LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 44 #2
—Dios tenga piedad —susurró el arcediano.
—Ahora no los molestéis —dijo Marcus—. Están trabajando.
La voz de Aletheia volvió a él.
—Mapa establecido. Una patrulla cruzando la plaza y bajando en este momento hacia el sur. Tres soldados en la puerta norte. Dos en calabozos exteriores. Cuatro en patio viejo. Dos en puerta delantera de la iglesia y otros dos en la posterior.
Marcus repitió lo necesario en voz baja para Pelayo.
—Rodrigo moverá a las mujeres al tercer toque —dijo el arcediano—. Vos tendréis que liberar a los hombres antes.
Aurelia se quedó con Pelayo junto a un cobertizo cercano a la salida oeste. Ella protestó al principio.
—Mi padre está ahí dentro.
—Y saldrá —dijo Pelayo.
La campana de la iglesia marcó el cierre de la puerta principal. Sanabria se encogió dentro de sus muros.
Marcus se movió hacia los calabozos. No fue por las calles principales. Aletheia le indicó pasos traseros, corrales vacíos, un tramo de muro bajo, una puerta mal cerrada.
—Detente —ordenó Aletheia.
Se pegó a una pared. Dos soldados cruzaron la calle superior con antorchas. Uno hablaba del vino que le debían. El otro se quejaba del frío. Pasaron sin mirar hacia abajo.
—Ruta despejada. Veinte pasos. Giro a la derecha.
Marcus obedeció. La puerta exterior de los calabozos estaba encajada bajo un arco bajo de piedra. Dos guardias la custodiaban. Uno permanecía sentado en un taburete, con la lanza apoyada en la pared. El otro caminaba de un lado a otro para no dormirse.
Marcus se acercó por detrás.
El primero no llegó a levantarse. Marcus le cubrió la boca con una mano y le presionó un punto bajo la mandíbula. El hombre se desplomó contra él, vivo, blando, sin voz. El segundo oyó el roce de las botas y se volvió.
Marcus ya estaba encima.
Le atrapó la muñeca armada, giró el cuerpo del soldado y lo empujó contra el muro. El golpe le sacó el aire. Antes de que pudiera recuperarlo, Marcus le apoyó dos dedos en el cuello. El hombre cayó junto al otro.
—Sin letalidad confirmada —dijo Aletheia.
—No necesito que me lo confirmes.
—Tus niveles de tensión son elevados. Existe riesgo de aplicar fuerza excesiva.
Marcus respiró por la nariz.
—Entonces sigue hablando.
Probó la llave grande. La cerradura cedió con un gemido áspero. El corredor interior olía a humedad y orina. Al fondo, detrás de una reja, varios hombres se incorporaron al oír la puerta.
—¿Quién anda ahí? —gruñó una voz.
Marcus avanzó con la antorcha de uno de los guardias.
Lucio apareció entre sombras, apoyado contra la pared. Tenía la cara sucia, un corte en el labio y los ojos hundidos. Al reconocer a Marcus, dio un paso torpe hacia la reja.
—¿Aurelia?
—Viva.
Lucio cerró los ojos. La noticia lo atravesó entero.
—¿Dónde?
—Fuera. Te espera.
Los demás hombres se acercaron a la reja: Tomás, Julián, Orduño, otros vecinos de Nuestra Señora del Lago, algunos heridos por golpes, otros con la mirada vacía de quien ha oído demasiadas amenazas en pocas horas.
—¿Cómo has entrado? —preguntó Julián.
Marcus levantó las llaves.
—Con mala educación.
Abrió la reja. Los hombres salieron en desorden, pero Marcus los detuvo con un gesto.
—Escuchadme. Nadie habla. Nadie corre si no lo digo. Ayudad a quien no pueda andar. Si veis soldados, os agacháis. Si alguien cae, otro lo levanta. Si alguno grita, nos cazarán a todos.
Tomás miró a los guardias inconscientes. Orduño tragó saliva.
—¿Y si despiertan?
—No lo harán antes de que estemos lejos.
Aletheia habló en su oído.
—Patrulla aproximándose por corredor superior. Tiempo de contacto: veinte segundos.
Marcus apagó parte de la antorcha contra el muro, dejando una luz pobre.
—Fuera. Ahora.
