La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 44 #3
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 44 #3

—¡Qué susto! Pensé que se me había ido la mano.

Aurelia fue la primera en respirar de nuevo. Pelayo miraba el casco abollado con una mezcla de espanto y comprensión. Rodrigo, más práctico, recogió la antorcha y la apagó contra el barro.

—Después de ver eso —dijo en voz baja—, agradecería no discutir nunca con vos.

Marcus se incorporó.

—Seguid.

El grupo obedeció. El soldado soltó un gemido débil a sus espaldas, aturdido e incapaz de gritar.

La puerta oeste apareció al fondo de una calle corta, encajada entre dos tramos de muro. Era un portillo usado para carros pequeños y leña. Había un guardia junto a la hoja interior, envuelto en una capa. Rodrigo fue hacia él antes de que pudiera sospechar.

—Abrid.

El guardia miró el grupo con recelo.

—Tengo orden de no dejar salir a nadie.

Rodrigo levantó el pergamino.

—Ahora sí. Aquí la tienes.

—Quiero verlo.

Rodrigo se lo tendió. El guardia acercó la antorcha para leer. No sabía leer gran cosa. Marcus lo vio en la forma en que movía los ojos, buscando palabras reconocibles donde solo había líneas y sello. Aun así, el hombre quería sentirse importante.

—Aquí no pone…

Rodrigo lo abofeteó. El sonido fue tan inesperado que hasta Marcus parpadeó.

—Pone que abras la puerta antes de que informe al señor de que un soldado con sueño ha retrasado sus órdenes.

El guardia se llevó una mano a la mejilla.

La humillación pudo más que la sospecha.

Sacó la llave, abrió el cerrojo y tiró de la hoja.

El portillo cedió hacia fuera con un crujido.

El aire de fuera entró frío y libre. La oscuridad más allá de la muralla parecía inmensa.

Lucio fue el primero en salir. Aurelia lo siguió.

Después Marina, los niños, Tomás, Orduño, los ancianos, las mujeres y los hombres liberados.

Todo lo que quedaba de Nuestra Señora del Lago.

Pelayo se quedó dentro, junto a Rodrigo.

Marcus los miró desde el exterior.

—Venid.

El arcediano y Rodrigo negaron.

—Si desaparezco con vosotros, Nuño sabrá demasiado pronto dónde buscar. Alguien debe quedarse para enredar la madeja —dijo Rodrigo.

—Os matará a ambos.

—Nuño aún recuerda que visto sotana. Quizá eso me compre unas horas —contestó Pelayo.

—Quizá no.

—Entonces tendré menos horas de las previstas.

Aurelia se volvió hacia él.

—Don Pelayo…

El arcediano bajó la mirada hacia ella

—Vivid. Esa satisfacción será suficiente para mí.

Rodrigo hizo un gesto al guardia para que mirara hacia la calle interior.

—Vamos. Salid fuera antes de que este idiota aprenda a leer.

Marcus sostuvo la mirada de Pelayo un momento más.

—¿Qué pasa con Sancho?

—Está donde debe estar. Y el sacerdote también.

Aurelia apretó la capa de Sancho contra el pecho.

—Decidle que no tiemble tanto.

—Se lo diré cuando deje de temblar yo —dijo Pelayo, sonriendo.

Luego se dirigió hacia Marcus.

—Y vos, alguna vez me tendréis que explicar qué diantres sois.

—Cuando lo descubra.

Rodrigo empujó la puerta. El portillo empezó a cerrarse. Antes de que la hoja encajara, Pelayo vio a los fugitivos fundirse con la noche. Rodrigo echó el cerrojo y devolvió la llave al guardia.

—No es cómodo ser cómplice, ¿verdad?

El soldado tragó saliva.

—¿De qué? Yo no he visto nada.

—Eso mismo.

Pelayo y Rodrigo regresaron hacia la villa riéndose del guardia.

A sus espaldas, fuera de los muros, Marcus guio al grupo hacia el camino del lago. Julián se apartó hacia una mancha oscura de árboles, cerca del lugar donde el sendero empezaba a perderse entre castaños.

—¿Adónde vas? —preguntó Lucio en voz baja.

—A por la mula.

—¿Ahora?

—La dejé ahí. Fuera de estas murallas de ladrones. No me voy sin ella.

Marcus no discutió. Miró a los pequeños que caminaban sin entender por qué debían hacerlo sin llorar, a Marina cargando con la hermana de Mateo, a los hombres que salían del encierro con las piernas torpes y la cara hundida por el cansancio.

—Ve —dijo—. Pero deprisa.

Julián desapareció entre los árboles. Regresó poco después tirando del ramal. La mula venía inquieta, con las orejas tiesas y las albardas todavía cubiertas por la manta vieja con la que él había disimulado la carga.

—Ya sabía yo que este animal tenía más juicio que muchos cristianos —murmuró.

Nadie se rió, pero varios miraron a la mula con alivio.

Sobre ellos, invisibles para casi todos, los pequeños ojos de Aletheia se deslizaron entre la noche.

—Patrulla interior alterada —dijo la voz en su oído—. Tiempo hasta detección general: incierto.

Marcus miró a Aurelia, a Lucio, a Marina cargando con la niña, a los niños que se agrupaban cerca de la mula y a todos aquellos rostros que ya no tenían casa a la que regresar.

—Ya no tienen adónde ir. Necesito un refugio para ellos.

La voz de Aletheia cambió de matiz. Marcus la conocía desde hacía demasiado tiempo.

—Confirmado. El dron uno irá delante y parpadeará suavemente para marcar el rumbo hasta el lago.

Él no miró al cielo. Miró a la gente que avanzaba con él por el camino oscuro.

—Gracias, vieja amiga.

Sanabria quedó atrás, cerrada y dormida por poco tiempo. Delante, el lago aguardaba.