LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 37
«El pescador ermitaño»
—El ermitaño nunca nos ha dado problemas —dijo el hermano Martín.
Sancho permanecía algo retrasado, junto al muro, atento a la voz del abad y a las reacciones del arcediano.
En San Martín nadie les había opuesto resistencia, pero tampoco habían mostrado esa docilidad servil que a veces adoptaban los hombres ante un enviado de Astorga.
Martín parecía cansado, no temeroso, y esa diferencia interesó a Pelayo más que cualquier declaración solemne.
—Eso mismo me han dicho en Sanabria —respondió al fin—.
Nadie parece tener queja de él, nadie recuerda disputa grave ni se atreve a señalarlo con claridad.
Es una situación curiosa. Cuando un hombre vive apartado durante tantos años, suele despertar devoción o recelo.
A veces ambas cosas. En cambio, vuestro ermitaño parece haber pasado por la comarca sin dejar más rastro que su nombre.
Martín apoyó las manos sobre el bastón. Antes de hablar, miró hacia la puerta, donde el ruido del monasterio llegaba amortiguado: pasos, una voz distante, el roce de una carga arrastrada sobre piedra.
—Tal vez porque no busca dejar rastro. Si venís buscando herejías, prodigios o señales del demonio, me temo que habéis cabalgado hasta aquí por una historia que no encontraréis en mi boca.
Sancho bajó la mirada, quizá para ocultar una sonrisa ante aquella franqueza. Pelayo, en cambio, se inclinó un poco hacia el monje.
—Habéis nombrado muchas cosas que yo no he mencionado.
—Porque son las que suelen preocupar a los hombres cuando preguntan por quien vive solo. Y vos no habéis venido desde Astorga para saber si un ermitaño compra aceite o remienda sus redes.
Martín hablaba con la serenidad de quien había visto envejecer a demasiados hombres importantes para impresionarse por otro más. Pelayo aceptó aquella pequeña resistencia sin molestia. Los testigos que pensaban antes de responder resultaban incómodos, pero también más útiles.
—Os pregunto entonces por lo que sabéis, no por lo que sospecháis de mi visita. ¿Desde cuándo lo conocéis?
Martín tardó en precisar la respuesta. No parecía dudar del hecho, sino del valor que debía concederle.
—Cuando llegué al monasterio, el ermitaño ya vivía junto al lago.
Yo era muchacho. Más joven de lo que conviene a nadie cuando abandona la casa de sus padres.
Si queréis una cifra exacta, no puedo darla sin mentir.
Quince años, tal vez alguno más. Desde entonces he envejecido aquí, he visto morir a hermanos que me parecían viejos cuando yo entré, he visto cambiar priores, rentas y costumbres.
Y el lago ha seguido en su sitio. También la cabaña.
Pelayo no apartó la vista de él.
—Hablamos de más de cuarenta años.
—Sí.
—Y durante todo ese tiempo habéis conocido al ermitaño.
Martín aceptó la frase con un leve movimiento de cabeza, aunque algo en su expresión dejó claro que no la habría formulado de ese modo.
—He conocido al ermitaño más como presencia que como trato —dijo—. Para nosotros ha sido siempre eso: el hombre que vive junto al lago. Sabemos que está allí, que no molesta y que nadie viene a quejarse de él. No tratamos con él.
—¿Recordáis su rostro cuando vos erais joven?
Martín miró sus manos, nudosas sobre la empuñadura del bastón. La edad convertía ciertos recuerdos en piezas gastadas: conservaban la forma general, pero habían perdido los bordes.
—Recuerdo la impresión que me causó. Yo era muchacho y él me pareció un hombre hecho, fuerte.
Ahora, cuando pienso en él, me viene a la memoria algo parecido.
Pero los años mezclan los rostros, arcediano.
Un hombre apartado, un sayal, una cabaña junto al agua…
La mente acaba poniendo un mismo nombre sobre figuras que quizá no fueron una sola.
Sancho levantó la vista. Pelayo no necesitó mirarlo para saber que también había entendido.
—Podría haber habido otro antes —dijo el arcediano.
Martín no negó la posibilidad.
—Podría.
—Un ermitaño muere, otro ocupa la cabaña y la gente conserva el nombre.
—En este mundo los cargos duran más que los hombres —respondió Martín—. También los apodos. No veo por qué habría de ser distinto junto al lago.
La explicación era limpia. Una muchacha a la que nadie vio morir.
Un ahogado que quizá no estuvo bajo el agua tanto tiempo como aseguraba Rodrigo.
Soldados asustados por el fuego, la noche y sus propias culpas.
Y ahora un ermitaño antiguo que tal vez no era un hombre antiguo, sino una costumbre mantenida por varias vidas sucesivas.
Cada pieza encontraba acomodo por sí sola. Ninguna exigía recurrir a prodigios.
Pelayo apoyó una mano sobre el brazo de la silla, pero no se levantó todavía.
—¿Nunca os habló de su pasado? ¿De dónde venía, quién le permitió instalarse allí?
Martín negó con calma.
