La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 40
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 40

«El cepo»

La iglesia de Sanabria amaneció con la puerta cerrada desde dentro.

El sacerdote había dormido en un banco, envuelto en una manta vieja.

Se despertó antes de prima, con el cuello entumecido y la sensación desagradable de haber pasado la noche vigilando algo que no sabía nombrar.

Durante la madrugada había oído moverse a Aurelia al otro lado de la sacristía.

Una tos contenida. El roce del manto. El murmullo bajo de una oración.

Cada sonido lo había desvelado.

La muchacha permanecía en una estancia estrecha, junto a los arcones donde se guardaban paños litúrgicos, candeleros gastados y alguna herramienta para reparar el tejado.

La habían dejado allí porque no había otro lugar.

Sanabria tenía calabozos para deudores, ladrones y hombres que se emborrachaban con demasiada violencia en día de mercado, pero Pelayo había prohibido expresamente que la encerrasen con cadenas.

Y él, aunque temía a Nuño, temía más contradecir al arcediano.

Abrió despacio la puerta. Aurelia estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. El manto de Marina seguía sobre sus hombros. Tenía el rostro cansado y los labios secos, pero levantó la mirada sin sobresalto.

—Os traeré agua —dijo el sacerdote.

Ella asintió. El hombre tomó una jarra de barro y salió hacia el pequeño patio trasero. Mientras la llenaba, descubrió que le temblaban las manos. Se dijo que era por el frío. El cubo golpeó la piedra del brocal y el sonido le pareció demasiado fuerte en aquella mañana quieta.

Cuando volvió, Aurelia seguía igual.

—Bebed.

Ella recibió la jarra con ambas manos.

—Gracias, padre.

Aquella palabra lo incomodó más que un insulto. Había esperado desafío, llanto, amenazas, quizá súplicas. Algo que encajara mejor con la sospecha que pesaba sobre ella. Pero la joven bebió con cuidado, devolvió la jarra y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—¿Habéis podido descansar esta noche? —preguntó él, sin saber por qué.

—Algo.

—Don Pelayo regresará en cuanto pueda.

Aurelia miró hacia la puerta.

—¿Ha ido a Astorga?

—Sí. A ver al obispo.

Aurelia bajó la vista hacia el manto. Sus dedos se cerraron en la tela basta.

—¿Sabéis si mi padre ha venido?

El sacerdote dejó la jarra junto a la pared.

—Lo ignoro. Pero si viene, no podré dejarlo entrar.

Aurelia rodeó las rodillas con los brazos.

—Rezad —murmuró el sacerdote—. Os conviene rezar.

Aurelia alzó los ojos, llorosos.

—Eso hago.

El sacerdote abandonó el lugar. Cerró la puerta, pasó el cerrojo y se quedó al otro lado, con la mano aún apoyada en la madera.

Lucio llegó a Sanabria a media mañana. Marina caminaba a su lado, con el rostro endurecido por el cansancio.

Tomás la seguía, llevando al menor de sus hijos en brazos y procurando que los otros dos no se separaran de él.

Inés y Orduño iban detrás, y unos pasos más atrás venía Julián, guiando la mula cargada de mantas, con tres niños pequeños montados sobre las albardas.

Al ver la puerta de la villa, Julián tiró del ramal hacia un soto cercano, antes de que los guardias pudieran fijarse demasiado en el animal.

No pensaba pagar por meter una mula dentro de Sanabria, ni dejarla en manos de un establero que luego cobraría por la paja, por el techo y hasta por mirarla.

Bajó a los niños, ocultó las mantas bajo una manta vieja y ató la bestia entre los árboles, donde pudiera alcanzar hierba y sombra.

—Ahí estará mejor que nosotros —murmuró, antes de reunirse con los demás.

La presencia de aquel pequeño grupo llamó la atención antes de que alcanzaran la iglesia. Algunos vecinos se apartaron a su paso. Otros se quedaron mirando desde los portales.

Lucio subió los tres escalones de piedra y golpeó la puerta con la palma abierta.

El sacerdote tardó en abrir. Cuando lo hizo, dejó solo una rendija entre ambos.

—Padre —dijo Lucio—. Quiero ver a mi hija.

El hombre miró por encima de su hombro al resto del grupo.

—Don Pelayo ordenó que nadie entrara. No puedo permitir visitas.

Lucio apoyó una mano en la puerta.

—Soy su padre.

El sacerdote apretó los labios. Marina dio un paso.

—Solo un momento. Que la vea y que ella lo vea a él.

El sacerdote tragó saliva y negó. Orduño se acercó con los hombros tensos.

—La habéis encerrado en la casa de Dios. ¿Ahora la casa de Dios no deja pasar a un padre?

—Bajad la voz —suplicó el sacerdote.

—Abrid la puerta.

Tomás tomó a Orduño del brazo, no para detenerlo del todo, sino para recordarle dónde estaban. El sacerdote miró hacia la plaza. Ya había más gente observando.

—Marchaos antes de que venga Nuño.

Lucio se quedó inmóvil.

—¿Está bien?

El sacerdote cerró los ojos un momento.

—Está cansada. Tiene agua. Nadie la ha tocado.

Desde el interior llegó una voz.

—Padre.

Lucio levantó la cabeza. La puerta se movió un poco bajo su mano.

—Aurelia. Estoy aquí.

El sacerdote sujetó la puerta.

—Atrás.

—Padre —repitió ella.

Lucio empujó la puerta sin violencia. El sacerdote resistió con el cuerpo.

—Os he dicho que no puedo.

—¡Aurelia!

