LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 39 #2
—Cuando lleguemos —dijo—, hablarás solo si te preguntan.
—Sí, don Pelayo.
—Y dirás únicamente lo que viste.
Al final de la segunda jornada llegaron a Astorga. El obispo los recibió después del Ángelus, cuando los caballos aún no se habían enfriado del todo y Sancho apenas disimulaba el cansancio.
La sala era sobria: una mesa ancha, un crucifijo de buena talla, dos arcones, un tapiz con motivos vegetales y una ventana estrecha por la que entraba una luz fría.
El obispo estaba sentado cuando Pelayo y Sancho entraron.
Era un hombre ya entrado en años, de rostro largo, párpados pesados y manos cuidadas.
Su voz conservaba firmeza, pero en sus gestos había una economía que no nacía de la debilidad, sino de la costumbre de ser obedecido.
Pelayo besó el anillo.
Sancho hizo lo mismo con torpeza.
—Habéis pedido audiencia urgente por indicios graves de intervención sobrenatural. En otras ocasiones habéis sido menos generoso con esa clase de términos.
—Porque en otras ocasiones, señor, encontré engaño o simple temor.
—¿Y ahora?
Pelayo inspiró despacio.
—Ahora temo haber encontrado algo que no puedo reducir a eso.
El obispo apoyó la espalda en la silla.
—Contadlo desde el principio. Sin adornos.
Pelayo contó. Cuando llegó a la cicatriz, la sala pareció enfriarse.
—¿La visteis vos mismo? —preguntó el obispo—. ¿Y afirmáis que una herida semejante debía haber causado la muerte?
—Afirmo que Nuño la creyó muerta y que quienes vieron la marca quedaron sobrecogidos. Afirmo que no conozco remedio humano capaz de cerrar una lesión así sin fiebre, sin corrupción de la carne y sin dejarla postrada durante semanas.
El obispo miró a Sancho.
—¿Vos también la visteis?
—Sí, señor.
—¿Y qué pensasteis?
Sancho buscó a Pelayo con los ojos, pero el arcediano no acudió en su ayuda.
—Pensé que alguien la había salvado —dijo el muchacho.
—Eso es evidente. La cuestión es quién.
Sancho bajó la cabeza.
El obispo volvió a Pelayo.
—Continuad.
Pelayo no escondió su incomodidad ante las acusaciones de Nuño.
Explicó que la aldea no había recibido riquezas súbitas, sino que sus habitantes habían trabajado hasta el agotamiento para pagar tributos.
Recordó que el monasterio no parecía alarmado por el ermitaño y señaló que Marcus no predicaba, no reclamaba obediencia y no se presentaba como santo ni como profeta.
—Señor —concluyó—, si hubo engaño del maligno, es un engaño extraño. No veo oro, ni culto, ni rebelión, ni placeres desordenados. Veo una aldea que ha luchado por sobrevivir y una muchacha que fue agredida por quien ahora la acusa.
El obispo permaneció callado un rato largo.
Sus dedos se juntaron bajo la barbilla.
—Decís que la muchacha es muy hermosa.
Pelayo sintió una leve punzada de inquietud.
—Lo es.
—Ya no es tan joven y sigue sin marido.
—Vive con su padre. Es la hija del alfarero y trabaja con él.
—Y cercana a un hombre que habita apartado, junto al lago.
—Cercana, sí.
—Un hombre rodeado de rumores. Capaz, según parece, de intervenir donde la naturaleza había dictado muerte.
Pelayo sostuvo la mirada del obispo.
—Eso es lo que intento discernir.
El obispo se inclinó un poco hacia delante.
—¿Y os sorprende que Nuño temiera por su alma?
Sancho levantó la vista.
Pelayo tardó en hablar.
—Nuño no se limitó a temer.
—No he dicho que obrara con templanza.
—La hirió.
—Tal vez porque comprendió el peligro.
Pelayo notó que la conversación empezaba a desplazarse bajo sus pies.
—Señor, con respeto: Nuño intentó ocultar su acción. No acudió a la Iglesia tras el hecho ni pidió confesión. No denunció una tentación. Solo habló cuando la muchacha reapareció viva.
—Porque hasta entonces quizá creyó haber vencido.
La frase cayó con una serenidad terrible.
Pelayo miró al obispo sin ocultar ya su turbación.
—¿Vencido?
—Muchos hombres caen ante una mujer así, Pelayo.
Vos y yo hemos oído bastantes confesiones para saberlo.
Belleza, necesidad, gratitud, una aldea entera alabando sus virtudes, un hombre extraño en la sombra, sanaciones imposibles…
El mal rara vez se presenta con rostro deforme.
Se viste con aquello que el alma desea creer bueno.
—Aurelia rezaba cuando la dejamos bajo custodia.
—También el demonio sabe repetir palabras santas cuando le conviene.
Sancho palideció. Pelayo mantuvo las manos quietas sobre las rodillas.
—No he visto en ella insolencia ni burla.
—Quizá porque sabe cuándo mostrarse humilde.
—Tampoco he visto que el ermitaño reclame devoción.
