La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 44
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 44

«La huida»

Pelayo no se detuvo hasta abandonar la plaza. Caminó por una calle estrecha que descendía junto al muro de la iglesia. Aurelia avanzaba medio paso detrás de él, cubierta por la capa de Sancho, con la cabeza baja y las manos ocultas. Marcus los siguió a corta distancia.

Un carro viejo, abandonado junto a una pared, ocultaba la entrada a un pequeño patio. Pelayo empujó una puerta de madera y los hizo pasar. Dentro había haces de leña, dos tinajas vacías y un banco roto.

Cuando la puerta se cerró, Aurelia se quitó la capucha. Marcus se quedó frente a ella. Miró las marcas del cepo en su cuello, la piel enrojecida de las muñecas, el agotamiento en sus ojos. Marcus le apartó un mechón de cabello de la cara. Aurelia cerró los ojos.

—Vi la aldea —dijo Marcus—. Toda quemada. Encontré a Mateo.

Ella los abrió de golpe.

—¿Está muerto?

—No he dicho eso. Está en mi cabaña. Le dije cómo pedir entrada si oye caballos.

Aurelia soltó el aire con un temblor que no pudo contener.

—¡Qué susto me has dado! Vaya forma de explicar las cosas que tienes.

Pelayo observaba a ambos desde el otro lado del patio. El arcediano no interrumpió el reencuentro, pero tampoco permitió que se alargara. La villa seguía llena de soldados y cada palabra gastada allí podía costar una vida.

—Decidme quién sois —pidió al fin.

Marcus giró hacia él.

—Ahora no importa.

—Importa porque sigo sin comprender la cicatriz.

Aurelia dio un paso.

—Don Pelayo…

El arcediano levantó una mano.

—No os acuso. Pero necesito saber si nos estamos jugando la vida por un hombre, un prodigio o por una desgracia mayor que Nuño.

Marcus bajó la vista hacia sus propias manos.

—No soy un demonio —dijo—. Si es lo que más le asusta.

Pelayo lo examinó.

—Eso ya lo sé.

Marcus levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque Nuño cree que lo sois. Y Nuño lleva días confundiendo su miedo con la voz de Dios.

Aurelia miró a Pelayo con un atisbo de gratitud. Aquel hombre había llegado tarde, pero al fin estaba allí.

—Puedo sacar a Aurelia de Sanabria —dijo Marcus—. Puedo hacerlo ahora mismo. Pero no puedo dejar a los demás.

Pelayo asintió despacio.

—Entonces debemos hablar de lo imposible.

Marcus se acercó a la puerta y escuchó el movimiento de la calle. Pasos lejanos. Una voz de soldado. Una risa apagada.

Pelayo continuó.

—Los hombres están en los calabozos de la fortaleza. Las mujeres y los niños, en un almacén junto al patio viejo. Hay guardias en las puertas, en la plaza y en torno a la iglesia.

—Puedo neutralizar a algunos —dijo Marcus.

—¿Neutralizar? ¿Matar?

—Dejarlos fuera de combate. Sin sentido.

—Si forzáis los calabozos, habrá alarma. Si entráis en el almacén, habrá gritos. Si alguien reconoce a Aurelia, Nuño cerrará las puertas de la villa. Necesitamos abrir caminos antes de que vos rompáis nada.

—¿Y tenéis alguna idea?

Pelayo miró hacia la zona alta, donde se alzaba la fortaleza.

—Rodrigo.

Aurelia apretó la mandíbula.

—Rodrigo sirve a Nuño.

—Y lleva dos días intentando impedir que Nuño haga aún más daño.

—Eso no lo convierte en nuestro amigo.

—No necesitamos un amigo. Necesitamos a alguien con llaves, órdenes y acceso a los hombres del señor.

Marcus volvió la cabeza hacia la calle.

—¿Lo convenceréis?

Pelayo recogió la capa sobre los hombros.

