LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 45
«El lago»
El camino descendía entre tierras negras y árboles que la noche convertía en bultos torcidos. El frío se metía por debajo de las ropas. Los niños, al principio, lloraban en voz baja. Después dejaron de llorar porque el cansancio pudo más que el miedo.
Marcus iba delante. Cada vez que alguien tropezaba, él aparecía antes de que la caída arrastrara a otros.
Cada vez que una madre se detenía para acomodar a un niño dormido sobre el hombro, retrasaba al grupo sin que nadie tuviera que pedirlo.
Aurelia llevaba todavía la capa de Sancho.
Fuera de Sanabria, aquella prenda había dejado de ser disfraz y se había convertido en abrigo.
Marcus miró hacia atrás. La oscuridad les robaba cada paso. Los viejos tanteaban el suelo antes de apoyar el pie; las madres caminaban con los niños sujetos contra el pecho; los hombres se detenían para comprobar zanjas, piedras y raíces que no habrían visto hasta caer sobre ellas.
A ese ritmo, cuando amaneciera seguirían demasiado cerca de Sanabria. Y con la primera luz, los caballos de Nuño los alcanzarían antes de que llegaran al lago.
—Aletheia —murmuró—. Necesito luz.
—La iluminación directa asustará a los aldeanos.
—Hazlo suave. Necesito que vean dónde pisan. Y yo también. Me he tropezado dos veces.
Sobre ellos, una luz pequeña descendió hasta quedar por delante del grupo.
No ardía. No humeaba. No oscilaba con el viento.
Abría un círculo pálido sobre las piedras del camino y se retiraba cuando los primeros pies llegaban a él, marcando la siguiente curva, la siguiente raíz, el siguiente tramo de barro.
Algunos se santiguaron y otros miraron a Marcus.
—¿Qué es? —preguntó Marina, con la hermana de Mateo dormida contra el pecho.
Marcus levantó la vista hacia el punto de luz. El dron se desplazó entre las ramas sin tocar una sola hoja.
Aurelia la miró de lado.
—Son cosas de Marcus, Marina. Si sirve para que no me tuerza un tobillo me vale.
Ella habría sonreído de haber tenido fuerzas. En lugar de eso ajustó el brazo de Lucio sobre sus hombros y siguió andando.
Aletheia habló en el oído de Marcus.
—Ruta principal despejada durante los próximos dos kilómetros. Hay movimiento disperso en Sanabria, pero no se ha iniciado persecución.
—Imagino que no podrán salir con caballos de noche —murmuró él.
—Riesgo de caída elevado. Terreno irregular. Visibilidad insuficiente. Tu estimación coincide con mis modelos.
Marcus alzó una mano para que el grupo girara hacia un sendero más estrecho. La luz obedeció antes de que él señalara. Los aldeanos la siguieron porque no tenían otra alternativa.
La noche avanzó. El hambre se mezcló con la sed y el helor.
Un ruido lejano cruzó la noche. El zumbido llegó por encima de las copas y volvió a alejarse hacia la oscuridad.
Marcus se detuvo.
—Aletheia. ¿Qué fue eso?
—Más ayuda —respondió la IA.
La luz que los guiaba abandonó el sendero y se desplazó hacia un grupo de robles. Marcus la siguió. Los demás aguardaron donde estaban.
Bajo las ramas, junto a una roca cubierta de musgo, había varios bultos oscuros.
Marcus se agachó. Dentro de los paquetes encontró odres de agua, varias cajas de barritas energéticas y mantas térmicas plegadas.
Aurelia llegó hasta él y reconoció aquellas láminas plateadas al instante.
—¿Zurullos?
Ella sonrió por primera vez desde que abandonaron Sanabria. Marcus abrió una de las cajas y empezó a repartir el contenido. Aurelia lo ayudó. Los aldeanos observaban aquellos extraños envoltorios con más desconfianza que hambre, hasta que Marcus abrió uno y le dio un mordisco.
—Se come.
Los niños fueron los primeros en acercarse.
—¿Qué es eso? —preguntó uno.
—Zurullos —contestó Aurelia mientras desenvolvía una barrita—. Están deliciosos.
—¿Pero es mierda? —preguntó una niña.
