La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 46
95%

LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 46

«Aletheia»

Lejos, en el camino, Nuño encontró a los monjes.

El carro atravesado y las piedras obligaron a los caballos a frenar. Nuño tiró de las riendas con tanta violencia que el animal relinchó y estuvo a punto de alzarse. Martín permaneció en medio del paso, con las manos dentro de las mangas del hábito.

—Apartaos —ordenó Nuño.

—Mi señor —dijo el abad—, os ruego que regreséis a Sanabria.

Pelayo, montado a unos pasos, sintió que el corazón se le hundía.

—Padre Martín.

El abad lo miró con alivio.

—Don Pelayo.

Nuño volvió la cabeza hacia el arcediano.

—¿También conocéis a este?

—Es el abad de San Martín de Castañeda.

—Entonces sabrá obedecer.

Martín no se movió.

—Sé reconocer la ira cuando se disfraza de justicia.

Los soldados escucharon. Algunos bajaron las lanzas, pero no avanzaron. Nuño desmontó de un salto torpe, con más rabia que control, y caminó hacia Martín con las botas hundiéndose en el barro.

—Están detrás de vos.

—Detrás de mí hay miedo, hambre y gente que ya ha sufrido bastante.

—Hay brujería.

—Hay una mujer perseguida por un señor que no soporta su propia vergüenza.

Nuño le cruzó la cara con el dorso de la mano. El golpe sonó seco y Martín cayó de lado contra el carro, más sorprendido que herido. Uno de los monjes gritó y se inclinó hacia él; varios soldados dieron un paso involuntario.

Pelayo bajó del caballo seguido por Sancho.

—¿Cómo osáis?

Nuño se giró hacia él.

—Cuidado, arcediano.

Pelayo avanzó hasta quedar entre Nuño y Martín. Sancho intentó ponerse también en medio, pero no quedaba espacio, y el arcediano terminó apoyando una mano en su hombro.

—Habéis golpeado a un abad.

—He golpeado a un estorbo.

Uno de los soldados murmuró:

—Mi señor… es un hombre de Dios.

Nuño lo señaló sin mirarlo.

—El próximo que hable rezará con él en el barro.

La amenaza no produjo el efecto habitual. Nadie respondió, pero tampoco hubo esa obediencia inmediata que hasta entonces había seguido a sus palabras.

—Ya no perseguís culpables —dijo el arcediano—. Perseguís a cualquiera que se interpone en vuestra vergüenza.

Nuño se acercó tanto que Pelayo pudo olerle el aliento agrio.

—Cuando vea arder a la bruja, recordaré vuestras palabras.

—Si levantáis otra vez la mano contra un hombre de Iglesia, quizá vuestros soldados también las recuerden.

El capitán de barba gris mantuvo los ojos en el suelo, pero no ordenó avanzar.

Nuño regresó hasta su caballo, montó y señaló el obstáculo.

—Quitad eso.

Los soldados obedecieron, aunque tardaron más de lo necesario. Cada piedra retirada, cada rama apartada y cada rueda del carro arrastrada por el barro compró unos minutos más.

Martín, con el labio partido, miró a Pelayo desde el suelo.

—¿Llegarán?

Pelayo observó el camino hacia el lago.

—Dios lo sabe.

—Hoy estáis muy prudente con las respuestas.

—Estoy aprendiendo.

Los jinetes reanudaron la marcha y desaparecieron tras la curva que descendía hacia el bosque. Martín y los monjes quedaron atrás, junto al carro y las piedras apartadas, mientras los fugitivos alcanzaban ya los árboles próximos al lago.

El bosque no era denso, pero sí irregular, lleno de robles, matorrales, rocas cubiertas de musgo y hondonadas donde el suelo cedía bajo los pies.

Marcus repartió a la gente por grupos. Los niños quedaron en el centro; los ancianos buscaron refugio tras una formación de piedras y quienes podían sostener un palo se colocaron en los bordes, aunque todos sabían que aquello serviría de poco contra soldados armados.

Lucio se sentó contra un tronco y tiró de Aurelia hacia él.

—Si te digo que corras, corres.

—Si me lo dices, te desobedezco.

—Eres igual que tu madre.

—Eso dices cuando quieres ganar una discusión sin argumentos.

Lucio cerró los ojos con una sonrisa débil.

—También decía eso.

Aurelia se arrodilló junto a él y le tocó la cara con los dedos, repitiendo el mismo gesto que él había usado antes para comprobar que ella seguía viva.

—No nos han traído hasta aquí para morir detrás de un árbol.

Lucio abrió los ojos.

—Mejor aquí que en un cadalso.

Marcus estaba cerca de la orilla. El dron flotaba entre las ramas con la luz apagada, mientras otro punto oscuro se desplazaba sobre el agua.

—Aletheia —dijo en voz muy baja—. Necesito opciones.

—Ocultación parcial en zona boscosa. Probabilidad de éxito baja. El grupo es demasiado numeroso.

—Otra.

—Dispersión en grupos pequeños. Probabilidad de supervivencia individual variable. Alta probabilidad de captura de niños, ancianos y heridos.

—Otra.

—Un misil clase M.

La pausa fue breve, pero suficiente para que Marcus comprendiera que Aletheia tampoco encontraba una respuesta aceptable.

—No puedo detener a todos los soldados sin causar bajas.

—Correcto.

—No quiero matar a nadie. Quizá la única opción sea ir a por Nuño. Si acabo con él, se acaba el problema; y si muero yo, al menos verán que no soy un demonio.

Al otro lado del bosque, un caballo relinchó.

Los hombres de Nuño asomaron por una ladera entre los árboles, con el sol bajo a su espalda.

