LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 36
«El enviado de Astorga»
Nuño evitó el camino principal. Antes de aproximarse a las primeras casas, ordenó a sus hombres desmontar y dejar los caballos entre los robles, al abrigo de cualquier mirada.
No había elegido a aquellos hombres por azar: eran los mismos que lo habían acompañado junto al lago, los mismos que habían visto caer a Aurelia y los mismos que, después, habían guardado silencio por miedo, por obediencia o por simple conveniencia.
Desde la ladera se veía la aldea de Nuestra Señora del Lago, recogida en torno a sus corrales, con las techumbres de paja y las columnas de humo elevándose hacia un cielo bajo.
En la plaza, una mujer mayor cruzaba con un cesto al brazo, un muchacho cargaba leña junto a una puerta y dos gallinas escarbaban al pie de un muro.
Todo tenía la misma calma de cualquier mañana campesina.
Nada allí parecía recordar la sangre derramada ni anunciaba la muerte que él había dejado atrás.
Permanecieron tras unos matorrales; Nuño, con la capa cerrada hasta el cuello, mantenía una mano sobre la empuñadura de la espada.
—Esa debe ser la casa del alfarero —murmuró—. Acércate por detrás sin que te vean. Quiero saber si está dentro.
El elegido miró al compañero que se quedaba junto a Nuño. Abrió la boca, pero la cerró al ver el gesto de su señor. Bajó agachado por la pendiente, usando los cercados y las tapias como amparo hasta que se perdió entre unas zarzas cercanas al arroyo.
Nuño volvió los ojos hacia la casa, y el recuerdo regresó con una nitidez áspera: Aurelia enfrentándose a él, la rabia y el desprecio con que le sostenía la voz; después, la hoja hundiéndose, el calor de la sangre en su mano y el cuerpo vencido sobre la tierra, con el rostro ya sin color.
Un golpe de viento agitó las ramas de los robles. El crujido del bosque le pareció una advertencia.
—La vimos caer —dijo el hombre que se había quedado junto a él.
Nuño giró la cabeza.
—¿Qué has dicho? Repítelo.
—Que la vimos caer —titubeó el soldado—. Todos. Yo mismo pedí darle paz.
Nuño apretó la mandíbula.
—Yo no te he pedido consuelo.
El hombre retrocedió medio paso. Durante un rato solo oyeron el viento y el rumor del agua entre las piedras.
Nuño empezó a sentir frío en los dedos, aunque la mañana no era tan dura.
El frío no venía del aire. Le subía desde dentro, desde alguna parte que no obedecía ni a la voluntad ni al orgullo.
Aurelia salió al patio con una jarra en la mano.
Nuño dejó de respirar. No iba vendada ni caminaba con torpeza.
No parecía una enferma arrancada a la tumba.
Llevaba el cabello recogido de cualquier manera, una falda sencilla y un delantal manchado de barro.
Se detuvo junto al pilón, vertió agua en un cuenco y dijo algo a alguien dentro de la casa.
Su voz no llegó hasta la ladera, pero Nuño reconoció el movimiento de sus labios, la viveza de sus gestos, aquella forma insolente de alzar la barbilla incluso en las tareas más simples.
Era ella. No una hermana ni una muchacha parecida. Era Aurelia.
Nuño sintió que la sangre se le retiraba del rostro. El soldado que estaba a su lado hizo la señal de la cruz.
—Señor…
—Calla.
—Pero…
Nuño lo agarró por la pechera y tiró de él hasta tenerlo cerca.
—He dicho que calles.
El hombre asintió con la cara rígida.
Abajo, Aurelia volvió a entrar en la casa. La puerta quedó entornada. La aldea siguió con su vida. Una mujer llamó a un niño. Un perro ladró. El humo continuó saliendo de las chimeneas.
El hombre enviado a espiar regresó poco después, pálido. Venía agitado, pero cuidó de no elevar la voz hasta alcanzar la protección de los árboles.
—Es ella —dijo.
Nuño lo miró con tal dureza que el hombre añadió enseguida:
—La vi de cerca, señor. Desde el muro trasero. Hablaba con su padre. Caminaba sin ayuda.
—¿Su padre estaba con ella?
—Sí.
—¿Y el ermitaño?
—No vi a nadie más. Hay que marcharse de aquí.
Nuño soltó el aire por la nariz.
—Nadie se marcha hasta que yo lo diga.
—Señor, esa mujer estaba casi muerta.
Nuño dio un paso hacia él.
—¿La viste morir?
El hombre palideció.
—Le colgaban las entrañas.
—¿Buscaste su aliento? ¿Pusiste la mano sobre su pecho para sentir el corazón?
—No, señor.
—Entonces no digas que estaba muerta.
Miró de nuevo hacia la aldea. La casa de Lucio parecía más pequeña desde allí, casi pobre. Una casa de piedra, barro y madera. La casa de un artesano. Sin embargo, detrás de aquella puerta había una muchacha que no debía respirar. Y más allá, el lago. El maldito lago.
—Volvemos a Sanabria —dijo.
Montaron lejos de la aldea y tomaron el camino sin formar columna, con los caballos al paso hasta dejar atrás los campos. Nuño no volvió la cabeza. No quería conceder a sus hombres el espectáculo de verlo mirar una vez más.
Cuando las murallas de Sanabria aparecieron sobre la elevación, Nuño sintió alivio y rabia al mismo tiempo.
Aquella villa era suya todavía. Sus puertas, sus casas, sus hombres, sus rentas, sus penas.