—Nosotros rara vez salimos del monasterio. Puede haber existido una nota, una licencia, una memoria perdida entre cuentas y donaciones. También puede no haber existido nunca. Hay hombres que llegan a un lugar, se quedan y, cuando nadie los echa, el tiempo acaba pareciendo permiso.
—¿Y los aldeanos? ¿Lo temen?
—La gente evita lo que no entiende, y no por ello todo lo desconocido merece una hoguera.
Si preguntáis si ha causado daño, os diré que no.
Si preguntáis si lo conozco bien, también tendré que responder que no.
Y si preguntáis si pondría mi alma como garantía por la suya, os diré que bastante tengo con responder de la mía.
Pelayo se permitió entonces una leve sonrisa.
—Habláis con prudencia.
—Hablo con edad.
La frase habría podido cerrar la conversación, pero Pelayo no se levantó. Dejó que el silencio se asentara entre los tres, no por indecisión, sino para ver si el monje añadía algo más. Martín no lo hizo. Permaneció con las manos sobre el bastón, mirándolo sin servilismo.
—Decís que no lo conocéis bien —continuó Pelayo—. ¿Y a la gente que trata con él?
Martín lo miró con una cautela nueva.
—No sabría deciros quién trata con él. El lago no es una sala capitular. Pastores, pescadores, vecinos de la aldea… cualquiera puede acercarse a una cabaña.
—Aurelia, por ejemplo.
El nombre produjo en el monje una reacción mínima, pero visible.
—La hija del alfarero —dijo—. Claro que la conozco. Nos trae cerámica cuando hace falta. También encargos de su padre.
—¿Os llama algo la atención en ella?
Martín movió los dedos sobre el bastón.
—Es despierta. Trabajadora. Más lengua de la que conviene, quizá, pero no mala. Tiene ojos para lo que otros no ven y boca para decirlo antes de que nadie se lo pida.
—¿Y con el ermitaño?
—He oído que se hablan. También he visto que ella no le teme, si es eso lo que queréis saber. Pero no sé más.
El arcediano se levantó, y Sancho lo imitó.
—Habéis venido buscando algo torcido —dijo el monje—. Tal vez lo haya. En Sanabria, en el lago o en cualquier corazón humano. Pero si me preguntáis por ese hombre, solo puedo deciros que vive apartado y que jamás nos ha dado motivo para acudir contra él.
—Os agradezco la franqueza.
—No os he dado gran cosa.
—Más de lo que creéis.
Martín no preguntó a qué se refería. Tal vez porque no le importaba, tal vez porque había aprendido que ciertos hombres no explicaban sus pensamientos hasta que ya habían tomado una decisión.
Cuando salieron, los caballos esperaban preparados. Sancho se acercó a Pelayo mientras el criado ajustaba las cinchas.
—¿Creéis que miente?
—En absoluto. Es el más sincero de todos con los que hemos hablado.
Sancho miró hacia el monasterio, confundido por la seguridad de la respuesta.
—Entonces el viaje ha servido de poco.
Pelayo tomó las riendas y contempló el camino que descendía hacia el lago.
—Al contrario. Si varios hombres han ocupado esa cabaña a lo largo de los años, todo encaja mejor. El viejo recuerda al ermitaño, no al hombre. La gente conserva el nombre y olvida los rostros. Un muerto es sustituido por otro, y al cabo de un tiempo nadie distingue la continuidad de la costumbre.
—Entonces no hay misterio.
Pelayo montó antes de responder.
—Eso sería lo más cómodo.
Sancho esperó, pero el arcediano no añadió nada hasta que el caballo empezó a moverse.
—Ahora falta ver al hombre.
El sendero hacia el lago descendía entre árboles y claros húmedos. Pelayo dejó que Sancho guiara durante buena parte del trayecto. Cuando alcanzaron la orilla, Marcus ya los había oído llegar.
Estaba en su roca, con la caña apoyada entre las piedras.
Volvió la cabeza hacia el sonido de los caballos, evaluó la comitiva y siguió con lo que hacía.
Pelayo advirtió ese primer detalle antes que ningún otro: había oído cascos, había visto hombres acercarse y aun así permanecía allí.
Tal vez porque no eran soldados. Tal vez porque no vio en ellos una amenaza inmediata.
O quizá porque confiaba demasiado en sí mismo.
—Buen día —dijo Pelayo al detener el caballo a cierta distancia.
Marcus levantó la vista.
—Para pescar, sí.
Pelayo desmontó y entregó las riendas a uno de sus hombres. Sancho permaneció a su lado, callado, más atento al ermitaño que al lago.
De cerca, Marcus resultaba menos fácil de colocar en ninguna categoría conocida.
No llevaba barba descuidada ni el pelo enmarañado, ni ese aspecto quebrado de quienes habían hecho de la penitencia una forma de castigo contra el cuerpo.
Estaba bien afeitado, erguido, sano. Tenía las manos de un hombre que trabajaba, pero no la torpeza de un campesino agotado.
