La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 35
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 35

«Las veinte monedas»

La mañana había nacido clara. La rueda del molino giraba empujada por una corriente pobre que alcanzaba para mantenerla viva, pero insuficiente para moler el grano.

Más allá de las primeras casas, varios vecinos trabajaban la tierra con la cabeza inclinada y los hombros acostumbrados al esfuerzo.

Sentado junto a la entrada al taller, Lucio trabajaba en el torno.

Una buena olla, sin adornos, que se sumaba al lote que estaba preparando para el mercader Gonzalo.

Un niño apareció corriendo desde el camino del sur.

—¡Vienen jinetes!

El niño señaló hacia atrás con el brazo entero, sin detenerse, y siguió hasta la casa más próxima para repetir el aviso.

El alfarero retiró las manos del torno, mojó los dedos en un cuenco y dejó que la pieza completara sola la última vuelta.

Rodrigo entró en la aldea al trote, seguido por cuatro hombres que avanzaban con la atención repartida entre las casas, los corrales y las pocas calles de tierra. Desmontó en la plaza, cerca del taller de Lucio. Sus hombres permanecieron a caballo.

—Buenos días —dijo, para todos y para nadie.

Algunos vecinos devolvieron el saludo mientras otros se acercaban. Lucio salió a recibirlo limpiándose las manos en un trapo.

—Buenos días.

Rodrigo se fijó en el torno, la olla recién formada y las tablas donde se secaban varias piezas más pequeñas. Después devolvió la atención al alfarero.

—Vengo por lo pendiente.

Lucio entró en la casa y regresó con una bolsa de cuero. Rodrigo la tomó, aflojó el cordón y volcó las monedas sobre una tabla limpia.

Contó sin alzar la voz. Una a una. Lucio permaneció frente a él, con el trapo todavía entre los dedos.

Algunos vecinos se habían acercado para ver, no tanto para intervenir.

El molinero se había quedado junto al arroyo.

Marina cruzaba la plaza con un cesto bajo el brazo.

Julián observaba desde la sombra de una pared, junto a la mula, que parecía más interesada en un matojo seco que en los asuntos del rey.

Rodrigo terminó el recuento.

—Veinte.

—Veinte —confirmó Lucio.

El recaudador recogió las monedas y las devolvió a la bolsa.

—Con esto queda saldada la deuda.

La frase recorrió la plaza sin necesidad de ser repetida. Varios hombros descendieron, varias bocas soltaron aire, y hasta el molinero se permitió mirar hacia el gorrino comunal, que escarbaba junto a una cerca ignorando lo cerca que había estado de cambiar de dueño.

—Me alegra oírlo —dijo Lucio—. Aunque no sé cuántas veces podremos repetirlo.

Rodrigo ajustó el cordón de la bolsa.

—Eso tendréis que hablarlo entre vosotros.

—Lo hablamos. A menudo. El problema es que hablar no llena bolsas.

El recaudador no mostró impaciencia, aunque sus ojos se movieron hacia el camino por donde había llegado, calculando quizá el regreso, las paradas, las aldeas que aún faltaban o el humor con que Nuño recibiría la recaudación.

—No he venido a discutir el impuesto.

—Ya lo sé. Habéis venido a cobrarlo. Pero se cobra por una aldea que ya no existe.

Rodrigo lo miró con mayor atención. Y Lucio le señaló alrededor, con esa tristeza seca de quien ha contado demasiadas veces las mismas casas.

—En los registros figuran unas treinta viviendas. Habitadas no quedan más de veinte. Desde que murió Ramiro, ni eso en algunos días. Hay casas que se mantienen en pie por esperanza, no por gente.

—Mientras estén en pie, cuentan.

—Eso es precisamente lo que intento deciros.

Rodrigo se guardó la bolsa bajo el manto. Sus cuatro hombres continuaban a caballo, incómodos ante una conversación que no parecía necesitar espadas.

—Ya os lo expliqué hace unos meses. No puedo rehacer el censo de cada aldea cada vez que alguien muere, se casa o se marcha —dijo el recaudador—. Harían falta más hombres, más escribanos, más viajes. Y todo eso también habría que pagarlo.

—Entonces pagaríamos por demostrar que ya no podemos pagar.

Rodrigo aceptó la ironía con un leve movimiento de cabeza. No parecía ofendido. Quizá porque no era la primera vez que escuchaba una queja parecida. Quizá porque, en el fondo, sabía que el alfarero tenía razón.

—El registro cuenta fuegos, no penas —dijo Rodrigo—. Y mientras haya techo, se supone que pueden volver a encenderse.

