La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 40 #2
82%

LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 40 #2

—Habéis recibido una orden para proteger a los fieles. No para esconder a una mujer que ha traído corrupción a estas tierras.

—Reza desde el amanecer.

Nuño se quedó quieto. Detrás de la puerta, la voz de Aurelia se elevaba en un murmullo bajo, casi inaudible desde la nave. Nuño ladeó la cabeza para escuchar. El sacerdote, por primera vez, creyó ver en su rostro algo parecido al desconcierto.

—¿La oís? —dijo Nuño.

—Está rezando.

—Se burla. Pronuncia palabras santas con la risa entre los dientes.

—No hay risa en esa voz.

Nuño agarró al sacerdote por la parte delantera de la ropa y lo empujó contra el muro. No lo golpeó, pero la cabeza del hombre rozó la piedra y sus manos buscaron sin éxito dónde apoyarse.

Rodrigo dio un paso.

—Señor…

Nuño levantó un dedo que lo paró en seco.

—Rodrigo, mantén la boca bien cerrada.

Se dirigió hacia el sacerdote.

—Y vos, padre, compartís techo con ella dos noches y ya habláis en su defensa. Os ha influido.

El sacerdote respiraba de prisa.

—Soltadme, os lo ruego.

—Primero compasión. Luego duda. Después obediencia. Así empieza.

—Esta es la casa de Dios.

—Precisamente por eso me repugna verla dentro.

Lo soltó. El sacerdote quedó apoyado en la pared, con el cuello de la ropa torcido y la cara encendida de vergüenza. Sus ojos buscaron a Rodrigo, luego a los dos soldados que habían entrado con Nuño.

Nuño señaló la puerta.

—Abrid.

El hombre no dio un paso. Nuño tomó la llave que colgaba del clavo junto al muro.

—Entonces lo haré yo.

El cerrojo cedió con un golpe metálico. Aurelia estaba de pie cuando la puerta se abrió. Había dejado la jarra en el suelo y mantenía el manto cerrado sobre el pecho.

Nuño entró en la estancia.

—Rezáis mucho para alguien que sirve al mal.

Aurelia lo miró sin apartarse.

—Rezo porque tengo miedo.

—Deberíais temer por vuestra alma.

—También temo por ella.

—¿Y pedís perdón?

—Pido justicia.

Nuño soltó una risa breve. Aurelia apretó el manto entre los dedos.

—Y pido por mi padre. Por mi aldea. Por don Pelayo y por vos.

Nuño la miró con odio.

—¿Por mí? No me pongáis en vuestra boca.

—Ya estáis en mis oraciones.

Nuño hizo el amago de abofetearla. Aurelia cerró los ojos con fuerza.

—Sacadla.

El sacerdote se adelantó. Nuño se volvió hacia él.

—¿Queréis compartir su suerte?

—Señor, sacarla de la iglesia puede interpretarse como desafío directo a don Pelayo —dijo Rodrigo.

—No voy a dejarla aquí para que siga mancillando este lugar santo con sus plegarias a Satanás.

—¿Qué vais a hacer? —preguntó Rodrigo.

—Darle a Sanabria una imagen que entienda.

La sacaron por la puerta lateral. El sacerdote insistió en que conservara el manto. Aquello fue lo único que consiguió. Uno de los soldados miró a Nuño antes de permitirlo, y Nuño hizo un gesto impaciente. Le daba igual la tela. Lo que quería era la plaza.

Afuera, el día se había vuelto claro y frío. La noticia corrió más deprisa que los pasos. Cuando Aurelia apareció entre los soldados, la gente que aguardaba frente a la iglesia se movió hacia ella. Lucio rompió el grupo antes de que nadie pudiera sujetarlo.

—¡Aurelia!

Ella volvió la cabeza.

—Padre, no.

Dos hombres de Nuño se llevaron las manos a las empuñaduras. Orduño llegó junto a Lucio y lo agarró por el brazo.

—Quieto. Te matarán aquí mismo.

—Es mi hija.

—Y por eso tienes que seguir vivo.

Lucio temblaba de tal forma que Orduño necesitó apoyarse con todo el cuerpo para contenerlo. Marina se abrió paso hasta ellos, con los ojos llenos de lágrimas y rabia.

—¿Qué hacéis? —gritó a Nuño—. Don Pelayo dijo sin cadenas.

Nuño se detuvo en mitad de la plaza.

—Y sin cadenas va.

Los hombres trajeron el cepo desde el lateral del edificio del concejo.

Era una pieza pesada, de madera oscura, gastada por años de lluvia y escarmientos públicos.

Había servido para borrachos, blasfemos, pendencieros de feria, mujeres acusadas de vender medidas falsas en el mercado.

Hasta entonces nadie lo había mirado con verdadero horror.

Era una vergüenza de unas horas, una incomodidad bajo la risa de los demás, una mancha menor en la memoria del pueblo.

El sacerdote bajó los escalones de la iglesia.

—Señor, esto no es custodia.

Nuño no apartó la vista de Aurelia.

—Es advertencia.

—Don Pelayo…

—Don Pelayo ha ido a buscar luz. Mientras vuelve, yo evitaré que la oscuridad se extienda.

La plaza estaba llena a medias. Algunos vecinos se santiguaban. Otros miraban a Aurelia con miedo. Unos pocos desviaban la vista, incapaces de sostener la escena.

Rodrigo se colocó junto a Nuño.

—Haced constar que no ha ofrecido resistencia.

Nuño le lanzó una mirada.

—¿Ahora levantáis acta?

—Miro por vos.

—Mirad por vuestra alma.

Aurelia fue conducida hasta el cepo. Caminó sin forcejear. Al llegar junto a la madera, miró hacia su padre.

Lucio tenía el rostro deshecho.

—Padre —dijo ella—. Mírame. Estoy viva.

La frase lo quebró.

Nuño se adelantó.

—Viva por artes que habrán de responder ante Dios.

Aurelia no le dedicó la mirada.

—Estoy viva —repitió, solo para Lucio.

Los soldados la hicieron arrodillarse. Uno abrió la parte superior del cepo. Le acomodaron el cuello y las muñecas en los huecos. La madera cayó con un golpe seco. El hierro cerró.

Nuño se volvió hacia la plaza.

—Miradla bien. Mirad a la mujer que trata con el maligno. Mirad cómo reza cuando se la acusa, sonríe cuando se la teme y pide compasión cuando ha traído ruina sobre todos.

—No sonríe —dijo Marina.

Su voz no fue alta, pero llegó. Nuño buscó entre la gente el origen de la voz sin localizarla.

Rodrigo hizo gestos de callar a Marina desde una posición atrasada, cuidando de que Nuño no lo viera. Tomás agarró a su mujer del brazo.

—Permaneceréis aquí hasta que yo disponga otra cosa —dijo Nuño.

El sacerdote se estremeció.

—La noche es fría, puede enfermar.

—Que rece. Dios le dará fuerzas si está de su parte.

Nuño observó la escena y alzó la voz para todos.

—Que nadie se acerque sin mi permiso. Quien le dé agua, pan o consuelo responderá por ello. Quien rece con ella responderá por ello. Quien pronuncie su nombre en defensa de esta blasfemia responderá por ello.