Su ropa era sencilla, gastada por el uso, aunque limpia y compuesta con una sobriedad casi deliberada.
—Venimos de San Martín —dijo Pelayo—. El camino es más largo de lo que parece desde arriba.
—Casi todos lo son cuando se bajan a caballo.
Marcus hablaba sin apartarse de la caña, como quien acepta la presencia de unos viajeros sin concederles más importancia de la necesaria.
Pelayo caminó unos pasos hacia la orilla, sin acercarse demasiado. Quería ver si el hombre se tensaba, si protegía algo, si colocaba el cuerpo entre ellos y el agua.
—Buen sitio para descansar —comentó el arcediano.
—El lago no cobra asiento.
Sancho bajó la mirada. Pelayo fingió interesarse por la línea de árboles que bordeaba la orilla.
—Buscamos unas aldeas de esta parte. Me han dado indicaciones, pero sospecho que quien las escribió conocía mejor la tinta que los caminos.
Sacó un pergamino doblado de entre sus ropas y lo abrió con naturalidad, sin ofrecérselo del todo.
No era un mapa, sino una relación de nombres, heredades y caminos, con indicaciones para llegar de un lugar a otro, trazadas por una mano regular.
Un documento común, de apariencia aburrida; lo bastante útil para no parecer preparado.
Marcus miró el pergamino, pero no alargó la mano.
—Los caminos no cambian tanto.
—Entonces quizá entendáis mejor que yo lo que pone aquí.
Pelayo lo orientó hacia él.
Marcus bajó la vista y leyó. No siguió las líneas con la lentitud de quien descifra letras aprendidas a medias. Sus ojos fueron de un nombre a otro con una rapidez contenida, y después señaló una de las anotaciones.
—Aquí hay un error. Si tomáis este sendero después del arroyo, acabaréis más al norte de lo que queréis. El paso útil está antes, junto a unas piedras grandes. No tiene pérdida en verano. Con lluvia, sí.
Pelayo dejó que la explicación terminara antes de doblar el pergamino.
—Nos habríais ahorrado un rodeo.
—Aún podéis darlo si os gusta mirar árboles.
Esta vez Sancho no logró contener del todo una sonrisa.
Pelayo guardó el pergamino. La prueba había sido breve, limpia y suficiente. Marcus no solo había leído; había leído sin esfuerzo, había corregido la indicación y había situado el camino con una precisión impropia de quien vivía al margen de todo.
—Agradezco la ayuda —dijo.
—No era mucha.
—A veces basta con poca para no perderse.
Marcus volvió a mirar el agua.
—Eso depende de lo perdido que vaya cada uno.
La frase quedó entre ellos con una ligereza engañosa. Pelayo no encontró en el hombre deseo de impresionar, pero tampoco ignorancia. No era un aldeano suspicaz ni un penitente embrutecido por años de soledad.
El arcediano decidió probar una cosa más, pequeña, casi sin peso.
—Benedicamus Domino —dijo, mientras se ajustaba el guante.
Marcus no levantó la vista de la caña.
—Deo gratias.
La respuesta llegó sin vacilación, como un reflejo aprendido hacía mucho. Pelayo sonrió con una cortesía leve, la clase de sonrisa que no obligaba al otro a devolverla.
—No todos los viajeros tienen la fortuna de encontrar a alguien que conozca los caminos y las respuestas.
—No conozco todas las respuestas.
—¿Y los caminos?
—Algunos.
Pelayo aceptó el límite. No empujó más. Habría sido torpe convertir una charla de orilla en una pesquisa evidente.
—Que el día os dé buena pesca.
Marcus inclinó la cabeza.
—Y a vos buen camino.
Pelayo montó. Desde la silla volvió a mirar al hombre de la roca. Marcus ya había regresado a la caña, pero no parecía distraído. La figura junto al lago no estaba inquieta ni despreocupada; estaba alerta de una manera tranquila, casi incómoda de mirar.
Cuando emprendieron la vuelta, Sancho esperó hasta que hubieron dejado atrás la primera curva.
—No parece un ermitaño.
—No.
—Y no ha dicho nada que lo comprometa.
—Por eso no parece un necio.
Sancho volvió la vista atrás, aunque los árboles ya ocultaban la orilla.
—Lee. Sabe responder en latín. Habla con más soltura que muchos hombres instruidos.
—Y, sin embargo, pesca junto al lago y vive en una cabaña cochambrosa.
—Podría haber sido otra cosa antes. Un criado de casa noble. Un soldado instruido. Un monje que abandonó el hábito.
—Podría.
Sancho aguardó, pero Pelayo no añadió nada. El caballo avanzó entre manchas de luz y sombra, y durante un tramo solo se oyó el roce de los cascos sobre la tierra húmeda.
—¿Y ahora? —preguntó Sancho al fin.
El arcediano miró hacia el camino.
—Ahora pienso que cada explicación sirve mejor cuando se la mira sola.
Sancho esperó.
—Nada demuestra nada —continuó Pelayo—. Y, aun así, todo junto resulta cada vez menos cómodo.