LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 33
«La casa del ermitaño»
Aurelia abrió los ojos lentamente. Lo primero que notó fue la ausencia de dolor. Parpadeó varias veces. Recordaba el puñal. La sangre. El agua oscura del lago cerrándose sobre ella. La sensación de frío. El peso de la debilidad. Todo conducía al mismo lugar: debería estar muerta.
Instintivamente llevó una mano al vientre. La herida seguía allí. Podía notar la marca bajo los dedos. Bajó la vista. Una fina línea rosada recorría la piel de su abdomen. No había sangre ni dolor. Donde debía haber una herida capaz de matar a una persona solo quedaba una cicatriz.
Se incorporó despacio.
La estancia permanecía en silencio. Las paredes emitían aquella extraña luz blanca que no procedía de fuego alguno. No había velas, lámparas, humo ni ventanas.
Giró la cabeza. Marcus dormía en una silla cercana. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza apoyada contra el respaldo. Su aspecto era tan cansado que Aurelia se preguntó cuánto tiempo habría pasado allí.
Observó de nuevo la sala: la cápsula donde había despertado, la superficie cubierta de símbolos extraños y aquellas paredes lisas que no parecían construidas por mano humana.
Al final formuló la única pregunta que importaba.
—¿Dónde estoy?
—Estás en la instalación médica de emergencia, Aurelia.
La muchacha dio un respingo. La voz de mujer había surgido de ninguna parte.
Marcus abrió un ojo.
—Buenos días.
Aurelia lo señaló de inmediato.
—Ha vuelto a hablar. ¿Quién es?
Marcus bostezó antes de responder.
—Mi jefa.
Aurelia apartó las piernas de la cápsula y apoyó los pies en el suelo.
—No te levantes tan deprisa —dijo Marcus.
—Hace un rato me estaba muriendo.
—Hace varias horas ya, pero sí, eso es verdad.
Se puso en pie con cautela. Durante un momento permaneció inmóvil, esperando que el dolor regresara. Caminó por la sala sin más dificultad que el desconcierto de seguir viva.
—Esto es imposible.
Marcus se encogió de hombros.
—Aquí pasan muchas cosas imposibles.
Aurelia había dejado de prestar atención a Marcus. Sus ojos saltaban de una pared a otra, de una luz a otra, cuando la voz volvió a resonar en la estancia.
—Necesitas descansar. Te recomiendo que no te levantes hasta mañana.
La muchacha alzó la vista hacia el techo.
—¿Y cómo sabe dónde estoy?
—¿Y qué más da? ¿Te preguntas cada día por qué el cielo es azul?
Aurelia contempló las paredes lisas que la rodeaban.
—¿Está aquí dentro de la pared?
—Con matices, pero se podría decir que sí.
—¿Y cómo ha entrado?
Marcus abrió la boca para responder, pero Aurelia ya no lo escuchaba. Algo había captado su atención. Se acercó despacio, convencida de que se trataba de una ventana. Al llegar frente a ella se detuvo en seco. Había una mujer al otro lado.
Aurelia retrocedió de golpe.
—¡Marcus! ¡La mujer de la pared!
Marcus levantó la vista de la silla.
—Es un espejo. Te devuelve tu imagen. No me digas que no tienes espejos.
—Bueno, sí. Pero no como éste.
Volvió a acercarse y estudió su reflejo con atención.
—No sabía que tenía pecas.
Durante un buen rato no pensó en el puñal, ni en la herida, ni en la extraña voz que hablaba desde las paredes.
—Tengo peor aspecto del que imaginaba.
—Acaban de operarte. Normalmente estás muy bien.
La muchacha soltó una carcajada.
Marcus observó cómo la expresión de Aurelia cambiaba. Ya no miraba aquel lugar con miedo. Intentaba comprenderlo.
Abandonaron la enfermería poco después. Aurelia caminaba despacio, todavía débil, aunque se negaba a reconocerlo. Los pasillos parecían no terminar nunca. A cada tramo aparecía otro corredor, otra puerta, otra luz blanca surgiendo de las paredes.
—¿Todo esto es tu casa? —preguntó.
Marcus echó un vistazo alrededor.
—Más o menos.
—Es enorme —resopló—. Llevamos caminando un buen rato.
El cansancio empezaba a hacerse notar. Ya no sentía dolor, pero la operación y la pérdida de sangre habían dejado huella.
—Necesitas descansar.
—Antes quiero ver dónde duermes.
—No tiene nada de interesante.
—Quiero verlo igual.
Marcus acabó cediendo. La condujo por varios corredores hasta una puerta estrecha. Al abrirla apareció una habitación pequeña y sorprendentemente sencilla. Una cama, varios compartimentos empotrados en la pared y poco más.
Aurelia entró y recorrió la estancia con la mirada.
—Es raro. El pasillo es más grande que tu habitación.
Marcus se encogió de hombros. Aurelia se sentó en la cama y presionó el colchón con una mano.
