La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 36 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 36 #2

—Habéis venido con escolta —observó el señor de Sanabria.

—Los caminos no siempre respetan la tonsura.

—Aquí estáis bajo mi protección.

Pelayo tomó un pedazo de pan y lo partió con los dedos.

—Lo sé. Os lo agradezco. Contadme lo ocurrido desde el principio.

—El principio es el ermitaño.

—No. El principio es aquello que vos visteis.

Nuño inclinó la cabeza, molesto por la corrección.

—Fui al lago siguiendo rumores. Se decía que nadie debía acercarse a ciertas orillas, que allí vivía un hombre extraño y que convenía dejarlo en paz. Demasiado ruido para una simple cabaña.

—¿Pensasteis en brujería?

—Pensé en rentas ocultas. Cuando los campesinos llenan un lugar de cuentos, muchas veces no buscan espantar demonios, sino recaudadores.

Tierras roturadas sin declarar, ganado escondido, colmenas, pesca, madera, quizá algún comercio con el monasterio.

Cualquier cosa que produjera beneficio lejos de mis cuentas.

—De las cuentas de Sanabria —corrigió Pelayo.

Nuño fijó en él la mirada.

—De mis cuentas mientras gobierno Sanabria.

—Por gracia del rey —dijo Pelayo—. Y mientras esa gracia dure.

Sancho fingió ordenar la tablilla. Nuño permaneció quieto, pero el golpe había entrado.

—Continuad.

—Fui a comprobarlo —dijo Nuño, con la voz más dura—. Y encontré a la hija del alfarero.

—¿La muchacha llamada Aurelia?

—Sí. Corría a encontrarse con el ermitaño, implicada quizá en tratos que ningún cristiano debía tolerar.

Se negó a responder a nuestras preguntas y, cuando habló, fue insolente e incapaz de justificar su mera presencia.

Intentó salir corriendo, pero la retuve.

Se revolvió y me marcó la cara como vos podéis ver.

Nuño vació la copa de vino de un solo trago.

—Y aprovechando que la solté para protegerme el rostro, me robó el puñal. No nos dejó otra elección.

—¿Por qué no se llevó el cuerpo a Sanabria?

Nuño apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Porque no había nada que llevar. El cuerpo cayó al lago.

—Los cuerpos flotan.

Sancho dejó el punzón quieto sobre la tablilla.

Nuño se irguió y dio un paso hacia él.

—Conviene que recordéis dónde estáis, arcediano.

Pelayo dejó el cuenco sobre la mesa.

—Lo recuerdo. Estoy en Sanabria, por mandato del obispo de Astorga.

—En mi casa.

—En la casa que ocupáis como señor de Sanabria.

—¿Habéis venido a interrogarme o a provocarme? —espetó.

—A distinguir una cosa de la otra.

—Cuidado, arcediano.

Pelayo sostuvo su mirada sin apartarse.

—Eso intento averiguar, señor. Cuánto cuidado tuvisteis vos.

Nuño apretó la mandíbula.

—Decís que la muchacha murió —continuó Pelayo—. Decís que la dejasteis en el lago. Decís que ahora vive. Pero no trajisteis cuerpo, no llamasteis al párroco, no disteis sepultura cristiana y no comprobasteis si aún respiraba.

—Sangraba y cayó al agua.

—También sangran los vivos.

—La vi morir —vociferó Nuño.

Pelayo inclinó la cabeza.

—Antes dijisteis que la visteis caer.

Nuño quedó inmóvil. Sancho escribió la frase con cuidado. Pelayo esperó.

—La vi caer herida de muerte —corrigió Nuño.

—Eso es distinto.

Nuño apartó la vista hacia el brasero. Las brasas ardían bajo una costra gris.

—Mis hombres estaban allí. Confirmarán lo que digo.

—Hablaré con ellos.

—Y con Rodrigo, mi administrador. Él conoce los sucesos del lago.

—No os preocupéis, ya hablaré con quien deba hablar.

Nuño volvió hacia él con brusquedad.

—Esa muchacha no puede seguir allí.

—¿Por qué?

—Porque es una prueba de que el ermitaño obra contra Dios.

—O de que vos os equivocasteis.

Nuño golpeó la mesa con la palma, la copa se volcó.

—No me equivoqué. ¿Por qué, si no, mandé yo mismo la carta a Astorga?

Pelayo no elevó la voz.

—Entonces no deberíais temer mis preguntas.

La entrevista terminó sin despedida amable. Nuño llamó a un criado para que condujera a los recién llegados a las estancias preparadas junto a la iglesia. Antes de salir, Pelayo recogió sus guantes y miró al joven clérigo.

—Guardad bien esas notas, Sancho.

—Sí, señor.

Nuño corrigió al joven desde el otro lado de la sala.

—Aquí lo llamaréis señor arcediano.

Sancho palideció. Pelayo volvió la cabeza hacia Nuño.

—El muchacho me llama conforme le enseñaron. No os inquietéis por tan poco.

Luego salió.

El párroco los esperaba en la iglesia, nervioso, con las manos escondidas en las mangas. Había dispuesto una cámara pequeña junto a la sacristía, limpia y seca, con dos jergones, una mesa y una lámpara de aceite. Pelayo agradeció la diligencia con una inclinación.

—¿Habéis visto a la muchacha? —preguntó.

El párroco vaciló.

—Recuerdo haberla visto durante el mercado.

—Pero la conocéis. ¿Qué sabéis de ella?

—La he tratado poco. Es hija de Lucio, el alfarero. Trabajadora. De lengua viva.

—Eso no parece una endemoniada.

El párroco hizo la señal de la cruz.

—Yo no he dicho tal cosa.

Sancho dejó las alforjas sobre la mesa. Pelayo se quitó el manto húmedo y lo colgó de un gancho.

—Me alegra. ¿Y el ermitaño?

—No suelo ir a San Martín. Nunca salió el tema hablando con los hermanos. Cualquier cosa que os diga serían habladurías.

Pelayo pidió que llamaran primero a Rodrigo. No quería dejar para más tarde al hombre que administraba las rentas, porque los administradores, según decía, solían recordar aquello que los señores deformaban por orgullo y los soldados por miedo.

Rodrigo acudió al caer la tarde. Entró con una cautela distinta a la de Nuño. Saludó al arcediano con una reverencia y no se sentó hasta que se lo indicaron.

Pelayo lo invitó a hablar.

—¿Conocéis al ermitaño del lago?

—Lo he visto.

—¿Cuándo?

Rodrigo ordenó sus recuerdos antes de responder.