La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 34
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 34

«Cosas evidentes»

Marcus despertó varias horas después. Aurelia no estaba. Conociéndola, ya estaría explorando algún rincón de la nave, abriendo armarios que no debía o bombardeando a Aletheia con preguntas imposibles.

Se levantó y caminó medio dormido hacia el baño. Todavía tenía la mente nublada cuando abrió la puerta. Una nube de vapor escapó al corredor. Aurelia estaba bajo la ducha. Soltó un pequeño grito y se cubrió como pudo, cambiando las manos de sitio dos veces antes de decidirse.

—No seas mirón.

Marcus giró la cabeza de inmediato.

—El vapor te cubre.

—De eso nada, que yo te veo a ti. Y no me mires en el espejo.

—Solo quería lavarme la cara.

—Pues lávatela en otro lado. Vete, que ya has visto suficiente.

Marcus levantó las manos en señal de rendición.

—Ya me voy.

—Cierra la puerta y tráeme una toalla. Esta vez que no sea amarilla, que eso da mala suerte.

—Sí, señora.

Salió al corredor y la puerta se cerró tras él. Apenas había dado dos pasos cuando escuchó la voz de Aurelia desde dentro.

—¡Y deja de reírte!

Marcus terminó de revisar los últimos indicadores. Cuando regresó a la sala común encontró a Aurelia saliendo de una galería lateral.

—¿Dónde estabas?

—Perdona —vaciló—. Me entretuve un poco.

—Eso ya lo había deducido.

Aurelia bajó la mirada y se entretuvo con un mechón de cabello. Después de la ducha seguía notándolo raro, más suave de lo que había sido nunca.

—Estaba orando en la capilla.

Marcus parpadeó.

—¿Rezando?

—Pensé que debía dar las gracias. Ayer me estaba muriendo y hoy estoy viva. Me pareció lo correcto.

La respuesta fue tan sencilla y tan seria que Marcus se limitó a asentir.

Reanudaron la marcha hacia el ascensor, acompañados por el zumbido lejano de los sistemas de la nave. Aurelia insistió en regresar cuanto antes; Lucio debía de estar preocupado. Marcus se ofreció acompañarla hasta la aldea.

Aurelia ya empezaba a pensar en otra cosa cuando advirtió una expresión inusual en el rostro de Marcus. Él seguía caminando con aparente normalidad, pero la comisura de los labios le temblaba.

Aurelia entrecerró los ojos.

—No hay ninguna capilla, ¿verdad?

Marcus negó con tanta energía que pareció a punto de lesionarse el cuello.

La muchacha se detuvo.

—Marcus... ¿he estado rezando delante de cualquier cosa?

Él cerró los ojos. Los hombros comenzaron a sacudírsele mientras luchaba por conservar la compostura.

—Podría haber sido cualquier cosa —dijo Marcus.

—¿Cómo que cualquier cosa?

—No lo sé. Un armario. Una fregona. Un dispensador de bebidas.

Aurelia se cubrió el rostro con ambas manos.

—Por todos los santos.

Aquello fue demasiado. La carcajada que Marcus llevaba conteniendo desde hacía medio corredor escapó por fin, seguida de otra todavía peor.

—Ahora necesito saber dónde fue.

—No pienso decírtelo nunca.

—Aurelia...

—Nunca.

Marcus siguió riendo mientras caminaban hacia el ascensor. Al final ella también terminó contagiándose y soltó una carcajada resignada.

—Y cuanto más insistas, menos te lo pienso decir.

Salieron poco después.

Caminaban por la orilla del lago mientras el sol empezaba a elevarse por encima de los árboles. La ropa seguía siendo la misma de siempre, pero la suciedad había desaparecido y Marcus había remendado los desgarrones más visibles.

Hablaron de cosas sin importancia. Del mercado. De la extraña amistad entre Lucio y Julián. Del mar. Y de la enorme injusticia que suponía descubrir los colchones de la nave para tener que volver después a dormir sobre paja.

—Estuve recorriendo tu casa. Hay muchas maravillas.

—Me alegra oírlo.

—Y muchas tonterías.

Marcus volvió la cabeza.

—¿Tonterías?

—Llegué a una sala llena de máquinas raras.

—Eso tampoco reduce mucho las posibilidades.

—Una era para correr.

—¿La cinta? Estuviste en el gimnasio.

—Me reí diez minutos.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de gracioso?

—Porque sirve para correr sin ir a ningún sitio.

