La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 41
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 41

«La carta»

Pelayo llegó a Sanabria a mediodía de la cuarta jornada.

Los caballos entraron por la puerta de la villa con el cuello bajo y los flancos oscuros de sudor.

Sancho cabalgaba detrás del arcediano, encorvado por el cansancio, con la capa pegada al cuerpo y los ojos irritados por el polvo del camino.

Habían forzado la vuelta desde Astorga más de lo razonable, deteniéndose solo para abrevar las monturas.

Desde la entrada de la villa notó una quietud extraña. Sanabria no estaba vacía, pero las voces parecían haber aprendido a esconderse. Algunos vecinos se apartaron al verlo pasar. Una mujer que llevaba un cántaro al pozo se detuvo a media calle y esperó a que los caballos pasaran antes de seguir.

Pelayo miró hacia la plaza de la iglesia. No alcanzó a verla entera desde allí, pero bastó un hueco entre dos casas para distinguir gente reunida junto al concejo y una forma arrodillada en el centro. Había madera oscura, soldados cerca, una mancha de tela basta sobre unos hombros vencidos.

Sancho también lo vio.

—Padre…

Pelayo no detuvo el caballo. La mano se le cerró sobre las riendas, pero siguió hacia la fortaleza.

No porque aquella imagen no le importara, sino porque sabía ya que cualquier gesto suyo, hecho sin conocer el estado completo de las cosas, podía empujar a Nuño a una violencia mayor.

Astorga le había quitado la posibilidad de actuar solo con la conciencia.

Ahora cada paso debía medir la sombra del obispo.

En el patio de la fortaleza, Rodrigo salió a su encuentro antes de que llamaran a nadie.

El recaudador llevaba dos días durmiendo poco.

Se le notaba en la cara, en la barba descuidada y en la tensión de los hombros.

No venía con gesto de alivio, sino con la cautela de quien ve regresar al único hombre capaz de poner límite al desastre y no sabe aún si ese hombre trae límite o condena.

Pelayo desmontó. Sancho lo hizo después, con torpeza, y apoyó una mano en el cuello del caballo para mantenerse firme.

—Don Pelayo —dijo Rodrigo.

—La he visto.

Rodrigo bajó la mirada un momento.

—Desde ayer.

Sancho dejó de acariciar al caballo y miró al recaudador.

—¿Desde ayer?

—Nuño la sacó de la iglesia al caer la tarde. El padre intentó impedirlo. Yo intenté advertirle que era un desafío a vuestra orden. La puso en el cepo para que la villa entendiera, según dijo, la naturaleza del peligro.

Pelayo se quitó los guantes despacio. Tenía los dedos entumecidos por el viaje, pero sintió un calor amargo en la palma.

—¿Ha recibido agua?

Rodrigo tardó en responder, y esa demora dijo demasiado.

—El sacerdote logró acercarle un cuenco al anochecer. Después Nuño prohibió que nadie le diese pan, agua o consuelo sin su permiso. Esta mañana permitió que le humedecieran los labios, delante de dos soldados. No por piedad. Para que siguiera viva hasta vuestra llegada.

Sancho dio un paso.

—Eso es tormento.

Rodrigo lo miró con cansancio.

—Eso es una advertencia para todos.

Pelayo volvió la vista hacia el arco que conducía al interior de la fortaleza.

En algún lugar de aquella casa estaría Nuño, esperando la carta con la ansiedad de quien necesita una absolución y una espada en el mismo pliego.

Pelayo había deseado durante todo el viaje encontrar una manera de frenar aquello.

Había repasado las palabras del obispo, buscando una grieta, un margen, un verbo ambiguo que permitiera proteger a Aurelia sin enfrentarse abiertamente a Astorga.

Rodrigo se acercó medio paso. Bajó la voz.

—Dejadme hablar con él antes. Puedo intentar que la devuelva a la iglesia. No que la libere. Solo darle algo de dignidad y que pase la noche bajo techo.

Pelayo alzó la vista hacia él. Rodrigo calló al ver su rostro.

—No hagáis eso —dijo Pelayo con tristeza.

El recaudador respiró hondo.

—Don Pelayo, Nuño escucha cada vez menos. Si nadie le habla…

—El obispo está de su parte.

Rodrigo quedó inmóvil. Movió los labios antes de encontrar voz.