El terreno les impedía mantener una formación limpia y aun así parecían demasiados: lanzas, espadas y arcos entre hombres que traían consigo rabia prestada y miedo propio.

Nuño cabalgaba en el centro. Pelayo iba detrás, con el rostro tenso, rodeado por el capitán y varios soldados.

Nuño vio primero a Marcus y después a Aurelia. Algo cambió en su rostro.

—Ahí está.

Aurelia se levantó. Marcus extendió un brazo para mantenerla detrás de él mientras Nuño desmontaba y sus hombres se repartían entre los árboles. Algunos prepararon los arcos; otros miraron el lago a la espalda de los fugitivos y comprendieron que no había salida.

—Se acabó —dijo Nuño.

El agua permanecía quieta.

Marcus dio un paso al frente.

—Déjalos ir.

Nuño soltó una risa baja.

—¿Todavía dais órdenes?

—Es una petición.

—Entonces suplicad.

Aurelia intentó avanzar, pero Lucio la sujetó por la muñeca. Pelayo bajó del caballo y Sancho corrió hacia el grupo de niños para ponerse delante.

—Nuño, deteneos. Hay niños.

—También los había en Sodoma.

El arcediano palideció.

—No uséis las Escrituras para justificar vuestra locura.

Nuño ni siquiera lo miró.

—Apartaos, don Pelayo. Ya habéis elegido bastante por hoy.

El capitán se acercó a su señor.

—Mi señor, si atacamos aquí, habrá muertos de los nuestros. El terreno es malo.

—Entonces disparad.

Los arqueros se miraron entre sí.

—He dicho que disparéis.

Ninguno tensó la cuerda. Nuño fue recorriendo los rostros de sus hombres hasta detenerse de nuevo en el capitán.

—¿A qué esperáis?

El capitán miró hacia los árboles. Vio a las mujeres abrazadas a sus hijos, a los ancianos agachados entre las piedras y a Sancho plantado delante de varios niños como si su cuerpo pudiera detener una flecha.

—Mi señor…

—¡Disparad contra todos! —rugió Nuño—. Contra el ermitaño, contra la mujer, contra los que la han seguido. Si los niños se ponen en medio, también. Todos han participado de esta blasfemia.

Uno de los arqueros bajó el arco.

—No.

Nuño se quedó mirándolo. El hombre palideció al comprender que había hablado en voz alta, pero no volvió a levantar el arma.

—¿Qué habéis dicho?

El capitán dio un paso y se interpuso entre ambos.

—Que no, mi señor.

—Os he dado una orden.

—Y no vamos a cumplirla.

Durante un instante Nuño pareció incapaz de aceptar que aquellas palabras pudieran dirigirse a él.

—¿Os negáis a obedecerme?

El capitán miró a sus hombres. Uno tras otro, los arqueros fueron bajando las armas; un soldado apoyó la punta de la lanza en el suelo y otro retrocedió un paso.

—No hemos venido a matar niños.

—¡Son traidores!

—Son niños.

Nuño desenvainó la espada.

—¡El primero que se marche será ahorcado!

Nadie se movió. Después de unos segundos, el capitán envainó lentamente la suya.

—Entonces tendréis que ahorcarnos a todos.

Se volvió hacia sus hombres.

—Regresamos a Sanabria.

Nuño lo contempló con una mezcla de incredulidad y furia.

—No os atreváis.

El capitán caminó hacia su caballo.

—Habéis perdido el juicio, mi señor.

—¡Capitán!

El hombre montó sin responder. Un soldado lo siguió, luego otro, y los arqueros se echaron los arcos al hombro. Nadie volvió a mirar a los fugitivos.

Pelayo permaneció donde estaba. El capitán detuvo el caballo a su altura.

—Don Pelayo.

El arcediano negó con la cabeza.

—Marchaos. Yo me quedo.

El capitán miró hacia Sancho, que seguía junto a los niños.

—¿Y él?

—También ha elegido.

El hombre asintió y tiró de las riendas. Los demás comenzaron a seguirlo ladera arriba.

—¡Cobardes! —gritó Nuño a sus espaldas—. ¡Traidores! ¡Volved aquí! ¡Os haré colgar a todos!

El sonido de los cascos fue perdiéndose al otro lado de la ladera sin que ninguno regresara. Cuando por fin desapareció, Nuño seguía allí con la espada en la mano y sin soldados, criados ni autoridad que lo respaldaran. Solo quedaba él.

—Se acabó —dijo Pelayo.

Nuño se volvió.

—Callad.

—Ya nadie os obedece.

—¡Callad!

Se lanzó hacia Aurelia. Marcus reaccionó antes de que pudiera dar el segundo paso: le atrapó la muñeca, desvió el arma con un movimiento seco y la hizo caer al suelo.

Nuño trató de soltarse, pero apenas consiguió moverse.

Marcus lo sostuvo unos instantes antes de empujarlo hacia atrás, y el señor de Sanabria trastabilló hasta caer de rodillas sobre la tierra húmeda.

—Quédate ahí.

Nuño alzó la cabeza con los ojos desorbitados, pero Marcus ya había dejado de mirarlo.

Ante él estaban los niños, los ancianos, Lucio apenas capaz de mantenerse en pie, Marina con la pequeña en brazos, Mateo junto a su madre y toda aquella gente que había caminado durante la noche sin tener ya una casa a la que regresar.

Aletheia habló en su oído.

—Los soldados se alejan hacia Sanabria. Distancia en aumento.

Marcus miró hacia el bosque y después a Nuño, todavía de rodillas sobre la tierra húmeda.

—Ellos quizá no vuelvan. Pero Nuño no va a dejar las cosas así.

—Es probable.