Lucio miró una de las casas vacías. La puerta seguía firme. El pequeño corral estaba limpio. En una ventana alguien había dejado una tabla para que no entraran el agua ni los animales. No parecía abandonada. Parecía esperando a una familia que no llegaba.

—Eso queremos creer —murmuró.

Rodrigo siguió la dirección de su mirada. Su rostro conservó la misma prudencia de siempre, pero algo en la rigidez de su boca cedió un poco.

—Y esto no te lo he dicho yo.

Lucio volvió la cabeza.

—¿El qué?

—Tirad los tejados de las casas vacías.

El alfarero lo observó sin comprender. Rodrigo habló en voz baja.

—Una casa sin techo no se considera habitable. Si el día de mañana alguien vuelve, se reconstruye. Un tejado cuesta trabajo, pero menos que los impuestos que paga.

Lucio miró otra vez las viviendas.

—¿Y si luego dicen que hemos arruinado la aldea?

—Dirán muchas cosas. Siempre las dicen. Pero una ruina no paga por ser casa.

El alfarero se quedó pensativo, con la mirada detenida en aquellas techumbres que sus vecinos habían reparado tantas veces para conservar la apariencia de un futuro. Quitar un techo era algo más que retirar madera y paja. Era admitir que allí no dormía nadie y que tal vez nadie volvería a hacerlo.

—Algunos no querrán —dijo—. Para ellos sería igual que enterrar a los que se fueron.

—Os he dado una idea que ni debería. Si el señor me escuchara se enfadaría bastante.

Lucio volvió a limpiarse las manos, aunque ya no quedaba barro en ellas.

—Mi hija mayor se marchó a Benavente.

Rodrigo lo miró con una discreta extrañeza, más por el cambio de asunto que por la noticia.

—No lo sabía.

—No teníais por qué saberlo. Se fue hace años, con su marido. Era zapatero. Aquí no tenía bastante faena para sostener una casa.

El recaudador asintió, sin fingir una familiaridad que no poseía.

—Pasa en muchas aldeas.

—Sí. Pero aquí empezó antes. Cuando se marchó el padre de Jimena.

—¿Quién era?

—El curtidor. Jimena era amiga de Aurelia cuando eran niñas. Corrían por ahí con las rodillas llenas de barro y la lengua más rápida que las piernas.

Esta vez la sonrisa de Lucio sí tuvo algo de vida, aunque duró poco.

—Cuando el curtidor se fue, el zapatero tuvo que traer las pieles de fuera. Cada par le costaba más antes de empezar siquiera a coserlo. Y aquí la gente remienda hasta que ya no queda qué remendar. Así que vendía menos, ganaba menos y debía pagar más por trabajar.

Rodrigo comprendió sin necesidad de más explicaciones.

—Se fue.

—Así es. Y mi hija con él. Después otros. Un oficio se marcha y arrastra a otro. Al final quedan campesinos, algunas cabras, un molino que se mueve cuando el agua quiere y cuatro manos para arreglar lo que se rompe.

—También quedáis vos.

—Por ahora.

Lucio no lo dijo con orgullo. Él seguía allí porque la arcilla seguía allí, porque su hija pequeña seguía allí y porque algo en su interior se negaba a aceptar que Nuestra Señora del Lago fuera solo una colección de tejados esperando a caer.

Rodrigo volvió a mirar el torno.

—Vuestras ollas se venden bien.

—Desde hace poco.

—Eso puede cambiar las cosas.

—O puede hacer que la próxima vez nos pidan más.

El recaudador no contradijo aquello.

El sonido de un cubo al rozar contra una piedra llegó desde el extremo de la plaza. Rodrigo no le prestó atención al principio. Estaba calculando quizá cuánto podía producir una aldea con alfarero, horno, molino pobre y algunos animales. Luego Lucio alzó la vista y su expresión se suavizó.

—No corras tanto —dijo.

Rodrigo miró hacia el camino que venía de la casa de Ramiro.

Aurelia avanzaba con un cubo de agua vacío. El cabello seguía recogido en una trenza, aunque algunos mechones se habían soltado alrededor de la cara.

—Marina está con las cabras —dijo al llegar—. El pequeño de Inés ha dejado abierto el cercado otra vez y una se metió en el huerto.

Lucio chasqueó la lengua.

—Ese niño va a conseguir que una cabra aprenda a llamar a la puerta antes que él.

Aurelia dejó el cubo junto a la pared y entonces reparó en Rodrigo. Se enderezó.

—Buenos días, señor.