—¿De parte de Nuño?

—De parte del peligro que Nuño dice combatir.

—Entonces —dijo Rodrigo— será mejor que mida cada palabra.

—Será mejor que midáis incluso las que no pronunciéis.

Rodrigo bajó los ojos.

Sancho apretó la mandíbula. Había aprendido durante el viaje que obediencia y justicia no siempre avanzaban en la misma dirección, pero hasta aquel momento no había visto a un hombre bueno callar porque hablar podía condenarlo. Aquello le pareció una derrota más amarga que el cansancio.

Pelayo guardó los guantes en el cinturón.

—Llevadme ante Nuño.

Rodrigo inclinó la cabeza. No volvió a mencionar a Aurelia.

Nuño los recibió en la sala alta de la fortaleza.

Diego, el chambelán, permanecía junto a una mesa cubierta de documentos, con un pequeño cuchillo de abrir sellos en la mano y varios pliegos ordenados por montones.

Al ver entrar a Pelayo, hizo una reverencia medida y se apartó para dejar a Nuño en el centro de la escena.

El señor de Sanabria estaba de pie junto a la ventana.

No preguntó por el viaje ni por el obispo. Sus ojos fueron directamente al pliego que Pelayo llevaba en la mano.

—Don Pelayo —dijo—. Sanabria aguardaba vuestra vuelta.

Pelayo avanzó hasta la mesa.

—Traigo respuesta de Astorga.

Nuño extendió la mano. Pelayo, durante un momento, sostuvo el pliego entre los dedos.

Vio el sello episcopal, la cera marcada, la pequeña seguridad material de una decisión que podía arrasar una aldea entera.

Pensó en Aurelia bajo el cepo, en Lucio al pie de la plaza, en el sacerdote con la ropa torcida y la mirada rota.

Pensó también en el obispo escribiendo con aquella calma de hombre que nunca tendría que mirar a la muchacha a los ojos.

Al final entregó la carta. Nuño la tomó con cuidado.

—Diego —dijo.

El chambelán se acercó. Rompió el sello, desplegó el pergamino y recorrió las primeras líneas con los ojos. No leyó en voz alta. Alzó una mirada breve hacia Nuño, luego hacia Pelayo y comprendió que aquel texto, lejos de dar una simple instrucción, le daba permiso.

Nuño lo notó.

—Leed.

Diego obedeció.

La voz del chambelán llenó la sala con una sobriedad que hizo más duras las palabras.

Leyó la referencia a los indicios de trato con fuerzas malignas, a la curación inexplicable de la mujer llamada Aurelia, al ermitaño del lago, a los beneficios recibidos por la aldea de Nuestra Señora del Lago y a la necesidad de actuar con firmeza para evitar que el error se extendiera.

Leyó que el brazo secular debía proceder contra quienes hubieran participado, encubierto o recibido provecho de aquella influencia.

Leyó que la cabeza visible de la desviación debía ser castigada con la máxima severidad permitida.

Cuando Diego terminó, dejó el pergamino sobre la mesa con las puntas de los dedos, igual que si temiera que la tinta manchara.

Nuño permaneció callado. Su rostro mostraba descanso. La tensión que lo había roído desde la aparición de Aurelia viva encontraba por fin un cauce. Ya no era solo su miedo y su relato. Astorga había puesto palabras, sello y autoridad donde antes había obsesión.

—Habéis oído —dijo al fin.

Pelayo mantuvo las manos unidas delante del cuerpo.

—He oído la carta antes de traerla.

Nuño caminó despacio hasta la mesa. Tocó el pergamino sin llegar a tomarlo de nuevo.

—Durante días se me ha pedido prudencia. Juicio. Espera. Se me ha dicho que una herida imposible no bastaba, que los rumores no bastaban, que el miedo del pueblo no bastaba. Ahora el obispo habla. Y el obispo ve lo que otros se negaban a mirar.

Nuño miró a Diego.

—Ordenad que arresten a los del Lago que permanecen en la villa.

El chambelán no se movió al principio.

—¿A todos, mi señor?

—A todos los que han venido a velar por ella.

Lucio el alfarero, su gente, los que duermen junto a la iglesia, los que le llevan pan, los que susurran su nombre y la llaman inocente.

La carta habla de quienes encubrieron, recibieron provecho o defendieron el trato.

