La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 42
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 42

«La aldea»

Los soldados no tardaron en recibir las órdenes.

Algunos se dirigieron hacia la plaza. Otros bajaron a las caballerizas para preparar caballos y mulas. En el patio de la fortaleza se cruzaban hombres que iban y venían con cuerdas, odres y sacos de provisiones.

Pelayo salió poco después. Sancho caminaba a su lado.

Aurelia continuaba sujeta en el cepo. La luz de la tarde caía sobre ella, haciendo brillar la madera gastada y el hierro que cerraba las piezas. Tenía los brazos entumecidos, la espalda rígida y los labios agrietados. Cuando escuchó a los soldados, levantó la cabeza.

Fueron hacia el grupo de vecinos de Nuestra Señora del Lago que aguardaba cerca de la iglesia.

El alguacil se plantó ante ellos.

—Por orden de don Nuño, todos los vecinos de Nuestra Señora del Lago quedan bajo custodia.

Marina se levantó.

—¿Bajo custodia por qué? Hemos venido a ver a una hija de nuestra aldea.

Un soldado la sujetó por el brazo. Ella intentó soltarse, más por rabia que por fuerza. Tomás dio un paso para interponerse y recibió el asta de una lanza en el pecho. Se dobló hacia delante y tuvo que apoyar una mano en el muro.

Lucio se incorporó con dificultad.

—Dejadla. ¿Cómo vais a prender a una madre?

—Los niños también vienen con nosotros —dijo el alguacil.

Aurelia quiso llamar a su padre, pero la garganta solo le devolvió una tos seca. Tiró de la madera que le sujetaba las muñecas y el dolor le subió por los brazos.

—¡Padre!

Lucio la oyó. Logró apartarse de los soldados y avanzar hacia el cepo. Uno de ellos le cerró el paso, con la mano ya en la empuñadura.

—Solo quiero hablar con mi hija —dijo Lucio.

—Atrás. Tengo órdenes.

—La vais a matar.

El soldado desenvainó media espada. Era demasiado joven para sostener aquella escena sin que le temblara la boca.

—Atrás —repitió.

Lucio miró más allá de él, hacia Aurelia.

—Escúchame.

El alguacil hizo una seña. Dos hombres agarraron al alfarero por los brazos.

—Escúchame, hija —insistió Lucio, alzando la voz mientras lo arrastraban—. Mantén la cabeza alta. Pase lo que pase, no les entregues tu miedo.

Los hombres fueron conducidos hacia la fortaleza. A las mujeres y a los niños los llevaron a un cobertizo junto a las caballerizas. La puerta se cerró detrás de Marina mientras seguía mirando hacia el cepo.

Aurelia siguió viendo aquella puerta mucho después de que su padre hubiera desaparecido. Pelayo se acercó a ella. Los guardias lo dejaron pasar.

—Don Pelayo —dijo Aurelia.

Él se inclinó un poco para que los soldados no oyeran cada palabra.

—Lo siento. He intentado contenerlo.

Aurelia soltó una risa seca, rota por la sed.

—Eso no abre el cepo.

Rodrigo, a unos pasos, bajó la vista. La tablilla seguía en su mano, pero ya no anotaba nada.

Pelayo miró a los guardias.

—Agua.

El alguacil dudó.

—Don Nuño prohibió que nadie le diese ayuda.

—La acusada sigue bajo materia eclesiástica —dijo Pelayo—. Y debe ser interrogada esta noche. Si muere en la plaza antes de hablar, responderéis vosotros ante Astorga.

Uno de los soldados fue a buscar un cuenco. Lo acercó a los labios de Aurelia con torpeza. Ella bebió despacio, obligándose a no atragantarse. El agua le dolió al bajar, pero también le devolvió una parte pequeña de sí misma.

Cuando terminó, miró a Pelayo.

—Han prendido a mi padre. Y ahora van a Nuestra Señora.

—Sí.

Aurelia cerró los ojos. En su mente aparecieron escenas cotidianas que nunca había imaginado echar de menos. Los soldados avanzaban hacia todo ello con antorchas.

—No queda nada por hacer —murmuró.

Pelayo bajó la voz.

—Queda usted. Esta noche la llevaré de nuevo a la iglesia. Diré que debo interrogarla antes de que Nuño dicte sentencia pública.

—¿Y me interrogará?

El arcediano tardó en hablar.

—Le daré pan. Agua. Y tiempo bajo techo.

—¿Eso es todo cuanto puede hacer?

—Por ahora.

—Entonces rece poco y piense más.

Sancho, que escuchaba desde atrás, bajó la cabeza. Pelayo se irguió. No reprendió a Aurelia. En la plaza, frente a aquella mujer atada mientras su familia era encerrada, cualquier corrección habría sonado vacía.

Desde la fortaleza llegó otra orden.

Varios soldados ensillaban caballos y preparaban mulas. Otros cargaban hachas, cuerdas y antorchas. Uno llevaba una tablilla con los nombres de las casas conocidas. La partida destinada a Nuestra Señora del Lago se formó junto al arco, bajo la mirada de Rodrigo.

Pelayo se acercó a él.

—¿Cuándo salen?

—Ya —dijo Rodrigo—. Llegarán antes de que cierre la noche si no se detienen.

—¿Y el regreso?

—Los carros con prisioneros saldrán en cuanto reúnan a la gente. No esperarán al fuego. Los caballos volverán después.

—Allí quedan niños y ancianos —dijo Pelayo.

—Lo sé.

—No permitáis que maten a nadie allí —dijo Pelayo.

