LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 43
«Sancho»
El pueblo estaba desierto. El incendio no había sido uniforme.
Algunas zonas habían ardido con furia; otras mostraban señales claras de haber sido prendidas desde fuera.
Se arrodilló junto a un umbral. El barro conservaba huellas de caballos y de un carro.
No era el de Julián, que permanecía chamuscado junto a su casa.
Tocó la tierra con dos dedos. La superficie se quebró bajo la presión. Habían pasado muchas horas, quizá más de un día. Las marcas principales seguían legibles porque después del fuego había caído humedad y el suelo se había endurecido al enfriarse.
Siguió el rastro hasta la zona central.
Allí había señales de resistencia. No de combate organizado, sino de empujones y caídas. Una horca rota. Sangre seca en una piedra.
La miró durante un largo rato. Algo crujió al otro lado de una pared medio derrumbada.
Se volvió. El sonido se repitió, más débil. Una rama. Una pisada torpe.
Marcus caminó hacia el ruido. El incendio había mordido los troncos cercanos, pero no había penetrado esa parte de la arboleda. Entre las sombras, algo se movió.
—Sal —dijo Marcus—. No voy a hacerte daño.
Oyó una respiración cortada. Apartó unas ramas y vio al muchacho agazapado detrás de un tronco caído.
Tenía la cara manchada de hollín, los ojos enrojecidos y la ropa sucia de barro.
Sujetaba una piedra con las dos manos. Al reconocerlo, Marcus bajó la vista hacia la piedra y luego volvió a mirarle la cara.
—Tú eres el hijo de la rubia.
—Mateo —dijo con un hilo de voz.
El muchacho intentó levantarse, perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Marcus se acercó con cuidado.
—¿Estás herido?
Mateo negó con la cabeza. La piedra se le cayó de las manos. Al tocar el suelo, el muchacho empezó a temblar.
Marcus se agachó frente a él.
—Mírame. ¿Dónde están los demás?
El muchacho tragó saliva. Sus ojos saltaban de un lado a otro.
—Se los llevaron los hombres de Nuño.
Marcus mantuvo la voz baja.
—¿Cuándo?
—Vinieron tarde. Dijeron que todos éramos traidores. Que ayudábamos a la bruja.
La palabra cayó entre ambos con una suciedad especial.
—¿Aurelia?
Mateo cerró los ojos.
—Se la llevaron hace unos días a Sanabria. Nuño gritaba que era cosa del demonio.
—¿Está viva?
Mateo asintió con movimientos rápidos.
—Uno de los soldados dijo que por suerte mañana a mediodía acabaría todo.
Marcus apoyó una mano en el tronco caído. La madera se hundió bajo sus dedos.
—¿Qué haces solo?
—Estaba con los animales. Mi madre me mandó buscar el cerdo, que se había metido monte adentro. Lo encontré y lo dejé atado más arriba, entre los castaños. Al volver vi soldados en el camino y me escondí.
La voz de Mateo se quebró al pronunciar la última palabra.
—¿Te vieron?
El muchacho negó con la cabeza. La mano de Marcus se cerró sobre el tronco. La corteza cedió con un chasquido seco. Mateo se encogió. Marcus retiró la mano.
—Perdona.
El muchacho miró la marca que habían dejado sus dedos en la madera.
—Mi madre está allí —susurró—. Mi hermana recién nacida también. Tengo que buscarlas.
Marcus se puso en pie.
—No. A Sanabria no puedes ir.
Mateo alzó la cabeza con alarma. Marcus se obligó a hablar con calma.
—Yo iré a Sanabria. Averiguaré dónde están y volveré con ellos.
Mateo se limpió la cara con la manga, extendiendo más hollín.
—Nuño tiene muchos hombres.
—Y yo muy mala leche.
—Dicen que usted hace cosas raras.
El muchacho lo miró a la cara, arrepentido casi al mismo tiempo de haberlo dicho.
—Perdón.
—No pidas perdón por tener miedo.
—Mi padre decía que usted nos había ayudado. Que no es malo.
Mateo respiró con dificultad. Se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar con sacudidas torpes que le doblaban el cuerpo. Marcus se inclinó y puso una mano sobre su hombro.
Mateo se agarró a él con desesperación. Marcus permaneció quieto hasta que el muchacho consiguió respirar de nuevo.
Antes de llevarlo hacia el lago, Marcus le hizo indicar dónde había dejado al cerdo.
Lo encontraron entre los castaños, atado con una cuerda corta a una rama baja, cubierto de barro y removiendo la tierra con el hocico.
El animal protestó con varios gruñidos cuando Marcus tiró de la cuerda, pero acabó siguiéndolos monte abajo.
Cuando llegaron a la cabaña, el sol ya había subido bastante.
Mateo se detuvo en el umbral y miró el interior con una mezcla de curiosidad y cansancio.
—¿Aquí vive usted?
—¿Cómo voy a vivir en semejante mojón? —hizo una pausa—. Te quedarás aquí hasta que vuelva.
—¿Solo?
—Con el cerdo.
Mateo lo miró, sin saber si Marcus hablaba en serio.
—Nadie vendrá si no haces humo ni sales al camino. Pero si oyes caballos o sientes peligro, grita: «Aletheia, déjame entrar».
Salió antes de que Mateo pudiera preguntar más. El camino hacia Sanabria lo recorrió deprisa. Llegó a una loma desde la que podía divisar puertas vigiladas, hombres armados y rutas de escape.
Su mente empezó a trazar caminos.