Empezaremos por los que han tenido la torpeza de mostrarse.

Diego inclinó la cabeza, aunque en su rostro pasó una sombra de inquietud.

—¿Dónde los encerramos?

—Los hombres en los calabozos bajos. Las mujeres y los niños, juntos por ahora en el almacén. Nadie entra ni sale sin mi orden.

Pelayo dio un paso.

—La carta ordena proceder con proporción.

Nuño se volvió hacia él.

—Eso hago.

—También habla de relación de familias, bienes y testimonios. No de prender a todo el que llore por una acusada.

Nuño le clavó la mirada. La autoridad de Pelayo ya no le imponía el mismo freno que antes. La carta estaba sobre la mesa. El sello del obispo seguía roto, pero visible.

—Don Pelayo, habéis cumplido vuestro deber llevando noticia a Astorga. Ahora dejad que yo cumpla el mío protegiendo Sanabria.

Sancho, junto a la puerta, bajó la mirada.

Pelayo supo entonces que no lograría detener aquel primer golpe.

Podía protestar y elevar la voz. Podía hacer que Nuño lo desafiara también a él delante de Diego, de Rodrigo y de los hombres de la fortaleza.

Y después la carta seguiría allí, diciendo lo que decía.

Nuño no esperó réplica.

—Rodrigo, tomad nota de los nombres. Quiero saber quién ha permanecido junto a la iglesia, quién ha hablado con ellos, quién les ha dado techo, pan o agua. Si alguno de Sanabria ha mostrado simpatía, también.

Rodrigo sintió la mirada de Pelayo sobre él.

—Tomaré nota.

Nuño se dirigió después a Diego.

—Mandad preparar una partida para Nuestra Señora del Lago. Diez hombres bastarán. Que salgan lo antes posible. Si queda gente allí, será traída bajo custodia. Y además…

Diego alzó los ojos. Nuño miró por la ventana, hacia la parte baja de la villa, donde la iglesia quedaba fuera de la vista.

—Quemad la aldea entera.

Sancho levantó la cabeza. Diego quedó inmóvil con el cuchillo de abrir sellos entre los dedos. Rodrigo cerró los ojos durante un momento.

Pelayo habló con cuidado:

—Eso no está escrito en la carta.

Nuño volvió hacia él un rostro ya dueño de sí.

—La carta habla de purificar cuanto deba ser purificado.

—Habla de confiscar. Habla de testimonios.

—Las casas pueden guardar objetos, señales, instrumentos. Pueden convertirse en lugar de reunión cuando esto termine. Pueden alimentar una memoria peligrosa. No voy a dejar un nido vacío para que el mal regrese a él.

Pelayo sostuvo su mirada.

—Quemar una aldea no es justicia.

Nuño se acercó un paso.

—Estoy cansado de que cada orden mía encuentre una objeción. Todos dudáis. Todos, salvo Su Ilustrísima. Volved a hacerlo y os trataré como a quienes encubren esta blasfemia.

Los miró a todos. Tomó la carta y la dobló con calma.

—En cuanto a la mujer, será ajusticiada mañana, cuando todos los habitantes de Nuestra Señora del Lago hayan sido reunidos ante ella.

Sancho dejó escapar una respiración rota. Pelayo no se volvió hacia él.

—La muchacha debe ser interrogada de nuevo. No en el cepo.

Nuño ladeó la cabeza.

—¿Teméis que Dios no le dé fuerzas?

—Temo que matéis a una mujer antes de saber qué sabe.

—Mañana al mediodía habrá hablado cuanto tenga que hablar. Y si no habla, su silencio hablará por ella.

Diego bajó la vista. Rodrigo no se movió. Pelayo sintió de nuevo el peso mínimo de la carta. Había querido que el obispo le diera criterio y sin embargo le había dado un cuchillo a un hombre que ya buscaba dónde hundirlo.

La sala empezó a vaciarse.

Diego recogió los documentos con movimientos contenidos, dejando la carta del obispo aparte, sobre la mesa. Sancho permanecía junto a la puerta, pálido, con los ojos clavados en Pelayo.

—Padre… —murmuró.

Pelayo le puso la mano sobre el hombro. Al otro lado de los muros, en la plaza, Aurelia seguía en el cepo.

Y ahora el tiempo empezaba a agotarse.