La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 38
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 38

«La detención»

Pelayo encontró a Nuño en la sala alta de la fortaleza, junto a una ventana estrecha.

La luz entraba inclinada, marcada por el polvo que flotaba entre las vigas.

Sobre la mesa había varios pergaminos abiertos, un jarro de vino sin tocar y una vela consumida hasta la mitad, aunque todavía era de día.

—Me han dicho que pensáis marcharos —dijo Nuño sin volverse.

Pelayo cerró la puerta a su espalda y echó el pestillo.

—He hablado con quienes debía hablar.

—¿Con quiénes debíais hablar?

—Con los tres soldados que enviasteis al lago, con Rodrigo, con el monje de San Martín de Castañeda y con el propio ermitaño —dijo Pelayo—. He oído recuerdos deformados por el miedo, la vergüenza o el vino. También mentiras.

Nuño se volvió. Tenía el rostro pálido, hundido por las noches en vela. Bajo los ojos, las sombras le endurecían la expresión.

—Os burláis de mí.

—Os digo lo que he encontrado.

—Habéis encontrado lo que queríais encontrar.

Pelayo avanzó hasta la mesa. No tomó asiento. Miró los pergaminos sin tocarlos y luego al señor de Sanabria.

—He encontrado hombres asustados. Eso no prueba que el demonio ande por Sanabria. El miedo agranda las cosas. Un ruido en el bosque acaba siendo una voz; una luz sobre el agua, fuego del infierno; un ermitaño extraño, servidor de Satanás.

Nuño apretó la mandíbula.

—Llamáis extraño a un hombre que se oculta en el lago y que ha hecho regresar de la muerte a una mujer.

—Hablo de un hombre del que nadie sabe casi nada.

—Eso debería bastaros.

—Insuficiente para condenar a nadie.

Nuño apartó la mirada hacia la ventana. Los montes se extendían oscuros más allá de las murallas, y tras ellos, invisible desde allí, quedaba el lago.

—Os creía más prudente.

—La prudencia no consiste en prender fuego a todo aquello que no comprendemos.

—¿Y qué haríais vos? ¿Esperar a que ese hombre decida a quién salva y a quién deja morir? ¿Esperar a que la aldea entera se arrodille ante él porque cura enfermedades, paga deudas y devuelve muchachas al mundo de los vivos?

—¿Os preocupa el demonio —preguntó Pelayo— o que haya hombres que os teman menos que antes?

Nuño cruzó la sala en dos zancadas. Se detuvo muy cerca de él. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa.

—Cuidado.

Pelayo no retrocedió.

—Eso mismo os digo.

Desde el patio llegó el golpe de un cubo contra la piedra, el relincho de un caballo, una orden breve de algún mozo.

Nuño respiró hondo por la nariz.

—Decís que habéis hablado con todos.

—Con todos los que podían aportar algo.

—No habéis hablado con ella. Con la única que puede decir qué le hizo ese hombre. La única que estaba muerta y ahora respira.

Pelayo alzó los ojos.

—Nadie ha probado que estuviera muerta.

—Yo sé lo que vi —dijo Nuño.

—Eso tendréis que explicarlo mejor.

—Lo explicaré cuando ella esté delante.

Pelayo sostuvo su mirada.

—No sois vos quien llevará este asunto.

—Soy el señor de estas tierras.

—Y yo soy quien debe determinar si aquí hay pecado, engaño o simple locura.

—Entonces determinadlo. Pero hacedlo con la mujer delante. Miradla a los ojos. Preguntadle qué trato tiene con el ermitaño y después decidme que todo esto son temores de campesinos.

Pelayo rodeó la mesa y tomó uno de los pergaminos. Lo leyó sin verdadera necesidad, solo para concederse un margen antes de aceptar.

—Iré a la aldea.

Nuño pareció enderezarse.

—Mandaré hombres.

—¿He dicho que vaya a detenerla?

—Vendrá a Sanabria.

—Vendrá si hay motivo.

—El motivo existe.

Pelayo apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia él.

—Escuchadme bien. No permitiré que convirtáis una pesquisa eclesiástica en una venganza personal. Si esa mujer debe ser interrogada, lo será bajo mi autoridad. Si hay culpa, se determinará. Si no la hay, quedará libre.