Salieron por el corredor bajo. Arriba, una puerta se abrió. Voces. Botas. Aletheia provocó un golpe seco en la calle opuesta. Una teja cayó y se hizo añicos. Los soldados se detuvieron.
—¿Qué ha sido eso?
—Habrá sido un gato.
—Ve a mirar tú si tanto te importa.
Marcus guio al grupo hacia una salida lateral.
La noche parecía moverse con ellos. Cada vez que una patrulla se acercaba, algo sonaba a lo lejos: un cubo que rodaba, un caballo que resoplaba, una contraventana que golpeaba sola.
Los soldados miraban hacia otro lado. Aletheia no hacía milagros; desviaba la atención de un lugar a otro.
Rodrigo apareció en el patio viejo con un rollo de pergamino y un humor venenoso preparado para quien osara discutirle.
—¡He dicho que salgan de una en una! —gritó con voz irritada—. ¿También tengo que enseñaros a contar mujeres y mocosos?
Dos guardias sostenían antorchas mientras las mujeres de Nuestra Señora del Lago abandonaban el almacén. Algunas llevaban niños en brazos. Otras arrastraban mantas, cestas o nada. Marina apareció con la hermana pequeña de Mateo contra el pecho. Tenía la cara blanca de miedo y rabia.
—¿Adónde nos llevan? —preguntó una mujer.
Rodrigo le dedicó una mirada helada.
—A la iglesia. Para que recéis.
El tono irónico bastó para que los guardias aceptaran la explicación.
Sin embargo, uno de los soldados se acercó.
—El señor dijo que nadie saliera del patio.
—Es posible. Pero en este momento yace con una mujer. Yo no pienso interrumpirle en este momento para explicarle una medida de orden. Ves tú.
El soldado se apartó con una maldición.
Marcus llegó con los hombres por el callejón bajo.
Aurelia salió de la sombra. Todavía llevaba la capa de Sancho, pero al ver a su padre se la retiró del rostro.
Aurelia llegó hasta él y lo abrazó. Lucio le tocó el pelo, la cara, las manos, igual que si necesitara comprobar que no era una visión nacida del calabozo.
Aletheia volvió a hablar.
—Concentración de movimiento en plaza principal. Dos patrullas convergen. La ruta oeste sigue abierta durante un margen reducido.
—Nos vamos —dijo Marcus.
El grupo comenzó a moverse. No era una fuga limpia.
Ninguna fuga con ancianos, niños, heridos y personas aterradas podía serlo.
Una mujer tropezó con una piedra. Un niño quiso llamar a su padre antes de que Marina le tapara la boca.
Orduño y Tomás cargaban con un viejo que no dejaba de murmurar oraciones.
Marcus iba y venía a los bordes del grupo, corrigiendo el paso, levantando a quien caía, tapando huecos.
—Giro izquierdo. Espera. Dos hombres cruzarán frente a vosotros.
Marcus levantó una mano. Todos se detuvieron. Dos soldados pasaron por la calle transversal. Uno llevaba una antorcha; el otro bebía de una bota. El resplandor rozó los rostros de los fugitivos, ocultos bajo un arco. Un niño empezó a respirar demasiado deprisa. Marina lo apretó contra su pecho.
Los soldados siguieron de largo.
—Continúa —dijo Aletheia.
El grupo volvió a moverse.
—Ruta despejada —indicó Aletheia.
Un soldado salió de una puerta lateral. No venía de la calle prevista. No seguía patrulla alguna. Tal vez había estado orinando en un corral o pretendiendo a una moza.
El hombre se quedó plantado frente al grupo. Su boca empezó a abrirse.
Marcus ya se había lanzado. Había varios pasos entre él y el soldado.
Los convirtió en dos. La primera zancada lo sacó de la sombra.
La segunda lo puso encima del hombre antes de que el grito encontrara aire.
Marcus no usó el puño. Abrió la mano y golpeó el casco de lado, con un movimiento corto, seco.
El hierro sonó igual que una campana rota. El soldado rebotó contra la pared como un muñeco de trapo. La antorcha rodó por el barro. El casco quedó hundido sobre la sien, con una abolladura limpia donde había impactado la mano de Marcus.
Marcus se agachó y le tocó el cuello.