LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 36 #3
—Cuando fuimos a recaudar impuestos a Nuestra Señora del Lago. Había rumores sobre una cabaña y pensamos que podía ser un fraude.
—¿Fuisteis con soldados?
—Sí. Iba con dos hombres de escolta.
—¿Encontrasteis al ermitaño?
—Lo encontramos.
—Describidlo.
—Alto. Fuerte. Más de lo que espera uno en un hombre que vive apartado. No parecía enfermo ni viejo. Tenía el habla serena.
—¿Os amenazó u os atacó?
—No, no al principio.
Pelayo inclinó la cabeza.
—Esa precisión suele esconder algo.
Rodrigo se removió en la silla.
—Hubo tensión. Uno de los hombres lo derribó cerca del agua. Cayó al lago.
Sancho anotó con rapidez.
—¿Qué os perturba?
Rodrigo miró hacia el párroco y luego al arcediano.
—No sabría decirlo. Estuvo con la cabeza bajo el agua mucho tiempo. Pensé que se había ahogado.
Rodrigo cerró los dedos sobre la rodilla. Su pie martilleaba el suelo.
—¿Qué recordáis? —preguntó Pelayo.
—Que no tosió.
Sancho dejó la punta del punzón quieta sobre la cera.
—¿No escupió agua ni buscó aire?
—No. Parecía molesto.
El párroco murmuró una oración entre dientes.
Pelayo alzó una mano para detenerlo.
—¿Y después?
—Nos fuimos. Vivía en la miseria y el motivo que nos había llevado al lago ya no tenía sentido.
La entrevista con Rodrigo se prolongó hasta que la luz empezó a faltar en la cámara.
Pelayo no preguntó una sola vez por demonios.
Preguntó por distancias, por voces, por quién estaba armado, por quién había bebido, por el tiempo, por la hora, por el lugar exacto donde el ermitaño había caído al agua.
Cuando Rodrigo terminó, Pelayo lo despidió con cortesía.
Al quedarse solos, el párroco parecía más nervioso que antes.
—¿Creéis que el ermitaño respira bajo el agua?
Pelayo se frotó los dedos.
—¿Cuánto es mucho tiempo debajo del agua?
—Entiendo. ¿A quién deseáis ver ahora?
—Hay que oír a los soldados que quemaron la cabaña.
—Uno de ellos me contó en confesión cosas que ahora veo inquietantes. Había bebido, y entonces no di mucho crédito a sus palabras. Habló de un ser en el agua…
—No me contéis más —interrumpió Pelayo—. Que hablen ellos. No quebrantéis el secreto de confesión.
Pelayo pidió que los soldados fueran llamados de uno en uno, sin vino, sin armas y sin la presencia de Nuño. Esa última condición provocó resistencia, pero el sello de Astorga y la firmeza del arcediano bastaron para vencerla.
El primero llegó con los hombros tensos y se lanzó al suelo frente a Pelayo. Intentó besarle la mano. El segundo se presentó sudando pese al frío. El tercero intentó bromear y dejó de hacerlo en cuanto Pelayo le preguntó su nombre completo y el de su padre.
Sancho escribió hasta que la muñeca empezó a dolerle.
—Decís que quemasteis la cabaña —dijo Pelayo.
—Sí, señor arcediano. Se nos ordenó expulsar al ermitaño de aquel paraje.
—¿El ermitaño estaba dentro?
El soldado tragó saliva.
—No lo vimos.
—¿Y qué visteis?
El hombre miró al párroco, luego a Sancho, luego a la puerta.
—Fuego.
—El fuego lo llevabais vosotros. ¿Habíais bebido?
—No estábamos ebrios, señor. El agua se movió.
Pelayo se inclinó hacia él.
—El agua se mueve por muchos motivos. Hablad claro.
El soldado cerró los ojos y tragó saliva.
—Algo salió del lago.
Sancho levantó la mirada.
—¿Algo? —inquirió Pelayo—. Eso no basta. Describidlo.
—Era grande y se movía bajo el agua más rápido que un ave en el cielo. Cuando lo vimos venir hacia nosotros, espoleamos a los caballos.
—¿Los tres lo visteis con vuestros ojos?
El soldado tardó en responder.
—Vi el agua abrirse.
—El agua no se abre sola.
El párroco se santiguó de nuevo. Pelayo volvió a alzar la mano sin mirarlo.
—¿Por qué no lo contasteis antes?
—Porque nadie cree esas cosas. Y pensarían que era el vino el que hablaba por nosotros. La gente se burla.
El arcediano aceptó aquella respuesta. Sancho dejó el punzón sobre la mesa con los dedos entumecidos. El párroco miraba las tablillas igual que si contuvieran una condena.
Pelayo, en cambio, no parecía satisfecho.
—¿Y bien? —preguntó el párroco.
—Bien, nada. He oído a un señor que necesita tener razón, a un administrador que mide cada palabra y a soldados que vieron humo, agua y pánico.
—También habéis oído que la muchacha vive y que el ermitaño no es un hombre corriente.
Pelayo apagó la lámpara más cercana con dos dedos humedecidos.
—Eso aún no lo sabemos.
Sancho lo miró, agotado y perplejo.
—¿Entonces qué sabemos, señor?
El arcediano recogió las tablillas y las ordenó por tamaño.
—Que todos mienten un poco.
El párroco abrió la boca, escandalizado. Pelayo continuó antes de que pudiera protestar.
—Nuño miente por orgullo. Los soldados, por miedo. Rodrigo, por prudencia. La pregunta es qué queda cuando apartamos esas mentiras.
—¿Y qué queda? —preguntó Sancho.
Pelayo miró hacia la oscuridad de la ventana.
—Una muchacha que dicen que debería estar muerta. Un ahogado que no tosió. Y varios hombres convencidos de que algo los atacó donde no debía haber nada.
Recogió el manto.
—Mañana iremos al monasterio de San Martín de Castañeda. Si el ermitaño lleva años junto al lago, los monjes sabrán algo de él.