—Estoy bien —llegó la voz de ella—. No hagas nada que puedan usar contra ti.

Lucio se aferró al marco. Marina se llevó una mano a la boca.

—Voy a sacarte de ahí —dijo Lucio.

El sacerdote cerró la puerta. Lucio permaneció delante de la madera. Apoyó la frente contra ella y respiró con dificultad.

En la plaza, los murmullos empezaron a crecer.

Nuño supo que los de Nuestra Señora del Lago estaban en Sanabria antes de que terminara la mañana.

Se lo dijo uno de sus hombres mientras Rodrigo revisaba unas cuentas en una mesa cercana. El recaudador levantó la vista al oír el nombre de Lucio, pero no habló. Desde la escena de la cicatriz había aprendido a medir cada palabra delante de su señor.

Nuño escuchó el aviso de pie, junto a la ventana.

—¿Cuántos?

—Seis o siete, señor. Más los niños.

—¿Armados?

—No, señor. Uno lleva un cuchillo de trabajo y otro un palo de avellano.

Nuño buscó la iglesia entre los tejados. Desde allí no podía verla entera, pero alcanzaba a distinguir la parte alta del muro y la cruz.

—Han venido a adorarla.

Rodrigo dejó la pluma sobre la mesa.

—Han venido porque la muchacha es hija de uno de ellos.

Nuño volvió despacio la cabeza.

—¿Defendéis también a la del lago?

—Defiendo que no confundamos gestos de familia con culto.

—Eso es exactamente lo que hace peligroso al mal. Siempre encuentra una palabra limpia para cubrirse.

Rodrigo había visto a Nuño codicioso, soberbio, iracundo. Aquella nueva forma de hablar lo inquietaba más que todas las anteriores. En ella había miedo convertido en doctrina.

Nuño sabía que la orden de Pelayo pesaba en la villa. Todos habían oído sus palabras delante de la puerta de la iglesia.

—Que se queden —dijo al fin—. Si quieren dormir en la plaza, que duerman. Así Sanabria verá quiénes son los que acuden cuando se encierra al mal.

Rodrigo había aprendido que, en ciertos momentos, la prudencia consistía en dejar pasar la frase sin ofrecerle resistencia. Nuño volvió a sus papeles, aunque ya no leyó nada. Desde aquel instante, cada noticia llegada desde la iglesia le encontró más cerca de perder la paciencia.

Los de Nuestra Señora del Lago permanecieron en Sanabria.

No todos estaban siempre frente a la iglesia.

A ratos buscaban sombra junto a los soportales, compartían pan junto a la fuente o se turnaban para acercarse a la puerta y preguntar por Aurelia.

Lucio volvió una y otra vez. Marina llevaba algo de comida envuelta en un paño.

Orduño y Julián permanecían cerca, sin hablar demasiado, pendientes de cualquier movimiento de los hombres de Nuño.

La villa empezó a murmurar. Al principio fueron comentarios dichos en voz baja, al pasar: que los del Lago dormían casi al raso, que no se apartaban de la iglesia, que la mujer encerrada rezaba de noche y que el sacerdote ya no parecía tan seguro al negarles la entrada.

Después llegaron frases más torcidas. Algunos decían que no habían venido por cariño, sino por obediencia.

Otros aseguraban que esperaban una señal.

Una vieja juró haber oído cánticos dentro de la iglesia cuando las campanas ya habían callado, aunque nadie más pudo confirmarlo.

Todo llegaba a oídos de Nuño. Uno de sus hombres entró para decirle que había escuchado a la gente hablar.

—¿Hablar de qué?

El soldado dudó.

—De la muchacha, señor. Dicen que no parece cosa del demonio rezar tanto. Que quizá don Pelayo…

Nuño apartó la silla con un golpe seco. Rodrigo levantó la vista desde la mesa. Esta vez no tuvo tiempo de medir las palabras.

—Señor…

Nuño tomó la capa y se la echó a los hombros.

—Don Pelayo ordenó que nadie se acercara a ella —dijo Rodrigo.

—Don Pelayo no está. Y cuando vuelva encontrará que Sanabria no se ha arrodillado ante una bruja.

Rodrigo se puso en pie.

—Permitidme acompañaros.

Nuño lo miró con desprecio.

—Para aconsejarme prudencia delante de todos.

—Para que nadie pueda decir que actuasteis sin testigos.

Aquello le gustó menos a Nuño de lo que Rodrigo esperaba.

—Venid, si os place —dijo al fin—. Quizá aprendáis a distinguir el celo de la tibieza.

Rodrigo inclinó la cabeza y lo siguió.

Aurelia escuchó el revuelo. Primero fueron voces en la plaza. Luego pasos junto a la puerta principal. Después el sonido seco de madera abierta y el murmullo de hombres que entraban en la iglesia con botas sucias.

El sacerdote salió al encuentro de Nuño.

—Señor. Don Pelayo ordenó que permaneciera custodiada y que nadie se acercara a ella.

Nuño avanzó sin detenerse. El sacerdote se interpuso. Era un gesto pequeño, pero durante un momento ocupó todo el espacio entre el señor y la puerta de la sacristía.

—No podéis entrar.

Nuño lo miró de arriba abajo.

—¿Que no puedo? ¿Desde cuándo la Iglesia ampara al demonio?

—La Iglesia juzga antes de condenar.

Nuño acercó el rostro al suyo.

—¿Y vos vais a juzgarla?

El sacerdote tragó saliva, pero no se apartó.

—He recibido orden de custodiarla hasta el regreso de don Pelayo.