Pelayo recogió su capa del respaldo de una silla. Nuño fue hasta la puerta y la abrió antes que él. Al otro lado, dos soldados aguardaban junto al muro. Se irguieron al ver a su señor.

—Preparad una escolta —ordenó Nuño—. Diez hombres.

Pelayo lo miró.

—Esto no es la guerra.

—Ya. Vamos al lago.

—A Nuestra Señora del Lago.

—Está bastante cerca.

Pelayo no corrigió la frase. Comprendió que, para Nuño, la muchacha, el ermitaño y el lago eran la misma amenaza.

Nuño bajó la escalera sin esperarle, dando órdenes a medida que avanzaba. Los criados se apartaban de su camino. Los soldados acudían con lanzas, correajes y rostros tensos. La noticia se extendió por la fortaleza antes de que nadie la pronunciara entera.

Iban a buscar a la hija del alfarero.

En el patio, el aire olía a cuero, estiércol y hierro.

Un caballo golpeaba la tierra con una pata.

Un soldado se santiguó al oír mencionar el nombre de Aurelia.

Otro le murmuró algo al oído y ambos miraron hacia el oeste, hacia la senda que bajaba entre los árboles.

Pelayo vio aquellas miradas. Si no caminaba junto a ellos, la razón llegaría tarde a la aldea.

Los cascos de los caballos sonaban sobre las piedras, las correas crujían y las lanzas golpeaban de vez en cuando contra los escudos. El señor de Sanabria no apartaba la vista del sendero. Llevaba una mano sobre el pomo de la espada.

—Decid a vuestros hombres que bajen las lanzas —dijo Pelayo.

Nuño miró hacia delante.

—Mis hombres saben cumplir órdenes.

—Entonces dadles una.

Nuño volvió la cabeza. Durante un trecho solo se oyó el paso de la comitiva. Después alzó la voz.

—Bajad las lanzas.

Los soldados obedecieron, pero algunas puntas siguieron demasiado altas.

La aldea apareció al doblar el camino. Una mujer que cargaba un cesto se detuvo al verlos llegar. Dos niños salieron corriendo hacia una casa. Un perro empezó a ladrar y recibió una patada de su dueño para hacerlo callar. Un postigo se cerró. Luego otro.

Lucio se volvió al oír los caballos y dejó sobre una tabla la pieza que estaba moldeando. Aurelia salió de la casa detrás de él, limpiándose las manos en el delantal, sucio de harina y ceniza. Llevaba el cabello recogido sin cuidado y los brazos descubiertos hasta el codo.

—Mi señor —dijo Lucio, inclinando la cabeza con torpeza—. Reverendo.

Pelayo desmontó antes que Nuño.

—Buscamos a vuestra hija —dijo.

—Aquí está. ¿Qué sucede?

Nuño bajó del caballo. Sus botas golpearon el suelo con firmeza. Miró a Aurelia de arriba abajo.

—Que vendrá con nosotros.

Pelayo levantó una mano.

—He venido a hacer preguntas.

—Hacedlas en Sanabria —espetó Nuño.

—Las haré donde convenga.

Lucio dio otro paso, cada vez más pálido.

—¿Preguntas sobre qué? Mi hija no ha hecho nada.

Se colocó delante de Aurelia, con los brazos abiertos y el cuerpo vencido por la edad y el miedo. Uno de los soldados avanzó hacia ellos.

Aurelia tomó a su padre por la manga.

—Padre, apartaos.

—Calla.

La orden de Lucio sonó débil, pero tenía toda la fuerza que podía reunir.

—Reverendo, os lo ruego. Decidme de qué se le acusa —dijo Lucio.

Pelayo abrió la boca, pero Nuño se adelantó.

—De trato con fuerzas malignas.

Un murmullo recorrió la aldea. Marina se santiguó desde el molino. Alguien cerró una puerta de golpe.

—¿Qué tonterías son esas? —negó Lucio.

—Apartadlo —ordenó Nuño.

Dos soldados se movieron a la vez. Pelayo se giró hacia ellos.

—He dicho que hablaré con ella.