Rodrigo apretó la tablilla contra el costado.

—Puedo recomendar prudencia al jefe de la partida. Puedo hacer que conste que deben traerlos vivos. Puedo asegurarme de que haya carros para los viejos y los pequeños.

—Eso no basta.

—Nada de lo que hagamos hoy va a bastar.

Nuño apareció en lo alto de la escalera exterior de la fortaleza. Desde allí dominaba la plaza, los aldeanos retenidos, la partida armada y la figura de Aurelia en el cepo.

—Que no quede casa sin revisar —ordenó—. Los que estén allí serán traídos a Sanabria. Los animales y bienes útiles, confiscados en nombre del señorío. Todo lo demás, al fuego.

Un murmullo recorrió el lugar. Nuño bajó entonces la mirada hacia Aurelia.

—Mira bien. Cuando los tuyos estén reunidos, verán lo que has traído sobre ellos.

La partida salió al caer la tarde. Primero los jinetes.

Después las mulas con cuerdas, odres y sacos.

El hierro sonó contra el empedrado hasta perderse por la calle que descendía hacia el camino.

Algunos vecinos cerraron sus puertas antes de que el último soldado cruzara el arco.

Otros permanecieron mirando, paralizados por una sensación que ninguno se atrevía a expresar.

Cuando la partida llegó a Nuestra Señora del Lago, la aldea no estaba vacía.

Quedaban dos familias con niños pequeños, una pareja de ancianos que no había podido emprender el camino a Sanabria y un hombre enfermo tendido en una casa baja junto al sendero.

También quedaban animales: gallinas sueltas y varias cabras cerca del horno.

Al ver llegar la partida, una mujer salió con un niño en brazos.

—¿Qué pasa?

El jefe de los soldados desmontó sin mirarla a los ojos.

—Por orden de don Nuño, todos los habitantes de Nuestra Señora del Lago quedan bajo custodia para responder ante Sanabria.

—Los demás ya fueron a la villa.

—Entonces vendréis vosotros.

Un anciano se apoyó en el marco de su puerta.

—¿Responder de qué?

El soldado sacó un pliego doblado. No lo leyó entero. Le bastaron las frases que traía aprendidas.

—De haber protegido a una mujer acusada de trato con fuerzas malignas, de haber recibido provecho de sus artes y de haber encubierto al ermitaño del lago.

La mujer abrazó más al niño.

—¿Qué dice? Si aquí el único que se ha aprovechado es el señor Nuño con los impuestos. ¿Acaso ha tirado al río las monedas que le pagamos?

Un anciano intervino:

—Pues cuidado con vuestra paga, señor soldado. Si venís por dinero del demonio, quizá os estén pagando con él.

El soldado carraspeó confundido.

—¿Qué?

—Las monedas salieron de aquí. Pasaron por las manos de Nuño. Y ahora acabarán en las vuestras.

El anciano se encogió de hombros.

—Yo, por si acaso, las donaría a la iglesia.

Otro de los soldados la señaló.

—Esa frase la diréis allí.

Los soldados no les dieron tiempo para seguir confundiéndolos.

Sacaron a la pareja de ancianos de su casa.

Levantaron al enfermo entre dos hombres y lo depositaron en un carro.

Reunieron a los niños junto al pozo. Una niña empezó a llorar al ver que uno de los soldados entraba en la casa de Lucio y salía con un saco de herramientas.

—Eso es del alfarero —dijo el anciano.

El soldado ni lo miró.

Cerca del horno, un muchacho de unos catorce años observaba desde detrás de una tapia caída.

Se llamaba Mateo y había pasado la mañana buscando al cerdo, que se había alejado hacia el bosque en busca de comida.

Cuando vio entrar a los hombres armados, no corrió hacia su madre ni hacia el camino.

Se agachó entre los zarzales y siguió mirando, con el corazón golpeándole en el pecho.

Vio cómo subían a los pequeños al carro y a su madre girar la cabeza, buscándolo. Cuando ella lo vio le lanzó un beso con la mano y le hizo un gesto para que se escondiera.

—Los prisioneros salen ahora —ordenó—. Vosotros tres os quedáis conmigo. Revisaremos las casas y prenderemos fuego. Después alcanzaremos a los demás.

—¿Toda la aldea? —preguntó uno de los hombres.

El jefe lo miró sin contestar.

Los carros partieron primero. Los aldeanos fueron obligados a caminar junto a las mulas, salvo los más viejos, los niños pequeños y el enfermo.

Una mujer no dejaba de volver la cabeza hacia las casas.

Un niño llamaba a un perro que corría detrás de ellos hasta que un soldado le arrojó una piedra y el animal se apartó con un gemido.

Mateo esperó entre los zarzales hasta que la comitiva desapareció por el camino.

Cuando quiso salir, no pudo. Los tres soldados que habían quedado en la aldea empezaron por la casa de Lucio.

Abrieron arcones, volcaron cestos, sacaron mantas, herramientas y piezas de cerámica.

Uno de ellos encontró varias vasijas terminadas y las rompió con el mango de un hacha para comprobar que no hubiera nada dentro.

El sonido de la arcilla quebrada hizo que Mateo se tapara la boca con ambas manos.

Después fueron al taller. El horno aún guardaba calor de cocciones antiguas.

No necesitó mucho para prender. Paja seca, tablones, haces de leña, aceite derramado sobre una puerta.

Uno de los hombres acercó una antorcha. Al principio solo hubo una lengua amarilla mordiendo el borde de la madera.

Luego el fuego encontró aire, subió por la pared y empezó a rugir bajo el alero.