—No. Le haré elegir.

Salieron del patio por separado.

Pelayo caminó primero. Aurelia volvió a cubrirse y permaneció junto a Marcus en una calleja lateral.

Desde fuera no eran más que dos sombras, una figura encapuchada y un hombre con polvo en la ropa.

La villa empezaba a recogerse. Las ventanas se cerraban y los soldados ganaban presencia allí donde antes había vecinos.

Pelayo llegó a la fortaleza por la puerta principal y pidió ver al recaudador.

Rodrigo apareció en un corredor interior con el rostro demacrado, un ojo morado y una vela en la mano. Al ver al arcediano, miró por encima de su hombro antes de hablar.

—No me pidáis que intente interceder frente a Nuño por la muchacha. Acabo de intentarlo una vez más —contestó mientras se señalaba el ojo.

—Vengo a hablar de los vivos.

Rodrigo apretó los labios y lo condujo hasta una estancia pequeña usada para guardar cuentas y sacos de monedas. Cerró la puerta y dejó la vela sobre una mesa. La llama tembló entre ambos.

Pelayo no se sentó.

—Nuño ha perdido el juicio.

Rodrigo soltó una risa seca.

—Eso no hacía falta venir a decírmelo en secreto.

—Mañana matará a Aurelia. Después necesitará castigar a quienes la ayudaron. Y cuando eso tampoco le devuelva la paz, buscará nuevos culpables.

—No soy yo quien dicta sus órdenes.

—Pero sois quien las hace posibles.

Rodrigo miró la vela. La cera empezaba a derramarse por un lado.

—Tenéis una forma muy eclesiástica de pedir que me ahorquen.

—No os pido que muráis. Os pido que decidáis si queréis seguir obedeciendo a un hombre que ya no distingue justicia de venganza.

—Bonitas palabras.

—No. Palabras feas. Porque llegan tarde.

Pelayo bajó la voz y continuó.

—Vos sabéis que Aurelia no es una bruja. Sabéis que Nuño la hirió y que su vergüenza ha empezado todo esto. Sabéis que los vecinos de Nuestra Señora del Lago están presos por miedo, no por delito. Y sabéis que mañana, cuando todo acabe, Sanabria seguirá oliendo a humo.

Rodrigo permaneció inmóvil. Solo sus dedos se movieron sobre el borde de la mesa.

—¿Qué necesitáis? ¿Qué me estáis pidiendo?

Pelayo supo entonces que la puerta se había abierto. No del todo, pero el hierro ya había cedido.

—Las llaves de los calabozos. Una ruta hacia el patio viejo. Una orden que saque a mujeres y niños del almacén sin que parezca una fuga.

Rodrigo lo miró igual que se mira a un hombre que acaba de pedir la luna.

—¿También queréis que mande a Nuño a dormir con una nana?

—Seguramente ya esté con una… o dos.

Rodrigo soltó aire por la nariz. No era risa, pero se le parecía.

—Hay dos guardias en los calabozos. Cuatro en el patio viejo. Otros rondan la plaza y la puerta norte. La puerta pequeña del oeste queda menos vigilada a estas horas, pero no puede abrirse sin orden.

—¿Podéis darla?

—Puedo hacerlo pasar por una medida de orden —dijo Rodrigo—.

Las mujeres y los niños irán a la iglesia.

Hay bancos, están bajo techo y Aurelia ya se encuentra allí.

Así no tendremos guardias repartidos entre el almacén y la iglesia.

Una sola custodia bastará. A Nuño le gustará oír que ahorramos hombres, y los soldados no pondrán pegas si la orden parece venir de arriba.

Pelayo sostuvo su mirada.

—¿Y los calabozos?

Rodrigo abrió un cajón y sacó un aro de llaves.

—Esto no ha salido de aquí.

—Por supuesto.

—No hagáis eso.

—¿El qué?

—Hablarme igual que si aún quedara decoro en esta habitación.

