LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 43 #2
Rodeó el muro hasta encontrar una esquina desde la que podía vigilar la entrada principal sin quedar expuesto. Dos soldados hablaban junto a los escalones. Uno se reía de algo. El otro llevaba el casco bajo el brazo y parecía aburrido.
En ese momento la puerta de la iglesia se abrió y el joven clérigo asomó con una jarra vacía en las manos. Sancho bajó los escalones, habló con los soldados y cruzó hacia la fuente más cercana.
Marcus salió de la sombra y lo siguió. Caminó a su lado, al mismo ritmo, hasta que el muchacho percibió su presencia y volvió la cabeza.
Sancho se quedó blanco.
Marcus mantuvo la voz baja.
—Necesito hablar con don Pelayo.
El joven apretó la jarra contra el pecho.
—No debería estar aquí. Si lo ven…
Sancho miró hacia los soldados, luego hacia la iglesia.
—Entonces será peor para todos.
El muchacho respiró hondo. Su miedo era evidente, pero no retrocedió.
—¿Viene por Aurelia?
Marcus miró hacia la fortaleza, después hacia la calle que conducía al patio viejo.
—Vengo por Aurelia, y por todos los demás.
Sancho tragó saliva.
—Eso no puede hacerlo un solo hombre.
Marcus sostuvo su mirada.
—Por eso necesito hablar con Pelayo.
El joven clérigo tardó en moverse. Al final, bajó la vista hacia la jarra vacía, igual que si hubiera olvidado para qué la llevaba.
—No intente entrar. Espere detrás del muro de la sacristía. Hablaré con don Pelayo.
Sancho dio media vuelta y regresó hacia la fuente con pasos inseguros. Marcus volvió a la sombra.
Sancho volvió con la jarra llena y las manos mojadas. Al cruzar entre los dos soldados de la entrada, uno de ellos le dedicó una sonrisa torcida.
—Tanta agua para una bruja —dijo—. Si es para bañarla os puedo ayudar.
El otro soltó una risa baja.
Sancho siguió andando y cerró la puerta tras él.
El sacerdote de Sanabria permanecía cerca del altar, con los brazos recogidos dentro de las mangas. Aurelia, sentada en un banco junto a Pelayo, alzó la vista al ver entrar al joven clérigo.
—Has tardado —dijo Pelayo.
Sancho miró hacia la puerta.
—He visto al ermitaño.
El sacerdote dio un paso atrás. Aurelia se levantó de golpe.
—¿Dónde?
Sancho tragó saliva.
—Fuera. En la plaza. Me siguió hasta la fuente. Quiere hablar con vos, don Pelayo.
Pelayo se acercó a Sancho.
—¿Qué le has dicho?
—Que no intentara entrar. Que esperase detrás del muro de la sacristía. Le dije que hablaría con vos.
—Has hecho bien.
Sancho no pareció tranquilizarse con el elogio.
—Nos pasamos días buscando la verdad. Vos me enseñasteis que había que separar los rumores de los hechos, las acusaciones de las pruebas, la ira de la justicia. Y ahora que la verdad está delante de nosotros, seguimos preguntándonos cómo protegernos.
El sacerdote de Sanabria bajó la cabeza. Pelayo sostuvo la mirada del joven.
—La verdad no basta cuando la sostiene una mano débil.
—Entonces tendremos que usar las manos que tengamos.
Aurelia miró a Sancho. Hasta ese momento lo había visto como el ayudante de Pelayo, un clérigo joven atrapado en un asunto demasiado grande. Allí, en cambio, descubrió algo más: un hombre que empezaba a elegir quién quería ser.
Pelayo caminó despacio hasta el centro de la iglesia. Bajo la luz pobre que entraba por las ventanas altas, su rostro parecía más viejo.
—Si sacamos a Aurelia y Nuño lo descubre antes de tiempo, los vecinos de Nuestra Señora del Lago pagarán por ello.
—Ya están pagando —dijo Aurelia—. Mi padre está en un calabozo. Marina, Mateo, los niños, los viejos… todos. Mi aldea ha ardido. Si me quedo aquí para que Nuño esté tranquilo, mañana me matará y pasado mañana hará otra cosa peor.
El sacerdote se santiguó con torpeza.
—Hija…
Aurelia se volvió hacia él.
—No me llame hija si piensa dejar que me lleven al fuego.
La frase cayó fría entre los muros de la iglesia. Pelayo se acercó al altar y apoyó una mano en la madera.
—Nuño ha colocado guardias en la entrada principal y en la sacristía. Vigilan la iglesia porque desconfía de mí. Sacarte por la fuerza provocaría una alarma inmediata.
—No hace falta sacarla por la fuerza —dijo Sancho.
Todos lo miraron. El joven pareció arrepentirse de haber hablado tan pronto, pero ya no retrocedió.
—Los guardias esperan ver entrar y salir clérigos. Me han visto salir hace un rato con la jarra. Me verán volver. Si Aurelia se cubre con mi capa y camina junto a vos, podrían dejarla pasar.
Pelayo entrecerró los ojos.
—Sancho…
—Escuchadme. Ahora nos conocen de vista, pero no nos miran con atención. Para ellos somos sotanas y capuchas. Si salís vos con alguien cubierto, creerán que soy yo.
—¿Y tú?
—Me quedaré dentro hasta el cambio de guardia. Entre turnos no se cuentan nada salvo bromas y quejas. Saldré por la puerta principal.
Pelayo negó con lentitud.
—No es tan simple. Cuando Nuño venga a buscar a Aurelia y encuentre el banco vacío, hará preguntas. Apretará a los guardias, los pondrá a recordar cada paso, cada cara, cada voz. Entonces descubrirán que saliste dos veces.