Sacudió la cabeza, todavía divertida.

—Me imaginé a alguien encima, sudando como un condenado, esforzándose durante una hora entera. Y luego bajarse diciendo muy orgulloso: «Ya llegué».

—Es ejercicio —resopló.

Aurelia negó con la cabeza. La punta de la trenza describió un arco en el aire y fue a golpearle el hombro.

—Además hablé con Aletheia.

Marcus levantó la cabeza.

—A mí solo me da órdenes. ¿Sobre qué hablasteis?

—Cosas de chicas.

—¿Y qué sabe Aletheia de cosas de chicas?

Aurelia sonrió con aire inocente.

—Más que tú.

Marcus reflexionó y decidió que probablemente aquello era cierto.

—Me contó que eres trabajador y que nunca has estado casado. Después le pregunté si estaba enamorada de ti.

Marcus estuvo a punto de tropezar.

—¿Le preguntaste qué?

—Si estaba enamorada de ti.

—¿A la nave?

—Sí. Por curiosidad.

La muchacha se encogió de hombros.

—Me dijo que podía ver todas las habitaciones. Durante un momento me la imaginé espiándote mientras te duchabas y pensé que podía ser una fresca.

Marcus volvió la vista hacia el lago. Necesitaba unos segundos para procesar aquella conversación.

—¿Y qué respondió?

—Que no tiene ningún interés sentimental contigo. Dijo que vuestra relación es puramente profesional.

—Eso sí parece algo que diría ella.

—También dijo que eres eficiente. Y obstinado. Y que a veces tardas demasiado en comprender cosas evidentes.

Marcus hizo una mueca.

—Eso también parece algo que diría ella.

Casi una hora después, Marcus se detuvo en seco. Su mirada descendió hasta los pies de Aurelia. Después señaló hacia abajo con expresión horrorizada.

—¿Qué es eso?

Aurelia siguió la dirección de su dedo y contempló las deportivas blancas con absoluta tranquilidad.

—Ah, eso. Aletheia me las dio. Perdí una bota cuando lo de Nuño.

—¿Pretendes aparecer en casa de tu padre con eso puesto?

—Son comodísimas.

—Todo el pueblo va a preguntarte de dónde han salido.

—Les diré que me las regaló un ermitaño.

—Eso no mejora la situación.

Aurelia cruzó los brazos con gesto desafiante.

—No me las pienso quitar.

—Te las vas a quitar.

Marcus avanzó un paso. Aurelia retrocedió dos.

—Jamás. Y como intentes quitármelas, salgo corriendo.

—Te alcanzaría.

La muchacha levantó un pie y contempló la zapatilla con admiración.

—Con estas cosas no. Yo creo que podría correr hasta León.

Cuántas veces había discutido con Aletheia por aquel mismo motivo.

Casi siempre era él quien insistía en sacar alguna cosa de la nave y la IA quien le hablaba de contaminación cultural y consecuencias imprevisibles.

Le fastidiaba descubrir que ahora era él quien estaba poniendo el grito en el cielo por un simple par de zapatillas.

Continuaron caminando. Aurelia avanzaba con las manos a la espalda, marcando de vez en cuando algún paso más largo solo para sentir cómo respondían las zapatillas sobre el camino. Sin embargo, la sonrisa fue borrándose del rostro de la muchacha hasta dejar paso a una expresión más pensativa.

—Marcus.

—¿Qué?

—Yo te vi la cosita.

Marcus no entendió de inmediato. Se llevó una mano a la cara.

—¿Estás segura? Porque yo no recuerdo nada de eso.

—Bueno... cosita precisamente no era.

Aurelia se rascó una mejilla.

—Aletheia dijo que ella también te la había visto. Y que era mayor que media. Pero no acabo de entender lo que quería decir. Es lógico que el todo sea mayor que su mitad, ¿no?

El ruido que salió de Marcus parecía debatirse entre una tos y un atragantamiento. Aurelia, ajena al desastre que acababa de provocar, siguió caminando con toda naturalidad.

—Yo estoy intacta, eh.

—Ya lo veo.

Ella lo miró con desconcierto.

—¿Qué ves?

—Que no te faltan dedos.

Aurelia le golpeó el brazo.

—Tú eres tonto. Digo que soy virgen.

Marcus parpadeó varias veces.

—¿Y a mí por qué me cuentas eso?

La muchacha se encogió de hombros. Esta vez no miró al lago ni al camino. Se limitó a estudiar con repentino interés las puntas de aquellas zapatillas imposibles.