—Es una cama muy cómoda. Pero sigue siendo pequeña.
—Hay camarotes más grandes.
La voz resonó desde algún lugar invisible.
—Aurelia, deberías descansar. La intervención quirúrgica tuvo lugar hace pocas horas. Puedo prepararte una estancia en la zona médica o asignarte un camarote.
Marcus guardó silencio. La enfermería era práctica. Los camarotes normales también. Pero, por alguna razón que no se molestó en analizar, ninguna de aquellas opciones le pareció adecuada.
—Ven. Voy a llevarte al mejor camarote de la nave.
Marcus la condujo por varios corredores más hasta detenerse ante una puerta.
Cuando se abrió, Aurelia se quedó inmóvil.
La estancia era más grande que su casa. Una enorme cama ocupaba el centro de la habitación.
Había muebles de madera pulida, estanterías llenas de objetos extraños y unos ventanales oscuros que cubrían una pared entera.
Durante un momento ni siquiera supo qué mirar primero.
Se giró sobre sí misma.
—Esto...
No encontró palabras. Marcus observó la expresión de asombro que iba creciendo en su rostro.
—¿Te gusta?
—Marcus, esto no es una habitación. Esto es un palacio.
Abrió uno de los armarios y se quedó contemplando el contenido. Capas. Camisas. Vestidos. Botas. La ropa llenaba el armario de arriba abajo. Aurelia no recordaba haber visto tantas prendas juntas en toda su vida.
—¿Todo esto es tuyo?
—No. Era de la tripulación.
Aurelia volvió la cabeza hacia él.
—¿Y dónde están?
—Ya no queda nadie vivo.
Aurelia recorrió la estancia. Acabó deteniéndose frente a una de las grandes superficies negras que ocupaban una pared.
—¿Y esto qué es?
—Una pantalla.
—¿Para qué sirve?
—Puede mostrar imágenes.
—¿Imágenes de qué?
—De muchas cosas.
La muchacha tocó aquella superficie oscura sin comprender qué clase de objeto podía ser capaz de semejante cosa.
—¿Qué te gustaría ver? —preguntó Marcus.
La respuesta llegó sin vacilar.
—A mi padre.
—No, mujer. Eso no se puede.
—¿Por qué no?
—Porque no funciona así. Me refiero a paisajes, montañas, el lago. Cosas de esas.
La decepción apareció en el rostro de Aurelia.
—Aletheia, ¿podrías poner algo para animarla? —dijo Marcus.
No obtuvo respuesta.
—Ya decía yo.
Aurelia siguió observando la pantalla unos momentos. Luego habló con la misma naturalidad con la que habría pedido agua o pan.
—Aletheia, ¿me puedes mostrar a mi padre?
Marcus sonrió.
—Ya te he dicho que...
La voz de la nave lo interrumpió.
—Dame dos minutos Aurelia. Lo preparo.
Marcus se quedó mirándola sin dar crédito.
Una de las superficies negras de la pared se iluminó.
Aurelia dio un respingo y retrocedió un paso.
Primero aparecieron manchas borrosas. Luego árboles.
Después el lago. El paisaje se deslizaba bajo ellos a una velocidad imposible.
Aurelia reconoció la orilla, los senderos y las primeras casas de la aldea.
La imagen siguió desplazándose hasta detenerse junto a la vivienda de Lucio.
Allí estaba su padre. Sentado junto al torno, trabajaba la arcilla con movimientos lentos mientras no dejaba de mirar hacia la puerta de la casa.
—Padre... —susurró.
Un hombre apareció entonces por un lateral.
—¿Todavía trabajando?
—Si no trabajo, no como, Julián.
—Y si trabajas tampoco comes mucho mejor.
—Hay un abejorro enorme por aquí. No deja de dar vueltas.
—Será que le gustas.
—Pues que busque otra flor.
Julián dejó un saco junto al torno y se sentó cerca de él.
—Hablando de flores, ¿se sabe algo de Aurelia?
—Esa muchacha acabará haciéndome abuelo sin casarse —resopló.
Aurelia abrió mucho los ojos. Marcus la observó sin comprender. En la pantalla, Julián sonreía.
—La juventud es así. Nosotros tampoco éramos santos.
—Habla por ti.
—Lucio, te conozco desde que teníamos diez años.
Lucio negó con la cabeza.
—Vaya noches me está dando últimamente. Se debe pensar que estoy sordo.
La sangre subió de golpe al rostro de Aurelia.
—Marcus, baja la cortina.
—¿Cómo?
—Que cierres la ventana.
—¿Qué ocurre?
—¡Que no mires!
Julián seguía sonriendo.
—La muchacha está enamorada.
Aurelia dio un salto.
—¡El mar! Aletheia. Quiero ver el mar.
La pantalla se apagó al instante.
—Eso ha sido sospechosamente oportuno —ironizó Marcus.