Sancho apretó los labios. El sacerdote de Sanabria se movió por fin.
—No descubrirán nada si digo que era yo.
La frase salió baja, pero todos la oyeron. Pelayo giró hacia él. El sacerdote se humedeció los labios. Sus manos seguían escondidas en las mangas.
—El primer guardia dirá que salisteis con Sancho. El segundo podrá decir lo que quiera. Cuando pregunten, yo diré que quien salió con vos era yo. Llevo una capa oscura. Soy clérigo. En la confusión nadie sabrá si era el muchacho, si era yo, si volví a entrar después o si nunca salí.
Sancho lo miró con asombro.
—Padre…
—No me mires así. He sido un necio, no un asesino.
Aurelia permaneció quieta. El sacerdote no se atrevió a sostenerle la mirada demasiado tiempo.
—Tuve miedo de ti —admitió—. De lo que decían, de lo que vi en tu piel, de lo que no entendía. Y cuando un hombre tiene miedo, busca razones para llamarlo justicia. Eso hice.
Pelayo se acercó a él.
—Si Nuño descubre que has mentido, no respetará tu tonsura. Podría acusarte de encubrir herejía.
—Ya ha dejado claro lo que respeta. Tendré que aprender a decir la verdad sin temblar.
Sancho bajó los ojos. Algo en aquella frase le llegó muy hondo. Pelayo miró a los tres: al sacerdote que había llegado tarde al valor, al joven que lo había encontrado antes de estar preparado y a la mujer a la que todos habían fallado de un modo u otro.
Sancho tomó su capa y se la tendió a Aurelia.
—Poneos esto y caminad un poco encorvada —dijo—. Yo suelo hacerlo cuando llevo una jarra o libros. Los guardias me han visto así.
Aurelia la recibió. La tela olía a humo de vela. Era amplia para ella, aunque la diferencia podía pasar inadvertida si mantenía la cabeza baja. Sancho se quitó también el cordón que le ajustaba la túnica exterior.
Aurelia lo miró con una ceja levantada.
—¿Tan mala postura tienes?
Sancho se ruborizó.
—Don Pelayo me lo dice a menudo.
—Porque caminas mirando al suelo —dijo Pelayo—. Hoy, por una vez, eso nos será útil.
El sacerdote se acercó con una pequeña cruz de madera colgada de un cordel.
—Póntela por fuera. Si ven la cruz, mirarán menos el rostro.
Aurelia aceptó el cordel. Sus dedos rozaron los del sacerdote. Él hizo ademán de retirarse, avergonzado, pero ella lo detuvo un momento.
—Si esto sale mal, Nuño os culpará. Podéis decir que os obligamos.
El sacerdote negó.
—Ya he dejado que otros hablaran por mí demasiadas veces.
Sancho se situó junto a ella para colocar mejor la capucha. Al levantar la tela, intentó no mirar las marcas del cepo en su cuello. Aurelia se dio cuenta.
—Puedes mirar —dijo—. No se van porque apartes los ojos.
El joven tragó saliva. Aurelia lo estudió durante un breve rato. Después, antes de cubrirse por completo, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
Sancho se quedó rígido, con la capa aún entre las manos.
—¿Qué…?
—Por si mañana se nos complica darte las gracias.
Sancho se tocó la mejilla con los dedos, rojo hasta las orejas. Pelayo miró hacia otro lado, pero no ocultó del todo una sonrisa cansada.
Aurelia se cubrió la cabeza.
—Pues mira. Resulta que la timidez y la decencia cabían en el mismo cuerpo.
Pelayo se acercó a Aurelia y le colocó una mano en el hombro para marcar la postura.
—A mi lado. Medio paso detrás. Si alguien te habla, bajas la cabeza. Si preguntan, responderé yo. Si alguno intenta tocarte, no te apartes de golpe. Déjame intervenir.
—He entendido.
Pelayo miró a Sancho.
—Tú te quedarás junto al altar, donde puedan verte si alguno asoma por la puerta. Padre, vos os moveréis entre la nave y la sacristía. Que parezca que la iglesia sigue llena de clérigos ocupados.
Pelayo abrió la puerta lateral lo mínimo para mirar al exterior. La calle de la sacristía seguía vigilada. Los dos guardias hablaban entre ellos, aburridos, con las lanzas apoyadas contra el muro.
—Por la puerta principal —decidió—. En la sacristía la calle es estrecha y los guardias están muy cerca. Te verían la cara.
Aurelia levantó apenas la cabeza bajo la capucha.
—Marcus está detrás.
—Marcus sabrá moverse. Y si no lo sabe, estamos todos muertos desde antes de empezar.
Sancho tomó la jarra vacía y la sostuvo contra el pecho para darse algo que hacer.
—Dios nos ampare.
Pelayo lo miró.
—Dios ya nos ha dado entendimiento. Ahora pretende que lo usemos.
Abrió la puerta. Los soldados volvieron la cabeza al ver aparecer al arcediano acompañado por una figura encapuchada.
—¿Otra vez fuera, don Pelayo? —preguntó uno.
Pelayo bajó los escalones sin alterar el paso.
—Menos hablar y no le quitéis el ojo a la puerta.
El guardia lo miró disgustado.
Pelayo y Aurelia cruzaron la plaza. En una esquina, bajo la sombra del muro, Marcus se incorporó al verlos acercarse.
Aurelia levantó un poco el rostro bajo la capucha. Marcus se quedó inmóvil. Pelayo no redujo el paso hasta llegar a su altura.
—No hables aquí —murmuró—. Síguenos.
Aurelia pasó junto a Marcus sin tocarlo. Solo sus ojos lo hicieron. Y eso bastó para que él entendiera que aún no había salvado nada.