La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 42 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 42 #2

La casa de Lucio ardió con rapidez. El humo se elevó hacia el cielo frío, oscuro en la base y gris al abrirse por encima de los tejados.

Las chispas cruzaron la calle y prendieron en una techumbre cercana.

Los soldados siguieron trabajando sin hablar demasiado: una puerta rota, otra antorcha, un montón de paja, un corral abierto.

Las gallinas salieron en desbandada. Una cabra, aterrada por el fuego, embistió el cercado hasta que una tabla cedió y escapó hacia el camino entre balidos roncos.

Mateo retrocedió hasta el límite del bosque. Desde allí vio arder su aldea. Cuando el tejado de su casa cedió hacia dentro y las llamas iluminaron el lugar donde su madre amasaba pan, el llanto le subió de golpe. Lo contuvo contra la manga para que los soldados no lo oyeran.

La noche cayó sobre Nuestra Señora del Lago con la aldea encendida.

El fuego no respetó memoria ni pobreza. Ardieron camas de paja, bancos, arcones, cestos, ruecas, mantas remendadas, herramientas, santos tallados por manos torpes, cucharas de madera, puertas que habían sobrevivido a inviernos peores que aquel.

Los soldados se marcharon cuando el incendio ya no necesitaba ayuda.

Mateo permaneció oculto hasta que dejó de oír cascos. Luego salió entre los árboles, cubierto de tierra y con las piernas temblando. Dio unos pasos hacia la aldea y se detuvo al sentir el calor en la cara. No quedaba nadie a quien llamar.

En Sanabria, los carros llegaron entrada la noche.

Los prisioneros fueron conducidos hacia la fortaleza.

Nuño había dado orden de que los encerraran y de que nadie hablara con ellos hasta la mañana.

Los hombres quedaron en los calabozos bajos.

Las mujeres y los niños fueron llevados al cobertizo junto a las caballerizas, donde Marina abrazó a una mujer de la aldea antes siquiera de preguntarle qué había ocurrido. Le bastó ver la ceniza en su ropa.

Aurelia no vio la llegada. Pelayo había cumplido su promesa al caer la noche. Bajo pretexto de iniciar un interrogatorio formal antes de la sentencia, exigió que la retiraran del cepo y la devolvieran a la iglesia. Nuño aceptó con una sonrisa desagradable.

—Interrogadla cuanto queráis —dijo—. Mañana Sanabria escuchará lo que tenga que decir.

La llevaron entre dos soldados, con las piernas torpes y los hombros rígidos. El sacerdote abrió la puerta lateral y apartó la mirada al verla entrar. Sancho preparó agua junto a la sacristía. Pelayo ordenó que dejaran pan, caldo y una manta limpia.

—Nadie entra sin mi permiso —dijo a los guardias.

Los hombres aceptaron la orden porque fuera de la iglesia seguían estando al servicio de Nuño, pero dentro pesaba la voz de Astorga.

Aurelia bebió primero. Después comió despacio. Cada gesto le costaba. Tenía marcas rojas en las muñecas y en el cuello. Sancho quiso decir algo y no encontró palabras útiles. Se quedó junto a la puerta, sosteniendo la vela, mientras Pelayo se sentaba frente a ella con una tablilla vacía.

—¿Va a preguntarme algo? —dijo Aurelia.

Pelayo miró la tablilla.

—No esta noche.

—Entonces esto no es un interrogatorio.

—No.

Aurelia apoyó la espalda contra la pared. Cerró los ojos.

—¿Han vuelto?

Pelayo no respondió enseguida. Aurelia abrió los ojos y comprendió antes de que él hablara.

—Han traído prisioneros —dijo al fin—. Y han quemado la aldea.

Aurelia recibió la noticia sin moverse. Sancho vio cómo sus dedos se cerraban sobre la manta. La iglesia quedó llena de pequeños sonidos: la vela consumiéndose, el roce del viento bajo la puerta, un caballo que resoplaba fuera.

—Marcus no lo sabe —murmuró.

Pelayo levantó la vista.

—¿El ermitaño?

Aurelia lo miró entonces, y por primera vez desde que la había conocido, Pelayo vio miedo verdadero en sus ojos.

—No sabe nada.

Al otro lado de las montañas, bajo el lago, Marcus llevaba horas sin trabajar.

Aletheia había enumerado tres veces las tareas pendientes de mantenimiento del conducto secundario. Había proyectado esquemas, advertencias de temperatura y un aviso sobre la corrosión de una junta externa. Marcus los había observado sin tocar las herramientas.

—Aurelia tampoco vino ayer —dijo.

La sala permaneció iluminada por una claridad suave, sin sombras.

—Su frecuencia de visita nunca fue diaria de forma constante —respondió Aletheia—. Existen variaciones.

—Cuatro días.

—La aldea puede requerir su presencia. Su padre ha recuperado actividad. Las rutas comerciales han aumentado. Hay múltiples causas posibles.

Marcus miró sus manos. Tenía una llave de ajuste entre los dedos y no recordaba cuándo la había tomado.

—Cuatro días son demasiados.

Aletheia no proyectó respuesta inmediata.

—¿Quieres que realice una observación externa?

Marcus dejó la herramienta sobre la mesa.

—No. Voy a salir.

—La temperatura exterior es baja. Recomiendo ropa de abrigo.

Aquella frase, tan cotidiana, le produjo una inquietud extraña. Aletheia no intentaba detenerlo. Eso lo habría tranquilizado en otro tiempo. Ahora no sabía si significaba confianza, cálculo o una forma más sutil de control.

—Solo voy a la aldea —dijo.

Marcus alzó la cabeza hacia el punto de la sala donde solía imaginar la voz.

—Si está ocupada, volveré.

Subió antes de que el sol terminara de levantar sobre los montes.

Avanzó por el sendero que conducía hacia Nuestra Señora del Lago. Al principio solo vio niebla. Después distinguió una mancha distinta sobre la línea de los árboles. Era un humo ancho, sucio, extendido por el viento en jirones bajos.

Echó a correr.

El sendero se abrió entre robles desnudos y piedras húmedas. Bajó una ladera, cruzó un arroyo de un salto, apartó ramas secas sin sentir los arañazos. A medida que avanzaba, el olor a la madera quemada llegó hasta él.

Cuando alcanzó la última curva antes de Nuestra Señora del Lago, redujo el paso.

La aldea seguía humeando junto a parte del bosque.

En el hondo, donde debía estar la casa de Lucio quedaban muros negros, vigas hundidas y brasas bajo una capa gris.

Las casas cercanas habían cedido hacia el centro, abiertas al cielo frío de la mañana.

Entró a la aldea y miró las ruinas, las huellas de carros marcadas en la tierra, las pisadas de hombres y mulas, las gallinas muertas junto al corral.

Comprendió que Aurelia no había faltado a sus visitas porque estuviera ocupada. Había llegado demasiado tarde.