LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 39
«El obispo»
La comitiva llegó a Sanabria cuando la luz empezaba a retirarse de los tejados.
Aurelia caminaba entre dos soldados, envuelta en el manto que Marina le había echado sobre los hombros antes de que se la llevaran.
La tela era basta, olía a harina, a humo de horno y a casa ajena.
Durante todo el trayecto la había sujetado contra el pecho con una mano.
La otra la mantenía junto al costado, cerca de la cicatriz que Nuño había expuesto ante todos.
Pelayo cabalgaba unos pasos por delante. Desde la salida de Nuestra Señora del Lago había hablado muy poco. Sancho lo seguía con el rostro pálido, mirando de cuando en cuando a la muchacha, a los soldados, al perfil torcido de Nuño.
El señor de Sanabria no había recuperado del todo la compostura.
La visión de la cicatriz lo había alterado más que cualquier testimonio.
Aurelia viva ya era una ofensa a su entendimiento; Aurelia marcada y de pie, capaz de sostener la mirada de quienes la acusaban, le parecía una burla dirigida contra él.
A cada trecho volvía los ojos hacia ella. Aurelia lo notaba sin necesidad de mirarlo.
El portón se abrió a su llegada. Algunos vecinos salieron a las puertas, atraídos por el paso de los caballos y el ruido de las lanzas.
No hubo gritos ni preguntas claras, solo murmullos que crecieron al reconocer a Nuño y al ver a la mujer cubierta con un manto, escoltada por hombres armados y acompañada por clérigos.
Pelayo desmontó frente a la iglesia.
—Será custodiada aquí —dijo.
Nuño giró hacia él.
—¿En la iglesia?
—Bajo custodia eclesiástica. Es una acusada de tratos con el maligno, no una ladrona.
El sacerdote de Sanabria, un hombre bajo, de barba rala y manos nerviosas, salió al oír su nombre llamado por Sancho.
Se inclinó ante Pelayo con más miedo que reverencia.
—Don Pelayo.
—Esta mujer quedará aquí hasta mi regreso de Astorga. Dormirá dentro, separada de los demás. Nadie la tocará ni la interrogará sin mi presencia. No será encadenada.
Nuño soltó una risa seca.
—¿También hemos de darle vino caliente?
Pelayo lo miró con calma.
—He dicho que queda bajo custodia, no bajo tormento.
—La habéis visto. Habéis visto una señal.
—He visto una herida cerrada donde debería haber muerte. Eso exige juicio, no arrebato.
Nuño dio un paso hacia él, pero se detuvo. Allí, frente a la iglesia, con vecinos asomados y soldados pendientes de cada gesto, la autoridad de Pelayo pesaba más que su furia.
—Id a Astorga, pues —dijo Nuño—. Contadle al obispo que aquí se rezan salmos mientras el demonio pasea junto al lago.
Aurelia levantó la cabeza. Pelayo alzó una mano antes de que ella hablara. Cualquier palabra suya podía ser vuelta contra ella antes de haber terminado de pronunciarla.
—Entradla —ordenó.
Sancho acompañó al sacerdote y a los soldados hasta el interior.
Aurelia cruzó el umbral sin resistirse. En el último momento volvió el rostro hacia la calle.
No buscó a Nuño. Miró hacia el camino por donde habían venido, hacia el oeste, hacia la distancia oscura que la separaba de su padre, de su casa y del lago.
La puerta se cerró.
Nuño permaneció fuera, inmóvil, con la mandíbula apretada.
—Hacéis mal en tratarla con tanta consideración —dijo.
Pelayo recogió las riendas.
—Y vos hicisteis peor al arrancarle la ropa delante de todos.
—Era necesario.
—Muchas atrocidades se visten con esa palabra.
A Nuño se le encendió el rostro.
—Traed una respuesta clara de Astorga —dijo al fin—. La gente tiene miedo.
Pelayo montó de nuevo. Sancho salió de la iglesia y se acercó a él.
—¿Partimos ahora?
Pelayo miró hacia el oeste. La luz empezaba a caer, pero aún quedaba camino visible entre los campos.
—Ahora. Mientras quede luz.
En Nuestra Señora del Lago, Lucio permaneció en el centro de la plaza mucho rato después de que se llevaran a su hija.
Nadie se atrevía a acercarse al principio. El polvo levantado por los cascos se había asentado ya sobre el camino, pero él seguía mirando hacia allí, con los brazos caídos, el cuerpo vencido por una impotencia que no encontraba salida.
Marina fue la primera.
Llevaba las manos manchadas de harina. Al descubrir que todavía las tenía así, se las limpió en el delantal sin resultado. Llegó junto a Lucio y le puso una mano en el brazo.
—La han llevado con el cura —dijo, porque era lo único que se le ocurrió ofrecerle—. Don Pelayo lo ha dicho claro. Sin cadenas.
Lucio tardó en mirarla.
—Nuño la ha tocado delante de todos.
Marina bajó los ojos.
—Lo sé.
—Delante de todos.
Tomás apareció detrás de su mujer. Llevaba al más pequeño en brazos y a otro sujeto de la mano. El tercero estaba pegado a su pierna. Los niños no entendían del todo lo ocurrido, pero habían aprendido a temer cuando sus padres hablaban bajo.
Inés salió de la fragua con Orduño. Él llevaba aún el mandil de cuero, ennegrecido por el trabajo. Se lo quitó al llegar a la plaza y lo dobló entre las manos, sin saber qué hacer con él.