—Objetivo localizado —anunció Aletheia.
La pantalla volvió a iluminarse. Aurelia se quedó inmóvil. Era agua. Al principio creyó que se trataba de un lago, pero no había otra orilla. El agua se extendía hasta el horizonte. Bajo la mirada del dron apareció una playa de arena clara donde las olas rompían una y otra vez contra la costa.
—No puede ser. ¿Eso es el mar?
Aurelia apoyó una mano sobre la pantalla.
—Es demasiado grande. ¿Sigue más allá?
—Mucho más allá.
La muchacha señaló el horizonte.
—¿Y qué hay detrás?
Marcus observó la ropa de Aurelia. Seguía cubierta de barro, sangre seca y restos del lago.
—Detrás hay más agua. Justo lo que te vendría bien a ti. Necesitas lavarte.
La muchacha bajó la vista.
—¿Ahora?
—Sí. Y después dormir. Te noto agotada.
Marcus señaló una puerta cercana.
—Hay una ducha.
—¿Una qué?
Marcus reflexionó un momento.
—Una lluvia privada.
Aurelia lo observó con desconfianza.
La condujo hasta una estancia contigua. Aurelia apenas cruzó el umbral se detuvo para contemplar otro mundo de paredes relucientes, espejos y objetos cuya utilidad resultaba completamente misteriosa.
—Te dejaré ropa limpia. Un pijama.
Aurelia volvió a torcer el gesto.
—Ropa para dormir —añadió Marcus.
—¿Existe ropa para dormir?
—Claro. Nadie duerme con la ropa llena de barro.
—¿Y ropa para despertarse?
Marcus soltó una carcajada. Intentó explicarle cómo funcionaba la ducha. Aurelia escuchó unos momentos.
—Esto es milagroso.
—¿El que te laves? No lo niego. Volveré dentro de un rato con la ropa.
Media hora más tarde regresó con un pijama doblado y una toalla bajo el brazo. Golpeó suavemente la puerta. No obtuvo respuesta.
—Aurelia, llevas media hora ahí dentro. Ya puedes salir.
—Todavía no. Me estoy duchando desnuda.
Marcus apoyó la frente contra la puerta.
—Menos mal. Pensé que te estarías bañando con la ropa puesta.
—Eso habría sido una tontería.
—Me alegra comprobar que estamos de acuerdo.
Abrió la puerta lo justo para dejar la ropa sobre una silla sin mirar al interior.
—Te he traído ropa. Aquí la dejo.
—¿Y ahora qué hago?
—Ponértela.
—Pero si estoy mojada.
Marcus cerró los ojos.
—Por eso también te he traído una toalla.
—¿Una toalla?
—La tela amarilla.
—¿Para qué sirve?
—Para secarte.
—¿Y si no me seco?
—Entonces la ropa se mojará.
—Eso también parece una tontería.
—Exactamente.
La puerta terminó abriéndose. El cabello húmedo le caía sobre los hombros. El barro y la sangre habían desaparecido. El pijama le quedaba algo grande, pero ella parecía demasiado ocupada descubriendo aquella tela como para preocuparse por eso. No dejaba de tocarse las mangas.
—Esto no es ropa. Parece piel, no raspa, no pesa y está limpia.
—Como debe ser —sonrió Marcus.
Aurelia lo ignoró por completo.
—Con esto podría dormir un rey.
—Es un pijama.
—¿Y no se puede salir a la calle con esto?
—Por poder, se puede. Pero no es lo correcto.
La muchacha giró sobre sí misma observando cómo la tela se movía con ella. Examinó algunos objetos más, pero los bostezos comenzaban a imponerse. Se dejó caer sobre la enorme cama. El colchón cedió bajo su peso con una suavidad inesperada y ella abrió mucho los ojos.
—Esto sigue pareciéndome brujería. Parece una nube.
Se acomodó entre las mantas y dejó escapar un suspiro satisfecho. El calor resultaba agradable.
Marcus se dirigió hacia la puerta.
—Me voy a mi habitación a dormir.
Aurelia abrió un ojo.
—No me dejes sola. Duerme aquí.
Se hizo a un lado y levantó una esquina de la manta.
—Además es enorme.
Marcus terminó cediendo y se sentó en el borde del colchón.
Aurelia se incorporó.
—Un momento. No pensarás meterte en mi cama con ropa que no es de dormir.
Marcus negó con la cabeza y abandonó la habitación. Regresó poco después en pijama. Aurelia apenas seguía despierta. Se acostó con cuidado para no molestarla.
—Buenas noches.
No obtuvo respuesta y pensó que ya estaba dormida.
Entonces la notó moverse. La muchacha se acercó sin abrir los ojos, apoyó la cabeza sobre su hombro y se abrazó a él.
Marcus se quedó inmóvil mientras escuchaba su respiración.
Apagó la luz, apoyó la cabeza sobre la almohada y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió solo.