Pelayo aceptó la corrección con una leve inclinación de cabeza. Rodrigo separó tres llaves y las dejó sobre la mesa.

—La grande abre la puerta exterior de los calabozos. La pequeña, las cadenas. La otra, la puerta del corredor bajo. No las perdáis.

Rodrigo guardó el aro principal y apagó parte de la vela con los dedos humedecidos. La habitación quedó más oscura.

—Al tercer toque de campana después del cierre de la puerta principal, moveré a las mujeres y a los niños. Haré ruido en el patio viejo. Discutiré con quien haga falta.

—¿Y después?

—La villa despertará, Nuño gritará y todos fingiremos no saber en qué momento se abrió el suelo bajo sus pies.

Pelayo recogió las llaves.

—Que Dios os ampare, Rodrigo.

—Decidle que empiece por los que están encerrados.

Pelayo volvió a la calle con las llaves ocultas en la manga. Marcus y Aurelia aguardaban donde los había dejado. Ella seguía cubierta, pero al verlo regresar se adelantó.

—¿Y bien?

Pelayo le entregó las llaves a Marcus.

—Rodrigo está dentro. No sé durante cuánto tiempo.

—Nadie está dentro para siempre —dijo Aurelia.

Pelayo la miró.

—Conviene que vos sigáis cubierta hasta que estemos fuera de la villa.

Marcus cerró la mano sobre las llaves.

—Necesito ayuda.

Pelayo señaló hacia la fortaleza.

—Acabo de dárosla.

—Otra clase de ayuda.

Aurelia entendió antes que el arcediano.

—¿Aletheia?

El nombre sonó extraño en aquella calle medieval, entre barro, piedra y miedo.

Pelayo lo repitió en voz baja.

—Aletheia.

Marcus se apartó unos pasos, hasta quedar bajo el vuelo de un tejado. Alzó la vista al cielo oscuro. Las primeras estrellas aparecían sobre los tejados de Sanabria. Desde allí no podía verse el lago, pero Marcus sabía que la nave estaba bajo sus aguas, despierta, escuchando.

—Aletheia —murmuró, tocándose el auricular—. Canal exterior.

La respuesta llegó a su oído sin sonido visible para los demás. Pelayo vio cambiar la expresión de Marcus. Aurelia, en cambio, conocía ya aquella clase de ausencia.

—Necesito drones de vigilancia —dijo Marcus—. Sobre Sanabria. Ahora.

—La intervención solicitada incrementa el riesgo de exposición tecnológica.

—La alternativa es peor. Entraré sin ojos y se puede liar parda. Si quieres preservar el secreto, ayúdame a moverme.

—Tu objetivo es incompatible con los protocolos de aislamiento.

—Ya. Pero necesito que me ayudes.

Aurelia observó el rostro de Marcus. Había tensión en la mandíbula.

—No puedo garantizar el éxito. Pueden producirse bajas —dijo Aletheia.

—No te he pedido milagros. Ayúdame a que sobrevivan más de los que sobrevivirían sin ti.

Después, muy lejos, bajo el lago, algo obedeció.

—Unidades de vigilancia en despliegue. Tiempo estimado de llegada: reducido. Mantén posición hasta recepción de datos.

Marcus cerró los ojos un breve tramo de respiración.

—Gracias.

La comunicación quedó abierta, flotando en algún punto de su conciencia.

Pelayo dio un paso hacia él.

—¿Estabas rezando?

Marcus guardó las llaves bajo la ropa.

—Más o menos.

Una vibración muy leve rozó el aire. Marcus alzó la cabeza.

Sobre los tejados, casi invisibles contra la noche, tres puntos oscuros cruzaron la línea de las chimeneas.

No parecían aves. Tampoco insectos. Se movían sin batir alas, deteniéndose a veces en el aire y reanudando luego su ruta con una precisión imposible.

Aurelia y Pelayo los vieron.