—A lo mejor lo ha cagado un ángel.
Le dio un mordisco y cerró los ojos. Aurelia cogió un puñado de barritas. Marcus le dio un golpecito en la muñeca.
—No sé si están contadas.
—No he probado bocado en días.
—Todos están hambrientos.
—Ya, pero yo soy más rápida y si no se deciden a comer no es mi problema.
Marcus le quitó varias y empezó a repartirlas entre los niños. Aquello acabó con cualquier resistencia. En pocos instantes las pequeñas barritas desaparecieron entre manos temblorosas. Los niños las devoraban con una ansiedad que daba pena ver. Algunos dieron cuenta en dos bocados y pidieron otra.
—¿Hay más zurullos?
—¿Puedo coger otra?
Marina, mientras tanto, se había envuelto en una de las mantas térmicas. Pasó los dedos por la superficie brillante y negó con la cabeza.
—No entiendo qué clase de tela es esta.
—Seda griega —dijo Aurelia.
Las mantas cambiaron de dueño una y otra vez hasta que todos tuvieron una sobre los hombros. Marcus observó entonces un bulto extraño bajo la capa de Aurelia.
—¿Qué llevas ahí?
Ella apartó la mirada.
—Nada importante.
Marcus levantó una ceja. Aurelia suspiró, abrió la capa y mostró una barrita escondida.
—Era para luego. Por si me entraba el gusanillo.
Marcus señaló a los niños. Ella refunfuñó algo ininteligible y se alejó unos pasos.
—¿Alguien no ha comido?
Una niña pequeña, sentada junto a su madre, levantó la mano. Aurelia se agachó a su lado y le entregó la barrita. Los ojos de la niña se abrieron de inmediato.
—¿Para mí?
—Para ti.
La pequeña la observó durante unos segundos, como si temiera que alguien se la quitara. Después la partió por la mitad con gran esfuerzo y le tendió un trozo.
—Quédatela entera. Yo me comí dos. No se lo digas a Marcus —susurró.
Cuando volvió junto al grupo, Marcus seguía observándola. Siguieron avanzando.
Detrás de ellos, Sanabria despertó mucho antes de que el sol lo hiciera.
El primer soldado inconsciente fue hallado por un compañero que bajaba a los calabozos con una jarra de vino escondida bajo la capa.
Lo encontró sentado contra el muro, con la cabeza caída y la boca abierta.
Al principio lo llamó borracho. Luego vio al otro tendido dentro del arco, la puerta forzada, la reja abierta y el calabozo vacío.
Los gritos subieron por la fortaleza igual que fuego por un tejado seco.
Nuño apareció en el corredor con el jubón mal abrochado, el pelo revuelto y los ojos encendidos. Aún tenía en la cara la marca del sueño interrumpido, pero la furia lo terminó de despertar antes de que nadie pudiera explicarle nada.
—¿Dónde están?
Nadie quiso ser el primero en responder.
Nuño agarró al soldado que había dado la alarma y lo empujó contra la pared.
—¿Dónde están?
—Señor… los calabozos…
—Ya veo los calabozos.
El hombre señaló hacia abajo con una mano temblorosa.
—Están vacíos.
Nuño lo soltó. Durante un momento pareció que iba a reír. La boca se le abrió, los dientes quedaron al descubierto, pero lo que salió fue un sonido roto, seco. Bajó al patio corriendo. Allí otro soldado llegó desde el almacén viejo con la noticia de que tampoco quedaban mujeres ni niños.
Nuño se detuvo en mitad del patio. Los hombres aguardaron. Él giró la cabeza hacia la iglesia.
—La bruja.
Nuño salió hacia la plaza. Dos soldados corrieron tras él con antorchas.
Llegó a la puerta de la iglesia y encontró a Sancho sentado junto al muro, con una jarra vacía entre las manos.
El sacerdote local estaba dentro, arrodillado, rezando con una devoción que habría convencido a cualquiera que no hubiese tenido ganas de matarlo.
—¿Dónde está? —preguntó Nuño.
—Mi señor…—titubeó Sancho.
Nuño le dio una patada a la jarra. La cerámica se rompió contra las piedras.
—¿Dónde está Aurelia?