—No sé. A lo mejor te vale.

—¿Me vale para qué?

—Pues por si quisieras pedir algo a mi padre.

Marcus reflexionó brevemente.

—¿Para qué quiero yo una olla?

Aurelia se detuvo en seco y se quedó mirándolo como si acabara de descubrir una nueva especie animal.

—¿Una olla? Madre mía. Si va a ser cierto lo que dice Aletheia... que eres simplón.

Marcus siguió caminando varios pasos antes de detenerse bruscamente. La comprensión apareció por fin en su rostro.

—Espera... ¿acabas de insinuar que debería pedirle tu mano a tu padre?

Aurelia reanudó la marcha sin responder. Caminaba con una sonrisa que intentaba ocultar sin demasiado éxito.

La herida escoció. Nuño apretó los dientes mientras el galeno le limpiaba el arañazo de la mejilla con una tela empapada en vino. El escozor le recorrió media cara.

—Quieto, mi señor.

—Ya estoy quieto.

—No, no lo estáis.

Nuño soltó un gruñido.

La puerta se abrió y Rodrigo entró en la estancia. El recaudador observó las vendas, los rasguños y el aspecto irritado de su señor.

—Me dijeron que habíais regresado herido.

—Exageran.

El galeno resopló.

—¿Qué ocurrió en el lago? —preguntó Rodrigo.

—Peinamos los alrededores y no encontramos nada.

El galeno cambió de tela. Nuño hizo una mueca.

—Permanecimos agazapados esperando al ermitaño, pero la que apareció fue la muchacha. La alfarera. La de Nuestra Señora del Lago.

Rodrigo la recordó enseguida.

—La que pidió una moratoria para los impuestos.

—Esa misma.

Nuño apoyó la espalda contra el respaldo.

—Iba hacia la cabaña del ermitaño. Según ella, colaboraban en asuntos comerciales. Arcilla y otras tonterías.

Rodrigo guardó silencio.

—¿Y no la creísteis?

—No. No encontré hornos ocultos ni talleres. No encontré nada que justifique el dinero que está entrando en esa aldea.

—Entonces, ¿qué creéis que ocurre?

—No lo sé.

Aquello parecía irritarlo más que las propias heridas.

—Pero algo esconden. Quizá mercancías ilegales. O quizá algo peor.

Rodrigo esperó. Solo se escuchó el roce de las vendas.

—Portugal está cerca y también Castilla —indicó Nuño—. Puede que el lago sea un punto de encuentro.

—¿Para quién?

—Espías.

Rodrigo pestañeó.

Nuño continuó hablando con absoluta seriedad.

—Mensajeros. Informadores. Gente que entra y sale sin llamar la atención. El ermitaño vigila la zona, recibe noticias y las transmite.

—Eso parece bastante elaborado.

—¿Y cómo explicáis entonces todo lo demás?

Rodrigo no respondió. La verdad era que tampoco tenía una explicación mejor. Miró las heridas.

—Todo eso sigue sin explicar vuestra cara.

Nuño soltó un gruñido cuando el galeno le tocó una zona especialmente sensible.

—La muchacha fue grosera e intentó huir. Lo cual demuestra su culpabilidad.

Rodrigo se mordió la lengua. Llevaba años trabajando para aquella familia. Sabía reconocer una mala excusa cuando la escuchaba.

—¿Y qué ocurrió?

—Hubo un forcejeo. Y me vi obligado a aplicar la pena máxima.

—¿Está muerta?

—Cayó al lago.

—Eso no responde a la pregunta.

El galeno terminó de colocar una venda y comenzó a preparar otra. Nuño observó las manos del hombre.

—No vi el cuerpo después.

Rodrigo entrecerró los ojos.

—Entonces no estáis seguro.

—En el momento no. Pero fui yo quien la hirió. Le abrí el vientre y vi las entrañas. Nadie sobrevive a eso.

El galeno hizo discretamente la señal de la cruz. Rodrigo decidió no insistir. Si la muchacha seguía viva, sería un milagro. Si estaba muerta, nada de cuanto dijeran cambiaría el resultado.

—Cuando vuelva a Nuestra Señora del Lago para recaudar los impuestos... ¿debo mencionar algo?

—En absoluto —negó con firmeza—. No pueden saber lo que ha pasado.

—Como deseéis.

—Aun así...

El recaudador levantó la vista.

—¿Sí, mi señor?

—No vayas con solo dos hombres.