Lucio apretó los puños, vio las manos de los soldados acercarse a Aurelia y perdió la poca prudencia que le quedaba.

Empujó al primero con el hombro. La vara de una lanza le alcanzó en el costado y lo lanzó contra la mesa de trabajo.

Varias piezas cayeron al suelo. Aurelia gritó su nombre y quiso ir hacia él, pero otro soldado la sujetó por el brazo.

—Soltadla —dijo Pelayo.

El soldado miró a Nuño.

—Soltadla —repitió Pelayo, esta vez con la voz más baja.

El hombre obedeció. Aurelia se arrodilló junto a su padre. Lucio respiraba con dificultad, una mano sobre las costillas, los ojos llenos de lágrimas de dolor y rabia.

—Estoy bien —murmuró él.

Aurelia le tocó la cara a Lucio y se levantó despacio. Su mirada pasó de su padre a los soldados y después a Nuño. Lucio luchaba por incorporarse; los hombres permanecían tensos alrededor de las lanzas; los vecinos aguardaban en silencio junto a las puertas.

—¿A qué debo responder? —preguntó Aurelia.

Pelayo dio un paso hacia ella.

—A preguntas sobre el ermitaño del lago.

El color abandonó el rostro de Aurelia.

—Ahí está —dijo Nuño señalando a Aurelia con un dedo—. Preguntadle por la herida, Pelayo.

Aurelia bajó una mano hacia el vientre. No llegó a tocarse. El gesto quedó suspendido sobre la tela. Pelayo también lo vio.

—El señor de Sanabria afirma que os hirió junto al lago —dijo Pelayo.

—Iba a por arcilla. Me defendí porque el señor no era dueño de sus actos. Fingí para que me dejaran en paz.

—¡Miente! —vociferó Nuño.

—Mi hija no miente —dijo Lucio.

Un soldado le empujó el hombro con la vara de la lanza para mantenerlo en el suelo. Aurelia dio un paso hacia él, pero Pelayo levantó una mano.

—¿Fuisteis herida?

Aurelia tragó saliva.

—Caí rodando.

Nuño dio otro paso.

—Caísteis. ¿Sobre qué? ¿Sobre una rama? ¿Sobre una piedra? ¿Sobre el cuchillo que os abrió el vientre?

El murmullo se extendió entre los vecinos.

Pelayo se volvió hacia él.

—Basta.

—Exigidle que os muestre dónde tiene la marca. Que la muestre.

—He dicho que basta.

Nuño clavó los ojos en Aurelia. La piel de sus mejillas había adquirido un tono grisáceo, pero la voz le salió firme.

—Rodé hacia el agua —dijo Aurelia—. El señor me dio por muerta y se marchó.

Los dedos de Nuño se crisparon junto a la empuñadura de la espada.

Pelayo intervino antes de que diera otro paso.

—Si hay una herida, será examinada con decoro.

—¿Con decoro? —exclamó Nuño—. Esa mujer estaba abierta en el suelo. La sangre le salía entre las manos. La dejé allí porque ningún cuerpo podía vivir con esa herida.

Pelayo abrió los ojos.

—¿La dejasteis moribunda?

Nuño respiró por la boca.

—Cayó al lago herida de muerte —dijo al fin.

—Eso no es lo que acabáis de admitir.

—He dicho lo que todos saben.

Pelayo dio un paso hacia él.

—Habéis dicho que la dejasteis allí.

Nuño miró alrededor. Todos lo observaban. Se volvió hacia Aurelia y la señaló con el brazo extendido.

—¡Miradla! ¡Está viva! ¡Debería estar pudriéndose bajo la tierra y está aquí, con las manos limpias, delante de todos vosotros!

Aurelia retrocedió hasta chocar con el quicio de la puerta.

—Preguntadle qué hizo el ermitaño —insistió Nuño—. Y qué precio pagó para volver.

—Reverendo —imploró Aurelia.

—Nadie va a haceros daño —dijo Pelayo.

Nuño se volvió hacia él con una mueca amarga.

—Todavía la defendéis.

—Estoy intentando averiguar la verdad.

—La verdad está debajo de esa tela.