Allí su palabra seguía pesando más que la de cualquier alfarero, cualquier muchacha o cualquier ermitaño.
Lo que había visto en Nuestra Señora del Lago no pertenecía al orden de los pleitos, los tributos ni los castigos.
Si Aurelia vivía, alguien la había levantado de la muerte.
Si la había salvado el ermitaño, no era un ermitaño.
Si no era obra de Dios, solo quedaba otra fuerza.
Y Nuño no podía permitir que esa fuerza arraigara en sus tierras.
Entró en Sanabria sin saludar a quienes se apartaban a su paso. Ordenó que llevaran los caballos a las cuadras y se dirigió directamente a la iglesia. El párroco estaba junto a una mesa lateral, revisando unas cuentas con un ayudante.
Al ver entrar a Nuño, se puso en pie.
Nuño avanzó hasta él con el barro aún en las botas.
—Necesito que escribáis a Astorga. Hoy.
El párroco parpadeó, desconcertado.
—¿A Astorga? ¿Qué asunto debo comunicar?
La luz entraba débil por los vanos altos y dejaba el altar en una penumbra dorada. Allí, bajo la cruz, las palabras parecían más graves.
—Hay una muchacha en la aldea del lago que debería estar muerta.
El párroco no habló.
Nuño volvió hacia él una mirada dura.
—Y no lo está.
El ayudante dejó de mover las manos sobre los papeles.
—Señor… quizá hubo un error.
—Escribiréis que se requiere juicio de hombres doctos. Que hay sospecha de pacto impío. Que un ermitaño del lago obra contra la naturaleza y engaña a las gentes sencillas.
—Eso es una acusación grave —dijo el párroco.
—Por eso vais a escribirla.
—Necesitaré detalles.
Nuño se acercó más.
—Tendréis detalles, testigos y nombres. Pero antes quiero un mensajero preparado.
El párroco sostuvo su mirada con dificultad.
—¿Y qué pedís exactamente de Astorga?
Nuño tardó en hablar, porque en ese momento comprendió el verdadero alcance de lo que iba a poner en marcha.
—Que envíen a alguien con autoridad —dijo al fin—. Alguien que sepa reconocer la obra del demonio cuando la tenga delante.
Fuera, en la plaza, sonó una campana menor. Un toque breve, cotidiano. Pero Nuño sintió un escalofrío.
—Escribid —ordenó.
Y el párroco, tras mirar una última vez hacia el altar, buscó pergamino, pluma y tinta.
Unos días después, el mensajero de Astorga llegó con una carta sellada: se enviaría a Sanabria a don Pelayo de Astorga, arcediano de la sede asturicense y hombre de confianza del obispo, con potestad para oír testimonios, examinar los hechos y determinar si convenía elevar el asunto a autoridad mayor.
No se hablaba de demonios en el escrito ni de milagros. La carta se cuidaba de no conceder crédito a nada antes de tiempo.
—¿No viene el obispo? —dijo Nuño.
El párroco, que había acudido a la residencia de Nuño para recibir la respuesta, bajó los ojos hacia el sello.
—Viene quien puede venir por mandato suyo.
—Pedí autoridad.
—Y os la envían. Un arcediano no es poca cosa, señor.
—No es el obispo.
—No. Pero habla con su voz mientras dure la pesquisa.
Nuño lanzó una copa de vino contra la pared.
—Cuando llegue, lo recibiré yo. Hablará primero conmigo.
El párroco inclinó la cabeza.
—Así lo dispondré.
Don Pelayo llegó a Sanabria al tercer día después del mensajero.
Venía a caballo, envuelto en un manto oscuro que le cubría las ropas de viaje, acompañado por un clérigo joven, un escolta armado y un mozo que llevaba las alforjas.
El escolta era ancho de hombros, de barba corta y mirada alerta.
El clérigo, en cambio, parecía más hecho para los libros que para los caminos.
Sujetaba la brida con torpeza, aunque procuraba disimularlo.
Pelayo tendría algo más de cuarenta años, quizá cerca de cincuenta. El rostro estrecho, la nariz prominente y la boca de labios finos le daban un aire severo incluso antes de hablar.
Nuño salió a recibirlo en el patio interior.
—Arcediano.
Pelayo desmontó y entregó las riendas al mozo.
—Señor de Sanabria.
Nuño no estaba acostumbrado a que nadie entrara en su casa sin bajar la mirada. Pelayo, por su parte, no parecía hombre dispuesto a ofrecer obediencia donde solo debía respeto.
—Os esperaba antes —dijo Nuño.
—El camino no mejora por esperarlo con impaciencia.
El escolta permaneció junto al caballo, atento a las ventanas y a los criados.
—El asunto es grave —continuó Nuño.
—Eso decía vuestra carta.
—La escribió el párroco.
—Con vuestras palabras, imagino.
Nuño apretó los dedos sobre el cinto.
—Con mis hechos.
Pelayo lo estudió sin prisa.
—Entonces será mejor oírlos bien.
Los condujeron a una sala baja, resguardada del frío por un brasero. Nuño hizo servir vino caliente, pan, queso y carne seca. Pelayo aceptó el pan y el queso, rechazó el vino y pidió agua. El clérigo joven hizo lo mismo tras una rápida mirada a su superior.
—Este es Sancho —dijo Pelayo, señalándolo—. Escribirá cuanto sea necesario.
Sancho sacó de una bolsa un manojo de tablillas enceradas y un punzón. Se sentó algo apartado, con la espalda rígida, procurando no mirar demasiado a Nuño.