Entró por una zona secundaria, mezclándose con la gente. Llevaba la capucha baja y la ropa manchada por el viaje. Había soldados en lugares donde antes no los había. Dos junto a la puerta. Tres cerca de la plaza. Otros apostados bajo los soportales.
La gente hablaba en grupos pequeños que se disolvían cuando pasaba un hombre de Nuño. En algunas ventanas, las contraventanas permanecían entornadas, con ojos detrás.
Marcus se acercó a un puesto de pan. La mujer que lo atendía tenía las manos enharinadas y la cara tensa.
—Busco a unos vecinos de Nuestra Señora del Lago —dijo él.
La mujer dejó de envolver una hogaza y miró nerviosamente hacia los lados.
—Los hombres están en los calabozos de la fortaleza. Mujeres y criaturas, en un almacén junto al patio viejo. Eso dicen.
—¿Lucio, el alfarero?
—Lo llevaron con los hombres.
Marcus sintió un alivio oscuro, incompleto.
—¿Y Aurelia?
La mujer palideció.
—No diga ese nombre aquí.
Ella miró hacia la plaza. Un soldado bostezaba junto a una pared, con la lanza apoyada en el hombro.
—¿Vive?
—En la iglesia. El arcediano la sacó del cepo. Dijo que debía interrogarla. Nuño quería llevarla al castigo esta misma noche, pero el clérigo se plantó. Ahora dicen que será al mediodía de mañana, si antes no cambia Dios las cosas.
Marcus abrió los ojos.
—¿Qué castigo?
La mujer apartó la vista.
—No me haga decirlo. Váyase.
Antes de que pudiera añadir nada, Marcus ya se había apartado del puesto. Cruzó hacia la plaza y encontró el cepo vacío.
Al otro lado de la plaza, dos hombres hablaban junto a una fuente.
—El señor ha perdido la cabeza —murmuró uno.
—Baja la voz.
—¿Más baja todavía? Han encerrado a media aldea por vender ollas al monasterio y hablar con un ermitaño.
—También dicen que ella sobrevivió a una puñalada que habría matado a cualquiera.
—Dicen muchas cosas cuando conviene.
Marcus se acercó sin mirar directamente.
—¿Quién manda ahora en la fortaleza? —preguntó.
Los dos hombres se volvieron con brusquedad.
El mayor, de barba gris, lo examinó con desconfianza.
—Manda Nuño. Eso no ha cambiado.
—¿Y Rodrigo?
—Hace lo que puede. O lo que le dejan. Hoy lo he visto discutir con dos soldados por una mujer que querían arrastrar del pelo.
El otro hombre escupió al suelo.
—Rodrigo al menos sabe contar. Nuño ya ni eso. Ha metido en los calabozos a gente que paga, trabaja y calla. ¿Quién va a levantar esta tierra cuando él acabe de aplastarla?
—El arcediano —dijo Marcus—. ¿Sigue en la iglesia?
Los hombres intercambiaron una mirada.
—Don Pelayo está allí. Con el muchacho que lo acompaña. Sancho, creo que se llama. Pero nadie entra. Nuño ha puesto guardias para vigilar hasta las piedras.
—¿Guardias de Nuño en la iglesia?
—Fuera. Dentro manda el clérigo, de momento. Vaya equilibrio más raro. Uno tira de la cuerda, el otro intenta que no se rompa.
Marcus miró hacia la iglesia.
—Se romperá.
El hombre de barba gris lo estudió con más atención. Algo en su rostro cambió.
—Si es usted quien creo, será mejor que se marche antes de que alguien lo reconozca.
—Primero necesito entrar en la iglesia.
—Entonces está más loco que Nuño.
—¿Hay otra puerta?
El hombre dudó. La prudencia le cerró la boca, pero la rabia se la abrió de nuevo.
—Por la sacristía hay un acceso pequeño. Da a una calle estrecha, detrás del muro. Antes lo usaban para entrar leña y vino. Ahora lo vigila un soldado a ratos. No siempre.
Marcus se alejó. Antes de llegar a la calle trasera de la iglesia, rodeó la plaza una vez más. Necesitaba entender el tablero completo.
La fortaleza dominaba la zona alta. Los calabozos, según recordaba, se hallaban en la parte más antigua, cerca de la base de la torre. Muros gruesos, una puerta reforzada, guardia constante. Sacar de allí a los hombres exigiría neutralizar a varios soldados y abrir cerraduras.
El almacén del patio viejo quedaba más expuesto. Mujeres y niños retenidos en un lugar pensado para grano o aparejos. Menos guardias, quizá, pero más riesgo de pánico.
La iglesia era otro problema. Aurelia estaba viva y cerca.
Si entraba por la sacristía, podía sacarla quizá antes del anochecer.
Bastaría con esperar una distracción, romper la vigilancia, cubrirla con una capa y llevarla fuera de la villa por alguna calle secundaria.
Él podía cargar con ella si no tenía fuerzas.
Podía llegar al bosque antes de que Nuño reuniera a sus hombres.
Pero el resto de las personas de Nuestra Señora del Lago quedarían en manos de Nuño, y Nuño ya había demostrado qué hacía con aquello que no podía controlar.
Un soldado apareció al fondo de la calle. Marcus bajó la cabeza, ajustó la capucha y siguió caminando sin prisa. El hombre pasó a su lado con la lanza al hombro, más pendiente de una muchacha que cerraba una ventana que del desconocido cubierto de polvo.
Marcus llegó a la parte trasera de la iglesia. La puerta pequeña estaba allí, encajada en el muro, medio oculta por un saliente de piedra. Dos guardias la custodiaban. Marcus suspiró y volvió a la plaza.