El sacerdote salió desde la nave de la iglesia con las manos juntas.
—Señor, os ruego que bajéis la voz. Estáis en casa de Dios.
Nuño lo miró de tal forma que el sacerdote retrocedió un paso.
—Hoy no me detendrá ni Dios.
Pelayo apareció detrás de él, acompañado por dos soldados. Alguien había tenido la prudencia de despertarlo antes de que Nuño empezara a matar inocentes al azar.
—Cuidado con lo que decís —advirtió el arcediano.
Nuño se volvió hacia él.
—Vos. Me habéis robado a la bruja.
—La habéis perdido vos.
Nuño avanzó un paso. Uno de los soldados hizo ademán de interponerse, pero se contuvo.
—¿Dónde está?
—Si lo supiera, no os lo diría.
Nuño se quedó quieto, respirando por la boca. Después se dobló hacia delante y vomitó sobre las piedras de la plaza. Bilis, vino agrio y rabia. Los soldados apartaron la mirada. Sancho se puso de pie, temblando.
Nuño escupió, se limpió la boca con la manga y señaló hacia las caballerizas.
—Ensillad.
El capitán de sus hombres, un veterano de barba gris, tardó en responder.
—Mi señor, los caminos están negros. Si salimos ahora con caballos, perderemos más hombres de los que alcancemos.
Nuño lo miró sin comprender la resistencia.
—He dicho que ensilléis.
—Los animales no verán las piedras. Ni los barrancos. Ni las raíces. A pie no los alcanzaremos, y a caballo podemos rompernos el cuello antes de salir del primer valle.
Nuño se abalanzó sobre él y lo agarró por la pechera.
—¿También tú?
—Yo os digo lo que cualquiera de vuestros hombres sabe.
Hubo un murmullo. El señor de Sanabria soltó al capitán con un empujón y giró hacia todos los presentes.
—Al clarear salimos. Todos. Los quiero a todos. Los hombres de la muralla, los de la puerta, los de la plaza. Nadie se queda atrás.
—¿Y Sanabria? —preguntó un soldado.
Nuño clavó los ojos en él.
—Sanabria soy yo.
Rodrigo lo observó desde la entrada de un corredor, con el ojo morado más oscuro bajo la luz de la antorcha. No había intervenido. Pelayo pasó junto a él cuando los soldados lo escoltaron de nuevo hacia la casa donde debía esperar la salida.
—¿Habéis ganado tiempo? —murmuró Rodrigo.
—Unas horas.
—Entonces que Dios camine deprisa.
Pelayo miró hacia la noche cerrada, por donde los fugitivos ya habían desaparecido.
—Esta noche tendrá que hacerlo.
Cuando el cielo empezó a clarear, Nuño salió de Sanabria con todos los hombres disponibles.
Los cascos rompieron la escarcha de los charcos.
Las antorchas ya no eran necesarias, pero algunos soldados las llevaban todavía, más por miedo que por utilidad.
Pelayo cabalgaba cerca de Nuño, no por voluntad propia.
El señor había ordenado que él y Sancho lo acompañaran.
—Quiero que veáis lo que habéis protegido —les dijo.
—También yo.
Nuño volvió la cabeza.
—¿Eso qué significa?
—Que conviene mirar bien antes de juzgar.
Nuño apretó las riendas hasta que el caballo cabeceó, incómodo.
—Cuando la tenga delante, cuando veáis lo que hace ese monstruo, cuando entendáis que el lago escupe demonios y que esa mujer los llama, os arrodillaréis y me pediréis perdón.
Pelayo no apartó la vista del camino.
—Si llega ese día, lo haré.
—Llegará.
El arcediano notó que varios soldados los escuchaban. No todos compartían la misma cara. Algunos tenían miedo. Otros estaban cansados. Otros obedecían por costumbre, pero cada vez les costaba más mirar a Nuño de frente.
La persecución avanzó con rapidez. A caballo, con el sol naciendo a sus espaldas, los hombres de Nuño recorrieron en un rato lo que los fugitivos habían tardado media noche en atravesar. Encontraron huellas en el barro, ramas rotas, marcas de pasos torpes junto a la ribera de un arroyo.
