para los aldeanos fue una boca sin dientes, una entrada de sombra limpia en mitad del agua. Una rampa descendió hasta la orilla con un movimiento suave, sin chirridos ni golpes, hasta quedar donde un instante antes no había nada.

Los primeros retrocedieron.

—Entrad —dijo Marcus.

—¿Ahí? —preguntó Orduño.

—Ahí.

—¿Y si nos traga?

Aurelia pasó junto a él.

—Entonces nos tragará antes que Nuño.

Y entró.

Lucio fue detrás, sostenido por Marcus. Al pisar la rampa se quedó mirando la superficie bajo sus pies, que no era madera, piedra ni ningún metal que hubiera visto trabajar a un herrero.

—Hija —murmuró—, algún día vas a explicarme con qué clase de hombre te has juntado.

Aurelia lo sostuvo.

—Cuando él lo sepa.

Marcus oyó la frase y la dejó pasar con algo parecido a una sonrisa.

Los aldeanos entraron uno tras otro. Algunos lloraban; otros rozaban las paredes con la punta de los dedos y retiraban la mano de inmediato. Los niños, vencidos por el agotamiento, aceptaron el prodigio con menos resistencia que los adultos.

Sancho se aseguró de que todos avanzaran hacia la rampa y regresó junto a Pelayo. Nuño continuaba de rodillas.

—No —murmuró—. No. No.

Aurelia se volvió hacia él. El señor de Sanabria señaló la nave.

—Tú. Lo has traído.

—No —respondió Aurelia—. Lo habéis traído vos.

Nuño abrió la boca, pero no encontró insulto capaz de sostenerlo. Miró a Marcus.

—¿Qué eres?

Marcus se detuvo al pie de la rampa.

—Soy el ermitaño.

Nuño bajó la mirada hacia la espada caída en el barro. Marcus subió un paso.

—Pelayo. Sancho.

El arcediano se volvió.

—Venid con nosotros.

Pelayo contempló la entrada imposible abierta sobre el lago, después la ladera por la que habían desaparecido los soldados y, finalmente, a Nuño.

—Mi lugar está aquí.

—Nuño puede recuperarse.

—No lo sé.

Pelayo sonrió con tristeza.

—Y empiezo a sentir cierto aprecio por esas palabras.

Aurelia bajó un paso por la rampa.

—Don Pelayo…

—Vivid —dijo él—. Y cuando recéis, hacedlo también por los que hemos tardado demasiado en entender.

Miró a Sancho. El joven permaneció inmóvil hasta que Pelayo se acercó y lo abrazó.

—Cuidaos y cuidad de ellos.

—Gracias, don Pelayo. Por vuestras enseñanzas… y por vuestra amistad.

Sancho tardó un instante en soltarlo antes de correr hacia la compuerta.

Aletheia habló.

—Todos los civiles han entrado. Recomiendo cierre inmediato.

Marcus miró a Pelayo por última vez.

—Gracias.

—No me deis las gracias. Eso obligaría a creer que he hecho bastante.

La rampa empezó a elevarse. Aurelia agarró la mano de Marcus mientras la orilla iba quedando abajo. Pelayo permanecía de pie frente al agua y, a unos pasos de él, Nuño seguía arrodillado en el barro. Cuando la entrada se cerrara, solo ellos dos permanecerían allí.

Nuño levantó la cabeza justo antes de que desapareciera la abertura. Vio a Aurelia viva, a Marcus junto a ella y a los hombres, mujeres y niños que había querido castigar desaparecer dentro de aquella cosa imposible. Después solo quedó una superficie lisa que se cerró sin ruido.