Pelayo se interpuso. Nuño cargó con el hombro y lo desplazó contra la mesa, arrastrado por una furia que llevaba días creciendo.

Antes de que el clérigo recuperara el equilibrio, ya había alcanzado a Aurelia.

Le prendió el delantal con una mano y tiró de la tela hacia un lado. La costura cedió con un chasquido seco.

Aurelia soltó un grito ahogado.

Desde el suelo, Lucio se revolvió con un rugido y trató de levantarse. Dos soldados cayeron sobre él y lo sujetaron por los brazos antes de que pudiera llegar hasta su hija.

—¡Basta! —ordenó Pelayo.

El tirón había rasgado el delantal y la túnica. Aurelia se cubrió con los brazos, encogida contra el quicio, pero la marca estaba a la vista entre los pliegues rotos: una línea fina, rosada y limpia.

Pelayo la miró con el estómago encogido. Había visto cortes cerrados con hilo basto, carne quemada para detener la sangre, fiebres que pudrían los bordes de una herida. Sabía qué dejaba el hierro cuando entraba hondo.

Aquella marca no pertenecía a ningún saber de los hombres.

Nuño tenía la boca entreabierta. Había buscado una llaga, una señal grotesca, algo que pudiera exhibir ante todos. La cicatriz ofrecía una curación limpia, delicada, casi reciente, y convertía su acusación en algo más terrible de lo que él mismo había imaginado.

Aurelia se recogió la ropa contra el cuerpo. Tenía el rostro encendido de vergüenza, pero los ojos seguían secos.

—Reverendo.

Pelayo cerró la boca. La palabra se le quedó atrapada detrás de los dientes.

La aldea comenzó a murmurar.

—Dios nos guarde.

—Santa María.

—Está marcada.

Una mujer cayó de rodillas. Otra tiró de sus hijos hacia dentro de la casa y cerró la puerta. Los soldados retrocedieron medio paso, con las lanzas todavía apuntando hacia Aurelia.

Nuño recuperó la voz.

—Ahí lo tenéis.

—Cubridla —dijo Pelayo.

Nadie se movió.

—Cubridla —ordenó, alzando la voz.

Marina salió de entre los vecinos con un manto entre las manos. Caminó hacia Aurelia con pasos cortos, los ojos clavados en el suelo. Al llegar a ella, le puso la tela sobre los hombros y se apartó deprisa, santiguándose.

Aurelia cerró el manto sobre su cuerpo.

Pelayo se volvió hacia Nuño. Tenía la voz baja, pero todos lo escucharon.

—Vendrá a Sanabria.

Lucio dejó escapar un gemido.

—No. Por caridad.

—Vendrá bajo custodia de la Iglesia —dijo Pelayo—. Nadie volverá a tocarla sin mi permiso.

Nuño sonrió. La victoria le iluminó el rostro durante un breve latido.

—Por fin.

—Y vos también responderéis a mis preguntas.

La sonrisa desapareció.

Pelayo hizo una señal a dos soldados.

—Que camine sin cadenas.

Nuño abrió la boca para protestar.

—Sin cadenas —repitió Pelayo.

Los soldados se miraron, inseguros. Uno de ellos señaló el camino con la lanza, evitando acercarse demasiado.

Aurelia se agachó junto a Lucio. Le tomó la mano. Él intentó hablar, pero el dolor le cerró la garganta.

—Escuchadme —susurró ella—. No hagáis nada.

Lucio negó con la cabeza, desesperado.

—Aurelia…

—Nada, padre.

Le apretó los dedos y se levantó antes de que los soldados perdieran la paciencia. Al pasar junto a Pelayo, sostuvo su mirada.

—Si buscáis pecado —dijo—, empezad por quien me dejó en el bosque.

La escolta se abrió para dejarla pasar. Los aldeanos retrocedieron a ambos lados del camino. Aurelia caminó entre ellos envuelta en el manto, apretándolo contra el pecho, con el labio tembloroso.

Cuando la comitiva tomó el camino de Sanabria, Pelayo miró una vez hacia el lago oculto tras los árboles. Por primera vez desde el comienzo de la pesquisa, deseó no haber hablado con el ermitaño.