Más adelante, el grupo de Nuestra Señora se detuvo al ver figuras en el camino. Al principio creyeron que eran soldados. Marcus levantó un brazo y todo el grupo se apretó contra el borde del sendero.
Las figuras avanzaban despacio. Vestían hábitos oscuros. Uno de ellos llevaba un bordón. Otro cargaba con una bolsa de cuero. Iban seis, quizá siete, y al frente caminaba un hombre ancho, de rostro encendido por el frío y los años.
Aurelia lo reconoció antes de que él la reconociera a ella.
—Padre Martín.
El abad de San Martín de Castañeda se detuvo. Sus ojos pasaron por el grupo, por los niños, por los ancianos, y al final quedaron fijos en Aurelia.
—Santa Madre de Dios.
Aurelia dio un paso hacia él. Martín no preguntó si era cierto lo que habían dicho, ni qué prodigio la había sacado de Sanabria, ni por qué un grupo entero de campesinos caminaba de madrugada hacia el lago.
La vio viva y golpeada, con las marcas del cepo todavía en la piel, y toda la torpeza antigua de su afecto se convirtió en pena.
—Íbamos a Sanabria —dijo—. Llegó un mozo al monasterio ayer noche. Dijo que os habían encerrado, que iban a quemaros, que el señor había perdido la razón. No sabíamos si llegaríamos a tiempo. Salimos antes que el sol.
Martín miró más allá del grupo, en dirección a Sanabria.
—Vienen detrás vuestro.
Marcus escuchó a Aletheia en su oído.
—Jinetes aproximándose por la ruta principal. Distancia inferior a tres kilómetros. Velocidad alta.
Martín se acercó a Aurelia. Durante años había mantenido una cercanía torpe, molesta a veces, cargada de una admiración que no sabía gobernar. Aurelia siempre había sabido poner distancia. Aquella mañana, sin embargo, fue ella quien lo abrazó.
El abad quedó rígido al principio. Luego bajó las manos y le dio un abrazo breve, cuidadoso, lleno de vergüenza y alivio.
—Perdonadme si alguna vez fui necio —murmuró.
—Fuisteis pesado —dijo Aurelia contra su hombro—. Necio solo algunos días.
Martín soltó una risa quebrada.
—Acepto la misericordia.
Marcus se acercó.
—No podemos quedarnos.
—No lo haréis —dijo Martín. Se volvió hacia los monjes—. Apartad piedras. Cruzad el carro viejo. Cerrad el paso.
Uno de los hermanos palideció.
—Padre abad…
—No vamos a pelear. Vamos a estar donde estorbemos más.
—Os harán daño —negó Aurelia.
Martín la miró con una serenidad que no le había visto nunca.
—Entonces, por una vez, quizá sirva de algo este cuerpo grande que Dios me dio.
Los aldeanos siguieron hacia el lago. Los monjes se repartieron por el camino, empujaron piedras, arrastraron ramas, colocaron un carro de través y después se plantaron delante.
El grupo avanzó entre árboles. El suelo empezó a humedecerse. El aire cambió. Traía olor a agua fría, a hojas podridas, a profundidad. El lago estaba cerca.
Mateo apareció en la puerta de la cabaña de Marcus cuando oyó los primeros pasos.
Tenía un palo en las manos y la cara desencajada. Al ver a Marcus, bajó el arma improvisada. Después vio a su madre.
—¡Madre!
Una joven corrió hacia él. Mateo chocó contra ella con tanta fuerza que ambos cayeron de rodillas. La hermana pequeña despertó y empezó a llorar. La joven la llamó, la abrazó también, y durante un rato los tres formaron un nudo de llanto junto a la cabaña.
Algunos aldeanos se detuvieron cerca de los árboles. Otros fueron hacia la orilla sin saber qué buscar. Nuestra Señora del Lago ya no existía. Sanabria estaba detrás. La cabaña de Marcus no podía esconder a nadie. El bosque ofrecía ramas, sombras y troncos, pero no salvación.
—Al norte —dijo Marcus—. Entre los árboles. Agachaos y cubrid a los niños.
Aletheia habló.
—Los jinetes han detenido la marcha.
Marcus se volvió hacia el lago.