Rodrigo la reconoció. Era la muchacha de la moratoria. La que había discutido por las monedas con más valor que prudencia. La hija del alfarero. Y también era la mujer que Nuño había descrito dos noches atrás con una precisión incómoda.

Rodrigo sintió que la bolsa de monedas pesaba más bajo el manto.

—Buenos días —dijo al fin.

Aurelia lo observó con cierta cautela. Luego miró a su padre.

—¿Ya está?

—Ya está —respondió Lucio—. La deuda queda pagada.

—Entonces vuelvo con Marina. Dice que una de las cabras no quiere comer.

Aurelia pasó junto a Rodrigo sin rozarlo y continuó hacia el corral de Ramiro. El recaudador la siguió con la mirada hasta que ella se apartó de la plaza. Nuño había dicho que le abrió el vientre y que le vio las entrañas. Apartó la vista.

—El pago está completo —repitió.

Lucio notó el cambio en su voz.

—¿Ocurre algo?

—No. Adiós.

La respuesta salió demasiado rápida para ser del todo convincente. Rodrigo ajustó el manto, llamó a sus hombres con un gesto y montó. La escolta giró los caballos hacia el sur. Los vecinos fueron retirándose sin alboroto, cada cual a su tarea.

Rodrigo no volvió a mirar atrás. Pero durante el regreso, cada curva del camino le devolvió la misma imagen: Aurelia cargando agua, viva, limpia, entera.

Cuando llegó a Sanabria, el sol ya había cambiado de lado sobre los tejados. Entregó la recaudación al escribano y pidió que se registrara la entrada. Esperaba terminar el trámite, lavarse el polvo del camino y comer algo antes de informar a Nuño. No tuvo ocasión.

Uno de los hombres de la casa lo interceptó en el patio.

—Mi señor quiere veros.

Rodrigo cerró los ojos con cansancio.

Nuño lo esperaba en una sala alta, con la mejilla todavía marcada bajo una venda limpia. Tenía peor aspecto que cuando lo había visto tras el incidente del lago. No por la herida, sino por la impaciencia. Había un mapa abierto sobre la mesa y una copa sin tocar junto a su mano.

—La recaudación, ¿cómo ha ido? —exigió.

—Nuestra Señora del Lago ha pagado lo pendiente.

—¿Quién pagó la deuda?

—Lucio, el alfarero, la mayor parte. Imagino que con lo obtenido por las ollas.

Nuño alzó la mirada.

—Qué raro… ¿Y la aldea? ¿Visteis algo que os llamara la atención?

—Estaba más tranquila que la última vez. Preocupada, pero tranquila.

Nuño se mostraba escéptico. Rodrigo pensó en no mencionarlo. Tal vez la mujer del lago y la hija del alfarero no eran la misma.

—Vi a la muchacha.

—¿Qué muchacha?

Rodrigo sostuvo la mirada de Nuño.

—La hija del alfarero, Aurelia.

Nuño se levantó tan deprisa que la silla golpeó la pared.

—Eso es imposible. ¿Estáis seguro?

—La vi de cerca. Me saludó.

Nuño apoyó ambas manos sobre la mesa. Los nudillos se le marcaron bajo la piel.

—Describidla.

Rodrigo notó entonces que la incomodidad del camino se convertía en otra cosa. Nuño no parecía sorprendido por una confusión. Parecía ofendido por la realidad.

—Una joven de buen parecer, cabello oscuro recogido en una trenza espesa. La misma que pidió la moratoria. La que discutió por las monedas.

—¿Herida?

—No vi ninguna herida. Cargaba un cubo y caminaba con paso firme.

La mandíbula de Nuño se tensó. Rodrigo pudo ver el pulso latiendo junto al borde de la venda.

—Sería otra mujer —dijo Nuño.

—No lo parecía.

—Tenía que ser otra mujer.

El recaudador eligió con cuidado sus palabras.

—Mi señor, quizá en el lago...

—No.

La negación cortó la frase. Nuño rodeó la mesa y se acercó a él. No gritaba. Eso resultaba peor.

—Yo sé dónde la herí. Sé lo que vi.

—Entonces tal vez sobrevivió.

La risa de Nuño fue seca, fea, sin alegría.

—Nadie sobrevive a eso.

Desde el patio llegó el ruido de un caballo, una orden lejana, el golpe de una puerta.

Rodrigo pensó en Aurelia dejando el cubo junto al taller.

En su saludo sencillo. En la tranquilidad de Lucio.

En una aldea que acababa de pagar su deuda y no sabía que otra cuenta, mucho más oscura, empezaba a abrirse sobre ella.

Nuño se apartó de la mesa y lo miró con una calma llena de veneno.

—Ensillad mi caballo.