—Quizá porque ese no es su método.
El obispo se levantó al fin. Caminó hasta la ventana y miró hacia el patio interior, donde dos criados cruzaban con un cesto de leña.
—Me habláis de una aldea pobre que pagó deudas —dijo—. Me habláis de hombres y mujeres que trabajaron, sí. De hornos encendidos, molinos, campos, mercados. Y os parece que eso descarta la intervención del maligno.
—No la descarta. La hace menos evidente.
—Al contrario. La hace más astuta.
Pelayo esperó.
El obispo se volvió.
—El demonio no necesita poner cien monedas en la mano de un campesino.
Eso sería grosero. Haría visible la cuerda.
Le basta con soplar donde ya hay codicia, cansancio, orgullo o desesperación.
Le basta con torcer un encuentro, favorecer una venta, acercar un comprador, apartar una desgracia en el momento preciso.
Luego el hombre trabaja. Suda. Se rompe la espalda.
Y al final mira el fruto contaminado y lo llama bendición.
—Entonces todo bien podría ser sospechoso —dijo Pelayo.
—Todo bien apartado de Dios, sí.
—Esa aldea pagó dos veces.
—Más motivo para temer. El sufrimiento también puede ser usado para someter. El maligno se regocija en el dolor cuando ese dolor conduce a la dependencia. Igual que la fe sostiene al justo durante el rezo, una influencia impura puede sostener al extraviado mientras cree salvar su casa.
Sancho no pudo contenerse.
—Pero si trabajaron para pagar impuestos…
El obispo giró hacia él. No alzó la voz.
—Hijo, muchos pecados se cometen trabajando.
Sancho enmudeció.
Pelayo intervino antes de que el muchacho dijera algo peor.
—Señor, por eso he venido. No pretendo absolver ni condenar sin guía. En esta ocasión necesito vuestro consejo.
El obispo regresó a su silla, pero no se sentó. Apoyó una mano en el respaldo.
—Mi consejo es que dejéis de mirar solo a la muchacha.
Pelayo alzó la vista.
—¿Qué queréis decir?
—Que no hablamos de una joven bajo influjo del mal. Hablamos de una comunidad entera que ha convivido con ese influjo, lo ha recibido, lo ha aprovechado y quizá lo ha defendido.
Pelayo sintió que cada defensa se convertía en acusación al tocar los labios del obispo.
—¿A qué descarriados os referís?
—A todos aquellos que se beneficiaron de esos tratos y los llamaron ayuda.
A quienes llevaron sus mercancías al mercado gracias al favor del ermitaño.
A quienes pagaron tributos con fruto nacido de una influencia oscura.
A quienes vieron signos y prefirieron cerrar los ojos.
A quienes encubrieron a la muchacha por afecto, por provecho o por miedo.
—Eso puede ser toda la aldea.
—Eso habéis venido a decirme, aunque aún no queráis escucharlo.
Pelayo bajó la mirada hacia las losas.
Durante años había combatido acusaciones injustas con paciencia y doctrina. Había salvado a mujeres de la envidia de sus vecinos, a ancianos de rumores, a pobres de supersticiones nacidas alrededor del hambre. Ahora, por primera vez, sus propias dudas abrían una puerta que no sabía cerrar.
—¿Y Aurelia? —preguntó.
—La cabeza visible debe ser separada del cuerpo enfermo.
Sancho tragó saliva.
Pelayo habló con cuidado:
—¿Separada?
El obispo se sentó despacio.
—La pena capital corresponde al brazo secular, no a nuestra mano.
Pero nuestra obligación es señalar la gravedad del mal.
Redactaré una carta para que el señor de Sanabria actúe con proporción contra los descarriados, confisque cuanto deba ser purificado y castigue a quienes hayan encabezado esta blasfemia.
—Nuño es parte interesada.
—Nuño ha resistido donde otros se complacieron. Quizá pecó por exceso. Mas hay excesos nacidos del celo y tibiezas nacidas de la corrupción. No los confundáis.
Pelayo sintió que algo dentro de él se retraía.
El obispo tomó asiento y acercó una hoja de pergamino. Mojó la pluma con calma.
—Vos regresaréis a Sanabria con mi carta.
Mantendréis a la mujer bajo custodia. Nadie debe acercarse a ella.
Conviene interrogarla de nuevo, esta vez bajo la certeza de que su caso excede la simple sospecha.
Dios le dará fuerzas si está de su parte.
En cuanto a la aldea, se hará relación de familias, bienes, testimonios y vínculos con el ermitaño.
—Eso destruirá Nuestra Señora del Lago.
La pluma se detuvo sobre el pergamino.
—Si una casa está podrida por dentro, Pelayo, la caridad no consiste en pintar la puerta.
Sancho miró a Pelayo con angustia. El arcediano permaneció sentado. Había acudido a Astorga en busca de una mano firme que lo ayudara a cruzar la niebla. La había encontrado. Solo que aquella mano no apartaba la niebla: empujaba dentro de ella a todos los que él había intentado distinguir.
El obispo empezó a escribir.