—Iremos a Sanabria —dijo—. Por si nos necesita.
Lucio lo miró.
—No os dejarán verla.
—Entonces estaremos fuera.
Marina asintió enseguida.
—Yo también iré.
Tomás respiró hondo. Ella se volvió hacia él.
—Le he puesto mi manto encima, Tomás. Mi manto. ¿Quieres que ahora me quede amasando pan?
Tomás no discutió. Se limitó a apretar la mano del niño.
Julián llegó desde el extremo de la aldea tirando de su mula. Se detuvo al borde de la plaza, miró a unos y a otros y escupió a un lado.
—Íñigo y su familia también se marchan —dijo.
Inés levantó la vista.
—¿Ahora?
—Ahora. Han cargado dos arcones y unas mantas. Dicen que no duermen otra noche aquí.
—¿Por Aurelia?
Julián miró hacia la casa del alfarero.
—Por miedo.
Desde las casas cercanas llegaron ruidos de puertas, de animales movidos a destiempo, de madera arrastrada.
Una mujer cruzó el camino con un fardo al pecho y dos niñas detrás.
Al ver al grupo, bajó la cabeza y apuró el paso.
Su marido la seguía con una azada al hombro, más avergonzado que convencido.
Lucio los vio alejarse.
—Mi hija les vendió las ollas con las que cocinan.
Marina apretó los labios.
—Vaya, ya se han olvidado de que pagaste los impuestos por ellos. El miedo vuelve pequeñas a las personas.
—No —dijo Orduño—. Las muestra.
Al caer la noche, Nuestra Señora del Lago ya no era la misma.
Varias casas quedaron cerradas desde fuera.
Lucio volvió al patio de su taller cuando ya no quedaba nada que mirar.
La mesa seguía puesta desde la mañana. Una escudilla de Aurelia descansaba junto al banco.
Había un paño doblado junto al hogar, una madeja de lana, un trozo de pan endurecido.
Todas aquellas cosas pequeñas tenían ahora una crueldad nueva.
No lloró al principio. Pasó una mano por la madera de la mesa, por las marcas antiguas de cuchillo, por las quemaduras de ollas calientes, por los arañazos que Aurelia había hecho de niña al intentar tallar torpemente su nombre.
Entonces dobló la espalda.
El sonido que salió de él no parecía voz humana.
Pelayo y Sancho reanudaron la marcha muy temprano.
Durante la primera legua ninguno de los dos habló.
Pelayo había dormido mal y cada vez que cerraba los ojos veía la cicatriz de Aurelia.
No la herida abierta, que no había presenciado, sino aquella línea imposible sobre la piel viva.
Veía también la cara de Nuño al descubrirla: miedo primero, triunfo después.
Y veía a la aldea reunida en torno a la muchacha, dividida entre la compasión y el espanto.
—Padre —dijo Sancho al fin.
Pelayo no lo corrigió por el tratamiento. El muchacho lo usaba cuando estaba inquieto.
—¿Creéis que puede ser obra de Dios?
Pelayo mantuvo la vista en el camino.
—Si lo creyera con claridad, no iría a Astorga.
Sancho tragó saliva.
—¿Y del demonio?
—Si lo creyera con claridad, tampoco iría.
El joven meditó la respuesta.
—Entonces ¿qué creéis?
—Creo que una mujer fue herida por un hombre que ahora la acusa.
Creo que esa mujer debería estar muerta.
Creo que una aldea pobre ha logrado pagar deudas que habrían quebrado a muchas otras.
Creo que un ermitaño del lago aparece en demasiados testimonios, siempre cerca de hechos que nadie sabe explicar.
Creo que Nuño miente en parte y teme en parte.
Creo que la muchacha sabe más de lo que dice.
Sancho lo escuchó con atención.
—Pronunciáis muchos «creo», padre.
Siguieron adelante. El sol empezó a levantar por detrás de ellos, débil y blanco.
Pelayo pensó en el obispo de Astorga, en su manera de escuchar con los dedos unidos bajo la barbilla, en aquella mirada que parecía medir no solo las palabras, sino la utilidad de quien las pronunciaba.
Había acudido a él muchas veces a lo largo de los años.
Disputas de diezmos, reliquias dudosas, eremitas demasiado venerados por aldeanos crédulos, mujeres acusadas por vecinos envidiosos, sanadores que mezclaban rezos con hierbas y supersticiones.
Siempre había encontrado exageración, ignorancia, codicia o miedo.
—En toda mi carrera —dijo, más para sí que para Sancho— he visto hombres llamar milagro a la casualidad y llamar demonio a aquello que les incomodaba.
He visto reliquias falsas, visiones compradas, enfermos curados por la fiebre y por el tiempo.
He visto a madres acusadas de maleficio por enterrar a demasiados hijos.
He visto a viejos temer a una sombra porque ya no distinguían bien la luz.
Sancho lo miró. Pelayo continuó:
—Siempre había una grieta. Un interés. Un testimonio torcido. Una razón humana.
—¿Y aquí?
Pelayo apretó las riendas.
—Aquí también las hay.
—Pero no todas.
El arcediano volvió el rostro hacia él. Sancho bajó los ojos, arrepentido de haber hablado tan claro.
Pelayo no lo reprendió.
—No todas —admitió.
Al mediodía descansaron junto a una fuente. Pelayo bebió despacio, se mojó la nuca y permaneció un rato mirando el agua correr entre las piedras.